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Hemeroteca de 3 junio, 2011

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(Publicado el viernes 27 de mayo de 2011 en el sitio: http:www.vocescubanas.com)

Los aspectos comunes que identifican al género humano se acompañan con importantes diferencias que no pueden ignorarse. El carácter social –la peculiaridad más definitoria y esencial del hombre– se manifiesta en la diversidad de asociaciones que éstos crean para la colaboración, promoción y defensa de sus intereses; realidad que tiene su reflejo en el concepto filosófico de unidad en la diferencia.

Como indica la etimología de la palabra, los partidos políticos son asociaciones no de toda la sociedad, sino de una parte de ella; en consecuencia, cualquier intento de convertir una parte en representante del todo, con la diversidad de intereses y concepciones que lo caracteriza, constituye una violación del derecho de igualdad ante la ley y de la libertad política. Por ello todo partido político autodeclarado como fuerza única o superior de la sociedad, para imponerse, ha tenido que violar los derechos civiles y políticos más elementales de los ciudadanos: un acto contra la naturaleza social del género humano, contra la dignidad y consiguientemente contra el progreso social, lo que ha acarreado el fracaso global del monopartidismo a través de la historia.

En 1878, en Cuba se crearon el Partido Unión Constitucional y el Partido Liberal,  uno que representaba el sentimiento de los españoles, el otro el de los cubanos. A finales del siglo XIX, se fundó el Partido Autonomista, de corte reformista, el cual coexistía con el Partido Revolucionario Cubano (PRC) que enarbolaba la independencia. En 1899, Diego Vicente Tejera creó el Partido Socialista Cubano porque los intereses de los obreros no estaban representados en los partidos liberales y conservadores de la época. En 1925, se fundó el Partido Comunista por un grupo de cubanos que asumieron esa ideología. En 1947, Eduardo Chibás fundó el Partido Ortodoxo porque el Partido Auténtico, en el que militaba, no satisfacía a una parte de sus miembros. Fidel Castro, que procedía del Partido Ortodoxo, después del asalto al Cuartel Moncada fundó el Movimiento 26 de Julio, ya que sus ideas insurreccionales no tenían cabida en las asociaciones existentes. Cada líder o grupo social, en dependencia de sus intereses, fundó un solo partido; ninguno se propuso el absurdo de fundar varios a la vez, lo que pone en ridículo el pretexto de que Martí organizó un solo partido para justificar el actual monopartidismo.

El Partido Comunista de Cuba, autoproclamado “fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”, después de brindar indiscutibles pruebas de incapacidad, como la violación del tiempo señalado en sus propios estatutos para la celebración de los congresos cada cinco años; de incumplir los acuerdos tomados en los congresos anteriores; de carecer de cuadros para el relevo de su dirigencia; cuando se ha visto obligado a iniciar reformas que atentan contra los principios declarados, se propone conservar el monopartidismo que es una de las causas del fracaso sufrido.

Tres hechos recientes demuestran que la declarada intención de cambiar todo lo que deba ser cambiado, no incluye el sistema de partido único. En el Informe al VI Congreso del Partido Comunista, el 16 de abril, se planteó que la Conferencia Nacional, a celebrarse en enero de 2012, tiene entre sus objetivos concretar, “para hoy y siempre”, el contenido del artículo 5 de la Constitución de la República, que refrenda el unipartidismo. Al día siguiente el Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, dijo: “hay que tener en cuenta que este Partido es realmente la organización política de la nación cubana, el heredero legítimo del Partido de Martí”, Pero más elocuente había sido el artículo La idea de un solo Partido es un legado de José Martí, publicado el día 8 de abril en el periódico Granma. Como este último se propone atribuir la autoría del monopartidismo al más brillante político cubano de todos los tiempos, me detendré en las mismas citas de Martí para demostrar la orfandad de los argumentos esgrimidos.

La primera cita es tomada de una carta que Martí dirigió al General Máximo Gómez en julio de 1882: ¿A quien se vuelve Cuba, en el instante definitivo, y ya cercano, de que pierda todas las nuevas esperanzas que el término de la guerra, las promesas de España, y la política de los liberales le han hecho concebir? Se vuelve a todos los que le hayan de una solución fuera de España. Pero si no está en pie, elocuente, erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de su hombres, y la sensatez de sus proyectos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país-¿a quien ha de volverse, sino a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces? ¿Cómo evitar que se vayan tras ellos todos los aficionados a una libertad cómoda, que creen que con esa solución salvan a la par su fortuna y su conciencia? Ese es el riesgo grave. Por eso es la hora de ponernos en pie.1

Aquí, como podemos ver, Martí plantea la necesidad no del partido, sino de un partido, para atraer a los que se irían detrás de otro partido, lo que implica la existencia de otros. Él no se plantea sustituir ni eliminar, sino competir. Contradictoriamente el propio artículo de Granma reconoce que “en un momento en que la lucha política se expresaba cada vez más entre partidos políticos perfectamente estructurados y organizados se requería la existencia de un partido que inspirara confianza por sus cualidades: cohesión en las filas, modestia de sus miembros, sensatez en los propósitos.”

La segunda cita fue extraída de la carta a José Dolores Poyo, en noviembre de 1887: En otro tiempo pudo ser nuestra guerra un arrebato heroico o una explosión de sentimiento; pero aleccionados en veinte años de fatiga, (…) no es ya como antes la guerra cubana una simple campaña militar en la que el valor ciego seguía a un jefe afamado, sino un complicadísimo problema político, fácil de resolver si nos damos cuenta de sus diversos elementos y ajustamos a ella nuestra conducta revolucionaria, pero formidable si pretendemos darle solución sin arreglo a sus datos, o desafiándolos. (…)  Y lo que más da que temer la revolución a los mismos que la desean, es el carácter confuso y personal con que hasta ahora se le ha presentado; es la falta de un sistema revolucionario, de fines claramente desinteresados, que aleje del país los miedos que hoy la revolución le inspira, y la reemplace por una merecida confianza en la grandeza y previsión de los ideales que la guerra llevará consigo en la cordialidad de los que la promueven, en el propósito confeso de hacer la guerra para la paz digna y libre, y no para el provecho de los que solo vean en la guerra el adelanto de su poder o de su fortuna.2

Aquí huelgan los comentarios. Martí se refiere claramente a la necesidad de una organización, en este caso de un partido, para no repetir los errores del pasado, pero en ningún momento habla de partido único.

La tercera, de fecha 30 de abril de 1892, dice: La unidad de pensamiento, que de ningún modo quiere decir la servidumbre de la opinión, es sin duda condición indispensable del éxito de todo programa político, (…). Abrir al desorden el pensamiento del Partido Revolucionario Cubano sería tan funesto como reducir su pensamiento a una unanimidad imposible en un pueblo compuesto de distintos factores, y en la misma naturaleza humana, Si por su pensamiento, y por su acción basada en él, ha de ser eficaz y gloriosísima la campaña del Partido Revolucionario Cubano, es indispensable que, sean cualesquiera las diferencias de fervor o aspiración social, no se vea contradicción alguna, ni reserva enconosa, ni parcialidades mezquinas, ni arrepentimiento de generosidad, en el pensamiento del Partido Revolucionario. El pensamiento se ha de ver en las obras. El hombre ha de escribir con las obras. El hombre sólo cree en las obras. Si inspiramos hoy fe, es porque hacemos todo lo que decimos. Si nuestro poder nuevo y fuerte está en nuestra inesperada unión, nos quitaríamos voluntariamente el poder si le quitásemos a nuestro pensamiento su unidad3”.

En esta cita Martí hace énfasis en la necesidad de la unidad de pensamiento dentro del PRC como condición del éxito, pero aclara que eso sería tan peligroso como reducir su pensamiento a la unanimidad imposible. Y añade algo que bien vale la pena tener en cuenta: El pensamiento se ha de ver en las obras. El hombre ha de escribir con las obras. El hombre sólo cree en las obras. La idea del partido único parece que estaba solo en la mente del autor o los autores del artículo, pues en las citas utilizadas esa pretensión brilla por su ausencia.

Según el artículo, una vez eliminado el poder español e implantada la ocupación militar estadounidense, Estrada Palma dio por concluida la misión del PRC y procedió a su disolución, con lo que mutiló una parte importante del ideario martiano que preveía emplear el Partido no sólo en la guerra contra España, sino también en la fundación de una República  “con todos y para el bien de todos”. En este planteamiento se confunde el fin con los medios, pues el propósito martiano consistía en gestar la República desde la guerra.

En las resoluciones del PRC no aparece nada relativo a su labor después de la victoria, mientras que en sus Bases se define claramente que el PRC se constituye “para lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”; que no se propone perpetuar en la República Cubana “el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia, sino fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud”; y que “no tiene por objeto llevar a Cuba una agrupación victoriosa que considere la Isla como su presa y dominio, sino preparar, con cuantos medios eficaces le permita la libertad del extranjero, la guerra que se ha de hacer  para el decoro y bien de todos los cubanos, y entregar a todo el país la patria libre”4.

Martí estableció una relación genética entre Guerra y República, donde la segunda tenía que incubarse desde la primera. Él proyectó la fundación de la República, que en su ideario era forma y estación de destino, a diferencia de la guerra y del partido, concebidos como eslabones mediadores para arribar a ella. Por eso en el discurso Con todos y para el bien de todos, expresó: “… cerrémosle el paso a la república que no venga preparada por medios dignos del decoro del hombre, para el bien y la prosperidad de todos los cubanos”5; y el 5 de diciembre de 1891 escribió a José Dolores Poyo: “Es mi sueño que cada cubano sea hombre político enteramente libre…”6.

Veamos otras ideas esenciales de Martí acerca del PRC.

1- Estando en Nueva York en enero de 1880, Martí presentó un estudio crítico de los errores de la Guerra de los Diez Años en el que incluyó los diversos factores que explicaban el fracaso y en consecuencia señaló sus causas, entre ellas la falta de unidad de los revolucionarios, de donde deduce la necesidad de una organización para forjarla.

2- En julio de 1882, en Carta a Máximo Gómez, esbozó los objetivos del PRC así: “…sólo aspiro a que formando un cuerpo visible y apretado aparezcan unidas por un mismo deseo grave y juicioso de dar a Cuba libertad verdadera y durable todos aquellos hombres abnegados y fuertes, capaces de reprimir su impaciencia en tanto que no tenga modo de remediar en Cuba con una victoria probable los males de una guerra rápida, unánime y grandiosa…” 7. Fiel a esos principios, Martí se separó del Plan Gómez-Maceo en 1884 y escribió al Generalísimo: “…Pero hay algo que está por encima de toda la simpatía personal que usted pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad aparente: y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta…”8.

3- En diciembre de 1887, le advirtió a Máximo Gómez que el país marchaba desordenadamente hacia la guerra y que se carecía de “un plan que lo una y un programa político que lo tranquilice”9. Para eso precisamente funda el PRC, como institución organizadora, controladora y creadora de una conciencia encaminada a sustituir la espontaneidad y la inmediatez.

4- En las Resoluciones de noviembre de 1891 planteó que: “La organización revolucionaria no ha de desconocer las necesidades prácticas derivadas de la constitución e historia del país, ni ha de trabajar directamente por el predominio actual o venidero de clase alguna; sino por la agrupación, conforme a métodos democráticos, de todas las fuerzas vivas de la patria; por la hermandad y acción común de los cubanos residentes en el extranjero; por el respeto y auxilio de las repúblicas del mundo, y por la creación de una república justa y abierta… levantada con todos y para el bien de todos”10.

5- El 17 de febrero de 1892, en Nuestras Ideas, expresó: “Y no es el caso preguntarse si la guerra es apetecible o no, puesto que ninguna alma piadosa la puede apetecer, sino ordenarla de modo que con ella venga la paz republicana, y después de ella no sean justificables ni necesarios los trastornos a que han tenido que acudir…”11.

6- El 10 de abril de ese mismo año, en el acto de fundación del PRC, reiteró que el partido se crea: “de modo que en la conquista de la independencia de hoy vayan los gérmenes de la independencia definitiva de mañana”12 y en abril de 1893 expresó: “La grandeza es esa del Partido Revolucionario: que para fundar una república, ha empezado con la república. Su fuerza es esa: que en la obra de todos, da derecho a todos. Es una idea lo que hay que llevar a Cuba: no una persona”13. Parece ser que el contenido de estas dos citas llevó al autor del artículo publicado en Granma a pensar que se referían a una supuesta labor del PRC después del triunfo.

7- En el Manifiesto de Montecristi, firmado conjuntamente con Máximo Gómez el 25 de marzo de 1895, planteó que la guerra no es “el insano triunfo de un partido cubano sobre otro, o la humillación siquiera de un grupo equivocado de cubanos; sino la demostración solemne de la voluntad de un país harto probado en la guerra anterior para lanzarse a la ligera en un conflicto sólo terminable por la victoria o el sepulcro”14.

Lo común en las citas tomadas del artículo de Granma, y en las que yo añado, es que la fundación del PRC fue concebida como una institución organizadora, controladora y creadora de conciencia, conforme a métodos democráticos, para sustituir la espontaneidad y la inmediatez, fomentar la unidad de los combatientes, sustituir el caudillismo, el personalismo y dirigir la guerra como una necesidad táctica de una estrategia mayor, como un eslabón intermedio para gestar la Patria y conformar la República con todos y para el bien de todos. Sus funciones se delimitaron para que de su seno surgieran los gérmenes de la independencia definitiva, no para representar a una clase social o a los revolucionarios sino a todos los cubanos, no con fines electoreros, no para dominar y prohibir la existencia de partidos diferentes después del triunfo, no para anular la participación popular, no para declarar que la calle y la universidad pertenecen a los revolucionarios, no para encarcelar a los que piensan diferente. Realidades que demuestran que las ideas democráticas y humanistas de Martí son no sólo ajenas sino contrarias a la práctica de partido único.

El carácter antinatural de la conformación del monopartidismo en Cuba consiste en que para su implantación tuvo que eliminar los demás partidos políticos y la variedad de asociaciones existentes, de cuyo proceso emergió un modelo “perfecto” de régimen totalitario, y con él, el estancamiento y el fracaso.

Incluso, aceptando la absurda tesis de que Martí preveía después del triunfo emplear el Partido en la fundación de la República, habría que aceptar también la contratesis de que, por su profundo pensamiento democrático, lo haría en competencia con los partidos existentes, no autodeclarando al suyo como partido único. Tampoco ninguno de los delegados a las asambleas constituyentes de Jimaguayú (1895) y de la Yaya (1897) –entre los cuales había seguidores de las ideas martianas como Fermín Valdés Domínguez y Enrique Loynaz del Castillo–,, propuso incluir algún artículo de esa índole, lo que demuestra la ausencia de tal propósito. Otra prueba contundente consiste en la diferencia de intereses y de composición social que tenían los núcleos revolucionarios en la Florida, en Nueva York y en el interior de Cuba; una  diversidad que Martí convocó para la guerra pero que después de la victoria se manifestaría de forma natural en la variedad de asociaciones y fines.

Por todo lo anterior, el propósito de concretar el papel del Partido Comunista como vanguardia organizada de la nación en la venidera Conferencia Nacional debería, en bien de los cubanos todos y como respeto a José Martí, rectificarse. Y en su lugar despenalizar la diferencia política e instituir el derecho de asociación, para que en presencia de otros partidos, el comunista demuestre o no su potencialidad para autodenominarse vanguardia, pero sobre todo, para que los cubanos devengan ciudadanos y desempeñen el papel activo que les corresponde en los destinos nacionales.

1 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2000. Tomo I, p. 326
2 Martí, José. Obras Completas. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1991. Tomo I, pp211-212
3 Martí, José. Obras Completas. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1991. Tomo I, p.424
4 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. Tomo III, pp.26-27
5 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. Tomo III, pp.9-10
6 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. Tomo III, pp.24-25

7 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TI, p.325
8 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TI, p.459
9 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TII, p.211
10 MARTÍ, JOSÉ. Resoluciones tomadas por la emigración cubana de Tampa y Cayo Hueso en noviembre de 1891. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p.23
11 MARTÍ, JOSÉ.  Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p. 65
12 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p.99
13 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p.192
14 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p.511
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