Hemeroteca de 8 junio, 2010

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Teniendo en cuenta tanto las palabras del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba acerca de fomentar la discusión franca y no ver en la discrepancia un problema, sino la fuente de las mejores soluciones, así como su anterior afirmación de que habrá que introducir los cambios estructurales y de conceptos que resulten necesarios, expreso, como socialista democrático, mi opinión en relación con algunos de sus planteamientos del pasado 4 de abril, en la clausura del IX Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas. Me refiero a los cuatro aspectos siguientes:

1- Sin una agricultura fuerte y eficiente… no podemos aspirar a sostener y elevar la alimentación de la población, que tanto depende todavía de importar productos que pueden cultivarse en Cuba. 2- Sin que las personas sientan la necesidad de trabajar para vivir… jamás estimularemos el amor por el trabajo, ni solucionaremos la falta crónica de constructores, obreros agrícolas e industriales, maestros, policías y otros oficios indispensables que poco a poco van desapareciendo. 3- Sin la conformación de un firme y sistemático rechazo social a las ilegalidades y diversas manifestaciones de corrupción, seguirán, no pocos, enriquecidos a costa del sudor de la mayoría. 4- Si mantenemos plantillas infladas en casi todos los ámbitos del quehacer nacional (se calcula que el exceso de plazas sobrepasa el millón de personas) y pagamos salarios sin vínculo con los resultados, elevando la masa de dinero en circulación, no podemos esperar que los precios detengan su acenso constante, deteriorando la capacidad adquisitiva del pueblo.

Como las ideologías suponen que pueden explicarlo todo sin tener en cuenta las experiencias, una vez definidos los propósitos comienzan las dificultades para su ejecución. Según el Presidente cubano, hay que romper dogmas y asumir con firmeza y confianza la actualización, ya en marcha, de nuestro modelo económico. Una afirmación que contiene una insoluble contradicción, pues la supervivencia del socialismo en Cuba es imposible mediante la actualización del modelo que ha generado la crisis. El Estado y la sociedad civil son dos elementos del mismo sistema y si el Estado anula a la sociedad civil, como ha ocurrido en Cuba, impide a los ciudadanos ser sujetos políticos, ya que el concepto de política es más amplio que el de Estado, y el monopolio de este último en todas las esferas genera normas vinculantes que convierten en enemigo al que cuestione su validez. Esa realidad está en la raíz de las dificultades en que estamos inmersos. Por tanto, si esto es cierto, la salida hay que buscarla en la sustitución del modelo totalitario por otro de carácter democrático y participativo. Insistir en lo anterior es anunciar, de antemano, un nuevo fracaso.

Es necesario renunciar a los esquemas preestablecidos. La democracia tiene que ver con la soberanía del pueblo, y los recientes planteamientos del Gobierno presuponen que los ciudadanos asumen sus valores. Desde esa presunción se realizó la Ofensiva Revolucionaria, que liquidó todos los vestigios de independencia económica de los ciudadanos en 1968; el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas de 1986; las tímidas reformas iniciadas en los primeros años de la década del 90 del pasado siglo, las medidas de contrarreforma a partir de 1995-96; las mil batallas perdidas contra la corrupción; las medidas sobre la agricultura anunciadas en julio de 2007 y el plan mínimo presentado en febrero de 2008, del cual lo más significativo ha sido el Decreto Ley 259 para la entrega de tierras en usufructo, un proyecto que nació fracasado por la insistencia de conservar la tierra en como propiedad del Estado incapaz, mientras los campesinos capaces quedan impedidos de ser propietarios; y ahora, dos años después, se comienza el arrendamiento de barberías y peluquerías, y algún que otro pequeño experimento, medidas aisladas y limitadas que podrían tener efectividad si formaran parte de un programa de cambios estructurales.

La experiencia de los últimos 42 años ha demostrado que ninguna de esas medidas permitió resolver lo que se propuso, por dos razones: una, la complejidad social en cualquier país impide la centralización absoluta; y dos, la ausencia de las libertades ciudadanas hace imposible su actualización, pues el socialismo, en cualquiera de sus variantes, lo único que no puede hacer es negar la idea de la democracia socialista, sin la cual es imposible resolver ninguno de los propósitos anunciados; más bien ha conducido al país a un estado de deterioro que va desde la economía hasta la moral y ha generado rechazo hacia el concepto de socialismo.

Llegados a este punto, que se ha agravado por haber carecido de una política de cuadros –hecho reconocido en el discurso del 4 de abril–, ningún proyecto nuevo puede salir de un grupo de personas, sean o no expertos en la materia, ni tampoco de un partido político, pues el partido, como lo indica su significado, es sólo una parte de la sociedad. Se impone la participación del todo, y ese todo es el pueblo cubano, sin exclusiones políticas, ideológicas o de cualquier otro tipo. Un pueblo preparado que tiene todo el derecho a participar en la definición de su nación. En fin, que es y será imposible salir del estado actual de estancamiento y retroceso sin la disposición de abandonar la esencia totalitaria del sistema, de tal forma que los cubanos puedan gozar de libertades y derechos fundamentales como los de opinión, reunión, asociación, acceso a Internet, salir y entrar libremente al país, ser propietarios y percibir un salario en correspondencia con el costo de la vida. Libertades y derechos imposibles de implementar desde el actual modelo. Por tanto, la salida de la crisis tiene que resultar de la participación ciudadana, lo que implica el debate público para definir un rumbo consensuado.

Por último, el propósito de actualizar el modelo ocurre en un contexto internacional desfavorable para esos fines. La comunidad internacional comienza a mostrar cada vez mayor atención al estado de las libertades cívicas en Cuba, lo que limita aún más la capacidad del gobierno para las relaciones internacionales y para los apoyos económicos necesarios. Ante tal situación, lo indicado sería proceder a los cambios internos para demostrarle al “enemigo”, pero sobre todo a los cubanos, la voluntad, la capacidad y la confianza en el pueblo. Es decir, responder a la campaña exterior con el debate interno.

No se trata de ceder al “chantaje”, sino a las necesidades de Cuba. Este camino, diferente a la disyuntiva de “conceder o desaparecer”, consiste en “cambiar a favor del pueblo”, única forma de legitimar la permanencia, lo que permitiría no sólo exhibir como mérito haber resistido durante medio siglo, sino también y sobre todo, solucionar las necesidades internas del país. Tarde o temprano Cuba tendrá que emprender reformas estructurales profundas, el problema radica en que los procesos tienen su tiempo y el momento para iniciar los cambios, si no está agotado, está en sus límites.