Hemeroteca de agosto 2009

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Tomás Romay Chacón (1764-1849), hombre enérgico, de exquisita sensibilidad, católico convencido y amigo consecuente, fue una de las grandes figuras cubanas de fines del siglo XVIII y primera mitad del XIX. Se destacó como médico e higienista, escritor y poeta, orador e historiador, catedrático, político, economista y amante de las ciencias jurídicas. participó en la fundación del Papel Periódico de La Habana y de la Sociedad Económica Amigos del País, fue profesor de la Real y Pontificia Universidad de La Habana donde ocupó el decanato de las facultades de Filosofía y de Medicina, realizó contribuciones a la apicultura y al incipiente movimiento literario de su época, ocupó la dirección de la Junta Central de Vacuna y abogó por la instrucción primaria gratuita, vinculó el estudio de las ciencias naturales con la lucha contra la escolástica.

En política era un hombre de su época y de su clase, defensor del sistema establecido y admirador de la monarquía española. El 20 de mayo de 1820 publicó Purga Urbem, un artículo en el que se proclamó enemigo intransigente del liberalismo revolucionario y de la independencia de las colonias americanas; una prueba irrefutable de que se puede ser forjador de la ciencia, de la cultura y de la nacionalidad sin ser revolucionario, pues la historia es obra de todos los que aportan a ella.

A pesar de su labor enciclopédica, fue en la medicina –primera carrera profesional que se estudió en la colonia y a la que consideraba la ciencia más útil a la humanidad– donde realizó sus mayores aportes. En ella obtuvo la licenciatura, la cátedra de Patología y el grado de Doctor en Medicina con una tesis, defendida en 1792, sobre el contagio de la tuberculosis. Dos años después, ante la Junta Ordinaria de la Sociedad Patriótica de Amigos del País –primera reunión científica de médicos cubanos– presentó la Disertación sobre la fiebre maligna llamada vulgarmente Vómito Negro, enfermedad epidémica en las Indias Occidentales; un ensayo que inauguró la bibliografía médica en Cuba y por la cual fue designado Miembro Correspondiente de la Real Academia de Medicina de Madrid.

Su principal contribución fue la introducción en Cuba de la vacuna contra la viruela. Tres años antes de que el médico británico Edward Jenner anunciara en 1798 el descubrimiento de la inoculación preventiva contra la viruela, Romay ya había publicado un artículo sobre el tema. Posteriormente cuando las autoridades coloniales decidieron introducir la inoculación por medio del virus de las vacas, el científico cubano recorrió todo el territorio de la Isla en la búsqueda de pus vacuno sin resultados. Fue de forma accidental que conoció del arribó a La Habana de una familia procedente de Puerto Rico con tres niños recién vacunados contra la viruela, en perfecta supuración. Romay hizo contacto con la madre, tomó el pus de los niños e inoculó a varias decenas de personas de todas las edades, sexos y condiciones.

Luego, ante la campaña difamatoria de los enemigos de la inoculación procedió a vacunar a dos de sus hijos y a otros niños en presencia del Real Tribunal del Protomedicato con resultados positivos. Desde ese momento y durante más de tres décadas se consagró a la vacunación antivariólica. En febrero de 1833, con 69 años de edad, Romay participó en la lucha contra el cólera morbo aparecido en La Habana, una enfermedad que en 54 días mató más de 8 000 personas, entre ellas a su hija primogénita.

Su influencia en el desarrollo de la medicina y de la ciencia en Cuba se desarrolló también gracias a la influencia en alumnos suyos, como fue el caso del Dr. José Estévez y Cantal quien, además de resultar el mejor químico de su tiempo, consolidó una nueva rama de la Terapéutica: la Hidrología Médica. Estévez realizó el análisis de las aguas de San Diego, la más famosa de nuestras fuentes minero-medicinales, para el aprovechamiento de sus propiedades curativas. A Través de Estévez, la Botánica, la Química y la Mineralogía se introdujeron en la Isla y contribuyeron de manera extraordinaria a desarrollr el movimiento de reformismo cultural y científico.

Romay se destacó en la introducción de métodos científicos en la práctica docente médica. En 1834, cuando se inauguró oficialmente la clase Clínica Médica, fue su primer catedrático. Su tesis consistía en que había que aprender la especialidad junto a la cama del enfermo. De igual forma introdujo los estudios de la Anatomía sobre el cadáver y los de Clínica en la sala de los hospitales, llevó a los alumnos a las salas de los enfermos y a la morgue para la práctica de autopsias. Fue a partir de ese momento que comenzó la enseñanza regular y metódica de la Clínica en los hospitales.

Como médico su trabajo siempre tuvo un carácter predominantemente social. Fue médico auxiliar en los hospitales de Marina; médico auxiliar de la sala de enfermos establecida en el Convento de Belén; médico general de la Real Casa de Beneficencia desde su fundación; médico del Convento de religiosos de Santo Domingo; médico del colegio de niñas de San Francisco de Sales; médico del Monasterio de Santa Catalina; médico del Real Colegio Seminario de San Carlos; médico general auxiliar del Hospital Militar establecido extramuros y médico principal del Hospital Militar de San Ambrosio.

Por sus contribuciones al estudio de la Fiebre Amarilla, por sus actividades de prevención de enfermedades que lo convirtieron en el primer gran higienista cubano, por la introducción de métodos científicos en la práctica docente, por su lucha contra la escolástica en la enseñanza, por su influencia en los alumnos y por la introducción de nuevos métodos de pensamiento, sentó los principios de la ciencia en Cuba. Tomás Romay, uno de los forjadores de nuestra cultura nacional es un vivo ejemplo de que el servicio a la patria no se limita a batallas militares, que a la misma se le puede servir en cualquier campo con independencia de las ideas políticas: una enseñanza para todos, especialmente para los gobernantes.

 

 

 

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Paralelo a la labor de Arango y Parreño, el padre José Agustín Caballero y de la Barrera (1762-1835) se ocupó de la reforma en el pensamiento como premisas para el avance de la ciencia y de la cultura. Filósofo y teólogo, Caballero encabezó primero la cátedra de Filosofía en el Seminario y después hasta el final de su vida, la cátedra de Sagrada Escritura y Teología Moral. Dotado de conocimientos enciclopédicos, fina sensibilidad, conducta ética e ideas ilustradas, enfrentó desde el catolicismo los prejuicios escolásticos que impedían el avance de la colonia.

Con el apoyo del gobernador Caballero definió que la primera causa para salir del estado de estancamiento cultural de la colonia radicaba en las obsoletas formas de pensamiento, objetivo a la que enrumbó su actividad teórico-práctica hasta devenir exponente de un pensamiento filosófico innovador que dio inicio a la reforma de la añeja filosofía medieval. Por y para eso estructuró desde la lógica, la metafísica, la física y la ética su Philosofia Electiva (1797): primer intento de adecuarse al pensamiento moderno y uno de los primeros esfuerzos por sistematizar los conocimientos filosóficos en la Isla. El apellido electivo de su filosofía significaba la no aceptación de verdades absolutas ni sometimiento a autoridades en materia filosófica o científica y lo identificaba con el método mediante el cual el sujeto, pensando por sí mismo, se remonta a los principios generales, los examina, discute y extrae sus propias conclusiones; un método en el cual la escolática quedaba inutilizada.

Al referirse a esos aportes en una oportunidad, su sobrino materno José de la Luz y Caballero, escribió: “… fue el primero que hizo resonar en nuestras aulas las doctrinas de los Locke y de los Condillac, de los Verulamios y los Newtones. Fue el primero que habló a sus alumnos sobre experimentos y física experimental”.

Según Torres Cuevas su solución a los problemas no provoca ruptura sino conciliación entre el viejo sistema de ideas y el nuevo. “Su pretensión –decía Cuevas– es desarrollar la crítica de la escolástica, eliminando todo lo que obstaculiza el desarrollo de las ciencias, pero sin romper los pilares fundamentales del sistema”. Por su parte, Ternevoi, en su obra La Filosofía en Cuba, 1790-1878, plantea que: “ni en la lógica ni en toda su filosofía Caballero fue consecuente hasta el final, pues evitó los problemas escabrosos y orilló el materialismo y el ateismo”.

Considero, respecto a estos criterios, que al valorar la conducta de cualquier figura histórica hay que tener en cuenta el tiempo, el espacio, sus intereses y su propia formación. Caballero es un hombre de la Iglesia, un teólogo, miembro de una clase social en formación, por lo tanto, como a todo hombre que le toca ser protagonista en una época de transición, asume la ruptura o la evolución, es decir, la revolución o la reforma. Y Caballero optó por la segunda. Formado en la escolástica, inició su negación mediante la reforma. Ternevoi juzga a Caballero de forma atemporal desde la óptica de la filosofía marxista, como si el ilustre cubano fuera un simple profesor de marxismo, ignorando que su grandeza está en haber hecho lo que hizo desde la misma escolástica y desde las aulas del Seminario mucho antes del surgimiento del marxismo. Su propósito, y lo cumplió a cabalidad, era crear un método de conocimiento para promover el desarrollo científico y social. Fue, por su acción reformadora, el último escolástico cubano del siglo XVIII y el primer filósofo del siglo XIX; fundador de la filosofía y cofundador de la ciencia en Cuba. Ese es su indiscutible mérito, por eso no sólo debemos recordarlo y agradecerle, sino también enfrentar, como él lo hizo, los retos de nuestro tiempo: reformar todo lo que sea necesario, que en la Cuba de hoy es casi todo.

En materia de educación fue el primero que se pronunció por la supresión del latín, la implementación del estudio del español en las escuelas, la generalización de la enseñanza primaria gratuita y la impartición de la enseñanza a las mujeres, elementos que constituyen parte de su obra en la reforma educacional. Fue también el primero que habló de experimentación física en Cuba, tema a los que dedicó varias de sus obras y discursos, entre ellos: “Discurso sobre la Física” (1791); “Educación de los hijos” (1791); “Pensamientos sobre los medios violentos de que se valen los maestros para educar” (1792); “Reflexiones sobre el verdadero filósofo” (1792); “Ordenanzas para las escuelas gratuitas de La Habana” (1794); “Discurso sobre la reforma de estudios universitarios” (1795); y “Discurso sobre la educación de las mujeres” (1802). Su actividad cultural se extendió al resto de las instituciones de la época, entre ellas a la Sociedad Patriótica, calificada por Martí “como la más alta mentora de las sociedades cubanas”, a la vez que realizó innumerables aportes, ideas y proyectos salidos de su pluma que se diseminaron por la sociedad habanera desde las páginas del Papel Periódico de La Habana.

A comienzos del siglo XIX Caballero concibió y preparó el primer proyecto de gobierno autonómico para Cuba, una legislación inspirada en el derecho público inglés y único documento en que despliega su interpretación de las doctrinas políticas. Era éste también un proyecto de reformas mediante el cual se proponía continuar la modificación del sistema colonial en correspondencia con los intereses de la oligarquía criolla; y en 1813 se hizo cargo de la educación de su sobrino, José de la Luz y Caballero, lo cual representó una nueva y valiosa contribución. Si a esto último se hubiera limitado su labor, de todas formas ocuparía un lugar destacado en nuestra historia.

Sin embargo, su principal aporte consistió primero, en comprender que las transformaciones del siglo XIX eran imposibles con los métodos de enseñanza existente y actuar en correspondencia. En ello radica lo imperecedero de su obra, pues, aunque nos separen casi dos siglos de su muerte, en la Cuba de hoy como en la de ayer, las reformas en la enseñanza, en la cultura y en la sociedad en general, constituyen una imperiosa necesidad. Por su legado, José Agustín Caballero constituye una de las principales piedras fundacionales de nuestra nacionalidad.

 

 

Después de la retirada de los ingleses en 1763, Carlos III suprimió el monopolio del comercio, habilitó los puertos españoles para el tráfico mercantil con Cuba y contrató la introducción de esclavos. Un conjunto de medidas que brindaron a la oligarquía criolla la oportunidad para materializar el sueño e convertir a Cuba en la primera productora mundial de azúcar y café, un proyecto económico –el mejor estructurado de nuestra historia– en el cual el político, abogado y economista Francisco de Arango y Parreño (1765-1837) se alzó como la figura principal.

Sus ideas sobre el fomento de la economía están contenidas esencialmente en dos trabajos: En el Discurso sobre la agricultura de La Habana y medios de fomentarla (1792), donde analizó de forma global las características de una empresa fabril desde el flujo de producción, pasando por la fuerza de trabajo, hasta la financiación, la distribución y los mercados; y en el informe Resultan grandes perjuicios de que en Europa se haga la fabricación del refino (1794), en el que analiza los mecanismos empleados por las metrópolis europeas para la dominación colonial. Fue ésta la primera crítica al mercantilismo realizada en una colonia española y constituye por eso una obra pionera del pensamiento económico.

La ruina de Haití y el vertiginoso aumento de los precios del azúcar y el café, provocado por la revolución en la isla vecina, crearon las condiciones para que Cuba ocupara su lugar en el mercado internacional. El obstáculo principal estaba en la fuerza de trabajo esclava, ante lo cual los hacendados criollos optaron de forma resuelta por una economía pura al margen de la ética. Precisamente la vida política de Arango comenzó como Apoderado del Ayuntamiento habanero ante el gobierno metropolitano, donde logró, gracias a su informe de 6 de febrero de 1789, la libre introducción de esclavos, primero por dos años y después por seis años más. Entre enero de 1789 y abril 1804 se dictaron catorce reales cédulas, órdenes y decretos que impulsaron el negocio negrero hasta devenir en punto de arranque del sistema moderno de explotación y base de la acumulación capitalista originaria. Así el azúcar convirtió a la Isla en una gran plantación que cambió radicalmente su geografía, su estructura económica y todos los aspectos de la sociedad colonial. Ya en la década de 1830 Cuba era la primera exportadora mundial de azúcar, café, mieles, aguardiente y cobre, y estaba entre las primeras del mundo en cera, miel de abejas y tabaco; mientras la población negra superaba en número a la blanca.

Dos de las consecuencias de la nueva posición de la isla de Cuba fueron: 1- Por sus intereses económicos los hacendado criollos se mantuvieron ajenos a la lucha independentista desarrollada en todo el continente durante el primer cuarto del siglo XIX, pues la guerra implicaba su ruina como clase social; quedaron atrapados en un conflicto insoluble: necesitaban libertad para su clase y esclavitud para los negros. 2- El miedo al negro, surgido en ese contexto, puso a la orden del día las preocupaciones por las sublevaciones de esclavos y el aumento de la represión. Ante esa realidad el sentir de los hacendados esclavistas fue expresado por Arango y Parreño en las Cortes Españolas, donde más o menos dijo: la libertad de su clase antes que la libertad del esclavo; los españoles antes que los africanos; los ciudadanos antes que las gentes de color. Ideas en las que se basó la Cuba de plantación, colonial, esclavista y burguesa.

Sometidos en la plantación a la esclavitud de por vida, los esclavos conformaron agrupaciones humanas prácticamente sin mujeres, rompiendo el concepto de familia. Fue un poco más tarde, cuando la interrupción del tráfico negrero era evidente que nuestro ilustre estadista logró la libertad para introducir mujeres esclavas con fines productivos y reproductivos. En su ingenio –el mayor del mundo en la época– durante la década de 1820 toda la caña fue cortada y alzada exclusivamente por negras; mientras la cría de esclavos, a imagen y semejanza de la cría de animales, generó efectos tan horribles como las madres infanticidas que en actos de “amor” optaban por eliminar a sus descendientes para que no sufrieran los horrores de la esclavitud.

Para dominar la desobediencia se empleó un abanico de castigos que generalmente se ejecutaban a la entrada del barracón como muro de contención al espíritu de rebeldía: el azote, el boca abajo, el novenario, la escalera y el bayona, eran parte del repertorio. De tan infernales condiciones de vida –más bien de muerte– brotaron el cimarrón, el palenque y las conspiraciones. Una violencia que se manifestó con total desnudez durante las sublevaciones esclavas. Un lugar especial corresponde a la insurrección liderada por el negro libre José Antonio Aponte y Ulabarra, cuyo objetivo era abolir la esclavitud y derrocar al gobierno colonial. La escalada de violencia llegó a su cima en 1844 con la horrible represión conocida como “Conspiración de la Escalera”, en la que fueron involucradas más de cuatro mil personas negras y blancas, 57 fusilados, 817 encarcelados 334 desterrados y más de 300 muertos durante los procesos de investigación. Además de los muchos negros y mulatos cubanos que tuvieron que partir hacia el exilio en México.

El pragmatismo de las cajas de azúcar constituyó un intento de desarrollo económico basado en la subordinación de una población que constituía la mitad de la Isla. En el desconocimiento del diferente, que atraviesa nuestra historia hasta el presente, están los gérmenes del resultado obtenido. Cierto es que Arango hablaba de “patria” a los cubanos, pero de una patria excluyente. Uno de sus grandes aportes, y el menos mencionado, radica en haber demostrado lo pernicioso e inviable de cualquier proyecto dirigido al progreso de un grupo social en detrimento de otro. Se puede sí, crecer en la economía o en cualquier otro ámbito durante algún tiempo, pero no se puede progresar; mucho menos conformar una nación, desconociendo los derechos de una parte tan sensible de los nacionales. Cuba devino primera exportadora de azúcar pero terminó sumida en el horror, la sangre, el odio y los prejuicios raciales que aún subsisten.

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Lo que Cuba fue a partir de 1762 tiene mucho que ver con la ocupación de La Habana por Inglaterra. Un acontecimiento que no sólo dividió nuestra historia en un antes y un después sino que marcó el rumbo futuro de la Isla.

La Guerra de Sucesión (1702-1714) que dio inicio a la dinastía Borbónica en España culminó con los acuerdos firmados en Utrecht y sentó las bases del primer imperio colonial británico. Gracias a esos acuerdos Inglaterra obtuvo el privilegio del asiento de negros esclavos y la introducción de cientos de toneladas de productos ingleses en territorio americano. Algunas décadas después, durante la Guerra de los Siete Años (1756-1763) entre Inglaterra y Francia, la Corona española, ligada por lazos de sangre a los galos, participó en la contienda y en respuesta la Armada Británica consumó un viejo sueño imperial: ocupar La Habana, el centro marinero y militar de defensa y comunicaciones del imperio español sin el cual el dominio naval del Caribe resultaba incompleto.

La acción –la mayor movilización militar y naval de la historia americana hasta el siglo XIX– se desarrolló entre el 7 de junio y el 12 de agosto de 1762 y tuvo por escenario principal la toma Morro habanero. De un lado, el conde Albermarle con 53 buques de guerra, más de 200 transportes y miles de hombres que representaban más del 50% de las fuerzas navales inglesas en el Caribe. De otro lado, el mariscal Juan del Prado con 14 buques anclados en la Bahía, las fortalezas del sistema defensivo y unos 9 mil efectivos, incluyendo milicianos del vecindario.

El 7 de junio los ingleses comenzaron el ataque por Cojímar y Bacuranao para tomar Guanabacoa, ocuparon la Cabaña y el día 27 de ese mismo mes sus primeras fuerzas llegaron hasta el foso. A partir de ese momento se desarrolló una tenaz resistencia. Dos días después explotó la mina que había sido colocada por los zapadores y por la brecha abierta entraron cinco regimientos que durante una hora combatieron cuerpo a cuerpo hasta que la fortaleza quedó dominada. El día 11 de agosto comenzó el ataque a la ciudad y al día siguiente se firmó el acta de  capitulación. El saldo: 5 000 muertos de la parte británica  y 3 700 por la española, de ellos unos 800 negros esclavos, muchos de los cuales fueron pasados a cuchillo en venganza por sus intrépidas acciones contra los británicos. En la primera de esas acciones, trece de los esclavos que se hallaban en el Morro salieron sorpresivamente machete en mano, se lanzaron sobre una avanzada enemiga, mataron a uno de sus miembros, hicieron siete prisioneros y pusieron al resto en fuga. En la segunda, otro grupo salió por la Puerta de Tierra, mataron a un Capitán, a una parte de la tropa e hicieron 47 prisioneros, ocupando tres Banderas.

El 6 de julio de 1763 los ingleses devolvieron La Habana a cambio de la Florida, pero nada volvió a ser como antes. Una vez restablecido el dominio español, los intentos de restituir los viejos controles monopólicos fueron insuficientes para contener el flujo comercial entre Santiago de Cuba y el Caribe; mientras los hacendados bayameses y santiagueros criaban ganado para los productores de café, añil y algodón de Santo Domingo. De ahí que la  importancia de la ocupación inglesa no radica precisamente en la guerra, sino en la influencia que tuvo en el devenir de la Isla.

La ocupación británica suprimió la Real Compañía de Comercio, la Real Factoría de Tabacos y abrió el puerto habanero al comercio internacional, en particular con las trece colonias de Norteamérica. Según cálculos, en los 11 meses de ocupación unos 900 buques entraron al puerto de La Habana. La ocupación completó la entrada de Cuba a la civilización occidental al marcar definitivamente la orientación del espíritu insular. Con ella los cubanos adquirieron de forma práctica la verdadera dimensión de la situación geográfica de la Isla para el comercio marítimo y descubrieron una atmósfera más tolerante en materia política y religiosa. Aunque la oligarquía criolla quedó en lo político sujeta nuevamente al poder colonial español, ahora contaba con una capacidad de influencia, de comercio y de transporte superior a la que poseía anteriormente.

Además de tener que aceptar la apertura del comercio, el gobierno español puso fin a algunos privilegios injustos e inició un programa de obras públicas orientadas por Carlos III –el representante más genuino del despotismo ilustrado español– que embellecieron a la capital. En pocos años La Habana se llenó de fuentes y avenidas, se construyó el Palacio de los Capitanes Generales y el de Segundo Cabo y se culminó la Catedral de La Habana. El monarca español había llegado a la conclusión-por supuesto después de la presencia inglesa en La Habana– que la mejor forma de conservar la colonia era mejorando la calidad de vida de sus súbditos. Un salto impensable sin el impacto de la ocupación. La toma de La Habana demostró la relevancia de la libertad del tráfico marítimo y la necesidad de una marina mercante que lo asegurase e influyó en la forma de vida y en las concepciones políticas y jurídicas de la intelectualidad criolla. Por ejemplo, el padre José Agustín Caballero propuso, en 1781, una legislación local inspirada en el derecho público inglés.

En el plano económico, la naciente plantación azucarera-tabacalera contó con todas las condiciones para un desarrollo vertiginoso. La capacidad de producción instalada, el capital acumulado para la compra de esclavos y la libertad de comercio aceleraron la tendencia plantacionista. El comercio de seres humanos, una necesidad fundamental de la oligarquía habanera comenzó a realizarse directamente y más barato con los negreros ingleses. Se dice que en el momento en que se firmaba la rendición, ya esperaba en la bahía habanera el primer barco cargado de herramientas parlantes para hacer su entrada al puerto. Sin embargo, los logros de la oligarquía, tal y como ocurrió anteriormente con Félix de Arrate, constituían una gran injusticia hacia otros sectores sociales, especialmente hacia la creciente población negra, libre y esclava. La presencia inglesa en La Habana demostró la importancia vital de las libertades pero demostró también lo inútil y peligroso de realizar cambios para una clase en detrimento del resto de los sectores de la sociedad sobre la base de “la igualdad en la desigualdad”.

9-chibasEl octavo mes del año constituye una oportunidad única para reflexionar sobre el pensamiento y la acción de Eduardo René Chibás. Su memoria, siempre presente, se acrecienta cada agosto, mes que lo vio nacer, atentar contra su vida y desaparecer físicamente. Santiaguero de nacimiento y abogado de profesión integró el primer Directorio Estudiantil contra la prórroga de poderes de Gerardo Machado, fue cofundador de la Unión Cívica de Exiliados Cubanos en Nueva York, delegado a la Asamblea Constituyente de 1939; fundador del Partido Ortodoxo, candidato a la presidencia de la República en 1948, sufrió prisión en varias oportunidades. Atentó contra su vida el 5 de agosto de 1951 y falleció el 16 del propio mes.

Convencido de la imposibilidad del progreso de la nación sin la correspondiente conducta cívica se dedicó a combatir la corrupción política y administrativa. Su experiencia política como senador y vocero del Partido Auténtico lo llevó a la conclusión que: “en un Partido, las ideas fundamentales tienen  mucha importancia, pero también tienen una importancia vital los hombres que van a ponerlas en práctica”. El Diez de Octubre de 1944 expresó: yo entré en el poder tildado de millonario y dos años después salí más pobre de lo que entré, en cambio ellos entraban en el gobierno sin bienes de fortuna, pero hoy disfrutan de muchos millones de pesos de capital. Para él la correspondencia armónica entre conductas e ideas, era, precisamente, una de las carencias republicanas y la causa que lo llevó a separarse del autenticismo y a fundar el Partido Ortodoxo en 1947

En otra oportunidad dijo: “No se puede construir una nación sobre cimientos podridos. Por eso hay que talar y destruir primero para desecar el pantano y edificar después sobre una base sana. Eso –decía– es lo que estamos haciendo los ortodoxos con ¡Vergüenza contra Dinero!”. Estas citas, que expresan una y la misma idea, son suficientes para corroborar la concordancia entre pensamiento y acción del líder ortodoxo y para comprender la quijotesca lucha que libró, armado con el verbo y la pluma, contra los políticos corruptos y contra la ola de crímenes de los porristas y gangster que estremecían la República.

Como teoría del comportamiento y componente de la cultura, la ética es un  conjunto de valores presentes en toda actividad y por tanto en la política. Así, la ética política constituyó una obsesión para Chibás, quien sabía que males como la violencia física y verbal y el uso del Estado como parcela propia, no eran sino una manifestación de la débil presencia de la ética en nuestro entorno político. Para él la ética, como tema central de la política, incluía no sólo a los miembros de su partido, sino a todos los ciudadanos, y en consecuencia intentó llevar ese mensaje ético a su pueblo a través de las denuncias contra la corrupción política.

Estrechamente relacionado con su pensamiento y acción, estaba la decisión de llevar la lucha hasta la ofrenda de la vida. Chibás era continuador de una herencia familiar de entrega absoluta a los fines patrios. En este sentido, refiriéndose a sus antepasados expresó: “Yo también, como ellos, he ofrendado a Cuba patrimonio y sosiego. Menos afortunado que mis mayores, no he podido ofrendarle la vida”. Y en otro momento decía “Mi familia supo ofrendar a la patria en 1868 la fortuna, la paz y la vida”. Sus antepasados, los Agramontes, murieron por la causa de la independencia y eso para Eduardo constituía una predestinación; ese concepto incubado durante su vida demuestra que no existió casualidad ni acto inconsciente, sino la consecuencia de su conducta y carácter. Y eso no puede merecer otra cosa que admiración y respeto.

El “Último Aldabonazo a la conciencia cubana”, conclusión de los discursos acusatorios contra Aureliano Sánchez Arango, entonces ministro de Educación –acerca de la adquisición de un reparto residencial en Guatemala y la imposibilidad de presentar pruebas contundentes para confirmarlo– no fue más que una manifestación de la estrecha correspondencia entre conducta, pensamiento y acción de Eduardo Chibás.

El auto atentado contra su vida fue una inmolación dirigida a levantar la conciencia de la sociedad civil sobre la gravedad de la corrupción que corroía el alma de la nación en formación. Su figura es un vivo ejemplo demostrativo de la imposibilidad de realizar cambios sociales esenciales sin la existencia de una cultura cívica y democrática y de una sociedad civil fuerte, y también, de intentar hacerlo desde la óptica personalista.

La ética, es una dimensión que, al margen de la época y la ubicación geográfica, sitúa al hombre –con independencia de su posición económica, política, cultural ideológica o religiosa– como lo primario. El primer homenaje a la figura de Eduardo Chibás no puede ser sino luchar contra todo lo que impida la libertad de los cubanos, sin lo cual todo lo demás queda en simples declaraciones. En ese sentido, lo primero moral y humano es la participación, la igualdad de oportunidades, el derecho y la libertad, todo lo cual nace y se desarrolla en la sociedad civil, ese abanico de asociaciones sobre cuya base los ciudadanos participan libremente en los procesos políticos, económicos, sociales y culturales de su interés y lugar privilegiado de surgimiento y despliegue de demandas y participación ciudadanas.

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