Hemeroteca de 17 junio, 2010

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Una de las funciones de la mediación en los conflictos es lograr un cambio de imágenes y actitudes que por sí mismos las partes no pueden alcanzar, principalmente cuando la posición de los adversarios, o de uno de ellos, es opuesta a cualquier solución que no sea absolutamente a su favor; de ahí que el mediador, entre los muchos requisitos y características que debe tener, tiene que ser aceptado por los contendientes.

A Cuba, como ocurrió en otros países colonizados de América, fueron traídos oriundos del continente africano para utilizarlos como mano de obra esclava. Esos seres humanos, sin contactos con su tierra de origen ni posibilidad de regreso a ella, fueron sometidos a jornadas de trabajo insoportables y a los más crueles tratos físicos. La primera y más prolongada respuesta a esa deplorable situación fue la rebelión. A la violencia respondieron con la violencia, generándose una desgarradora historia de dolor y muerte que duró varios siglos y que marcó el proceso de formación de la nación cubana.

Uno de esos episodios de rebeldía tuvo lugar en Santiago del Prado –un pueblo formado alrededor de las minas de cobre de esa localidad santiaguera, conocida popularmente por el santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre– donde la historia de Cuba registra la primera rebelión masiva de esclavos. Los antecedentes de ese acontecimiento datan del año 1677, cuando las autoridades coloniales, al disponer el desalojo de los trabajadores negros que allí vivían, provocaron su alzamiento en las montañas vecinas del lugar. El 24 de julio de 1731, medio siglo después del primer alzamiento, la dotación de los esclavos del Rey de España –una condición que daba a ese núcleo características particulares– se negó a cumplir con las disposiciones del Gobernador de Santiago de Cuba, el coronel Pedro Jiménez, y se alzó nuevamente en armas para reclamar sus derechos.

Al obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz y de Lora, la personalidad más brillante, abarcadora, profunda e interesante de la Iglesia católica durante los primeros siglos de la historia cubana, y el más importante estudioso de la sociedad criolla del siglo XVIII, el más destacado investigador de sus bases y de la evolución institucional e ideológica del país, por ser quien lega las obras más acabadas de su época , le tocó actuar como mediador entre el Gobernador, quien quería reducir a los rebeldes por medio de las armas, y los esclavos alzados, que estaban dispuestos a defender sus reclamos hasta las últimas consecuencias, mientras que el obispo Morell se empeñó en lograr una solución sin sangre y aceptable para ambas partes.

Su labor de mediador tuvo mayor relevancia porque entre los obstáculos estaba no sólo medio siglo de conflictos entre esclavos y esclavistas, sino también el hecho de que la Iglesia en Cuba, como en el resto de la América hispánica, estaba subordinada al Estado; una dependencia que tuvo su origen en el fracaso de la represión contra el cristianismo, iniciada con la crucifixión de Jesús y continuada por los emperadores romanos hasta el siglo IV, hasta que las autoridades comprendieron que la supervivencia del imperio dependía más del influjo del cristianismo que de su imposible exterminio. Con el cambio de política, puesta en práctica por el emperador Constantino el Grande, la Iglesia conquistó la libertad, adquirió el carácter de religión legal y asumió dimensión universal, a cambio de quedar subordinada al trono imperial.

En 1486 el Papa Inocencio VII otorgó mediante una bula pontificia el Real Patronato  a los reyes de España sobre el reino de Granada. Con ese antecedente, cuando se puso a la orden del día la evangelización de los aborígenes americanos, el Papa Alejandro VI, en respuesta a la solicitud de los reyes españoles, les concedió en 1501 la prerrogativa otorgada antes a Granada, mediante la cual se le transfirieron a la Corona un conjunto de derechos y responsabilidades que autorizaban a los monarcas a fundar iglesias, delimitar geográficamente las diócesis, presentar las mitras y beneficios eclesiásticos, percibir diezmos y escoger misioneros para enviar al Nuevo Mundo. Aunque en 1646 se otorgó independencia e inmunidad al clero, respecto a las autoridades civiles, la Iglesia siguió siendo dependiente de la Corona; una dependencia que se acentuó en la segunda mitad del siglo XVIII –precisamente en el período en que ocurrió la sublevación de los esclavos del Cobre– con varias disposiciones reales que supeditaron las más altas autoridades eclesiásticas de la Isla a las autoridades locales. Debido a ello los Obispos y otros representantes de la Iglesia que habían gozado de una relativa independencia, debían prestar juramento de fidelidad al Estado y a su derecho patronal .

Es notable la forma en que el obispo Morell, en tan desfavorables condiciones, asumió el papel de mediador. Se reunió con las partes por separado, analizó las causas del conflicto y al comprenderlas se puso de lado de los esclavos, a los que defendió ante la autoridad real. En el informe elevado al rey sobre la sublevación de los mineros, fechado el 26 de agosto de 1731, Morell demostró que el origen del conflicto provenía del rigor con que los habían tratado. Se habían violado todas las normas establecidas que afectaban los días festivos y la atención a sus familias; violaciones que incluso, perjudicaban a los negros libres. En dicho informe, el Obispo escribió: que los esclavos tenían un delirio que se limitaba a decir que eran libres y que la Real Cédula en que eso constaba la habían ocultado los regidores de Cuba. Y agregó que: a lo corto del entendimiento de los rebeldes se añadía el ansia de su libertad .

Por medio del diálogo los alzados fueron llevados al convencimiento de regresar al pueblo hasta que se logró la pacificación a cambio de suspender las medidas que habían provocado el alzamiento. Setenta años después de la mediación de Morell, esta vez dirigidos por el padre Alejandro Ascanio, los trabajadores, negros y mulatos esclavos del Cobre obtuvieron su libertad por Real Cédula –ocho décadas antes de la abolición de la esclavitud en Cuba–, la cual fue leída ante la Patrona de Cuba, la Virgen de la Caridad del Cobre, el 19 de mayo de 1801. Una experiencia válida para lo que ahora está ocurriendo en Cuba relativo a la aclamada liberación de los prisioneros políticos.

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