Hemeroteca de agosto 2010

un-solo-partido1

La prensa oficial cubana insiste en justificar el monopartidismo. Entre los argumentos se afirma que los fracasos revolucionarios estuvieron en la falta de unidad, que Martí creo un solo partido, que la existencia de la nación depende de la conservación de esa unidad y que el multipartidismo sería aprovechado por el imperialismo. La última manifestación de estos reiterados criterios apareció en el periódico Tribuna de La Habana, el domingo 15 de agosto, bajo el título ¿Qué lugar ocupa el PCC en el mantenimiento de la unidad revolucionaria?

Para demostrar esa combinación de medias verdades y absurdos, cito seis párrafos que contienen las ideas esenciales expuestas por José Martí acerca de las razones y funciones que lo llevaron a la fundación del Partido Revolucionario Cubano (PRC).

1- En enero de 1880, en Nueva York, Martí presentó un estudio crítico de los errores de la Guerra de los Diez Años que culminó en el Pacto del Zanjón. En ese análisis dijo: “Los que intentan resolver un problema, -no pueden prescindir de ninguno de sus datos…”1, y en consecuencia señaló múltiples causas, entre ellas el efecto negativo de la falta de unidad.

2- En julio de 1882, en Carta a Máximo Gómez acerca las guerras pasadas, esbozó los objetivos del Partido así: “…sólo aspiro a que formando un cuerpo visible y apretado aparezcan unidas por un mismo deseo grave y juicioso de dar a Cuba libertad verdadera y durable todos aquellos hombres abnegados y fuertes, capaces de reprimir su impaciencia en tanto que no tenga modo de remediar en Cuba con una victoria probable los males de una guerra rápida, unánime y grandiosa…” 2.

3- En las Resoluciones de noviembre de 1891, consideradas como el prólogo a las Bases del PRC, planteó: “La organización revolucionaria no ha de desconocer las necesidades prácticas derivadas de la constitución e historia del país, ni ha de trabajar directamente por el predominio actual o venidero de clase alguna; sino por la agrupación, conforme a métodos democráticos, de todas las fuerzas vivas de la patria; por la hermandad y acción común de los cubanos residentes en el extranjero; por el respeto y auxilio de las repúblicas del mundo, y por la creación de una república justa y abierta… levantada con todos y para el bien de todos.”3

4- En abril de 1893 expresó: “La grandeza es esa del Partido Revolucionario: que para fundar una república, ha empezado con la república. Su fuerza es esa: que en la obra de todos, da derecho a todos. Es una idea lo que hay que llevar a Cuba: no una persona”4

5- En abril de 1894, en el aniversario de la fundación del PRC, dijo: “Un pueblo no es la voluntad de un hombre solo, por pura que ella sea… Un pueblo es composición de muchas voluntades, viles o puras, francas o torvas, impedidas por la timidez o precipitadas por la ignorancia”5.
 
6- En el Manifiesto de Montecristi, firmado conjuntamente con Máximo Gómez el 25 de marzo de 1895 antes de incorporarse a la lucha armada, plantea que la guerra no es “el insano triunfo de un partido cubano sobre otro, o la humillación siquiera de un grupo equivocado de cubanos; sino la demostración solemne de la voluntad de un país harto probado en la guerra anterior para lanzarse a la ligera en un conflicto sólo terminable por la victoria o el sepulcro”6.

El contenido de los seis párrafos citados demuestra que: los fracasos revolucionarios tuvieron múltiples causas y no sólo la división entre ellos; que la función del Partido consiste en dirigir la guerra de la que ha de nacer una República con libertad verdadera y durable; que el Partido no ha de trabajar por el predominio actual o venidero de clase alguna; que su fuerza radica en que en la obra de todos, da derecho a todos; que un pueblo no es la voluntad de un hombre solo, por pura que ella sea, sino composición de muchas voluntades; y que el fin de la guerra no consiste en el triunfo de un partido cubano sobre otro.

Como eslabón intermedio para gestar la Patria y conformar la República se fundó el PRC, no para dominar y prohibir la existencia de partidos diferentes después del triunfo, no para anular la participación popular, no para declarar que la calle y la universidad es de los revolucionarios, no para encarcelar a los que piensan diferente; todo lo cual demuestra que las ideas democráticas y humanistas de Martí han sido ignoradas o tergiversadas para atribuirle una túnica que no le sirve: la génesis del monopartidismo cubano.

A lo anterior habría que añadir que el fundamento de la política está en el hecho de que los hombres son seres sociales y diversos. En ese sentido los partidos, como indica la etimología de la palabra, son parte de un todo que por su naturaleza diversa y plural consta de otras partes, donde cada una representa intereses o tendencias de un sector de la sociedad. Esa razón explica que cuando las ideas de la independencia no estaban representadas en los partidos existentes, José Martí fundara el PRC; Diego Vicente Tejera creara en 1899 el Partido Socialista Cubano, porque los interese de los obreros no estaban recogidos en los partidos liberales y conservadores. Por similares razones surgió la Agrupación Comunista de La Habana en 1923, el Partido Comunista en 1925, o el Partido Ortodoxo en 1947, porque el Autentico no satisfacía a una parte de sus integrantes.

El monopartidismo es antinatural, la mejor prueba de ello es que los regímenes totalitarios para implantar el monopartidismo tienen que destruir los demás partidos políticos o subordinarlos a sus intereses, dando lugar al modelo más perfecto y terminado de régimen totalitario, y con él, al estancamiento y al fracaso. En Cuba, la existencia de un solo partido fue resultado de un proceso inverso que se inició desde la época de la lucha insurrecta en la Sierra Maestra que culminó en 1965 con la fundación del Partido Comunista como única fuerza política, refrendada posteriormente en la Constitución; proceso ajeno a las ideas y la obra de José Martí.

De lo anterior se deduce la necesaria restitución del derecho de asociación y de la despenalización de la diferencia política para que los cubanos puedan desempeñar el papel activo y determinante que les corresponde en los destinos nacionales. Por todo ello, la irreducible diversidad y el agotamiento del modelo vigente han colocado la necesidad del pluripartidismo a la orden del día.
1 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TI, p.216
2 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TI, p.325
3 MARTÍ, JOSÉ. Resoluciones tomadas por la emigración cubana de Tampa y Cayo Hueso en noviembre de 1891. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p.23
4 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p.192
5 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p.359
6 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p.511

nuevo-escenario

La eliminación de la sociedad civil al interior de Cuba –base sólida del totalitarismo y causa del inmovilismo– se acompañó de una política exterior basada en la confrontación. El diferendo con Estados Unidos, el rechazo al reingreso en la OEA condicionado a la aceptación de la Carta Democrática Interamericana de 2001, la cual exige el respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales, el no ingreso en los Acuerdos de Cotonou –relaciones de cooperación de carácter vinculante–, la negativa a ratificar los pactos de derechos humanos firmados desde 2008 y las relaciones conflictivas con la Unión Europea, conforman una estrategia dirigida a eludir cualquier compromiso con el restablecimiento de la sociedad civil, el respeto a los derechos humanos y la democratización, y a estrechar los lazos con países e instituciones donde esas exigencias no existen o son eludibles.

A principios del año 2010, la convergencia de un conjunto de factores internos y externos puso a la orden del día el límite del inmovilismo. Los intentos de homogeneizar la pluralidad social, convertir al ciudadano en masa, desconocer la función vital de los derechos y libertades y determinar qué, cuándo y cómo hay que hacer cada cosa, al anular a la persona humana, condujeron al estancamiento primero y al retroceso después hasta concluir en un rotundo fracaso, que se traduce parafraseando a Lenin, en que los de abajo no quieren y de los de arriba no pueden, y se reconoce en el discurso oficial por la decisión de actualizar el modelo.

La salida de la crisis permanente, tiene su punto de partida en la economía: la improductividad, el estancamiento, la importación de alimentos producibles en Cuba, la disminución de las exportaciones, la imposibilidad para devolver los fondos extranjeros depositados en bancos nacionales, entre otros males. Una necesidad urgente por la fragilidad de los términos del intercambio comercial con Venezuela, los cuales se basan en una relación política que puede variar bruscamente si ocurren cambios en el país sudamericano, como ocurrió con la Unión Soviética.
 
El primer obstáculo para ese plan, denominado como actualización del modelo, radica en la necesidad de fuentes externas de financiamiento, cuyo acceso pasa por la liberación de los presos políticos cubanos, lo que explica una de las razones del actual proceso de excarcelamiento. Algunos colegas afirman que la liberación de los prisioneros es una maniobra del gobierno encaminada a cambiar la imagen exterior para acceder a las fuentes de financiamiento. Aunque esa idea tiene su sustento en hechos anteriores, la misma pierde de vista que estamos en tránsito a un nuevo escenario que imposibilita tal propósito.

La política de confrontación surgió en el contexto de la Guerra Fría y tuvo su sustento en la ayuda de la desaparecida Unión Soviética. La conservación de esa política después de la Guerra Fría fue posible por la cooperación de Venezuela, ajena a razones económicas, la cual puede desaparecer en cualquier momento. Por lo anterior y por muchas más razones, me inclino a pensar que la actualización del modelo consiste en la introducción de algunas reformas que, aunque carentes de la voluntad política para la democratización de Cuba, conformarán un nuevo contexto. La liberación de los presos y las medidas económicas como la generalización del trabajo por cuenta propia, incluyendo la contratación de mano de obra, apuntan en esa dirección.

El nuevo escenario, signado por el giro de la política de confrontación hacia el entendimiento, por la emergencia de nuevos actores, por el descontento ciudadano y el consenso de cambio, podría conducir a medidas económicas más profundas y a otras demandas de la sociedad cubana, como los derechos a salir y entrar libremente del país, el acceso libre a Internet, o la libertad de expresión, por sólo mencionar tres de las más acuciantes carencias de los cubanos. En definitiva la política no tiene tanto que ver con los deseos como con lo posible en cada momento. El reto está en la capacidad para convertir esa posibilidad en realidad, y eso tiene poco que ver con las quejas o con los juicios apresurados.

La debilidad de las fuerzas internas, debido a la inexistencia de una sociedad civil independiente y reconocida jurídicamente, tendrá que depender en cierta medida de la comunidad internacional, la que junto a la liberación de los prisioneros, debería exigir al Gobierno cubano la ratificación de los pactos de derechos humanos firmados desde el año 2008 y poner las leyes internas en consonancia con esos documentos. Por eso y por la imposibilidad de actualizar el modelo sin acompañarlo con la implementación de los derechos humanos, base de la dignidad y del interés personal, el propósito de salir de la crisis económica será nulo.

Si actualizar el modelo significa conservar el totalitarismo, el intento contiene una contradicción insoluble, pues sin la participación interesada de los ciudadanos como sujetos activos en los destinos de la nación la salida de la crisis será imposible. El Estado y la sociedad civil son dos elementos del mismo sistema y el ámbito de la política desborda al Estado, por tanto se impone a corto o mediano plazo la sustitución del modelo totalitario por otro de carácter democrático y participativo. En definitiva, el socialismo, en cualquiera de sus variantes, lo único que no puede hacer es negar la idea de la democracia y eso implica cambios estructurales que no pueden estar supeditados a la ideología. Ese es el reto del poder y el desafío a las fuerzas del cambio.

La historia política de Cuba constituye una demostración de que los cambios, en ausencia de la participación cívica de los ciudadanos, conducen nuevamente al punto de partida. Ello explica que en materia de libertades cívicas hemos retrocedido hasta el estado en que Cuba se encontraba en 1878. La participación del pueblo como seguidor de éste o el otro líder, ha hecho que la política sea monopolizada por figuras o élites caracterizadas por el personalismo, el mesianismo, el empleo de la violencia física y verbal y el uso del poder público como coto privado. Esa historia nos dice que tan ineludibles son los cambios en la economía como en materia de derechos humanos.

Ahora mismo, la reaparición pública del ex jefe del Estado cubano tiene como denominador común, con épocas anteriores, la ausencia del ciudadano como sujeto de la historia. Ese es nuestro Talón de Aquiles. No se trata de que sea inminente o no una guerra nuclear, sino de que los cubanos, con independencia de esa guerra, estamos amenazados por graves problemas en nuestro patio que debemos y tenemos que resolver. Quizás nuestro mejor aporte a los conflictos en otras partes del mundo consista en resolver nuestros problemas para demostrar nuestra capacidad y responsabilidad. Y eso tiene más que ver con la conversión de los cubanos en sujetos activos que en tratar de persuadir al presidente Obama.

quintin-banderas

Víctima del poder, de la violencia, de las injusticias sociales y del racismo, , durante la llamada Guerrita de Agosto de 1906, generada por el conflicto entre la élite política de la época con motivo de la reelección presidencial de Tomás Estrada Palma, fue asesinado uno de los héroes de las gestas independentistas cubanas, el General del Ejército Libertador Quintín Banderas Betancourt; un negro liberto que entregó 30 años de su vida a la lucha por la abolición de la esclavitud y la independencia de Cuba.

Negro, de mediana estatura, fortaleza física, sonrisa fácil e inteligencia natural, Quintín formó su personalidad en el barrio santiaguero de Los Hoyos. Su labor como albañil desde temprana edad, le impidió aprender las primeras letras. Viajó a España como fogonero y grumete de un barco donde aprendió el oficio de marino mercante. Se incorporó como soldado a la Guerra de los Diez Años y terminó como General de División. Participó en la Invasión a Las Villas, en la Protesta de Baraguá, en la organización de la Guerra Chiquita, en la Guerra de Independencia de 1895 y en la invasión a Occidente en 1897. Fue juzgado y separado del servicio por un Consejo Militar, pero una vez finalizada la guerra, la Asamblea del Cerro ratificó sus grados de General de Brigada y de División con carácter retroactivo.

Sus indisciplinas, relacionadas con su carácter rebelde, se produjeron en un ambiente perneado de racismo e intrigas. Quintín, de piel bien negra, tuvo como jefes y subordinados a cubanos de piel blanca. Figuras del calibre de Calixto García, por ejemplo, condicionaron su participación en la guerra a que la jefatura estuviera en manos de blancos. Lo indiscutible es que el General Banderas fue uno de los cubanos que puso los intereses de la patria por encima de los personales. En una oportunidad escribió: Jamás pensé en los provechos que me proporcionaría la guerra, solo la libertad dirigió mis pasos, y, a su logro he consagrado mi juventud, mis comodidades, mi vida entera. El triste desenlace de su vida está relacionado con el racismo y la violencia en el escabroso proceso de conformación de nuestra nación.

Las naciones, resultado de procesos históricos complejos, alcanzan su plenitud en el momento en que la conciencia de identidad y pertenencia de diversas comunidades desemboca en una comunidad única y estable. En Cuba, ese proceso aún sin completarse, estaba en ciernes en los primeros años del siglo XX. Peninsulares y africanos, devenidos criollos y cubanos, aceleraron su identidad en el fragor de las guerras. Sin embargo las grandes diferencias sociales, económicas y culturales, de derechos y oportunidades, consolidadas durante varios siglos de esclavitud, impidieron la formación de un propósito común –aún no logrado– por encima de los elementos diferenciadores.

Una vez terminada la guerra, la igualdad entre cubanos, recogida formalmente en la Constitución de 1901 no se acompañó de medidas prácticas para disminuir la gran brecha entre negros y blancos. Por ejemplo en el artículo 13 rezaba: “…toda persona podrá aprender o enseñar libremente cualquiera ciencia, arte o profesión, y fundar y sostener establecimientos de educación y enseñanza…”, Sin embargo, en 1905 se continuaban haciendo gestiones para crear un centro encargado de la educación primaria superior y de segunda enseñanza para jóvenes negros que no contaban con recursos económicos para recibir tal enseñanza. Como resultado, los negros siguieron siendo lo que eran antes de las contiendas, sencillamente negros.

La doble discriminación que sufrían –como cubanos respecto a los peninsulares y como negros respecto a los blancos–, unido a sus desventajas económicas y culturales, se reflejó en la ocupación laboral. Los empleos en establecimientos comerciales, en las empresas norteamericanas (telégrafos, teléfonos, electricidad y centrales azucareros) y también en las oficinas públicas del Estado estaban prácticamente reservados para blancos, mientras los negros tenían que emplearse en la construcción, la agricultura y algunos otros oficios. La mejor evidencia de ello fue la conformación de las fuerzas armadas republicanas, donde los negros, que habían constituido el 60% de los combatientes del Ejército Libertador, en 1907 eran menos del 15% de los soldados y policías. Los negros pasaron de héroes en la guerra a desempleados en la República.

En tan desfavorable entorno, el General de las tres guerras dirigió cartas, solicitó entrevistas e intentó ocupar plazas vacantes sin resultados. El Nuevo Criollo del 25 de agosto de 1905, publicó como ejemplo de discriminación racial la negativa del presidente Estrada Palma a recibirlo. Obligado a trabajar unas veces de cartero y otras en una sección de recogida de basuras, logró sobrevivir gracias a los préstamos, las colectas y las funciones públicas que organizaban sus amigos. Para colmo, con la justificación de que había sido sancionado, se le negó la pensión de veterano; un argumento falso, pues como dijimos antes, la Asamblea del Cerro le reconoció sus grados de General con carácter retroactivo. Ante tan crítica situación optó por participar en la política. En 1899 acompañó a Juan Gualberto Gómez en el intento de organizar a los veteranos de la provincia oriental. Cerrados todos los caminos, en 1906 se unió a la llamada Revolución Liberal de Agosto con un pequeño grupo de hombres, en contra de la reelección de Don Tomás Estrada Palma.
 
En esa contienda fue el primero en iniciar las acciones combativas: asaltó el tren Habana-Guanajay, combatió y requisó armas y víveres en varios pueblos de La Habana. Una vez fracasado el intento armado, desde su campamento envió una carta a las autoridades solicitando salvoconducto para salir del país. La respuesta fue la orden de asesinato. Cuatro balazos y siete machetazos sellaron su vida. Según el parte forense falleció a consecuencias de traumatismos accidentales.

Lo único que hay es que entender –decía Juan Gualberto Gómez– es que sin libertad y sin igualdad no cabe que exista fraternidad. Y lo cierto es que en el momento del asesinato de Quintín, no existía vida económica, cultura, ni conciencia de destino comunes; elementos definitorios sin los cuales no se puede considerar que un conglomerado humano ha devenido nación. Y Fernando Ortiz afirmaba: Sin el negro Cuba no sería Cuba. No podía, pues, ser ignorado. Para mal de todos los cubanos, ese problema ignorado, aún no ha sido resuelto de forma definitiva.

Su ascenso a General fue un ejemplo de la participación de los negros en el Ejército libertador; su asesinato, un símbolo de las injusticias en la República. Después de muerto se le colocó en el panteón de los mártires y su figura fue manipulada por los partidos políticos de la época para atraerse el voto de los negros, que como sabemos, no eran pocos.

estrada-palma

El estado actual de Cuba confirma la imposibilidad del progreso social sin la participación cívica de los ciudadanos. La crisis estructural en que estamos inmersos y los obstáculos para salir de ella, guardan una estrecha relación con la ausencia de la participación popular en calidad de sujeto de la historia. Una realidad agravada por el hecho de que nuestro país, en materia de libertades, ha retrocedido hasta el punto en que se encontraba en 1878. Por ello, tan ineludibles son los cambios en la economía como en materia de derechos humanos para propiciar la participación ciudadana, desde la sociedad civil, en las decisiones de la nación.

La importancia de la política –ámbito de la realidad social referido a los problemas del poder– radica en que la misma constituye un vehículo para transitar de lo deseado a lo posible y de lo posible a lo real; una esfera que implica tanto al Estado como a la sociedad. Los intentos de progreso que ignoren esa verdad, como ha ocurrido hasta ahora, resultan ilusorios.

La relación entre lo que ahora mismo está ocurriendo en nuestro país con la reaparición pública del ex-jefe del Estado cubano –fenómeno insostenible en el corto plazo por la ingobernabilidad que genera– tiene como denominador común con épocas anteriores la ausencia del cubano como sujeto de la historia. Para demostrar esa continuidad, en esta oportunidad me detendré en el primer intento de reelección presidencial en Cuba.

La Constitución de 1901, en su artículo 96, referido al período de duración del mandato presidencial, dice que el cargo durará cuatro años; y nadie podrá ser Presidente en tres períodos consecutivos. Por tanto el conflicto alrededor del intento de reelección en 1906 no radica en la ilegalidad, sino en otra parte.

Tomás Estrada Palma (1835-1908), se incorporó la Guerra de los Diez Años desde su inicio, en la que obtuvo el grado de General. En el Gobierno de la República en Armas, ocupó los cargos de Secretario de Guerra, de Relaciones Exteriores y de Presidente. En 1877 fue hecho prisionero y liberado después de la Paz de Zanjón. Emigró a Estados Unidos, donde fundó una escuela para latinoamericanos. En 1895, fue designado ministro plenipotenciario del gobierno provisional de la República de Cuba en Estados Unidos y fue el centro de la Junta Revolucionaria de Nueva York. En 1901 fue elegido presidente de la República de Cuba.

Estrada Palma se concentró en una empresa importante, la austeridad en el manejo de los bienes públicos. Sin embargo, aunque consideraba que el pueblo carecía de formación para vivir en libertad, no se empeñó en el fortalecimiento de los espacios e instituciones para lograrlo. Esa decisión, consciente o no, constituye una manifestación de mesianismo, una esperanza infundada en la capacidad de un ser terrenal para conducir a un pueblo a la salvación. En ausencia del pueblo, su administración quedó limitada a una élite política carente de cultura cívica. Por ejemplo, la promulgación de leyes se hizo muy difícil, ya que para su aprobación se requería la presencia de las dos terceras de los congresistas, cuya asistencia al no ser obligatoria era aprovechada por los partidos políticos (Liberal y Moderado) para entorpecer la labor legislativa en su lucha por el predominio en el Congreso. En esa situación, el presidente Estrada Palma, que había rehusado afiliarse a ninguno de los partidos existentes, decidió integrarse al Partido Moderado, para tratar, junto a la labor del Poder Ejecutivo, de obtener el quórum y promulgar las leyes y medidas necesarias.

En cuanto al tema de la reelección, Estrada Palma creó el Gabinete de Combate para garantizar el triunfo y obtener la mayoría en el Senado y la Cámara; empeño en el que utilizó toda la fuerza gubernamental, incluyendo el uso de la violencia y del fraude en perjuicio del Partido Liberal, el cual respondió con la abstención, y en consonancia con nuestra cultura de intransigencia y machete por medio, se alzó en armas. Proceso que ocasionó cuantiosos daños materiales y pérdidas de vidas humanas antes y durante el conflicto; entre ellas los asesinatos del coronel Enrique Villuendas en Cienfuegos y del General Quintín Banderas en La Habana, de quien me ocuparé en el próximo artículo.

Los alzados, en un manifiesto fechado el 1 de septiembre de 1906, proponían, entre otros puntos, el cese de las hostilidades, el restablecimiento de la paz, la libertad para los detenidos o procesados por actividades relacionadas con las elecciones y declarar vacantes los cargos de presidente y vicepresidente de la república, gobernador civil y consejero provincial, cubiertos en el último período electoral. Por su parte Estrada Palma exigía que primero depusieran las armas para después conversar. La intransigencia de las partes y en consecuencia el fracaso de la mediación de un grupo de veteranos, entre los que estaban los generales Bartolomé Masó, Mario García Menocal y Agustín Cebreco, que planteaban convalidar el cargo de Presidente y anular los del resto de los funcionarios electos.

La intransigencia condujo al desenlace. Entre el 8 y el 12 de septiembre, Estrada Palma suspendió las garantías, solicitó el envío de buques de guerra y la intervención; petición que el propio presidente norteamericano consideró inoportuna. Según Hortensia Pichardo, Teodoro Roossevelt agotó todos los medios que estuvieron su alcance para evitar ese paso. Entre esos medios cita la carta a Gonzalo de Quesada, de 14 de septiembre de 1906 y el telegrama a Estrada Palma, de 25 del propio mes. En la primera, Roosevelt expone, entre otros argumentos, que:

Nuestra intervención en los asuntos cubanos se realizará únicamente si demuestra Cuba que ha caído en el hábito insurreccional y que carece del necesario dominio sobre ella misma para realizar pacíficamente el gobierno propio, así como que sus facciones rivales la han sumido en la anarquía.

En Carta a su amigo Teodoro Pérez Tamayo, fechada el 10 de octubre de 1906, Estrada Palma expone que la solución mediante el pacto con los rebeldes era lo peor en que pudiera pensarse, pues los problemas secundarios que se originarían después serían tantos y tan difíciles de resolver, debilitada, si no perdida, la fuerza moral del poder legítimo y sin otra autoridad que dirimiese las diferencias, serían tantos y tan difíciles, repito, esos problemas, que darían lugar a que el país se mantuviera muchos meses en medio de una constante agitación, de efectos tan perniciosos como los de la guerra misma. Por eso, dice, resolvió de manera irrevocable, renunciar a la Presidencia, abandonar por completo la vida pública y buscar en el seno de la familia un refugio seguro contra tantas decepciones. Su último sacrificio, según sus palabras, era imposibilitar que el Gobierno quedará en manos criminales. Decisión que lo llevó a poner en conocimiento del Gobierno de Washington:

la verdadera situación del país, y la falta de medios de mi Gobierno para dar protección a la propiedad, considerando que había llegado el caso de que los Estados Unidos hicieran uso del derecho que les otorga la Enmienda Platt. Así lo hice…

Por esas razones, el día 28 de septiembre, junto al Vicepresidente y los secretarios de despacho, presentó su renuncia al Congreso y el país quedó bajo un Gobierno Provisional, encabezado por el Secretario de Guerra de los Estados Unidos, William H. Taft, con lo que se consumaba la segunda intervención norteamericana en Cuba.

La carencia de cultura cívica, la ausencia ciudadana en las decisiones de los destinos de la nación, la tendencia a las soluciones violentas y el mesianismo, se manifestaron en el quehacer de la élite política cubana. Un retrato que adelantó magistralmente Carlos Loveira en su república de “Generales y Doctores”.

Según sentenció Hortensia Pichardo, La primera república cubana había muerto a manos de sus propios hijos. Yo diría más bien que a manos de un puñado de sus hijos, porque la gran mayoría, como en el resto de los acontecimientos políticos, estuvo ausente de esas decisiones. La enseñanza de ese episodio de nuestra historia, y de otros que trataremos, indica que la preparación para la participación política es un camino largo y difícil, pero mucho más seguro que el que hemos transitado hasta hoy, donde muy poco tiene que ver la mayoría de los cubanos con lo que está ocurriendo.

p5rn7vb