Hemeroteca de febrero 2011

(Tomado del Diario de Cuba, www.ddcuba.com, el día 21 de febrero de 2011)

Protesta de Baraguá

Protesta de Baraguá

Haciendo uso del derecho de contrarréplica, aprovecho el artículo de Miguel Fernández-Díaz, Zanjar el Pacto, para volver sobre aquel hecho histórico que ha generado y seguirá generando interpretaciones contrapuestas. Con ese fin he seleccionado cuatro de los planteamientos contenidos en su réplica.

1- “Es curioso –dice Miguel– que una relectura del pasado arranque con la confusión entre historia e historiografía, al definirse la primera como “sucesión de hechos realizados primero e interpretados después”. O peor, que todo el análisis se cobije bajo el paraguas semántico El Pacto de Zanjón, un hecho político, como si no lo fuera todo acuerdo entre bandos para poner fin a la guerra, id est: la continuación de la política a sangre y fuego”.

La historia, entendida como sucesión de hechos realizados por los hombres, es objeto de interpretaciones posteriores, que también son realizadas por los hombres, por lo que uno y otro momento están impregnados del subjetivismo que los individuos imprimen a todas las acciones en que participan. Esa fue la idea que expuse en mi artículo anterior. Ahora, aunque no soy partidario de las discusiones academicistas, añado que la historia, tal como llega a los lectores, no es un reflejo absolutamente objetivo de lo ocurrido, sino el resultado de la interpretación. De ello se deriva que la historia que conocemos es una combinación de hechos e interpretaciones, aunque el colega Miguel lo califique de “confusión”.

2- Más adelante, expresa: “La cosa sigue empeorando al considerarse ‘hecho histórico indiscutible’ que la Guerra de los Diez Años ‘comenzó liderada por hacendados criollos blancos [y] terminó con el liderazgo de negros, mulatos y blancos pobres’. Aquella guerra terminó por acción del Comité Centro… tras disolverse el gobierno mambí”.

Si estamos de acuerdo en que la guerra comenzó con el Grito de La Demajagua, tenemos que convenir en que: 1- se inició bajo la dirección de un grupo de hacendados blancos de Bayamo; 2- que la beligerancia se extendió hasta Las Villas para luego retroceder hasta la parte más oriental de la Isla; 3- que en su transcurso se fue tiñendo de negros y mulatos, que, iniciados como soldados, devinieron altos oficiales como Antonio Maceo, José Maceo, Jesús Rabí, Pedro Díaz Molina, Agustín Cebreco, Guillermón Moncada y Flor Crombet, lo que el historiador Jorge Ibarra, califica de transformación del ejército insurgente de una fuerza de plantadores blancos en un ejército popular multirracial y que Sergio Aguirre define como una curva de profundización democrática que nace con el heroico hacendado Céspedes y termina con el más humilde, por su origen, de sus mayores generales; 4- que esa guerra no terminó en las jurisdicciones del Centro el 10 de febrero, sino en Oriente el 7 de abril, cuando las fuerzas bajo el mando de Maceo, que abarcaban las jurisdicciones de Baracoa, Guantánamo, Sagua de Tánamo, Santiago de Cuba y la parte oriental de Holguín, cesaron los combates; una prueba de ello es que los delegados del Comité del Centro, cuando se dirigían al Departamento Oriental para informar de lo pactado, fueron testigos del desfile de los heridos del Batallón San Quintín, que acababa de ser diezmado por las fuerzas de Maceo. Es decir, que la guerra continuaba.

3- Dice Miguel que “La tesis que justifica el título es la conexión libresca de la política, como el arte de lo posible, con el Pacto del Zanjón, como “lo posible en aquel momento”, ergo el Pacto del Zanjón fue algo político. Así se oscurece que, además de posible (por algo se firmó), aquel pacto vino forzado por la sencilla razón de que los mambises perdieron la guerra.

Lo que afirmé, y reafirmo, es que la firma del Pacto del Zanjón fue una manifestación práctica y consecuente de lo posible en aquel momento, y por tanto contiene enseñanzas válidas en materia de política. Aunque Miguel lo considere libresco, en política -ámbito de las relaciones de poder entre clases sociales, estados o sociedad y Estado-, cuando una de esas partes fracasa en la realización de sus propósitos por los medios políticos acude al uso de la fuerza, con el objetivo de derrotar al otro; lo que el teórico militar prusiano Kart Von Clausewitz, definió como la continuación de la política por otros medios. Entonces, cuando la violencia fracasa y se regresa a las negociaciones, entramos de nuevo en el terreno de la política, donde cada parte trata de obtener, en esas condiciones, el mayor provecho. De ahí lo de arte de lo posible.

Lo anterior explica que al no obtenerse la independencia ni la abolición de la esclavitud, ni uno de los dos contendientes alcanzar la rendición del otro mediante la guerra, hubo que volver la mirada a la negociación, es decir, regresar a la política. Por eso el Pacto fue sencillamente una manifestación de lo posible. Lo acertado de esa decisión fue confirmado por la historia posterior: la liberación de los esclavos que tomaron parte en la guerra resultó un golpe de muerte para la esclavitud, mientras que de las libertades contenidas en las cláusulas del Pacto nació la sociedad civil legalizada.

4- Continúa Miguel: “Sin embargo, el despiste mayúsculo es colar aquel pacto en una relación de ‘fundamento para todos los movimientos sociales posteriores’, ya que habría concedido a los cubanos ‘las libertades de prensa, de asociación y de reunión’. Siempre es bueno saber de qué se está hablando. El Pacto del Zanjón reconoció esas libertades en el mismo sentido denunciado por Martí: ‘la dichosa libertad [que] permite que hable usted por los codos de cuanto se le antoje, menos de lo que pica; pero también permite que vaya usted al Juzgado o a la Fiscalía, y de la Fiscalía o el Juzgado lo zambullan a usted en el Morro, por lo que dijo o quiso decir’ (El Diablo Cojuelo, enero 19 de 1869).

La denuncia de Martí, citada para desbancar mi planteamiento, no sirve de argumento, pues la misma está referida a la Cuba de 1869, una década antes del escenario que emergió del Pacto del Zanjón.

Gracias a la amnistía contemplada en el Pacto y a la permisibilidad para que los exiliados regresaran a Cuba, José Martí, Juan Gualberto Gómez y Antonio Maceo pudieron pisar nuevamente tierra cubana ¿Y a qué vinieron? Martí, a establecer contactos, intervenir en debates, escribir en diarios y revistas, participar en la conspiración de la Guerra Chiquita, hasta ser deportado nuevamente. Maceo, a ponerse en contacto con viejos amigos de la guerra y con la “Juventud de la Acera”, para preparar el movimiento en Occidente, en la medida que podía prepararse y realizar una labor idéntica en Oriente. Juan Gualberto, a luchar por la igualdad racial, a militar en clubes revolucionarios, a conspirar en la preparación de la Guerra Chiquita, donde conoció y trabó amistad con Martí, hasta ser deportado y al regresar en 1890 fundó la Fraternidad, donde publicó Por qué somos separatistas, por lo cual fue condenado a prisión. Sin embargo, haciendo uso de las libertades obtenidas y aprovechando la victoria judicial de los republicanos en España, mediante la que se declaró lícita la propaganda republicana sin imponerla por medios violentos, Juan Gualberto apeló la sanción y logró el falló a su favor. Gracias a ello pudo hacer propaganda independentista, sin llamar a la Guerra. El resultado habla por sí solo: cuando llegó a Cuba Gerardo Castellanos, enviado por Martí para preparar el nuevo alzamiento, ya existía en la Isla un movimiento organizado en varias provincias.

Además se crearon órganos de prensa, asociaciones económicas, culturales, fraternales, educacionales, de socorros mutuos, de instrucción y recreo, sindicatos y los primeros partidos políticos de Cuba. En 1879 se aprobó la Ley de Imprenta, en 1880 la Ley de Reuniones y en 1886 la Ley de Asociaciones, refrendadas por el artículo 13 de la Constitución Española, que entró en vigor desde 1878.

Por ejemplo, el Directorio de las Razas de Color, fundado en 1886, ya en 1892 agrupaba a 75 sociedades de toda la isla y en ese año celebró, durante una semana, una Convención en La Habana para discutir las aspiraciones de ese sector. Con independencia de la voluntad dictatorial del gobierno español, las libertades concedidas a Cuba fueron empleadas para la el reinicio de las lucha independentista en 1895. Luego los resultados de la contienda del 95 se reflejaron en la Constitución de 1901. Los derechos recogidos en esa constitución se ampliaron en la de 1940, que fue la base legal de todos los movimientos posteriores, hasta el asalto al Cuartel Moncada en 1953. Condiciones cívicas y políticas que hoy, a 132 años del Zanjón, constituyen una aspiración.

Los objetivos de este y del anterior análisis, amigo Miguel, son: 1- sacar al Pacto del Zanjón del lugar oscuro en que se ha tratado de colocar y demostrar que si la Protesta de Baraguá planteó la necesidad de continuar la lucha por la independencia, el Pacto del Zanjón la hizo posible y 2- llamar la atención acerca de la importancia que tienen la negociación y el diálogo en un escenario como el nuestro, impregnado de intolerancia, descalificaciones, repudios, tiros y machetazos.

(Tomado del Diario de Cuba, www.ddcuba.com, el día 18 de febrero de 2011)

Piramides de Egipto

Piramides de Egipto

El derrocamiento de Mubarak en Egipto ha estimulado la idea de que en Cuba pudiera ocurrir un hecho similar. Esa conclusión, basada en las similitudes, no tiene en cuenta las diferencias entre ambos escenarios.

Los gobiernos de los dos países, emergidos en la década del 50 del pasado siglo, conformaron sistemas de partido único, economía estatizada y ausencia o limitación de las libertades ciudadanas. Ambos, en medio de la Guerra Fría, participaron en un juego de intereses estratégicos ajenos a sus pueblos. En Egipto, la retirada de la ayuda económica de Occidente para la construcción de la presa de Asuán y después el resultado desfavorable de la guerra con Israel en 1967, condicionaron la ayuda de la Unión Soviética. En Cuba, la ruptura de relaciones con Estados Unidos y después el fracaso de la zafra azucarera de 1970, condicionaron la dependencia de la Unión Soviética y su ingreso al CAME. A pesar de esas similitudes, otros factores políticos, históricos y culturales, determinaron rumbos diferentes.

En Egipto, Gamal Abdel Nasser, al frente de un grupo de militares, derrocó en 1952 la monarquía egipcia del rey Faruk I, creó la República Árabe de Egipto en la que ocupó el cargo de primer ministro y luego la presidencia. Al morir en 1970 fue sustituido por Anwar al-Sadat, quien, sin renunciar al modelo totalitario, dio un giro a la política precedente; estableció un gobierno con el jefe del Estado como presidente de la República y un régimen de liberalización económica y política para atraer al capital de Occidente; reconoció al Estado de Israel y, al fracasar en su proyecto de paz, se alió a la Unión Soviética, lanzó la guerra contra Israel en 1973 y mediante negociaciones recuperó el canal de Suez y los campos petroleros del Sinaí. Luego, en Camp David, suscribió un acuerdo para la solución del conflicto, por lo que recibió el Premio Nobel de la Paz.

A la muerte de Sadat  en 1981, Muhammad Hosni Mubarak accedió al poder e introdujo algunas reformas políticas que permitieron a los Hermanos Musulmanes una mayor participación. Sin embargo, debido a su apoyo a las sanciones impuestas a Irak por la invasión a Kuwait y a su contribución militar a la coalición que enfrentó a ese país en la guerra del Golfo Pérsico, sus enemigos iniciaron acciones violentas que arrojaron centenares de víctimas, en respuesta, el Gobierno ejecutó decenas de opositores. En esa situación, en el ańo 2005, Mubarak presentó una nueva propuesta de reforma constitucional que, entre otras cosas, cambió la forma de elección presidencial, pero las protestas continuaron reclamando libertades cívicas y políticas más profundas.

En los 56 ańos transcurridos desde que Nasser ocupó la presidencia hasta el derrocamiento de Mubarak, el poder fue ocupado por tres gobiernos, que sin renunciar al totalitarismo, fueron introduciendo cambios que permitieron determinada participación pública y legal de importantes sectores de sociedad civil, sin lo cual hubiera sido mucho más difícil, si no imposible, el actual desenlace.

En Cuba, Fidel Castro encabezó el movimiento insurreccional que atacó al Cuartel Moncada en 1953, desembarcó en la Isla en 1956 y tomó el poder en 1959. A partir de ese momento comenzó un proceso que estatizó la economía, conformó un sistema de partido único, desmontó la sociedad civil existente y estableció un control absoluto sobre los medios de información y sobre los ciudadanos a través de los CDR. Gracias a las subvenciones de los aliados ideológicos, se pudo garantizar un sistema de salud, educación y deporte y la venta de productos subsidiados que, junto al diferendo con Estados Unidos, sirvió para atenuar y solapar las contradicciones entre Estado y sociedad. Si en Egipto la introducción de cambios comenzó en los ańos 70, en Cuba no comenzaron a materializarse hasta el ańo 2008, después de la designación del General Raúl Castro como Presidente del Consejo de Estado. Esos cambios, limitados y contradictorios, están tomado cuerpo desde  diciembre del pasado ańo, cuando afirmó que en el ańo 2011 comenzaría de manera gradual y progresiva la implementación de cambios estructurales y de conceptos en el modelo económico cubano.

Esas diferencias de condiciones explican que los acontecimientos de Egipto no se manifiesten de igual forma en Cuba. Sin embargo, lo ocurrido en aquel país pudiera devenir lección de alcance global para el presente-futuro, en dependencia de cómo evolucione el proceso hasta la implantación de la democracia, las libertades y los derechos ciudadanos.

La lección de Egipto consiste en que en la historia los cambios sociales emergidos de revoluciones encabezadas por élites o figuras carismáticas, que enarbolando las demandas de su época y lugar movilizaron a las “masas” para derribar el orden existente, al asumir el poder devinieron fuentes de derecho generando regímenes similares o peores a los derribados. Sin embargo, lo ocurrido recientemente rompe esa tendencia, porque el sujeto de los cambios no ha sido ninguna figura, élite, movimiento o partido político, sino el pueblo. La consolidación de ese proceso dependerá de la capacidad ciudadana para ejercer presión sobre el Ejército, que tiene la responsabilidad de establecer un régimen democrático.

Si se logran los objetivos reclamados por los egipcios, entonces, a la tesis de que la historia la hacen los hombres, hay que agregarle dos observaciones: una, que hasta ahora unos hombres han participado en condición de “masa”, u objetos de otros hombres –conductores, líderes, caudillos, jefes– que son los que realmente han fungido como sujetos; otra, que lo ocurrido con muchos procesos revolucionarios habrá que considerarlo como proto-histo ria, pues hasta la lección egipcia, los pueblos de esos países no han sido verdaderos sujetos, sino objetos. Entonces, la tesis de que la historia la hacen los hombres asumiría todo su valor sólo cuando los pueblos participen en condición de sujetos.

(Tomado de la revista digital Voces, en www.vocesvoces.com, número 5, enero de 2011)

1-corrupcionAlgunos funcionarios cubanos, ignorando que ningún cambio temporal –aunque sea una revolución– resulta definitivo, declaraban convencidos que ya Cuba había cambiado en 1959. Sin embargo, la terca realidad se impuso y los obligó a emprender el camino de las reformas. De igual forma, si ahora ignoran la necesidad de imprimirle un carácter integral a esos cambios, sufrirán un nuevo fracaso.

Ante el intento de reducir las reformas a determinados aspectos de la economía, entre otros obstáculos, se alza el Leviatán de la corrupción, cuya principal característica consiste en situar los intereses egoístas en primer lugar, sin importar la forma de lograrlo ni el daño que se ocasione; un mal que ha acompañado a la especie humana desde su surgimiento y cuya presencia en la sociedad cubana ha devenido moral predominante.

Aunque el hombre avanza aceleradamente en el conocimiento hacia la infinitud del cosmos y hacia el interior de la materia, le resta importancia a fenómenos sociales que afectan su vida de forma directa. Es capaz de realizar actos nobles, pero también terribles; de transitar entre la verdad y la mentira o entre la virtud y el vicio. Tal parece, como narraba Italo Calvino en Las dos mitades del vizconde, que cada individuo se bifurca al interior y se expresa indistintamente en dependencia de las circunstancias.

A pesar de los efectos nocivos y de los esfuerzos de ilustres figuras de nuestra cultura, muchos de los proyectos sociales fracasados en Cuba tuvieron entre sus causas la presencia del factor corrupción, el cual se vincula con la ética –disciplina que proclama la igualdad humana como actitud primaria y absoluta que debe preceder las relaciones sociales desde la política hasta la cultura, desde la vida privada hasta la pública y desde las acciones prácticas hasta las expresiones verbales. La ética, sustento de la dignidad, significa que cada ser humano no obedece a ninguna ley que no sea instituida también por él mismo. Por su parte, la moral es un conjunto de normas admitidas socialmente, que se acata o transgrede, en dependencia de fines, intereses en cada época y lugar, lo que le da un carácter relativo. Como componente de la cultura, la moral, una vez conformada y generalizada, adquiere independencia y deviene causa de nuevos fenómenos sociales.

Cada proyecto de transformación social exige un tipo específico de conducta, y los cubanos, nunca hemos estado en peor situación ético-moral para emprender cambios, lo que augura el fracaso de la actualización del modelo, si no se introducen de forma paralela las medidas dirigidas a su rescate. Un viaje a la semilla revela el hecho indiscutible de que al margen de la ética es imposible llevar a término ningún proyecto social positivo.

El crecimiento de las riquezas que convirtieron a Cuba en potencia azucarera y cafetalera mundial, vino convoyado, de un lado con la opresión, la explotación y la intolerancia colonial; de otro lado con las contradicciones de los hacendados criollos, que a la vez que eran sometidos desde arriba, ellos sometían de forma despiadada a los de abajo. En ese contexto de ausencia casi absoluta de libertades brotaron las raíces de dos vertientes morales contrapuestas: la utilitarista y la cívica.

La primera se explica con la filosofía del utilitarismo, la cual propugna que el valor ético de la conducta está determinado por el carácter práctico de sus resultados. Para uno de sus fundadores, el jurista y filósofo británico Jeremías Bentham, esta doctrina consiste en procurar el mayor grado posible de felicidad al mayor número de personas. De ella, despojada de sus mejores atributos, surgió la versión insular criolla del utilitarismo, en el que se sustentó la vida fácil que tomó cuerpo en el empleo indiscriminado de la violencia, la mentira, el juego y la vagancia. El utilitarismo criollo se redujo a la obtención de utilidades, donde el hombre existe para el otro, en tanto medio para alcanzar determinados fines.

En las clases altas son ejemplos el obsequio de la sacarocracia criolla de un ingenio al Gobernador Don Luís de las Casas; el desvío de los fondos de La Cabaña, que hizo de ésta construcción la fortaleza más costosa del mundo;  el garito y la valla de gallos que  Francisco Dionisio Vives –partidario del gobierno de las tres “bes”: baile, baraja y botella– mantuvo para su propio esparcimiento en el Castillo de la Fuerza. Tan conocida fue la conducta de este gobernante, que al término de su mandato apareció un pasquín dirigido a su sucesor que decía: “¡Si vives como Vives, vivirás!”

En las clases bajas el desinterés por el trabajo, de donde surgió la expresión popular “Aquí lo que no hay es que morirse”; los negros curros del Manglar, chulos, asesinos, ladrones y estafadores, cuya psicología y costumbres eran incompatibles con la esclavitud; el bandolerismo en los campos que proliferó con los vegueros desalojados de sus tierras; Caniquí, el negro de Trinidad, convertido en el terror de Santa Clara y Juan Fernández, el Rubio de Puerto Príncipe, son algunos ejemplos ilustrativos.

Por su parte la moral cívica –manifestación de minorías– tiene su raíz en la semilla que sembraron figuras como el Obispo Espada y el Padre Félix Varela, éste último fustigó a los interesados exclusivamente en las cajas de azúcar y en los sacos de café e intentó con la educación y con su ejemplo corregir esas actitudes mediante la formación de virtudes y conductas cívicas. La labor de los exponentes de esta moral se reflejó en el quehacer político que dio lugar a las gestas independentistas del siglo XIX, pero no logró que esa conducta se generalizara, como podemos encontrar en textos de nuestra historia como Diario del soldado de Fermín Valdés Domínguez o en Vida Pública de Martín Morúa Delgado, de. Rufino Pérez Landa, por sólo citar dos de ellos.

En el siglo XX, el utilitarismo reverdecido se abrió campo con el discurso de una élite político-económico-militar, emergida de las guerras, carente de cultura democrática e hinchada de caudillismo, lo que facilitó el uso de las posiciones públicas para fines individuales, realidad que fue reflejada magistralmente en la literatura por Carlos Loveira en Generales y Doctores. En este mismo siglo, la moral cívica –minorías conformadas por veteranos de la independencia, intelectuales y estudiantes universitarios– retomó el discurso de la Revolución inconclusa, pero montados sobre uno de nuestros males ancestrales: la  violencia, la que al asumir el poder devino fuente de derecho. Así, una vez “triunfantes”, los revolucionarios se deslizaron hacia la totalización de la sociedad, debilitando la institucionalidad del país y con ello la todavía débil práctica del respeto a los derechos humanos, sin lo cual es imposible mantener a raya la corrupción.

En la segunda mitad del siglo las frustraciones se reflejaron en el desinterés, la desesperanza y el escapismo, todo lo cual dio lugar a una tercera vertiente: la moral del sobreviviente. La misma refleja las decepciones por el alto precio pagado y responde con acciones concretas e inmediatas. Aunque se expresa con el mismo discurso del siglo precedente, ahora la lucha, no designa el propósito de abolir la esclavitud ni alcanzar la independencia, sino sencillamente el de sobrevivir.

De las tres vertientes morales, la sobrevivencia, espoleada por el sistema totalitario, tomó el predominio, al punto que después de medio siglo de gobierno revolucionario el mal de la corrupción se generalizó hasta abarcar todos los sectores sociales.

¿Dónde y cómo se manifiesta esta moral? En todas las esferas sociales: en la venta de medicinas, en la pérdida de paquetes enviados por correos, en la aprobación de alumnos a cambio de dinero, en la falsificación de documentos, en todos los mercados donde se expenden mercancías, en los talleres que brindan servicios a la población, en la venta de combustible por la “izquierda, en el desvió de los recursos del Estado. Un fenómeno que se manifiesta desde la alta jerarquía hasta el más simple trabajador.

En la alta jerarquía es suficiente tomar como ejemplo uno de los múltiples casos de corrupción: En junio de 1985, mediante el Decreto número 85 del Consejo de Ministros se creó el Instituto de Aeronáutica Civil (IACC). Para su dirección fue nombrado, en calidad de Presidente, el entonces Secretario General de la Unión de Jóvenes Comunistas y Miembro del Comité Central del Partido Comunista, Luís Orlando Domínguez Muñiz. Dos años más tarde, en 1987, Luís Orlando fue destituido, sometido a un proceso penal y condenado a 20 años de prisión por malversación, abuso de autoridad, falsificación de documentos públicos de carácter continuado, abuso en el ejercicio del cargo y uso indebido de recursos financieros y materiales. En julio de 1989 fue nombrado Vicente Gómez López, como presidente del IACC, quien tuvo que ser sustituido por “serios errores en los métodos de trabajo”. Entonces, en su lugar se designó al general de división Rogelio Acevedo Gonzáles, que fungía como Jefe de la Dirección Política Central de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, quien el pasado año 2010, tuvo que ser sustituido por graves problemas de corrupción.

En los trabajadores se manifiesta en las gestiones productivas y de servicios, los cuales a falta de locales propios y de instrumentos de trabajo, emplea los del Estado; un fenómeno que originó el vocablo Estaticular (gastos del Estado y utilidades del Particular); se abastece de materiales mediante el robo, mejor dicho, mediante la lucha, un término que, junto a los verbos escapar y resolver, designa las acciones para sobrevivir, con el consiguiente perjuicio ético.

Las personas respondieron al poco valor del trabajo con las actividades alternativas; a la imposibilidad de tener empresas con la vía estaticular; a la ausencia de sociedad civil con la vida sumergida; al desabastecimiento con el robo al Estado, que en definitiva es la propiedad “de todo el pueblo”; al cierre de todas las posibilidades con el escape al exilio. ¿Cuál era el dilema de la familia cubana en estas condiciones?, pues sobrevivir. Si además esa conducta se fue aceptando socialmente y cada familia de una u otra forma se vio obligada a emplearla, entonces tenía que terminar predominando.

La respuesta gubernamental, hasta hace muy poco, se limitó a la represión: policías, vigilancia, restricciones e inspectores, todas acciones sobre los efectos e ignorancia de causas, sin tener en cuenta que los daños se conocen por el efecto, pero las soluciones dependen de las causas. A pesar de ello la magnitud ha sido tal que la propia prensa oficial ha tenido que reflejarlo en sus páginas.

El diario Juventud Rebelde publicó el 22 de mayo de 2001 El cazador de engaños, referido a Eduardo, un inspector popular que recorre los establecimientos estatales para detectar violaciones en la calidad, el peso, los precios o la venta de artículos ajenos a la unidad. Según este inspector, cuando pone en evidencia el delito ante el infractor, algunos le dicen: “hay que vivir, hay que luchar”; una expresión de reconocimiento y a la vez de explicación del por qué se comete. Tampoco Eduardo se puede explicar por qué algunos ciudadanos se molestan cuando él les va a reivindicar sus derechos, “y éstos defienden a su propio victimario”. Sin proponérselo, el abnegado inspector aporta un elemento significativo: las “víctimas” se tornan defensores de los “victimarios”, lo que demuestra que la moral del sobreviviente es aceptada socialmente.

El Granma del sábado 28 de noviembre de 2003 publicó Violaciones de precios y la batalla de nunca acabar, en el que se citan las palabras de una funcionaria de la Dirección de Supervisión de Precios del Ministerio de Finanzas, quien expresó que en los primeros ocho meses de este año, en el 36% de los establecimientos inspeccionados encontraron irregularidades; en el caso de los mercados, ferias, placitas y puntos de venta agropecuarios, el índice estuvo por encima del 47%, y en gastronomía el 50%.

El viernes 20 de febrero de 2004, con motivo del balance anual del Ministerio de Auditoria y Control, Granma  publicó Enfrentar eficazmente irregularidades y delitos económicos, en el que la ministra de Auditoria y Control, Lina Pedraza, expresó: “están bien identificadas las causas y condiciones propiciadoras del delito y otras violaciones”, entre las que mencionó un conjunto que va desde “la insuficiente confirmación del origen o destino final de los productos” hasta “la insuficiente supervisión al sistema de auditorias”.

El Granma del sábado 24 de diciembre de 2005, informó que en la sesión ordinaria de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Pedro Ross, entonces Secretario General de la CTC “comentó y dijo que hay trabajadores que reaccionan, pero otros no y siguen justificando el robo y otras conductas indebidas”, por lo que el líder sindical, en su forma diáfana de expresarse, llamó a los trabajadores a convencer  a los trabajadores.

Los días 1 y 15 de octubre de 2006, Juventud Rebelde publicó La vieja gran estafa, donde se informa que de 222 656 inspecciones realizadas entre enero y agosto de 2005 por inspectores integrales, se encontraron violaciones de precios y alteraciones en las normas de los productos en el 52% de los centros examinados, y en el caso de los mercados agropecuarios, en el 68%.

El Granma del miércoles 25 de octubre de 2006 anunció que en enero de 2007 comenzaría a regir un nuevo reglamento disciplinario interno, encaminado a “fortalecer el orden, educar a los trabajadores y enfrentar indisciplinas e ilegalidades en el desempeño del trabajo”. El anuncio, cargado de optimismo, dio la impresión de que eso era lo único que faltaba para acabar con el relajo, pues cuando estuviera en vigor los trabajadores tendrán que asistir puntualmente al trabajo, cumplir el horario establecido, permanecer en su puesto y no abandonarlo sin autorización del jefe inmediato. Una decisión similar a aquella de ¡Ahora si vamos a construir el socialismo!

En el Granma del viernes 27 de octubre de 2006 apareció Cuando funciona la ceguera, donde se dio a conocer que el 28 de agosto de 2005, en una plataforma de pesaje del puerto de Cienfuegos, se extrajeron 15 toneladas de soya sin cuantificarse, las que eran  pagadas a los luchadores a mil pesos la tonelada.

El 22 de noviembre de 2006 Granma publicó Inspecciones dan cuenta de reiteradas violaciones.  La directora general de la Oficina Nacional de Inspección del Trabajo del MTSS, dijo que un ejército de fiscalizadores están revisando, entre otras cuestiones, el proceso de selección de ingreso de los trabajadores, las altas y bajas, las contrataciones, los convenios colectivos, los registros de entrada y salida del personal, la disciplina y el aprovechamiento de la jornada laboral, ya que en la mayoría de las entidades visitadas hay problemas que salen a la luz con facilidad: oficinas donde han encontrado trabajadores durmiendo o en animada tertulia, lugares en los cuales ningún jefe controla la entrada y salida de los empleados, entonces desde horas tempranas del día, hay quienes firman su supuesta hora de retirada en la tarde.

El Granma del lunes 16 de febrero de 2007 en Caníbales en las torres, abordó el robo de los angulares que sostienen las redes de transmisión eléctrica de alta tensión. Reconoce  que las “medidas técnicas, administrativas y legales aplicadas hasta el momento no han frenado el bandidaje”. En 2004 desaparecieron 1648 angulares en la red de 220 mil voltios y 545 en la de 100 mil; en 2005 se robaron 532 y 544 respectivamente; en 2006, después de reforzar la vigilancia, aplicar medidas técnicas y  sanciones, desaparecieron 267 y 1827. Sólo hubo disminución en la red de 220 mil porque se soldaron los tornillos hasta los 6 metros de altura, pero luego los osados luchadores subían por encima de esa altura. El 24 de agosto de 2006 las provincias habaneras y Pinar del Río permanecieron sin fluido eléctrico durante horas a causa de la caída de torres que no pudieron soportar vientos moderados debido al robo de los angulares que las sostenían. De igual forma se comportó el robo de los cables conductores, para vender el aluminio y el cobre contenido en los mismos.

El viernes 26 de octubre de 2010 Granma publicó El precio de la indolencia. Resulta que en el municipio de Corralillo, en Villa Clara, se edificaron más de 300 viviendas con materiales y recursos sustraídos. Debido a que se autorizó la reposición de cientos de viviendas que fueron destruidas por el huracán Michelle en 2001, la Dirección de Planificación Física del municipio emitió las regulaciones para ese fin, donde en uno de sus artículos autorizó el uso de pilarotes, lingotes o raíles de líneas. Como resultado, en 240 viviendas inspeccionadas se emplearon 9 631 metros de carriles, la mayor parte en buen estado y en el 82% se emplearon raíles de las vías, procedentes del Ministerio de Azúcar, para lo cual se desarticularon 25 kilómetros de líneas férreas y se emplearon 59 angulares de las mencionadas  torres de alta tensión.

Si Granma y Juventud Rebelde hubieran establecido claramente la estrecha relación entre la corrupción galopante y el hecho de que en Cuba la propiedad estatal es casi absoluta, que nadie puede vivir del salario, que los ciudadanos están impedidos de ser empresarios, que se carece de los derechos cívicos más elementales como entrar y salir del país libremente o acceder a las redes de Internet, entonces hubieran coadyuvado a llamar la atención de que la represión es inútil para conjurar el mal, de que los vigilantes, policías e inspectores son cubanos con las mismas necesidades que el resto de la población. También hubieran ayudado a comprender que ahora no se trata de libertad o muerte o de patria o muerte, sino de vida o muerte, que es la consigna del sobreviviente.

Entrampados en el atascadero en que estamos, si se quiere cambiar el rumbo de los acontecimientos, habrá que extender, aunque con bastante retraso, los cambios económicos a la esfera de lo ético-moral, para lo cual hay que volver la mirada hacia las libertades.

Entre el actual contexto y un país democrático, media como premisa la formación de una cultura de derechos humanos. Parafraseando el concepto de acción afirmativa, que en otras latitudes define las leyes y proyectos encaminados a la inserción social de sectores tradicionalmente preteridos, se impone de forma similar una acción educativa, pues la experiencia indica que los esfuerzos encaminados a la democratización serán nulos si no se cuenta con los sujetos capaces de exigir, promover e impulsar los cambios. Sin eso se podrán aprobar 178 ó 10 000 formas de trabajo por cuenta propia, aumentar o disminuir los impuestos o desemplear una cantidad mayor o menor de trabajadores, pero lo que no se podrá, es aumentar la producción de bienes y servicios y arribar a un país de oportunidades y de libertades. Única forma de llenar de contenido la manida frase de “No mentir jamás ni violar principio éticos”.

(Tomado del Diario de Cuba, www.ddcuba.com, el 11 de febrero de 2011)

La historia es la sucesión de hechos realizados primero e interpretados después por los hombres, peculiaridad que impregna cierto componente subjetivo. La diferencia entre esos dos momentos –realización e interpretación– consiste en que los hechos objetivos ocurridos en un momento concreto pueden sufrir diversas explicaciones a través del tiempo, en dependencia de intereses e ideologías. Gracias a esa peculiaridad es factible volver sobre los acontecimientos del pasado y extraer nuevas interpretaciones, tan válidas como las precedentes.

La firma del Pacto del Zanjón el 10 de febrero de 1878, fue una manifestación práctica y consecuente de lo posible en aquel momento, contiene por tanto enseńanzas válidas en materia de política. Sin embargo, en Cuba, donde a los actos intransigentes siempre se le ha brindado supremacía sobre aquellos que no han culminado total e inmediatamente en la victoria, se les denigra y al hacerlo se pierde cualquier utilidad que puedan contener.

Mucho se ha escrito y diversas son las opiniones acerca de aquel 10 de febrero de hace 132 ańos, cuando las fuerzas cubanas capitularon ante las espańolas, pero prevalecen las que se corresponden con la ideología dominante, la cual se ha nutrido de la tesis marxista que considera la violencia como motor de la historia.  Esas opiniones se generalizan a través de la información oficial y del sistema de enseńanza que simplifican nuestra historia hasta presentarla como la marcha unida del pueblo contra sus enemigos. De ahí la preeminencia de la Protesta de Baraguá sobre el Pacto del Zanjón.

Según el Coronel de la Guerra de Independencia e historiador, Ramón Roa, el fracaso de aquella contienda radicó en los problemas internos, entre ellos las indisciplinas, motines y sublevaciones que se produjeron desde 1874 hasta el fin de la guerra. “A la independencia patria –decía Roa– se sobreponía la independencia personal”, abismo del cual surgió la desconfianza mutua de todos los hombres. Y agregaba: “acogimos el lema de Independencia o Muerte; pero sin sońar siquiera que tendríamos que luchar con nosotros mismos: no digo con la inmensa mayoría de los cubanos, que era indiferente, estaba con Espańa, o no atinaba a socorrernos, sino con nosotros mismos.”

Por su parte el Generalísimo Máximo Gómez, argumentaba: “se ha tratado de buscar una víctima a quien hacer responsable, mas no se ha procurado estudiar los hechos, conocer el estado del ejército, y los recursos de que podía disponer, el más o menos auxilio… recibido de la emigración y el cómo ha respondido en general el pueblo de Cuba a la llamada de sus libertadores. Durante la Guerra, en su época más brillante, que fue del 74 al 75, el ejército pudo alcanzar 7000 hombres listos para el combate”. Por esas razones Gómez exige que “la responsabilidad se divida entre todos, que la culpa sea del pueblo cubano y no de la minoría heroica”. En otra oportunidad el Generalísimo nos recordó las atrocidades cometidas por los voluntarios cubanos. No había en el país un poblado, por insignificante que fuera que no contara con una Sección de voluntarios, todos cubanos con jefes también cubanos.

El hecho histórico indiscutible es que la Guerra, que comenzó liderada por hacendados criollos blancos, terminó con el liderazgo de negros, mulatos y blancos pobres y la contienda que alcanzó las provincias centrales, terminó confinada en algunas regiones de Oriente. A esa evolución sociológica y regional correspondieron actitudes diferentes, lo que explica que la guerra culminara de dos formas y en dos escenarios: el Pacto del Zanjón en Camaguey y la Protesta de Baraguá en Oriente.

El 10 de febrero de 1878 en el Zanjón, la mayoría de las fuerzas aceptaron el Plan de paz presentado por el General Martínez Campos. A cambio de la independencia, Cuba recibiría las mismas condiciones políticas, orgánicas y administrativas que disfrutaba la isla de Puerto Rico; a cambio de la abolición de la esclavitud, se concedía la libertad a los colonos asiáticos y esclavos que integraban las filas insurrectas. Como los pactos son expresión de la correlación de fuerzas de las partes, el Zanjón sencillamente fue un reflejó de ello.

En los Mangos de Baraguá, lugar elegido por Antonio Maceo, se produjo la famosa entrevista-protesta. El Titán de Bronce –explica Figueredo Socarrás– decidió protestar contra la manera de terminar una guerra que había durado una década, pero para que la protesta fuera enérgica y elocuente era preciso romper nuevamente las hostilidades. El resultado final quedó recogido en la frase del Capitán Fulgencio Duarte “Muchachos, el 23 se rompe el Corojo”, lo que sirvió de sustento a los próximos intentos independentistas.

En los 15 días transcurridos entre el 23 de marzo, día en que se reiniciaron las hostilidades, y el 7 de abril, día que cesaron los combates, las tropas cubanas atacaron a las fuerzas espańolas y éstas, en cumplimiento de la orden superior, no respondieron a las cargas al machete, y en su lugar se limitaron a responder con gritos de ˇViva la Paz”, hasta que finalmente las tropas cubanas cesaron los ataques. Entonces los representantes en el exterior devolvieron sus poderes y renunciaron a sus cargos, y por acuerdo del Gobierno Provisional, el General Maceo salió rumbo a Jamaica, el 9 de mayo de 1878.

El Zanjón no fue todo, pero fue lo posible en aquel momento, por eso fue un hecho político. No se logró la independencia de Espańa ni la abolición de la esclavitud, pero se obtuvieron las libertades de prensa, de asociación y de reunión, que concretadas en publicaciones y asociaciones dentro de la Isla (partidos políticos, sindicatos, periódicos, etc.) que robustecieron la actividad de los cubanos y prepararon las condiciones para el reinició de las luchas por la independencia. Aquellas libertades obtenidas con el Pacto del Zanjón, y hoy suprimidas, fueron el fundamento para todos los movimientos sociales posteriores, incluyendo los que culminaron con la toma del poder en 1959.

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