Hemeroteca de 1 junio, 2010

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Durante la primera mitad del siglo XIX la mayoría de los habitantes de Cuba eran de origen africano, lo que explica  la fuerza e influencia de su cultura, especialmente la musicalidad negro-mulata, distinguida por su inmensa creatividad, extraordinario vigor y cautivadora originalidad. Esa música alcanzó mayor número de ejecutantes y admiradores que la música proveniente de la península ibérica, al punto que sus ritmos, considerados inicialmente por la población blanca como salvajes terminaron por ser incorporados como propios. Uno de los músicos negros que influyó en ese proceso fue sin dudas, Claudio José Brindis de Salas, hijo de otro músico negro del mismo nombre.

A primera vista resulta incompresible que aspectos de la cultura de pueblos sometidos logren convertirse en cultura de los sectores dominantes, pero cuando nos adentramos un poco en la historia y entramos en contacto con figuras  como los Brindis de Salas, padre e hijo, el misterio desaparece. La moraleja consiste, parafraseando a Walterio Carbonell, que sin el conocimiento de las particularidades de las culturas africanas que nos influyeron no es posible comprender el proceso de formación de la nación cubana

Brindis de Salas, padre –hermano de leche del Conde de Casa Bayona, a quien su madre amamantó–, fue famoso en La Habana de mediados del siglo XIX. Brindis se convirtió en uno de los negros más preparados y famosos de la época, cultivó la poesía, fue compositor, director de orquestas populares y músico de los Batallones de Pardos y Mulatos. Durante los acontecimientos de la Conspiración de la Escalera, en 1844, fue detenido y torturado junto a otros miles de negros, expulsado de la Isla y apresado posteriormente por regresar clandestino. Después de quedar en libertad, sin poder recobrar sus pocos bienes incautados, intentó sin éxito recrear su antigua orquesta, hasta morir en extrema pobreza.

Brindis de Salas, hijo, a diferencia de su padre, nació cuando la ilustración había penetrado en la sociedad habanera y contaba ya con una sólida formación cultural. Cuando, según el musicólogo Serafín Ramírez, la música era el encanto de todos, el cultivo del arte se había generalizado y las compañías líricas y concertistas de primer orden visitaban con bastante frecuencia la capital cubana.

Brindis de Salas comenzó los estudios con su padre y continuó luego con Van der Guth, un famoso concertista belga radicado en La Habana a quien llamaban cariñosamente “violín de ataque”, con quien progresó extraordinariamente; pero fue gracias a sus estudios en el Conservatorio de París, con los profesores más famosos de la época, que la unión del talento y las condiciones ideales dieron por resultado a una de las figuras musicales más extraordinarios de nuestro siglo XIX.

Su aptitud musical se hizo evidente desde la edad temprana. A los ocho años compuso una danza titulada La simpatizadora y dos años después debutó en el Liceo de La Habana con gran éxito. Desde el comienzo de sus estudios, y en cada actuación en París, Brindis comenzó una larga carrera de triunfos. Sus dotes naturales, afinadas y enriquecidas con los estudios, le dieron una envidiable maestría en el dominio del instrumento y del auditorio. “Diríase –escribió una de los comentaristas franceses de la época– que una mano oculta arranca al instrumento las más sublimes notas, haciéndolas aparecer como emanadas del cielo.”

Una vez culminado sus estudios triunfó en Italia –país originario del violín–, actuó en el Conservatorio de Milán y en el Teatro Scala; en Berlín se le designó músico de cámara del Emperador. También San Petersburgo, Londres, Portugal y España fueron testigos de su maestría. En Argentina sus admiradores le obsequiaron un auténtico Stradivarius; en México, a pesar de actuar casi simultáneamente con José White –otro violinista negro de Cuba, graduado también en el Conservatorio de París– también triunfó. Venezuela, América Central y La Habana disfrutaron de sus excelencias.

La crítica internacional especializada hizo elogios de su arte y lo bautizó como el Rey de las Octavas y el Paganini cubano. En esos comentarios críticos encontramos expresiones como: talento extraordinario que habla seis o siete lenguas; poseedor de un portamento de arco legítimo y al mismo tiempo de una energía que lleva impresa el ímpetu característico de su raza; acusa un profundo conocimiento; revela una maravillosa espontaneidad en sus creaciones y una audacia en su estilo digna del inmenso talento del artista.

Su fuerte e incontrolable personalidad derivó en nefastas consecuencias para su vida. En Alemania perdió la relación con su esposa y sus tres hijos, que siguiendo la tradición familiar también fueron violinistas y la inconsistencia para mantener la superación generó una evidente declinación de su genio artístico. Así, los excesos de su temperamento exaltado, espoleados por la gloria, socavaron su salud: la tuberculosis y la miseria lo invadieron. Su declive se evidenció en su último concierto realizado en el Teatro Espinel de España.

Los caubanos no podíamos pasar por alto la memoria de tan insigne músico negro, galardonado con la Gran Cruz del Águila Negra, miembro de órdenes españolas, italianas, portuguesas y austriacas; al violinista de cámara del Emperador de Alemania, al que paseó su fama e insolencia por el mundo para regresar a morir en Buenos Aires, escenario de sus antiguos triunfos, en la más extrema soledad y pobreza el 2 de junio de 1911.

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