Hemeroteca de 29 junio, 2010

54-antonio-maria-claret4

Antonio María Claret (1807-1870), después de desarrollar una destacada labor evangelizadora en Cataluña y Canarias, de participar como cofundador de la Congregación de los Hijos del Inmaculado Corazón de María (misioneros claretianos) y de ser ordenado Obispo, fue enviado a nuestro país para ocupar el Arzobispado de Santiago de Cuba, el cual abarcaba el territorio desde las actuales provincias de Guantánamo hasta Ciego de Ávila, una extensa región donde la labor evangelizadora había dejado mucho que desear debido a la ausencia de obispos durante 18 años.

Para el mejor desarrollo de su misión, Claret elaboró una Carta Pastoral dirigida a la iniciación en la vida cristiana con semejanzas a la actual Doctrina Social de la Iglesia, legitimó miles de matrimonios, fundó la Hermandad de la Instrucción de la Doctrina Cristiana para la evangelización y junto a la madre María Antonia París, fundó también el Inmaculado Corazón de María (claretianas). Su norte fue siempre la dignidad de la persona y la prioridad de los más necesitados como lo demuestran las cajas de ahorro al servicio de obreros y campesinos, la ayuda a las mujeres sin dotes para casarse y a las viudas desamparadas y su atención a la agricultura, sector para el que escribió dos libros referidos a los métodos agrícolas modernos; creó una granja en Camaguey para niños y niñas pobres y elaboró un plan que tendía a convertir a los campesinos en verdaderos propietarios.

Su arribo a Cuba se produjo cuando el comercio de esclavos seguía arrojando miles de africanos sobre nuestras costas. Como en sus manos no estaba la posibilidad de abolir la esclavitud, abogó –siguiendo el ejemplo de San Pablo– por el trato caritativo a los cautivos, por la igualdad entre negros y blancos y por la eliminación de la trata, a la vez que autorizó los matrimonios interraciales y exigió el cumplimiento de las leyes civiles y eclesiásticas que contenían beneficios para los esclavos, como el Bando del Buen Gobierno, el Reglamento de Esclavos y las Leyes Sinodales. El valor ético de su conducta reside en que las autoridades coloniales prohibían a los eclesiásticos criticar la legislación vigente, y la esclavitud era legal, por lo que tuvo que enfrentar más de un proceso en su contra.

Aunque Claret se declaraba apolítico, realmente era partidario del sistema monárquico y contrario a la independencia. Sin embargo, como hombre de Iglesia, esa posición nunca lo apartó de su labor misionera. En su autobiografía escribió: “Jamás me he metido en materias de política; veo y medito la marcha de las cosas, pero no digo ni una palabra”. Aunque él consideraba que la actuación política directa era una impedimenta para el ministerio sacerdotal, lo cierto es que nadie que se preocupe y ocupe de los pobres, los enfermos, los trabajadores y los esclavos, puede considerarse al margen de la política.

La mejor prueba de lo anterior la brindó el mismo Claret con la actitud asumida en el proceso judicial, efectuado en agosto de 1851, que condenó a muerte a Joaquín de Agüero y a otros patriotas camagüeyanos que se alzaron contra la metrópoli. Los consideró patriotas porque, aunque eran partidarios del anexionismo, no se puede ignorar que esa corriente política incluía a todos los que asumían el modelo norteamericano por su carácter democrático y no sólo a los que propugnaban la unión con Estados Unidos con el fin egoísta de preservar la esclavitud.

Ese fue el caso de Joaquín de Agüero, quien se inició en la vida pública aboliendo la esclavitud en sus propiedades, casi dos décadas antes que lo hiciera Carlos Manuel de Céspedes en La Demajagua. La razón estriba en que, como la anexión implicaba previamente la separación de España, los que tenían ideas independentistas podían aceptar la participación en la primera etapa, es decir, en la de la separación. El historiador marxista Sergio Aguirre, en Nacionalidad y nación en el siglo XIX cubano, al referirse a Joaquín de Agüero, Isidoro de Armenteros, Francisco Estrampes y Ramón Pintó, escribió: “Fueron todos, al parecer, anexionistas. Pero, ¿quiénes anduvieron movidos erróneamente por una sana intención democrática?; ¿cuáles fueron hipotecadores de la nacionalidad cubana en aras del interés esclavista?; ¿para quienes fue la independencia el verdadero objetivo? Lógicamente, el mejor parece Agüero. El peor Pintó”. Otro historiador, Oscar Loyola, en Cuba y su historia, reconoce que el anexionismo no fue una corriente unitaria y plantea que Agüero se alzó en defensa de la separación de Cuba de la Metrópoli.

A favor de esos cubanos que lucharon por la separación de España, Claret, que era partidario de la monarquía, pidió clemencia por ellos y solicitó permutar la pena de muerte dictada a cambio de su propia vida: una actitud valiente y ética conforme a los principios cristianos.

En carta al Capitán General de la Isla, el 26 de julio de 1851, escribió: “Ya sabe Vuestra Excelencia que nunca jamás me he metido en asuntos políticos, pero en esta isla se halla tan hermanada la religión con la política, que apenas se puede hablar de la una que no se tope con la otra aunque no se quiera”. Por su recta conducta fue víctima de varios atentados contra su vida, entre ellos el ocurrido en 1856, en la ciudad de Holguín, donde fue herido en la mejilla y en el brazo derecho con una navaja.

En 1857 Claret, al ser designado confesor personal de la Reina Isabel II, abandonó Cuba. Resultado de la revolución liberal de 1868 partió al exilio con la Reina y murió refugiado en una abadía de Francia, el 24 de octubre de 1870. Por su obra el Episcopado de América Latina solicitó al Papa León XIII su beatificación, la causa se introdujo en 1887, fue declarado Venerable en 1890, beatificado en febrero de 1934 y canonizado por el Papa Pío XII, el 7 de mayo de 1950.

Al igual que el obispo Pedro Agustín Morell, quien medió y defendió a los esclavos del Cobre en 1731, San Antonio María Claret, intercedió por la vida de un grupo de patriotas camagüeyanos. Hechos poco conocidos, que son parte de nuestra historia y que encierran muchas enseñanzas para el presente cubano.