Hemeroteca de marzo 2011

(Tomado del Diario de Cuba (www.ddcuba.com, el 17 de marzo de 2011)

Rubén Martínez Villena
Rubén Martínez Villena

En una tertulia celebrada el pasado febrero con jóvenes interesados en la historia política de Cuba, al referirme a la Protesta de los Trece, uno de los presentes lanzó la pregunta: ¿Por qué esos hechos no ocurran actualmente? Los argumentos utilizados para responder los reproduzco en recordación del 88 aniversario de aquel memorable acontecimiento y para compartirlo con los lectores del Diario de Cuba.

El hecho consistió en que durante el homenaje dell Club Femenino de Cuba a la escritora uruguaya Paulina Luisi, el 18 de marzo de 1923 en la Academia de Ciencias, un grupo de jóvenes escenificó un acto de civismo y dignidad nacional que contiene valiosas enseñanzas para el presente cubano.

Ocupaba la presidencia de la República el Dr. Alfredo Zayas Alfonso, el único mandatario de las primeras tres décadas que no fue oficial durante la Guerra de Independencia. Político y abogado, conocido popularmente por los sobrenombres de “El chino Zayas” y “El pesetero”, después de ocupar diversas responsabilidades políticas, al cesar en 1913 en el cargo de Vicepresidente de la República, se auto designó historiador oficial de Cuba con un sueldo de 500 pesos mensuales, durante su mandato presidencial ganó “por pura casualidad” el primer premio de la Lotería Nacional en dos oportunidades, se erigió una estatua en vida y dio vía libre al juego; de manera que al concluir su mandato la fortuna personal ascendía a varios millones de pesos.
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De forma paralela a los avances, cuando las líneas férreas se extendían por todo el país, las ciudades se destacaban por el alumbrado eléctrico y los tranvías urbanos, se realizaba el primer viaje aéreo de La Habana a Santiago de Cuba y la radio irrumpía en los hogares cubanos; la corrupción política y administrativa adquiría niveles preocupantes. Uno de esos ejemplos fue lo ocurrido con el antiguo Convento de Santa Clara, el cual durante el período inflacionario, conocido como Danza de los Millones, una empresa particular lo compró a la Iglesia Católica por menos de un millón de pesos, y luego, cuando el país entró en la crisis conocida como las Vacas Flacas, en el momento en que los precios habían descendido, Alfredo Zayas lo compró por 2,3 millones, más del doble de la cifra pagada inicialmente.

Varios miembros del gabinete de Zayas se opusieron a que la compra fuera aprobada por ley, entre ellos el titular de Hacienda que se negó a refrendar el trato, lo que obligó al Presidente a sustituir su rúbrica por la del Secretario de Justicia, el Dr. Erasmo Regüeiferos, quien había sido invitado a pronunciar un discurso durante el homenaje a Paulina Luisi. En el momento en que se disponía a hacer uso de la palabra, en protesta 15 jóvenes se pusieron de pie y uno de ellos, el abogado y poeta joven Rubén Martínez Villena1, se excusó ante la presidencia y manifestó a nombre del grupo, la decisión de abandonar el salón en protesta contra el titular de Justicia, quien había firmado el trato para la compra del Convento. Al día siguiente, El Heraldo publicó el manifiesto conocido como Protesta de los 13, ya que dos de los participantes se abstuvieron de firmarlo. En el documento declararon sentirse honrados y satisfechos por iniciar un movimiento contra la inmoralidad que envilecía la patria y anunciaban estar dispuestos en lo sucesivo a adoptar idéntica actitud de protesta en todo acto en el que tome parte directa o indirecta una personalidad tachable de falta de patriotismo o de decoro ciudadano.

Los argumentos que utilicé para responder a la interrogante ¿Por qué esos hechos no ocurran actualmente?, fueron los siguientes: Primero, porque paralelo a la descomposición moral de la élite gobernante, las virtudes cívicas ciudadanas, que nunca desaparecen del todo, estaban resurgiendo en diversos sectores sociales del país. Segundo, porque la institucionalización democrática refrendada en la Constitución de 1901, entre ellos la separación de los poderes públicos, el reconocimiento de la libertad de expresión, la libertad religiosa, los derechos de reunión, de asociación y de movimiento para entrar y salir del país, el hábeas corpus y la inviolabilidad del domicilio, permitía ese tipo de manifestación cívica.

Apoyada en esos derechos, la sociedad civil alcanzó un considerable desarrollo. El propio Club Femenino de Cuba, que rindió el homenaje a la escritura de Uruguay se había fundado en 1918, el cual, conjuntamente con otras 30 asociaciones femeninas se reunieron en 1923 en el Primer Congreso Nacional de Mujeres para coordinar la defensa de sus intereses y luchar por el sufragio femenino. El movimiento sindical, desde la Huelga de los Aprendices en 1902, se extendió por todo el país e influyó en la aprobación de varias legislaciones favorables a los trabajadores. Los estudiantes universitarios se manifestaron en 1921contra la concesión del título de Doctor Honoris Causa al General Leonardo Wood y a Enoch H. Crowder y en diciembre de 1922 la Federación de Estudiantes Universitarios reclamó la autonomía universitaria.

Después de la Protesta de los Trece, se creó la Falange de Acción Cubana, El Grupo Minorista y el Movimiento de Veteranos y Patriotas. En 1918 se creó la Agrupación Socialista de La Habana, que condujo a la fundación del Partido Comunista en 1925, y la Junta Cubana de Renovación Nacional, en 1923, publicó el Manifiesto a los Cubanos, por sólo citar algunos ejemplos aislados.

La ausencia de esas libertades y espacios que sirvieron de sustento para la expresión ciudadana desaparecieron. Ahora, cuando no se trata de corrupción política administrativa sino de una crisis estructural profunda que afecta todo y a todos, los intentos de conductas cívicas son denigrados por el Estado que posee el monopolio de los medios de comunicación y un numeroso y eficiente aparato policial para reprimir.

De la comparación del escenario en que se produjo la Protesta de los Trece y el actual, se puede comprender la magnitud del retroceso sufrido por los cubanos en materia de derechos civiles y políticos, al punto, que el gobierno elogia la conducta asumida por los autores de la Protesta a la vez que reprime a los que actúan siguiendo su ejemplo. Sin embargo, como las virtudes nunca desaparecen del todo, las conductas ciudadanas están resurgiendo, los cubanos comienzan a convertirse en ciudadanos; un proceso que requiere ser acompañado con acciones educativas desde los núcleos de civilidad existente, hasta conformar una cultura de derechos como premisa obligada para la participación de los cubanos en condición de sujetos en los destinos nacionales.

1     Rubén Martínez Villena nació el 20 de diciembre de 1899 en Alquízar, provincia de La Habana. Obtuvo el título de Bachiller en 1916 y el de abogado en 1922. Ingresó al Partido Comunista de Cuba en 1927 y murió el 16 de enero de 1934 en un sanatorio de La Habana.

(Tomado del Diario de Cuba, www.ddcuba.com, el día 23 de febrero de 2011)

La armonía social implica que los avances científicos, tecnológicos, económicos y culturales tengan el correspondiente reflejo en la justicia social, la democratización y las libertades ciudadanas. La ausencia de esa correspondencia hace que las demandas de épocas pasadas coexistan con las presentes y que, por tanto, su solución tenga que emprenderse de forma conjunta, lo que le imprime un alto grado de complejidad a los procesos de cambios.

Algunos aspectos esenciales contenidos en el Programa del Partido Revolucionario Cubano (PRC) continúan pendientes de realización. Por ello, el 116 aniversario del 24 de febrero constituye una excelente oportunidad para tratar un tema tan vital.

Los adelantos técnicos introducidos en los ingenios, la sustitución del trabajo esclavo por el asalariado y la centralización de la propiedad en las grandes haciendas azucareras a finales del siglo XIX, convirtieron a Cuba en el primer país productor de azúcar que arribó al millón de toneladas; a cambio, la economía quedó sujeta a un solo producto y casi totalmente a un solo mercado, lo que generó una deformación estructural y una redistribución injusta de la riqueza que se reflejó en las penurias de obreros, campesinos pobres y esclavos emancipados, un cuadro que condicionó el reinicio de la lucha revolucionaria en 1895.

José Martí, en su análisis del fracaso de la Guerra de los Díez Años, expuesto en Nueva York en enero de 1880, arribó a un sistema de principios que constituye el cimiento de la teoría de la revolución: el papel de la política, su carácter democrático y participativo, la observación del factor tiempo, la revolución como forma de la evolución y la necesidad de unir los diversos factores en un mismo fin concertado; estudio que lo situó como el político cubano de mayor altura.

Después de 12 largos años de labor, el 10 de abril de 1892 se declaró constituido el PRC de forma simultánea en todas las asociaciones, del cual debía emerger la República que se quería constituir. Dicho propósito quedó definido en las Bases del Partido: “fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud”1; de manera –decía el  periódico Patria–, “que en la conquista de la independencia de hoy vayan los gérmenes de la independencia definitiva de mañana”.2

La democratización, la libertad y la dignidad humana, presentes en todos los discursos, artículos y documentos elaborados por Martí, constituían los fundamentos de la República.

Las Resoluciones de noviembre de 1891 plantean que la razón de ser del PRC era la necesidad de reunir en acción común republicana y libre a todos los elementos revolucionarios honrados para la creación de una república justa y abierta para el bien de todos. Y en el programa, conocido como Manifiesto de Montecristi, se proclama que “La guerra no es… el insano triunfo de un partido cubano sobre otro, o la humillación siquiera de un grupo equivocado de cubanos; sino la demostración solemne de la voluntad de un país harto probado en la guerra anterior para lanzarse a la ligera en un conflicto sólo terminable por la victoria o el sepulcro…”3

En el discurso pronunciado el 10 de octubre de 1889, expuso: “Todo lo de la patria es propiedad común, y objeto libre e inalienable de la acción y el pensamiento de todo el que haya nacido en Cuba. La patria es dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todos, y no feudo ni capellanía de nadie, y las cosas públicas en que un grupo o partido de cubanos ponga las manos con el mismo derecho indiscutible con que nosotros las ponemos, no son suyas sólo, y de privilegiada propiedad, por virtud sutil y contraria a la naturaleza, sino tan nuestras como suyas…”4

En la disertación Con todos y para el bien de todos, en 1891, dijo: “cerrémosle el paso a la república que no venga preparada por medios dignos del decoro del hombre, para el bien y la prosperidad de todos los cubanos!”5 En la carta a José Dolores Poyo, fechada en diciembre de ese mismo año, declaró: “Es mi sueño que cada cubano sea hombre político enteramente libre”6. De igual forma le escribió a Máximo Gómez: “El gobierno de los hombres es la misión más alta del ser humano, y solo debe fiarse a quien ame a los hombres y entienda su naturaleza”7. En esa misma oportunidad expresó: “Por que si en las cosas de mi patria me fuera dado preferir un bien a todos los demás, un bien fundamental que de todos los del país fuera base y principio, y sin el que los demás bienes serían falaces e inseguros, ese sería el bien que prefiriera: yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”.8

La labor organizadora del PRC se manifestó en el interior y el exterior del país. Los múltiples alzamientos ocurridos en toda Cuba, a pesar del fracaso del plan La Fernandina, así lo confirman; sólo en la zona oriental se produjeron más de 30 levantamientos desde Guantánamo hasta Las Tunas, por lo que el Grito de Baire podría, en justicia, llamarse Grito de Oriente.

A 116 años de aquel gigante esfuerzo, debido a la ausencia de democratización, de libertad y de dignidad de los cubanos, la producción de azúcar apenas sobrepasa la de aquella época, con la diferencia de que en vez de 1 millón y medio de habitantes ahora somos casi 12 millones; la injusta distribución de la riqueza se convirtió en pobreza generalizada; la propiedad de la tierra fue absorbida casi totalmente por el Estado, lo que imposibilitó la realización del sueño martiano de conformar un país de muchos pequeños propietarios; la eliminación de las trabas que impedían a los cubanos de piel oscura participar en condiciones de igualdad, al no acompañarse de la correspondiente acción afirmativa y al eliminarse el debate del tema, la discriminación se conserva en los prejuicios raciales que reproducen a la colonia; y la anhelada República libre y democrática asumió la forma de sistema totalitario.

En fin, que las razones fundamentales por la que decenas de miles de cubanos que tomaron las armas en 1895, que cayeron y/o otros incontables sacrificios, están pendientes de realización. A ellas se unen las demandas de la modernidad. Es decir, viejos y nuevos problemas que reclaman solución de forma conjunta. Por ello las ideas martianas que intentaron realizarse a fines del siglo XIX, conservan su vigencia en la Cuba del siglo XXI.

La Habana, 22 de febrero de 2011
1 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p. 26
2 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p.99.
3 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p. 511
4 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TII, p. 367
5 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, pp. 9-10, 17
6 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p. 24-25
7 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TII, p. 16
8 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p. 9