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El Blog de Dimas » Hemeroteca de Martes, 22 junio, 2010

Hemeroteca de 22 junio, 2010

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El 28 de junio de 1844, entre las múltiples víctimas de la horrible represión racista conocida como Conspiración de la Escalera se encontraba Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido). Su culpa no estaba en haber participado en actividades subversivas contra la metrópoli sino en su condición de hombre libre, mulato, con talento e ideas liberales; una combinación extremadamente peligrosa en un momento tan convulso como el denominado año del cuero.

Las causas del fusilamiento de Plácido nos remiten al sector de negros y mulatos libres que apareció en la sociología insular desde el mismo siglo XVI. Hijos de peninsulares con esclavas, esclavos abnegados o delatores, esclavos fugados y esclavos que compraron la libertad por dinero, fueron algunas de las vías de formación de ese sector. Desde la producción agrícola hasta las artes, negros y mulatos libres constituían la base de la economía en el siglo XIX. Gracias a su esfuerzo y talento lograron adquirir pequeñas propiedades y cierta preeminencia cultural, que les permitió una determinada participación e interacción social con los blancos.

Este sector libre, con marcados rasgos de cubanía, estableció una estrecha relación de solidaridad y de identidad cultural con los esclavos. Unos y otros se fueron acriollando y sintiéndose cubanos en un proceso de identificación que tenía por base lo que Ramiro Guerra denomina doble ansia de libertad civil e igualdad social de parte del esclavo y del negro libre. Todo ello cimentado por la organización de los cabildos y reforzado por el establecimiento, desde el XVII, de los Batallones de Pardos y Morenos Leales.

El crecimiento acelerado de la esclavitud en el siglo XIX marcó su punto más alto entre 1840 y 1845. Un caso particular fue la provincia de Matanzas, donde el número de ingenios sobrepasó la cifra de 300 y donde el aumento de los maltratos generaron una cadena de sublevaciones que se extendió desde el ingenio la Conchita en 1839 hasta la Conspiración de la Escalera en 1844. Acontecimientos que prácticamente abarcaron todas las dotaciones de esclavos de la zona poniendo en peligro los intereses económicos de hacendados criollos, comerciantes peninsulares y del gobierno metropolitano.

La respuesta represiva involucró a más de cuatro mil personas. De ellas 78 condenadas a muerte, casi 600 enviadas a prisión, más de 400 deportadas y unos 300 muertos por maltratos físicos durante el proceso. La represión la dirigió el Capitán General Leopoldo O’Donnell simultáneamente contra negros y mulatos libres y contra los intelectuales blancos que se oponían a la trata de esclavos. El objetivo era decapitar el incontrolable movimiento abolicionista, en un momento en que el sector integrado por negros y mulatos libres, además de registrar avances en la economía, representaban el 58% de los habitantes de la Isla, y cuando aún se mantenía fresco el recuerdo de la sangrienta rebelión de los esclavos en Haití.

La libertad que se manifestó en Hispanoamérica como insurrección armada, en Cuba tuvo su expresión desde la cultura. La definición de lo cubano iniciada en la lírica por el neoclasicismo con Manuel de Zequeira y Manuel Justo de Rubalcava, sirvió de tránsito y fundamento al romanticismo de José María Heredia y de Gertrudis Gómez de Avellaneda, destacando desde la flora y la fauna la tipicidad insular y la conciencia diferenciadora de lo español. En ese proceso, Plácido, cuyas dotes poéticas se manifestaron desde edad temprana, junto a Cirilo Villaverde, Félix Tanco, Ramón de Palma, Anselmo Suárez y Romero, José Jacinto Milanés y Domingo del Monte conformaron, desde diferentes ángulos de nuestra cultura, una pléyade de románticos forjadores del proceso de cubanización.

Hijo de mulato con una bailarina española, debido a su situación económica Plácido se vio obligado, paralelo a la poesía, a ejercer de carpintero, dibujante, tipógrafo, peinetero y platero. Fue un poeta espontáneo, fácil versificador y de alta sensibilidad. Juramento, A un pajarillo, La muerte de Gesler y la décima ¡Habaneros, libertad!, su célebre romance Jicotencal, La flor de la caña, La flor del café y sus versos escritos antes de morir: Despedida a mi madre, Adios a mi lira y Plegaria a Dios, este último declamado mientras caminaba hacia el cadalso para ser ejecutado, son suficientes para demostrar la presencia del criollismo y el siboneyismo, su calidad poética y su pensamiento libertario.

Francisco Calcagno, en “Poetas de Color” nos dice que Plácido “no canta sino a Cuba y si alguna vez su fantasía sale de ella es para cubanizar, por decirlo así, todo lo que pinta”. Por esa cubanía que llevaba dentro, por su arraigo a la tierra natal que lo llevó a denegar ofertas como la que le hiciera José María Heredia en 1836 para viajar al extranjero, por su aporte a la conformación de la identidad nacional y por el valor con que enfrentó su suerte, Gabriel de la Concepción Valdés, El Bardo del Yumurí tiene reservado un espacio en el panteón de la cultura cubana.