Hemeroteca de marzo 2010

En febrero de 2010 un sismo arrancó la vida a cerca de un cuarto de millón de haitianos y causó pérdidas materiales por miles de millones de dólares. Dos siglos antes, en agosto de 1791, una insurrección había provocado la ruina de esa nación. El análisis de la relación entre esos dos acontecimientos evidencia la responsabilidad de las potencias coloniales y de las autoridades haitianas en el estado actual de ese país. El vandalismo contra sus habitantes originales, el traslado por la fuerza de cientos de miles de esclavos africanos y la violencia empleada contra ellos generó una espiral de odio. Allí, en 1519, el cacique Enriquillo enfrentó a los conquistadores durante 13 años y tuvo lugar la primera sublevación de negros en el Nuevo Mundo. Una violencia que se repitió hasta la explosión que desencadenó la Revolución Francesa de 1789.

El proceso de colonización, iniciado por Castilla, caracterizado por la generación de nobles, eclesiásticos, guerreros y funcionarios, debido a la prolongada guerra contra los árabes, hizo que los castellanos, que vinieron con la intención de enriquecerse, no lo hicieran mediante el trabajo, pues no eran ni artesanos ni burgueses. A principios del siglo XVI, cuando comenzó a fabricarse azúcar en La Española, los guerreros que ocuparon el lugar de los burgueses no estaban preparados para comerciar, a diferencia de los países que aspiraban a desplazar a España del dominio colonial en la región.

En lo social, La Española, además de las autoridades del rey, contaba con una rígida estructura social integrada por cuatro sectores: grandes blancos, pequeños blancos, mulatos, y esclavos. La característica distintiva de las relaciones entre ellos era la hostilidad, mientras su único punto de identidad radicaba en el odio y el desprecio a los negros esclavos, que constituían la gran mayoría. En la economía, la oligarquía colonial francesa conjugó los métodos más avanzados del capitalismo con el sistema social más atrasado, condicionando una situación social explosiva que detonó con la revolución francesa. En ella, las autoridades del rey se opusieron a la Revolución, los grandes blancos la apoyaron hasta la ejecución de Luís XV, los pequeños blancos lucharon por igualarse a los grandes; y los mulatos se incorporaron para que se les reconocieran sus derechos; pero ninguno pensaba en la suerte de los esclavos. Las contradicciones entre ellos condujeron a la sublevación de los mulatos y a la ejecución de sus líderes, lo que abrió las puertas a la violencia generalizada que desencadenó la rebelión de los esclavos que mataron a sus amos, mujeres e hijos a golpe de machete.

El inicio de la guerra contra Gran Bretaña, Holanda y España, motivó una rebelión de los grandes blancos que obligó a las autoridades de la Isla a ofrecer la libertad a los esclavos que lucharan a su lado. Derrotados los grandes blancos, su lugar fue ocupado por los jefes mulatos, pero el ascenso de Tousaint L’Ouverture, negro esclavo que operaba contra las tropas francesas desde el Oeste de la isla y a quien el gobierno español le concedió el rango de General, pasó a luchar al lado de Francia cuando se decretó la abolición de la esclavitud en 1793, por ello fue nombrado lugarteniente del Gobernador y ascendido a General en Jefe de las fuerzas de Haití, pasando a ocupar un lugar preeminente respecto a los jefes mulatos.

En enero de 1801, Tousaint declaró a la isla “única e indivisible”, penetró en la parte Oeste ocupada por españoles y proclamó allí la libertad de los esclavos, sin contar con Napoleón Bonaparte que tenía otros propósitos. En respuesta Napoleón envió tropas para aplastar al líder revolucionario y restablecer la esclavitud en la parte española. L’Ouverture capituló en 1802, fue detenido y enviado a Francia donde murió. Cuando en 1803 Napoleón anunció su intención de restaurar la esclavitud, Jean Jacques Dessalines, junto a otros dirigentes negros, se sublevó y con la ayuda de Gran Bretaña expulsaron a los franceses. Tras la victoria, Dessalines se autoproclamo emperador, decretó el exterminio sistemático de todas las personas descendiente de franceses y declaró la independencia de la parte occidental de la isla (Haití), en enero de 1804

Los 13 años de guerra provocaron la muerte de más de 100 mil negros, de unos 50 mil franceses y la emigración de otras decenas de miles. Los amos de la tierra, del dinero y de las fábricas huyeron con los conocimientos, las técnicas y el capital, muchos de los cuales arribaron a Cuba en cuatro oleadas a partir de 1791. La anarquía, el despotismo, los golpes de Estado, las dictaduras y los caudillos –muchos autoproclamados emperadores o gobernadores vitalicios como Tousaint L’Ouverture y los Duvalier, padre e hijo– se sucedieron hasta el presente. Hechos que generalmente son ignorados por la historiografía que destaca, acríticamente, los acontecimientos revolucionarios que convirtieron a la colonia más rica de la época en el país más atrasado de Occidente.

Tres elementos son necesarios tener en cuenta: primero, la violencia, una vez que se desata, adquiere autonomía, los cientos de miles de esclavos haitianos liberados se lanzaron a actuar anárquicamente ante una libertad para la que no estaban preparados; segundo, una vez que Tousaint L’Ouverture tomó las riendas del poder, en su obsesión por levantar una economía fuerte, destinó a los “liberados” a las antiguas propiedades y los sometió a un estado similar al anterior, pero el fracaso no se hizo esperar, carecían de conocimientos, de capitales y de las técnicas de administración que se perdieron con la muerte y/o huida de blancos y mulatos; tercero, al proclamarse gobernador general vitalicio, L’Ouverture puso en evidencia que la libertad que proclamaba era ajena a cualquier práctica democrática. Por eso carece de fundamento el artículo Haití en la historia, de Marta Rojas, publicado en el diario Granma el viernes 22 de enero de 2010, donde la autora plantea que “En Haití “por vez primera, se produce ese hecho supremo de dignidad del hombre y los negros inauguran en el planeta, con responsabilidad e inteligencia el Gobierno de una República”.

Lo ocurrido en Haití es un doble llamado: a la reflexión acerca de los perjuicios del empleo de la violencia y del daño de los egoísmos personales o estatales; y a la acción solidaria y mancomunada –al margen de las ideologías y de los intereses geoestratégicos– para intentar sacar definitivamente a esa nación de la horrible situación en que se encuentra. Las antiguas metrópolis europeas, los Estados Unidos y los países que se beneficiaron con el desastre de 1791, incluyendo a Cuba que ocupó su lugar en la producción y el comercio internacional en aquella época, tienen una gran deuda con Haití. No basta con construir viviendas, condonar deudas, enviar alimentos o médicos. La simple introducción de recursos resulta insuficiente. Se impone además una acción afirmativa, un proyecto especial que involucre a los haitianos como verdaderos sujetos, respetando su cultura. Ello significa, junto al plan a corto plazo para mitigar los daños inmediatos, otro de largo aliento dirigido a elevar el nivel del pueblo hasta ponerlo en condiciones de acercarse a los niveles de Occidente.

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La sección Cartas a la dirección del diario Granma, publicó el viernes 29 de enero algunos criterios acerca de la privatización de la gastronomía en Cuba. Espontáneos u orientados, su aparición en la prensa oficial demuestra la necesaria participación ciudadana en la solución de los problemas nacionales y lo dañino de dividir a los cubanos por el simple hecho de opinar a favor o en contra de los criterios del poder. Aunque tardío e insuficiente, la publicación de las opiniones de González de la Cruz, sin que se le califique de contrarrevolucionario, constituye un pequeño paso, pero un paso al fin. Veamos cuatro de esas opiniones:

1- “En la situación que tenemos no se trata de privatizar nada porque en la práctica ya ocurrió… ¿Qué clase de propiedad social son los centros de servicio y gastronomía en que los gastos corresponden al Estado, mientras los beneficios con todo tipo de orígenes fraudulento e ilegales, van a parar a lo bolsillos de quienes trabajan en ello…? Y añade: “¿Qué representaría para el Estado la eliminación de la actual farsa de propiedad estatal?, pues nada menos que la eliminación de un gasto colosal de salarios, seguridad social, un enorme aparato burocrático y consumos materiales enormes de imposible recuperación…”.

2-  “La propiedad, sea privada o estatal, cuando está en función social es válida. Culpar a la propiedad privada en general de regresar al capitalismo y por tal motivo obviarla, es como calificar a la máquina de vapor también de capitalista por haber propiciado el desarrollo de este sistema…”

3- “El materialismo histórico establece que la base económica determina su superestructura… Me pregunto que moral se supone que esté surgiendo del tipo de propiedad estatal que tenemos en que los bienes del Estado se utilizan para el lucro y el saqueo a la población”.

4-  “… si queremos salvar nuestro socialismo, no basta con proclamarlo en consignas machaconas, debemos hacerlo desde adentro con las rectificaciones necesarias y pronto.”.

Tal parece que Granma está promoviendo un debate acerca de una privatización, que como dice González de la Cruz, ya se realizó de la peor forma. De la peor, porque la obsesión por evitar la formación de una clase media cubana condujo a una privatización sui géneris, sin propietarios legales, que ha sido perjudicial tanto al Estado como a la sociedad. Esa realidad obliga, tarde o temprano, a proceder a una verdadera privatización donde los cubanos puedan ser dueños legítimos. En marzo de 2001, en uno de los párrafos de Moral ciudadana, publicado en el diario digital Encuentro en la Red, escribí: “Una gigantesca y eficiente red de productos y servicios, al margen de la ley, funciona a lo largo y ancho del territorio cubano. La oferta de artículos originales o adulterados abarca, desde una aguja de coser hasta un detective privado; desde una linda caribeña hasta una consulta astrológica, desde una reparación de calzado hasta la construcción de mansiones… A falta de locales propios la red emplea los del Estado, donde comercializan o prestan sus servicios, lo que originó el vocablo Estaticular, es decir, gastos del Estado y utilidades del particular. La fuente principal de abastecimiento es el robo, con la consiguiente corrupción…”

En la ponencia Aspectos conceptuales de la propiedad, presentada en un seminario sobre el presente y futuro de la economía cubana civil, celebrado los días 15 y 16 de diciembre del año 2000, expuse: “En la sociedad, el desarrollo personal se realiza a través de las relaciones y la colaboración social, y la propiedad es un instrumento que permite la realización de esa colaboración… La disyuntiva no radica entre propiedad privada versus propiedad social, sino en la capacidad para considerar, en determinada época, lugar y condiciones, cuál o cuáles de las formas es más ventajosa para el desarrollo de la colectividad, lo que hace de la institución de la propiedad un fundamento del orden social”.

En cuanto a qué moral está surgiendo del tipo de propiedad estatal que tenemos, la respuesta es sencilla: la moral que se corresponde con la base material que la sustenta. En el mencionado artículo Moral ciudadana, dije: “¿Cuál es el dilema de la familia cubana si el trabajo dejó de ser la fuente principal de ingresos? La respuesta es sobrevivir… Si además esas conductas son aceptadas socialmente y cada familia de una u otra forma convive con ellas y las comparte, entonces eso es moral, precisamente una moral negativa de sobrevivencia”. Más reciente en La agricultura cubana: cambiar todo lo que debe ser cambiado, publicado en la revista digital Consenso (número 7 del año 2007) escribí: “Cuando se pierde o se deteriora la relación entre propiedad y apropiación, como ha ocurrido en Cuba…, resulta que los ciudadanos, desposeídos e impedidos por ley de ser propietarios y/o de recibir en dependencia de sus aportes, en vez de responder a los heroicos llamados productivos… prefieren buscar los medios para subsistir a través de ilegalidades, engaños, robos, mendicidad y apropiación de esa “propiedad de todo el pueblo”, con el consiguiente perjuicio productivo y el deterioro ético de los ciudadanos”.

Además del mandato de los mártires, como expresara González de la Cruz, hay algo que no puede ignorarse. En La agricultura cubana… dije: “tanto la milenaria experiencia práctica como la ciencia económica han demostrado el insustituible papel del interés de los trabajadores en el aumento de la producción y de la productividad del trabajo, ámbito en el cual la propiedad desempeña un estimable papel… Una realidad ausente en las relaciones de propiedad vigentes en Cuba, las cuales bloquean la plena participación, en un país donde precisamente su potencial económico radica en la alta calificación de sus ciudadanos”.

En todas las épocas pensadores cubanos se preocuparon por el fomento generalizado de la pequeña y mediana propiedad. El Obispo Juan José Díaz de Espada, elaboró en 1808 un proyecto basado en una economía diversificada de pequeños productores agrícolas; José Antonio Saco, planteó la conversión de la plantación esclavista en pequeñas parcelas agrícolas; Francisco de Frías, Conde de Pozos Dulces, consideraba que Cuba debiera ser por excelencia la patria de la pequeña propiedad y de los cultivos en escala menor; Enrique José Varona, tanto en la colonia como en la República, aconsejaba promover la pequeña propiedad y fomentar una clase media nacional; y José Martí, consideraba que la República era un estado de igualdad de derecho de todo el que haya nacido en Cuba, un espacio de libertad para la expresión del pensamiento y de muchos pequeños propietarios. Así, desde los tiempos coloniales, se fueron creando una infinidad de pequeñas propiedades que se consolidaron con el concepto de función social definido en la Constitución de 1940 y que gestó un importante sector de pequeños y medianos empresarios cubanos cuyas últimas manifestaciones fueron barridas con la Ofensiva Revolucionaria de 1968. Luego, en 1993, las tímidas reformas iniciadas, que respondían más a la conservación del poder político que a las necesidades de la sociedad, fueron detenidas con la contrarreforma de 1996.

Esos y otros criterios fueron planteados hace muchos años. Lo único novedoso radica en que, después que el problema ha empeorado, otros cubanos vuelvan sobre el tema y que la prensa oficial lo publique sin llamarlos enemigos o contrarrevolucionarios. El problema radica en que si realmente se quiere buscar la solución a tan graves problemas se impone un verdadero debate, inclusivo, al margen de las ideologías e intereses del poder, lo que inevitablemente exigirá cambios estructurales. Se avanza hacia una participación ciudadana efectiva o continuamos cuesta abajo hacia la hecatombe.

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A pesar de que el rumor había corrido de boca en boca, la información del Ministerio de Salud Pública del 16 de enero dejó atónitos a los cubanos: 26 enfermos fallecidos en el Hospital Psiquiátrico de La Habana. En la nota, después que se atribuyen las muertes a bajas temperaturas, factores de riesgo de los enfermos, deterioro biológico, infecciones respiratorias y otros males, se menciona la no adopción oportuna de medidas y se anuncia que los principales responsables de esos hechos serán sometidos a los tribunales correspondientes, lo que indica que la causa está en otra parte.

Un desastre de esa magnitud –en un hospital donde los servicios fueron deprimentes hasta 1959 y al que se dedicaron enormes recursos humanos, técnicos y financieros hasta convertirlo en la institución líder de la salud mental– requiere de otras explicaciones.

El amor antecede a la medicina

Los tratados de medicina escritos por Avicena y Claudio Galeno en el siglo II, seguían siendo, 15 siglos después, los textos básicos de esa disciplina. A pesar del impulso brindado por las universidades italianas durante el Renacimiento, hubo que esperar por el desarrollo de la química, la biología y la bioquímica para el tratamiento científico de las enfermedades. No fue hasta 1628 que el inglés William Harvey descubrió la circulación sanguínea, la función del corazón y refutó las teorías de Galeno, y hasta fines del siglo XIX que el francés Luis Pasteur elaboró la teoría de lo gérmenes y fundó la Microbiología. En cuanto a la psiquiatría, el concepto de enfermedad mental y el diseño de un sistema de identificación y clasificación de esos problemas, no aparecieron hasta la última década del siglo. En el caso de Cuba fue en 1834 que el Dr. Tomás Romay inauguró la clase de Clínica Médica en la sala del Hospital, momento a partir del cual la medicina insular comenzó a deslizarse por la senda científica.

Esos hechos demuestran que las enfermedades del hombre le anteceden a la medicina y que su tratamiento es anterior al surgimiento de la ciencia, a la vez que explican el por qué esa ocupación fue ejercida durante tanto tiempo por personas sin preparación especializada, aunque armadas de un principio que, parodiando a José de la Luz y Caballero, podría sintetizarse así: atender al enfermo puede cualquiera, curar sólo quien sea capaz de practicar el amor al prójimo.

Por la razón anterior, desde el siglo XVI, cuando se fundaron los primeros hospitales en Cuba, miembros de diferente ordenes religiosas se ocuparon del cuidado y tratamiento de enfermos. Uno de ellos, el Hospital San Juan de Dios, fue atendido por los hermanos juaninos desde que arribaron a Cuba en 1603. Desde esa fecha cualquier tipo de padecimiento, incluyendo los enfermos mentales, fueron tratados en sus instalaciones. Pasado más de tres siglos, en 1942 la Orden inauguró el Sanatorio San Juan de Dios, especialmente para las enfermedades psiquiátricas. Es sintomático que a pesar de los pocos conocimientos médicos, sus instalaciones nunca pudieron ser objeto de la crítica, como ocurrió antes y ahora con el Hospital Psiquiátrico de La Habana. No por casualidad de los 16 sanatorios particulares para enfermos nerviosos que existían en La Habana, todos fueron nacionalizados el 17 de mayo de 1964, con excepción del San Juan de Dios. Un dato demostrativo de la importancia que tiene el amor en el tratamiento a los pacientes, especialmente a los enfermos mentales

El Hospital Psiquiátrico de la Habana

Aunque en 1804 se inició la reclusión compulsiva de enfermos mentales, fue en 1857 que se inauguró la Casa General de Dementes de la Isla de Cuba, la que fue rebautizada en la República como Hospital de Dementes de Cuba, conocida popularmente por Mazorra. El común denominador de esa institución –reflejado en la prensa antes y después de 1959– era la desnutrición del paciente, las enfermedades de transmisión y la muerte temprana. En enero de ese año tomó posesión como Director del Hospital el Comandante, Eduardo Bernabé Ordaz Ducungé, quien remozó las instalaciones, transformó el sistema de atención e introdujo un enfoque científico en el tratamiento médico dirigido a la rehabilitación. Bajo su dirección se crearon la Banda de Conciertos, el equipo de baseball, el psicoballet y se comenzó a publicar una revista especializada. Con el pasar de los años, Mazorra parecía ser asunto del pasado, al punto que en el Informe Central al Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, Fidel Castro expresó: “El Hospital Psiquiátrico Nacional era en el capitalismo un verdadero almacén de enfermos, donde sucedían escenas espantosas y muchas veces los pacientes morían de hambre y maltratos, al extremo de que algunos directores hacían negocios con las funerarias. Decir Mazorra era decir el Infierno de Dante”.

Epílogo

La pregunta es si lo ocurrido es un hecho puntual o una manifestación de declive. Es ilusorio pensar que en cualquier sociedad, donde todos los elementos tienen que funcionar interrelacionados, puede uno de ellos, bien sea la salud pública u otro cualquiera, funcionar con eficacia cuando el resto no funciona. Basta señalar tres aspectos sin los cuales es imposible eficiencia en la salud: la manifiesta incapacidad productiva; la insuficiencia de los salarios, que obliga a los trabajadores de todas las ramas a buscar alguna forma adicional de ingresos, casi siempre al margen de la ley; y el deterioro moral que acarrean esos dos factores.

Esos y otros elementos, ausentes en la nota del Ministerio de Salud Pública, explican la perdida de alimentos, ropas y medicinas en Mazorra y la falta de atención a los enfermos mentales. Hasta tanto las autoridades no procedan a realizar profundos cambios estructurales, desde la economía hasta la educación ética y el amor al prójimo, será imposible salir de tal estado de deterioro. Cambios imposibles sin las libertades cívicas correspondientes y sin la voluntad política para enfrentarlos.

El estilo guerrillero y el voluntarismo están agotados. No basta con que en cuestión de horas se le distribuya a lo enfermos lo que nunca debió faltarles ni que los supuestos culpables sean castigados, pues las causas originarias, como están en otra parte, provocarán, hoy aquí y mañana allá, efectos similares o peores.

 

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Apenas ocupó España la presidencia de la Unión Europea (UE), las autoridades cubanas prohibieron la entrada al territorio nacional al eurodiputado español Luis Yáñez, quien llegó a la Isla en viaje turístico acompañado de su esposa, la diputada Carmen Hermosín. La prohibición, con independencia de que Yáñez tuviera o no la intención de encontrarse con algún opositor, atenta contra el acuerdo de la UE respecto a “que los funcionarios de alto nivel visitantes a Cuba, también conversen con la oposición pacifica”.

Para Cuba la visita de Yáñez constituía una buena oportunidad para demostrar si realmente deseaba mejorar sus relaciones con la UE y apoyar la labor del Ministro de Relaciones Exteriores de España a favor de la suspensión de la Posición Común, la cual consiste en “alentar un proceso de transición a una democracia pluralista y al respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales, así como una recuperación sostenible y la mejora de las condiciones de vida del pueblo cubano”.

El mensaje, implícito en el hecho, podría leerse así: no importa que sean socialistas, liberales o conservadores, no importa que tengan una posición moderada y constructiva o que critiquen las violaciones de los  derechos humanos en Cuba, no importa que vengan en calidad de políticos o de turistas, sencillamente no vamos a cambiar nada, preferimos la confrontación. Los primeros resultados no se hicieron esperar: el presidente de turno del Consejo Europeo, José Luis Rodríguez Zapatero, quien hasta ahora era partidario de que la UE cambiase su línea frente a las autoridades cubanas, ha declarado en cambio que: “La política de la UE hacia Cuba carece de prioridad durante nuestra presidencia”, y “Europa debe mostrarse exigente ante el Gobierno de Cuba”.

La UE, la mayor organización supranacional del mundo, integrada por 27 países y Estados Unidos de América, la mayor potencia económica y militar del orbe, conforman dos importantes fuerzas en la arena internacional con una política definida respecto a la situación interna de Cuba; políticas que, semejantes en los fines declarados, se han diferenciado en cuanto a legitimidad y métodos empleados.

Desde que se inició el embargo comercial de Estados Unidos contra La Habana, la política de confrontación entre ambos gobiernos mantuvo la hegemonía sobre el diálogo. Esa política, ilegítima en materia de derecho internacional, en lugar de contribuir al fortalecimiento de nuestros espacios, los enrareció; en vez de protegernos frente a la arbitrariedad del Estado, colaboró con ella; en vez de promover climas de confianza para el avance de los derechos humanos, los hizo retroceder. Por su parte el Consejo de la UE1 adoptó en 1996 y ratificó en el 2005 la Posición Común, basada en el diálogo y la colaboración.

Los 14 años transcurridos desde la adopción de la Posición Común no lograron los objetivos propuestos. En la primavera del año 2003, cuando se estaba discutiendo la inclusión de Cuba en los acuerdos de Cotonú, las relaciones se interrumpieron a causa de la ola represiva desatada por el gobierno cubano contra la oposición interna. Posteriormente, en 2008, cuando las relaciones se restablecieron, surgió la posibilidad de que la política de la UE basada en el diálogo crítico asumiera la hegemonía sobre la política de confrontación. Más reciente, el pasado año 2009, con el cambio de política de la actual administración norteamericana hacia Cuba y el debilitamiento de la línea confrontacional, se crearon las condiciones para la hegemonía del diálogo crítico.

La importancia del diálogo crítico -mucho más pronunciada en la época de la globalización- radica en que los procesos sociales de cambio al interior de los países dependen tanto de  los factores internos como de los externos. En dependencia de la mayor o menor fuerza de los primeros, los segundos asumen un mayor o menor protagonismo. En el caso de Cuba, la debilidad y atomización de los sujetos potenciales del cambio explica y condiciona la importancia de las fuerzas exteriores.

En el nuevo contexto la Posición Común arriba a su mejor momento para cumplir los objetivos pendientes: la transición a una democracia pluralista y al respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales en Cuba. Si la negativa del gobierno cubano tiende a conducir esas relaciones por el camino de la confrontación, la respuesta de la UE no debe ser renunciar al diálogo ni mucho menos abogar por la suspensión de la Posición Común, cuando  el gobierno cubano no ha dado ningún paso que lo justifique. Ni los escollos en los procesos de negociación, ni las expectativas infundadas de cambio, constituyen argumentos para desmontar dicha política.

La liberación incondicional de todos los prisioneros políticos, el cese de la represión y persecución por razones políticas y la ratificación por parte del gobierno cubano del Pacto de Derechos Políticos y Civiles y del Pacto de Derechos Económicos Sociales y Culturales, firmados en el 2008, constituyen tres problemas de máxima importancia para medir el cumplimiento de los objetivos de la Posición Común. Tres asuntos tan cruciales para la sociedad y para la dignidad de los cubanos, que los mismos no pueden condicionarse a ningún otro tipo de exigencias, como intentó el entonces Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, cuando en visita efectuada al Parlamento Europeo y a España en 2008, declaró que: Si la UE se apartara de la votación estéril en la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra,  “Cuba estaría dispuesta a sentarse con la UE a acordar un programa”. Que Cuba “se sentiría en la deuda moral de acompañar la decisión europea. Firmaría el pacto de derechos económicos, sociales y culturales al día siguiente, diciendo que hemos empezado una nueva etapa en nuestras relaciones”.

Entre los objetivos de la UE en sus relaciones de diálogo crítico con el gobierno cubano debe contemplar el fomento de contactos e intercambios con la sociedad civil para que los ciudadanos emerjan gradualmente de la marginalidad política en que se encuentran y puedan participar en la conformación del futuro democrático de Cuba, pues la inviabilidad del modelo vigente, basado en determinados servicios médicos y educacionales “gratuitos”, a cambio de la ausencia de las libertades y derechos básicos, ha conducido al deterioro generalizado desde la economía hasta la cultura pasando por un cuadro de creciente crisis moral, que será lo más difícil de recomponer en el futuro.

Si la UE decidiera restablecer plenamente la cooperación, al margen de las exigencias contenidas en la Posición Común, estaría coadyuvando al fortalecimiento del inmovilismo y al sostenimiento de una situación que está amenazando la existencia misma de la nación cubana.