Hemeroteca de julio 2010

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El gobierno cubano inmerso en una cadena de fracasos, después de una posición inflexible durante siete largos años, decidió comenzar a liberar los prisioneros políticos encarcelados en la Primavera de 2003 para cambiar la imagen al exterior, recabar ayuda y proceder a una reforma que ha denominado: actualización del modelo. Un giro que enuncia el fracaso del inmovilismo y la decisión de cambiar algunas cosas, que si bien no significa que el Gobierno se encamine hacia democratización, el intento en sí mismo implica la introducción de algunas medidas, como es la liberación de los prisioneros, lo cual conduce a un escenario más favorable para otros pasos.

Ante ese reto, es importante tener en cuenta el por qué, desde el surgimiento de la república en 1902, Cuba cambió una y otra vez y siempre volvió a retroceder hasta el punto de partida. La primera causa de esos retrocesos radica en la ausencia de la participación ciudadana en calidad de sujeto de los cambios, debido a la debilidad de la sociedad civil hasta 1959 y su desaparición después de esa fecha. Es decir, nos aproximamos a posibles cambios en peores condiciones respecto al pasado, lo que representa una amenaza real de que los retrocesos se repitan.

La ausencia del pueblo, no como seguidor de éste o el otro líder, sino como sujeto de los cambios ha hecho que la política sea monopolizada por figuras o élites caracterizadas por el personalismo, el mesianismo, el empleo de la violencia física y verbal y el uso del poder público como coto privado; un hecho que debe ser tenido en cuenta para evitar que los próximos cambios terminen en la regresión. Con ese fin trataré de poner en evidencia algunas raíces de esos males mediante el análisis de hechos y personalidades. En esta oportunidad me ocuparé de un hombre que se enfrascó en la lucha contra la corrupción política y administrativa.

Eduardo René Chibás y Rivas (1907-1951), periodista y político, de carácter exaltado, locuaz, osado y excéntrico, integró el Directorio Estudiantil de 1927 y el de 1930. Guardó prisión y estuvo exiliado en varias oportunidades. Fue miembro del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), fundado en 1934, elegido en 1939 a la Asamblea Constituyente, representante a la Cámara en 1940 y Senador en 1944. En 1947, resultado de una división interna en el Partido Auténtico, fundó, junto a otros líderes, el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), por el que fue designado candidato a la presidencia de la República en las elecciones de 1948 y 1952.
 
Chibás se autodefinía como líder de la Revolución Moral. Los malos políticos –decía– le roban al pueblo para enriquecerse; todas las luchas políticas nacionales tienen su origen en la falta de honradez; es indispensable por lo tanto, poner las riendas de la República en manos limpias, Sin embargo se equivocó al reducir la moral –encargada de regular la conducta humana en las relaciones sociales– a la honradez administrativa. La simplificación del concepto le permitió utilizarlo como arma contra sus enemigos en las contiendas electorales, pero lo inutilizó como instrumento de cambios profundos en la clase política y en el pueblo. Sí tuvo un efecto: llamar la atención sobre la corrupción administrativa, en un momento en que ese mal se había generalizado. Su consigna ¡Vergüenza contra Dinero!, servía para alcanzar el poder como objetivo inmediato, pero no para forjar la Nación honrada con justicia social que él mismo profesaba.

Chibás hizo un uso intenso de la libertad de prensa. Ya en 1934, en la edición de Bodas de Plata de la revista Bohemia, aparecía entre sus colaboradores. Además de El Crisol y otros periódicos utilizó la emisora radial CMW La Voz de las Antillas, la CMQ y la COCO, conformando un estilo nuevo en la política cubana, basada en la utilización de los medios informativos para mantenerse en los primeros planos del interés público.

Acusador incesante, polémico y contradictorio, giraba constantemente de la defensa a la agresión verbal. En 1933, al disolverse la Pentarquía, propuso a Grau San Martín para Presidente; en 1946 elogió la obra de Grau con las siguientes palabras: En el orden educacional, hemos hecho efectivo, por primera vez en la historia de Cuba, lo que fue sueño de Martí y anhelo de Estrada Palma: que la república cuente con más maestros que soldados; sin embargo, en junio de 1948, calificó a Grau de émulo de los Borgia, el mayor simulador que ha dado el mundo desde los tiempos de Calígula, a cuyo lado he sacrificado veinte años de mi vida, sin pedirle ni aceptarle nada.

La acusación la empleó de forma sistemática. En mayo de 1939 acusó a Blas Roca de traidor; en 1942 al jefe de la Policía de extralimitarse en sus funciones; en 1943 presentó dos mociones en la Cámara contra Batista y contra el Congreso; en julio de 1945 a Carlos Miguel de Céspedes por la venta de un pedazo de la calle Paseo; en enero de 1947, en carta leída por la radio, impugnó a Grau por supuestos intentos reeleccionistas; en 1950 acusó al presidente Prío por el asalto a un juzgado correccional, del cual sustrajeron los documentos de una causa por malversación; en 1951 acusó a Rolando Mansferrer de una bomba que colocaron en la casa de Roberto Agramonte; y así sucesivamente. Su conducta le granjeó amigos y enemigos. Calificado de loco, respondía: prefiero ser un loco con vergüenza que un ladrón desvergonzado. Efectuó duelos de sables, pistolas y puñetazos en varias oportunidades.

La defensa de lo que consideraba útil en cada momento, lo llevó en 1946 a defender algo indefendible: el terrorismo. Estableció una diferenciación entre el atentado revolucionario y el simple terrorismo. Dijo: El uso de la bomba puede tener su explicación cuando ella se emplea como grieta de rebeldía contra un régimen de terror…, pero jamás cuando se emplea contra un Gobierno que es producto de la voluntad nacional.

La muerte estaba en su quehacer y en su discurso. En noviembre de 1939, en vísperas de las elecciones de delegados a la Asamblea Constituyente, resultó herido de bala y cuando le preguntaron quiénes habían sido los agresores, dijo: No se preocupen por averiguar; muero por la revolución, voten por Grau San Martín; pero la popularidad alcanzada por el disparo le dio el segundo lugar en la votación. En enero de 1948, en una asamblea del Partido, saltó sobre la mesa presidencial y se puso a gritar: ¡Tiren al corazón! ¡La Ortodoxia necesita un mártir! En mayo de ese mismo año, durante un recorrido electoral por Oriente, apuntó: El día que Chibás crea advertir una extinción o una merma en el amor ciudadano, se parte de un balazo el corazón, no por cobardía ante el fracaso, sí para que su inmolación conduzca a la victoria de sus discípulos.
Por su popularidad las encuestas lo daban como favorito para ganar las elecciones de 1952, pero el 5 de agosto de 1951, al no poder probar la acusación que había realizado contra Aureliano Sánchez Arango, se hizo un disparo a causa del cual falleció el 16 del propio mes.

La concepción de la inmediatez, característica de los cambios revolucionarios, no le permitió elaborar un proyecto político que respondiera a las condiciones existentes y a la psicología social del cubano, sencillamente pedía que lo siguieran. En una oportunidad expresó: Nuestro pueblo se informa del latrocinio de los gobernantes con la misma calma que lee las páginas de los muñequitos de colores o escucha los programas de radio. Por eso llamaba desesperadamente a la conciencia ciudadana indiferente: Pueblo de Cuba, despierta; sin comprender que los cambios al interior de las personas no responden a las urgencias revolucionarias. Por eso, con mucha razón, alguien expresó a su muerte: Chibás era un hombre imbuido de ideas mesiánicas sobre la historia, la moral y la política. A pensar en ese nuevo orden no le dedicó tiempo, pues en definitiva, el nuevo orden era él mismo, una enfermedad crónica de la que aún padecemos.

En aquella época, como en la actual, Cuba requería de un cambio capaz de romper tanto el monopolio elitista de la economía como de la política para acceder a la justicia social. Para eso era necesario el fortalecimiento de la sociedad civil, sin la cual no es posible el avance personal ni social en la modernidad. Chibás concibió un paraíso perfecto para imponerlo a una realidad compleja, construido desde su imaginación: expulsar a los ladrones del poder y situar en su lugar a un hombre honrado, servidor de la nación. Ese hombre tenía que ser su propia persona, que no apetecía ni necesitaba del patrimonio nacional, por tanto los cambios que propugnaba tenían que realizarse desde el dañino esquema del personalismo y el caudillismo, dos de los fenómenos culturales más negativos y arraigados en nuestra historia política.

Su experiencia nos indica que la actual liberación de los presos políticos tiene que acompañarse de la implementación de los derechos y libertades, y sobre todo del fomento de la cultura cívica, para que los destinos de la nación no dependa sólo de líderes mesiánicos, que tanto fructifican en nuestra sociedad.

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El movimiento es una propiedad universal: cambia la naturaleza y cambia la sociedad; la diferencia consiste en que los cambios en la naturaleza responden a leyes objetivas que actúan con o sin participación humana, mientras la historia la hacen los hombres, lo que les permite adelantarla o retrasarla, pero no detenerla. La necesidad del cambio social se manifiesta de forma permanente como insatisfacción ante lo alcanzado, lo que hace de la sociedad una entidad perfectible.

En Cuba, la convergencia de factores internos, externos, históricos, sociológicos y culturales, en una época y en un espacio geopolítico determinado, hizo posible el predominio del inmovilismo en las últimas décadas. Sin embargo, esos mismos factores, conjuntamente con otros nuevos, han puesto a la orden del día los límites del inmovilismo. Una realidad que las propias autoridades del país, atrincheradas durante mucho tiempo en la concepción de que Cuba ya cambió, han reconocido en su discurso, la necesidad de cambiar todo lo que sea necesario y/o actualizar el modelo.

Los intentos de homogeneizar la pluralidad social, convertir al ciudadano en masa, desconocer la función vital de los derechos y libertades y determinar que, cuando y cómo hay que hacer cada cosa, condujo al estancamiento primero y al retroceso después, hasta concluir en un rotundo fracaso con considerables daños materiales y espirituales.

Aunque la inviabilidad del modelo llevó la economía casi al colapso, el sistema continuó aferrado a una ideología sin futuro hasta que, parafraseando a Lenin sobre su definición de situación revolucionaria, la coincidencia en Cuba entre agotamiento del modelo, estancamiento de la nación, descontento ciudadano, presiones externas y consenso por el cambio, conforma un cuadro objetivo expresado en que: los de abajo no quieren y de los de arriba no pueden, seguir como hasta ahora. En ese contexto, aferrado al inmovilismo y a la política de confrontación, una serie de acontecimientos se sucedieron apenas iniciado el año 2010: se impidió la entrada a Cuba del eurodiputado socialista Luís Yáñez, se produjo la muerte por una prolongada huelga de hambre del prisionero político Orlando Zapata Tamayo, se inicio otra huelga similar por el opositor Guillermo Fariñas y se produjeron varias manifestaciones represivas contra las Damas de Blanco, lo que conformó un nuevo escenario en el momento en que el gobierno anunciaba la “actualización del modelo”.

El cambio de conducta se manifestó en aceptar y permitir hechos antes inaceptables, como fueron: permitir a Rosa Diéz, líder del partido español Unión Progreso y Democracia, lo que se le prohibió a Luís Yáñez: entrar a Cuba con visa de turista y reunirse con varios disidentes; la reunión del canciller cubano con la troika de la Unión Europea, donde planteó la disposición de Cuba de continuar el diálogo a pesar de la denunciada “campaña mediática contra Cuba”; y la reunión del jefe del Estado cubano con las autoridades de la Iglesia Católica, donde se trató el tema de las Damas de Blanco, la huelga de Fariñas y la liberación de los presos.

Sin embargo, aunque ese cambio de conducta no signifique que exista la voluntad política para la democratización de Cuba, se trata de un resultado práctico importante: el fracaso del inmovilismo; pues el tema de los presos pudiera ser la antesala de otras demandas urgentes de la sociedad. Me refiero a los derechos referidos a salir y entrar libremente al país, el acceso libre a Internet, o la libertad de expresión, por sólo mencionar tres de las tantas carencias de los cubanos.

Si la táctica del gobierno consiste solamente en liberar a los presos para cambiar la imagen exterior y tener acceso a los planes de cooperación y a fuentes de financiamiento, está en el camino de un nuevo y más rotundo fracaso. Para evitarlo es importante que, en ausencia de una sociedad civil independiente con carácter legal para actuar al interior de Cuba, la comunidad internacional, a la vez que alienta la liberación de los prisioneros, coloque en su agenda con Cuba la necesidad de ratificar los pactos de derechos humanos firmados desde hace más de dos años y poner las leyes internas en consonancia con esos documentos. Sería un grave error implementar las ayudas al gobierno sin que éste demuestre la disposición de ir más allá de la liberación de los presos políticos, lo que no ayudaría ni al gobierno ni a la sociedad cubana.

La voluntad de cambiar tiene que demostrarse con la implementación de los derechos humanos, base de la dignidad de la persona y de aceptar que, junto al intento gubernamental de actualizar el modelo, los ciudadanos gocen del derecho a proponer modelos alternativos, lo que lleva implícito la renuncia al interés estratégico de permanecer eternamente en el poder. La participación ciudadana paralela al Estado es una exigencia de la modernidad. Cuba ha cambiando a lo largo de su historia y sin embargo, estamos inmersos en una profunda crisis estructural, una de cuyas causas ha sido la debilidad o ausencia de la sociedad civil, ese espacio de interrelación y convivencia de la diversidad de intereses, que por su autonomía e independencia respecto al Estado, constituye un instrumento insustituible para la participación ciudadana.

La demostración de que la eficacia para conservar el poder no es extrapolable al avance en la economía, indica también que la misma es insuficiente para detener la historia. Todo cambia, y Cuba está cambiando.

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Monseñor Enrique Pérez Serantes, nacido en Galicia, doctor en Filosofía y en Teología, ordenado sacerdote en 1910 y profesor del Seminario San Carlos y San Ambrosio durante seis años. En la diócesis de Cienfuegos ocupó los cargos de Visor y Vicario General, donde fundó el Consejo de San Pablo de los Caballeros de Colón. En 1922 recibió la consagración episcopal y fue designado segundo obispo de Camaguey por el Papa Pío XI. En 1948 la Santa Sede lo designó arzobispo de Santiago de Cuba.

Pérez Serantes fue el obispo más comprometido con los problemas sociales de Cuba, se destacó en la atención al mundo del trabajo, devino prototipo del obispo misionero y uno de los más destacados apóstoles de la Iglesia cubana. Su actividad estuvo inspirada en la encíclica Rerum Novarum (1891) del Papa León XIII, quien favoreció la creación de grupos, asociaciones y sindicatos católicos, germen de la actual Doctrina Social de la Iglesia. Al producirse el asalto al Cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953, asumió una conducta de compromiso, reflejada en circulares que embistieron contra el gobierno de Batista y que involucraron a la Iglesia en la convulsa situación cubana.
 
Las primeras circulares fueron Paz a los Muertos, el 29 de julio de ese año y Carta al Coronel Río Chaviano, al día siguiente. Luego emitió Al pueblo de Oriente, el 28 de mayo de 1957, una pronunciación a favor de la paz social; Queremos la paz, el 24 de marzo de 1958, un nuevo llamado a la búsqueda la paz, dirigido a mediar entre el gobierno y los guerrilleros; la circular Sobre la explosión del polvorín del Cobre, el 16 de abril de 1958, donde trata de demostrar que los causantes de la explosión no pensaron que la misma produciría el menor daño en el Santuario Nacional, evitando cualquier acusación contra el Ejército Rebelde; Invoquemos al Señor, el 22 de agosto de 1958, emitida durante la contraofensiva del Ejercito Rebelde; Paseo Macabro, el 7 de octubre de 1958, donde fustiga haberse paseado el cadáver de un joven rebelde por las calles de la ciudad y calificó el hecho de barbarie; y Basta de Guerra, el 24 de diciembre de 1958, en el que planteó que “nadie debe seguir divirtiéndose despreocupadamente, mientras millones de cubanos se retuercen y gimen en angustias de intenso dolor y de miseria”. Esa posición explica que en el acto celebrado el 2 de enero de 1959 en Santiago de Cuba, para escuchar por primera vez a Fidel Castro, Monseñor Pérez Serantes fuera el primero en hacer uso de la palabra.

He escuchado una versión según la cual Sarría lo salvó porque estaba cumpliendo órdenes, ya que la esposa de Fidel era hija de un político muy cercano a Batista, quien había intercedido por su yerno. Con independencia de que tal versión pueda o no ser cierta, el hecho que quiero destacar es que, en la Carta al Coronel Río Chaviano de 30 de julio, Pérez Serantes planteó su determinación de interceder por los fugitivos y la disposición de servir de garante de sus vidas, decisión que le permitió participar en el traslado de Fidel del lugar donde fue apresado hasta Santiago de Cuba, impidiendo que fuera asesinado. Esto último lo confirmó el General Juan Escalona Reguera en una entrevista que le realizó el periodista Luís Báez, en la que aseguró que, estando en Siboney, cerca del lugar donde Fidel Castro fue apresado, pudo observar el momento en que Sarría y Pérez Serantes discutían en la carretera, con el coronel Pérez Chaumont, quien exigía que le entregaran a Fidel Castro, a quien traían detenido.
En mayo de 1960, después de Fidel declarar el carácter socialista de la Revolución, Pérez Serantes hizo pública una circular en la que definía la posición de la Iglesia ante el rumbo que iban tomando los acontecimientos de forma definitoria: Con el comunismo nada, absolutamente nada. Después de una vida eclesial, caracterizada por el compromiso con los problemas sociales de Cuba, antes y después de la Revolución, y de interceder por la vida de Fidel Castro, Monseñor Enrique Pérez Serantes falleció en Cuba el 19 de abril de 1968.

Las contradicciones entre Iglesia y Revolución se fueron agudizando hasta devenir conflicto abierto. Una prueba del empeoramiento de las relaciones fue la detención durante varias horas en Camaguey –en diciembre de 1960 durante un viaje de regreso a Santiago de Cuba– del primer orador del acto celebrado del 2 de enero en Santiago de Cuba, donde Fidel Castro se dirigió públicamente por primera vez a los cubanos.

Después de una vida eclesial destacada, caracterizada por el compromiso con los problemas sociales antes y después de la Revolución, y de interceder por la vida de Fidel Castro, como lo habían hecho otros hombres de Iglesia ante situaciones conflictivas en la historia de Cuba como Pedro Agustín Morell, Antonio María Claret y Olallo José Valdés, Monseñor Enrique Pérez Serántes falleció en Cuba el 19 de abril de 1968, a los 84 años de edad.

Pedro Agustín Morell, Antonio María Claret, Olallo José Valdés y Enrique Pérez Serantes no son los únicos, pero son representativos de la importancia que tienen la ética, el valor, el compromiso y la voluntad para enfrentar los conflictos. Se trata de hechos poco divulgados, que forman parte de nuestra historia y que encierran muchas enseñanzas para el actual caso de los prisioneros de conciencia cubanos y para otros muchos problemas que esperan por la mesa de negociación.

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En 1833, cuando La Habana era arrasada por el cólera y escaseaban los médicos, un niño de 13 años, inmerso en la atención a los enfermos descubrió su verdadera vocación. A la pregunta de uno de los frailes juaninos que lo observaba con curiosidad, acerca de si le gustaría servir a Dios atendiendo enfermos, respondió: -Si, Padre, sería mi mayor ilusión. Casi de inmediato hizo sus votos de pobreza, obediencia y castidad y pasó a formar parte de los hermanos de San Juan de Dios, una orden hospitalaria que desde 1603 tenía representantes en Cuba. Aquel niño convertido en fraile, que al mes de nacido había sido depositado por sus progenitores en la Real Casa Cuna del patriarca San José, era fray Olallo José Valdés.

En 1835, cuando arreciaba la epidemia del cólera en Puerto Príncipe, donde fallecieron decenas de enfermos, Olallo fue enviado para reforzar a los hermanos que laboraban el Hospital San Juan de Dios –atendido por los juaninos desde 1728–, donde permaneció durante 54 años, barriendo, lavando sábanas y vendajes, bañando a los ancianos, curando y alimentando a los dolientes. En ese fragor, acompañado de sus lecturas, devino Enfermero Mayor, utilizó las mejores técnicas para curar padecimientos, practicar operaciones quirúrgicas y actuar como farmacéutico.

Su fortaleza de carácter, su entrega, su compromiso con los más sufridos y sobre todo su fe, le permitieron enfrentar disímiles situaciones complejas.

En 1842 se aplicaron en Cuba los decretos de exclaustración, mediante los cuales las órdenes religiosas fueron suprimidas y sus bienes incautados por el Gobierno. Por ese motivo el Hospital de Puerto Príncipe pasó a la Beneficencia Pública. En ese momento, aunque los hermanos hospitalarios se vieron obligados a convertirse en empleados del Estado y someterse a exigencias ajenas a su naturaleza, fray Olallo, ignorando la orden, continuó en su labor, impidiendo que los pobres enfermos sufrieran las consecuencias negativas de la medida. En 1868, al estallar la Guerra Grande, las autoridades militares ocuparon el Hospital, lo convirtieron en plaza militar y ordenaron suspender la atención a los enfermos civiles. Olallo, no sólo se opuso a esa medida, sino que actuó como mediador, hasta lograr que sólo fueran dados de alta los enfermos que podían continuar el tratamiento fuera del recinto hospitalario, gracias a lo cual, el resto pudo permanecer en el Hospital.

Pero fue en 1873 cuando su nombre quedó inscripto definitivamente en nuestra historia. El 11 de mayo de ese año Ignacio Agramonte cayó muerto en combate en el potrero de Jimaguayú y su cadáver fue trasladado a Puerto Príncipe. Al día siguiente, su cuerpo exánime, atravesado sobre el lomo de un caballo, fue tirado en medio de la Plaza para ser exhibido como escarmiento y trofeo de guerra, con la orden de que nadie lo podía tocar. Enterado del acontecimiento, Olallo ordenó preparar una camilla, se dirigió al lugar y respondió a las autoridades militares que la única orden superior que él acataba era la del Señor. Seguidamente cargó el cuerpo, lo condujo al pasillo del Hospital y con su pañuelo, le limpió el rostro cubierto de fango y de sangre. Luego fue trasladado a la enfermería, donde fue lavado y amortajado, evitando así que los militares pudieran cumplir el objetivo que perseguían con los restos del Mayor.

Además de participar directamente en varias epidemias, como ocurrió en 1871 cuando coincidieron el cólera, la viruela y la fiebre amarilla y de atender directamente a enfermos de cólera, nunca se contagió. Cuando el Hermano Juan Manuel Torres, el único de la Orden que quedaba vivo, contrajo lepra en 1866, Olallo se hizo cargo de su aseo, alimentación y curas hasta su fallecimiento diez años después. La última prueba de su consecuente entrega a los más sufridos la realizó en 1888. Ante Notario y en presencia de los testigos, declaró que todos sus bienes, incluyendo una casa heredada y el dinero que le adeudaba la Administración pública, lo dejaba en herencia al Hospital de San Juan de Dios de Puerto Príncipe, donde sirvió durante más de medio siglo.

A los 69 años de edad, el 7 de marzo de 1889, enfermo, cuando aún atendía decenas de pacientes cada día, murió en el mismo Hospital donde ejerció su obra caritativa. Vivió para los pobres, murió pobre, su cuerpo fue cargado por pobres y entre ellos fue enterrado. En su panteón reza la inscripción: Este monumento llegaría al cielo, si lo formaran los corazones de los pobres agradecidos a quienes asistió el Padre Olallo durante 53 años en el Hospital de San Juan de Dios de Puerto Príncipe.

En marzo de 1989, la Iglesia Católica de Camagüey solicitó se realizara el proceso de santidad. En diciembre de 2006, el Papa Benedicto XVI firmó los decretos que lo reconocieron como Venerable. En noviembre de 2008 se celebró la misa de beatificación en la ciudad de Camaguey, donde se declaró canónicamente, que el fray Olallo José Valdés era Beato; un valioso ejemplo de participación de figuras de la Iglesia en los asuntos políticos y sociales de Cuba a lo largo de la historia.

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El artículo de Juan Varela Pérez, Faltaron control y exigencia en la zafra, publicado en el diario Granma el 5 de mayo de 2010, constituye una prueba de que el estado crítico de la producción azucarera cubana refleja tanto la situación de la producción agrícola como el de la economía en general.

Entre otras cosas Varela aseguró que “la actual zafra –la del año 2010– puede calificarse de pésima en producción y eficiencia”, que ha sido “la más pobre desde 1905”, que al Ministerio del Azúcar y a los Grupos Empresariales les faltaron control y exigencia para hacer cumplir las variantes organizativas que permitieran solucionar las dificultades, que al cierre del 25 de marzo había “un déficit superior a 850 000 toneladas de caña”, que los rendimientos cañeros que llegaron en el período 2005-2008 a crecer de 24 toneladas por hectárea a 41,6, volvieron a deprimirse y muestran un costoso descenso”, que revertir la crisis de hoy demanda un examen integral y recomienda analizar la estimulación al cañero, “cuya producción es hoy la menos pagada en la agricultura”.

Para entender la magnitud del desastre repasemos algunos datos de la producción azucarera cubana en los últimos 115 años. En 1895 se produjo por vez primera 1,4 millones de toneladas de azúcar, monto que cayó con la tea incendiaria durante la Guerra de Independencia; en 1903 se produjo 1 millón de toneladas; en 1907 se llegó hasta 1,3 millones; en 1919 se sobrepasaron los 4.0 millones; en 1925 la cifra llegó hasta 5,3 millones; en 1948, 6,1 millones y en 1952 se logró la colosal cifra de 7,2 millones de toneladas. En 1959 se produjeron más de 6 millones; en 1970 se alcanzaron 8,5 millones –cifra record en nuestra historia–, con el inconveniente que ese esfuerzo voluntarista desorganizó toda la economía cubana; posteriormente las zafras entre 1982 y 1990 se aproximaron a la de 1970 para iniciar una recaída hasta que en 1999 apenas se lograron 3,8 millones de toneladas.

Para enfrentar el declive azucarero, Ulises Rosales del Toro, General de División y Jefe del Estado Mayor General de las FAR, fue designado Ministro del Azúcar. En ese cargo pronosticó una recuperación que alcanzaría en el año 2001 la cifra de 5 millones de toneladas. Para ese fin dirigió dos proyectos: la Reestructuración de la Industria Azucarera y la Tarea Álvaro Reynoso. El primero, estaba dirigido, entre otras cosas, a lograr un rendimiento industrial del 11%, lo que significaba extraer de cada 100 toneladas de caña, 11 toneladas de azúcar; sin embargo, en el año 2002 se cerraron 71 de los 156 ingenios existentes y se redistribuyó el 60% de las tierras destinadas a la caña para otros cultivos, a pesar de que Cuba cuenta con condiciones envidiables para su producción. El segundo, que lleva el nombre del insigne cubano Álvaro Reynoso, se proponía lograr un rendimiento de 54 toneladas de caña por hectárea (muy por debajo del promedio mundial), que tampoco tuvo éxito.

Dicha estrategia demostró su inviabilidad. En 2001 en vez de 5,0 se produjeron 3,5 millones, un monto similar al de 1918; en 2002 bajó hasta 2,2 millones de toneladas, la más baja en 80 años; en 2003 volvió a bajar hasta 2,1 millones; en 2004 hubo una ligera recuperación que llegó a 2,52 millones, para caer estrepitosamente en 2005, año en que se produjo sólo 1,3 millones, la peor cosecha azucarera de los últimos cien años –una cifra que ya se producía en Cuba en el año 1907–; mientras el rendimiento por hectárea, como lo explicó Juan Varela, sufrió un ligero aumento para volver a declinar.

Las otras medidas dictadas para la economía agrícola han sido, esencialmente, la promulgación de la Ley 259, acerca de la entrega de tierras en usufructo y los cambios de funcionarios al frente de los ministerios.

La primera medida, la Ley 259, se limita a entregar tierras ociosas en usufructo por 10 años que fueron invadidas por el marabú, al punto que el área de tierra cultivada decreció entre 1998 y 2007 en un 33%; a pesar de ello, la Ley conserva la propiedad en manos del Estado. El jueves 13 de mayo, en el programa televisivo La Revista de la Mañana, el periodista Ariel Terrero comentaba que si bien con la Ley 259 hay más campesinos, éstos carecen de equipos, recursos y experiencia; que Cuba está importando el 80% de lo que consume respecto a productos agrícola; que se creció en plátano respecto al año anterior, un año que además fue muy malo por los ciclones, pero se decreció en muchos otros rubros como malanga, vetelales frescos, etc.;y  que la mitad de la tierra entregada por la Ley 259 sigue sin producir.

La segunda medida, los cambios de funcionarios, no ha ejercido ningún efecto positivo; Ulises Rosales del Toro, después de ocho años sin poder detener el declive azucarero “atendiendo a su amplia experiencia de dirección y autoridad política, así como la necesidad de potenciar la producción agropecuaria, actividad estratégica del país”, fue designado Ministro de la Agricultura y en su lugar, como Ministro del Azúcar se designó a Luís Manuel Ávila González, quien posteriormente fue destituido del cargo. Más recientemente, el Viceministro Primero de la Agricultura, Gustavo Rodríguez Rollero, fue promovido a Ministro y Ulises Rosales elevado a la atención integral de los ministerios del Azúcar, Agricultura e Industria Alimentaria.

La esencia del fracaso, tanto en la producción azucarera como en el resto de la economía, consiste en la subordinación de la economía a la política, en la ineficaz estructura actual de la propiedad y en salarios sin correspondencia con el costo de la vida. La milenaria experiencia práctica y la ciencia económica han demostrado en todas partes del mundo que el ser humano actúa en dependencia de sus intereses; entonces, cuando el interés desaparece, como ha ocurrido en Cuba por las causas analizadas, el resultado no puede ser otro: los ciudadanos impedidos por ley de ser propietarios y al recibir un ingreso insuficiente, en vez de empeñarse en producir subsisten al margen de la ley, con el consiguiente y perjudicial deterioro ético.