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Hemeroteca de 11 junio, 2010

5-porque-la-mediacion

Sí los prisioneros políticos fueron condenados sólo por pensar diferente al Gobierno y actuar en consecuencia, lo que hay es que liberarlos. Se trata de un criterio generalizado en algunos sectores de la sociedad cubana, que ya incluye a figuras como el cantautor Silvio Rodríguez, quien declaró que las condenas impuestas a esos ciudadanos fueron excesivas y que debían estar libres. En ese contexto ha surgido la interrogante: ¿Si lo más lógico y sencillo es dejarlos en libertad, cuál es la razón de la mediación?

Resulta que esa lógica es insuficiente para desentrañar un conflicto político, que aunque tiene un componente ético es irreducible a ese aspecto. Surgido de la coexistencia de intereses e identidades contrapuestos, el caso de los prisioneros cubanos tiene sus raíces en el intento de eliminar la pluralidad de nuestra sociedad. La necesidad de la mediación radica en el papel que la misma puede realizar mediante el cambio de imágenes y actitudes de las partes, de tal forma que les permitan moverse hacia una perspectiva de diálogo. La mediación, aunque pone su acento en el presente y el futuro, requiere tener en cuenta las causas que originaron el conflicto, cuya raíz está precisamente en el ámbito de la política, entendiendo por ésta una esfera que trasciende al Estado, como lo demuestra la existencia y participación de la sociedad civil en el mundo contemporáneo.

En Cuba se instauró un régimen, en 1959, que por causas que no son objeto de este análisis, evolucionó hacia el totalitarismo. El proceso de desmantelamiento de la sociedad civil y de los espacios públicos tuvo su culminación en 1968 con la Ofensiva Revolucionaria, la cual liquidó de un solo golpe las decenas de miles de pequeños establecimientos particulares que aún producían y prestaban servicios. Al quedar monopolizada la política por el Estado, el Estado por un solo Partido, y el Partido por una élite iluminada, quedaron echados los cimientos del totalitarismo.

La anulación de la espontaneidad social, que sostiene y nutre los destinos humanos, condujo al país en dirección contraria al proyecto luminoso; pues cuando el Estado goza de todo el poder sobre la sociedad civil, impide a los ciudadanos ser sujetos políticos y convierte en enemigos de la “patria” a todo el que cuestione su validez. A partir de ese criterio, la relación del Estado con los que disienten deja de ser política para devenir policial, contra los enemigos del orden. Un resultado que puede ser definido de cualquier forma, menos de democrático, pues la democracia implica la existencia de las libertades y derechos ciudadanos perdidos en ese proceso.

Desde ese “logro”, es decir, desde el desmantelamiento de la sociedad civil, se proyectó la construcción del futuro luminoso que ofertaba la ideología del poder, desde la cual, los intereses individuales y de grupo cederían su lugar a un proyecto común, donde el individuo sería sustituido por la masa, hasta que el “logro” se transformó en fracasos, desde la economía hasta el deterioro espiritual. Un hecho que, aunque reconocido por el propio Gobierno, no ha sido hasta ahora acompañado de la voluntad política para proceder a las transformaciones, que tienen que incluir el renacimiento de la sociedad civil autónoma. De ahí que la liberación de los presos, de producirse, sólo puede ser el punto de partida. Pensar de otra forma es desconocer las causas que nos han conducido al punto de estancamiento y retroceso en que nos encontramos.

El trato como enemigo a los que piensan de otra forma es resultado de considerar a la humanidad –diversa y plural– como una entidad reducible a una organización social particular. La supuesta superioridad de tal organización consiste en la creencia de que la misma se sustenta en una verdad trascendente que puede explicarlo todo. Si el gobierno ha decidido hacer algunas variaciones en relación a los prisioneros políticos y desde ese cambio intentar “actualizar” el modelo causante de la crisis, tiene que aceptar que otros ciudadanos, con otras ideas distintas, gocen de ese mismo derecho para proponer modelos alternativos. La mediación debe coadyuvar a comprender esa verdad: la existencia de la oposición es una condición necesaria para la consolidación de un régimen democrático. Por ello, si después de la liberación de los actuales presos, se sigue considerando malvados a los que piensan y actúan diferente y se mantiene la legislación que permite condenarlos, estaremos de regreso a la raíz del problema, ante lo cual, la labor de la mediación quedaría reducida a la liberación de los presos de turno.

La esencia detrás de todo este asunto consiste en que la política no sólo es resultado del carácter social de los hombres, sino también de su pluralidad. Al perderse el consenso por el desconocimiento tácito del derecho del otro, la mediación como camino al diálogo y a la negociación, es la mejor, sino la única forma de restablecer el consenso perdido; un reestablecimiento que por razones éticas, jurídicas y políticas presupone el reconocimiento de la pluralidad. El chantaje consistente en ¡por aquí o nos hundimos!, ha demostrado su ineficacia e inadmisibilidad. La represión política del Estado, por peligrosa y severa que sea, resulta no sólo ineficaz en lo que se propone, sino además, degradante para los que la ejercen.

Por todo lo anterior la liberación, inmediata o gradual de todos los recluidos por causas políticas, aunque resuelve un serio problema, no va a la raíz. A la vez se requieren de condiciones para la libertad. De no ser así, simplemente se generaría una nueva modalidad de dominación que nuestra sufrida historia ya no resistiría. Para que eso no ocurra, la libertad exige la existencia legalizada de espacios públicos, en el que los ciudadanos puedan ejercer sus derechos políticos de forma independiente: ese es el reto y la salida.

Si el gobierno, aunque de forma tardía y con extrema lentitud, decide marchar en esa dirección para resolver no sólo el problema de los prisioneros actuales, sino también el futuro de la sociedad cubana, se anotaría un tanto a su favor. Y si la Iglesia, como mediadora en la solución inmediata del problema de los prisioneros políticos, logra que las partes: Estado y Sociedad, avancen de la mediación al diálogo y de éste a las negociaciones, tendrá el correspondiente reconocimiento de los ciudadanos cubanos y del mundo. Lo contrario sería un desastre para todos.