Hemeroteca de mayo 2009

Dimas Castellanos

En América Latina, el cuadro de injusticia social, dictaduras, violencia y corrupción administrativa, unido a los fracasados intentos del desarrollismo, el neoliberalismo y el intento cubano de socialismo real, explican el por qué amplios sectores sociales de la región han puesto sus esperanzas en la izquierda.

Un ejemplo aleccionador es el de Venezuela, donde el Teniente Coronel Hugo Chávez, quien después de un frustrado intento de golpe militar en 1992, hizo uso de la “democracia burguesa”, se postuló en 1998 y con un mensaje populista ganó los comicios con casi el 57% de los votos emitidos. Una victoria electoral que no era sino una oportunidad para emprender cambios estructurales y convertir a los venezolanos en sujetos económicos; por eso hablar de triunfos sin cambio es confundir el apoyo popular ante el desespero con el apoyo incondicional para incubar dictaduras.

En julio de 2000 al ser reelegido para un nuevo mandato de seis años con casi el 60% de los votos emitidos, Chávez anunció una “profunda transformación de las estructuras económicas y sociales del país”. Con ese supuesto fin solicitó de la recién creada Asamblea Nacional poderes especiales para legislar por decreto en materias económica, social y de administración pública, poderes que le fueron concedidos. En agosto de 2004, al ser ratificado por el referendo revocatorio, convocó una asamblea constituyente para reformar la Carta Magna, con lo cual reforzó su poder presidencial, eliminó el Senado, vació el poder legislativo en la unicameral Asamblea Nacional y estableció un mayor control estatal sobre los medios de comunicación y la actividad económica: una concentración de poder sólo comparable con la de la dictadura del general Juan Vicente Gómez entre 1908 y 1935.

En el 2006 al ganar las elecciones presidenciales convocó a un nuevo referéndum con el objetivo de convertirse en dictador constitucional. Sin embargo, la voluntad del pueblo se impuso con el NO. De casi 15 millones de electores, menos del 28% lo hizo por Chávez. Recientemente, en el referéndum constitucional de febrero de 2009, de 11 517 632 venezolanos que asistieron a las urnas, 6 319 636 (54,86%) votaron por el Sí, 5 198 006 (45,13%) lo hicieron por el No y mientras otros 4 954 958 se abstuvieron.

Los 11 años de constantes elecciones y referéndum encierran una gran enseñanza: Venezuela ha regresado definitivamente de la violencia a las urnas, configurando una situación política que rebasa sus fronteras. Veamos:

1- Los intentos de llegar al poder por las urnas para desde ahí encaminar una revolución hacia el totalitarismo carece de perspectiva, pues al emerger de las urnas, tiene que revalidarse, una y otra vez, por esa misma vía, donde la soberanía popular y la sociedad civil llevan la voz cantante y Chávez, aunque logró limitar, no pudo barrer, los espacios, procedimientos e instituciones cívicas existentes para alcanzar ese fin. Esa realidad quedo demostrada con la derrota sufrida en el referéndum de 2006, cuando dijo al los electores : “el que vote por el Sí está votando por Chávez, el que vote por el No, vota por Bush; un argumento electoral que le jugó una mala pasada: La mayoría no votó por Bush, pero tampoco Chávez.

2- Los esfuerzos coyunturales dirigidos a distribuir recursos y servicios desde el poder hacia los menos favorecidos tiene sus límites. A pesar de todos los recursos empleados durante más de una década, la división de los que han asistido a las urnas –en una proporción aproximada de 60% y 40%– no ha podido ser cambiada, lo que legitima ante Venezuela y ante el mundo tanto al Presidente como a la Oposición. De tal forma que ninguna de las partes puede hablar en nombre de Venezuela, sino de la parte del pueblo que lo apoya y a la vez demuestra que la reelección depende de la voluntad para transformar el populismo revolucionario en cambios reales, lo que implica democratización, libertades, garantías y no teatro de temporada. Una enseñanza válida tanto para el Gobierno como para la Oposición.

3- La transformación más significativa ocurrida en Venezuela radica en el cambio producido en la cultura política de los sectores populares. Los venezolanos, a favor o en contra de Chávez, han aprendido a hacer uso de los mecanismos democráticos. Si se equivocan en una elección, aprenderán de los errores y podrán rectificarlos en la próxima oportunidad, cosa que es imposible cuando los espacios cívicos son barridos por las revoluciones.

4- Para los cubanos resulta demasiado evidente la contradicción gubernamental de apoyar procedimientos electorales al exterior y a la vez negarlos a sus conciudadanos. De todas formas el acceso a la participación política de millones de ciudadanos en Venezuela, tendrá sin dudas un efecto positivo sobre el presente y el futuro del país sudamericano y de la región a la que pertenecemos.

Gracias a la sociedad civil –instrumento imprescindible para la participación popular, paralela y autónoma respecto al Estado– el intento de instaurar una “dictadura constitucional” está derivando en el fortalecimiento de los mecanismos que potencian la soberanía popular.

La Habana, 5 de marzo de 2009

Dimas Castellanos

El pensamiento político cubano durante la colonia evolucionó desde los reclamos enarbolados por Félix de Arrate hasta José Martí, quien conformó el proyecto de la república moderna basada en la dignidad plena del hombre con todos y para el bien de todos. En cuanto a las libertades cívicas, implementadas en Cuba por los acuerdos del Pacto del Zanjón, el momento en que Martí elaboró ese proyecto, la situación no difiera esencialmente de las ahora existentes en pleno siglo XXI. Como los pueblos que desconocen su historia están condenados a repetir los errores del pasado, como expresara un colega mío, lo que Cuba nunca podría hacer, a menos que quiera suicidarse como nación, es cancelar ese pensamiento.

La Guerra que Martí organizó con ese fin terminó en la República de 1902 con independencia incompleta y soberanía limitada. La limitada justicia social manifestada en la desigualdad de oportunidades para negros y blancos y en la concentración de la propiedad, se conservaron en el nuevo escenario y aunque cuatro décadas más tarde la Constitución de 1940 sentó las bases para el fomento de una sociedad democrática, por nuestras carencias cívicas desembocó en el Golpe militar de 1952 y seguidamente en la respuesta insurreccional que triunfó en 1959; un proceso que aparte de algún que otro avance en sectores como la salud y la educación, el único mérito que puede exhibir es medio siglo de resistencia y la pérdida de libertades y derechos que nos sitúan en la época colonial.

José Martí, precursor en Cuba de la política como proceso se propuso fundar un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud. Para ello estableció una relación genética entre partido, guerra, independencia y república. Fundó un partido para aunar voluntades, organizar, controlar, crear conciencia, sustituir la inmediatez y dirigir la guerra que habría de traer la República. No para dominar y prohibir la existencia de partidos diferentes, no para trabajar por el predominio de clase alguna; sino para la agrupación, conforme métodos democráticos, de todas las fuerzas vivas de la patria. En las Bases del Partido Revolucionario Cubano planteó que el mimo: no se propone perpetuar en la República Cubana, con formas nuevas o alteraciones más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia, sino fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud.

Organizó la guerra necesaria como forma de hacer política. Por ello delimitó las funciones de la guerra de modo que en la conquista de la independencia fueran los gérmenes de la república de mañana, pues consideraba que en la hora de la victoria sólo fructifican las semillas que se siembran en la hora de la guerra. Por eso, al apartarse del Plan Gómez-Maceo le escribió al generalísimo: Pero hay algo que está por encima de toda la simpatía personal que usted pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad aparente: y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta.

Consideraba a la república como igualdad de derecho de todo el nacido en Cuba; espacio de libertad para la expresión del pensamiento; economía diversificada en manos de muchos pequeños propietarios; edificada sin mano ajena ni tiranía, para que cada cubano fuera hombre político enteramente libre. Mientras concebía a la patria como dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todos, y no feudo ni capellanía de nadie. Definiciones que remató con aquel ideal tan lejano aún: Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.

En La futura esclavitud compartió la crítica realizada por Herbert Spencer al socialismo de Estado, donde se plantea entre otras cosas que si: los pobres se habitúan a pedirlo todo al Estado, cesaran a poco de hacer esfuerzo alguno por su subsistencia. De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, ira ser esclavo de los funcionarios. Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre el; y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo.

En Cuba los cambios realizados después de 1959 no responden a las necesidades actuales. Se requieren nuevas transformaciones. La Coincidencia entre el fracaso del socialismo totalitario, manifestada en que los de abajo no quieren y los de arriba no pueden y un ambiente externo favorable con la suspensión de las sanciones por parte de la Unión Europea, la reinserción en los mecanismos políticos de la región, el cambio de presidente en Estados Unidos, hace del momento actual una excelente oportunidad para iniciar, sin más retraso, los cambios estructurales que Cuba necesita. Pero sin olvidar a Martí, porque ese cambio requiere de un nuevo proyecto nacional conformado con la participación de todos. Su realización, ahora o después, será el mejor homenaje en este 28 de enero y en los futuros aniversarios del Maestro.
La Habana, 19 de enero de 2009

Dimas Castellanos

El diferendo entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, un proceso conflictivo que comenzó desde 1959, comenzó su conteo regresivo con las primeras medidas del gobierno de Barack Obama.

El gobierno revolucionario cubano al arribar al poder en 1959 emprendió un proceso de nacionalización de la propiedad, que al amenazar los intereses de Estados Unidos condujo al deterioro de las relaciones hasta que el conflicto pasó a ocupar el centro de la política entre los dos gobiernos. La ruptura de relaciones diplomáticas y el desembarco por Bahía de Cochinos en 1961, el embargo comercial y el bloqueo naval en 1962, las leyes Torricelli y Helms-Burton en los años noventa, la Comisión de Ayuda a una Cuba Libre y la creación de un Fondo para la Libertad en la presente década, fueron algunos de esos momentos. Para los cubanos el daño principal de esa política foránea radica en que solapó las contradicciones entre Estado y sociedad, facilitó el desmontaje de la sociedad civil y condicionó el estancamiento que nos ha conducido a la actual crisis.

En los años 60 del siglo XIX, bajo la presidencia de Abraham Lincoln, se proclamó la emancipación de los esclavos y se aprobaron constitucionalmente los derechos cívicos básicos de los afro-norteamericanos, quienes armados con esos instrumentos legales iniciaron una cruenta lucha hacia la plena igualdad con los ciudadanos blancos. A pesar de infinidad de obstáculos, la convivencia con la población blanca fue forjando en los negros una conciencia creciente de pertenencia a la nación y de igualdad de sus derechos que desembocó, a mediados del siglo XX, en el poderoso movimiento cívico que obligó al Congreso a reconocer la inconstitucionales de las leyes sobre la segregación, la enseñanza, el transporte, el voto, el alquiler de viviendas y el trabajo.

Gracias a esas legislaciones los negros se registraron para el voto, se elevó su número en la Cámara de Representantes, en las legislaturas de los Estados del Sur y en los gobiernos locales. En 1966 fue electo el primer negro como Senador federal, en 1984  el reverendo Jesse Jackson como eventual candidato presidencial, en 2001 el General Colin Powell como Secretario de Defensa, entre otros, hasta desembocar en enero de 2009 en la elección de Barack Obama como presidente de la nación.

Con la Ley aprobada el pasado 11 de marzo, los cubanos residentes en Estados Unidos con un parentesco de hasta tres generaciones podrán viajar anualmente a la isla, gastar hasta 179 dólares diarios y solicitar un permiso adicional, por emergencia familiar. Además se  autorizó la venta de alimentos y medicinas al gobierno de Cuba sin necesidad de pagar por adelantado. La eliminación de esas restricciones pone sobre el tapete la posibilidad de pasos subsiguientes, algo que depende ahora de las medidas que Cuba disponga. La tesis de no cambiar nada hasta que el otro cambie está contra la pared.

El tiempo es una propiedad del movimiento del universo y como tal un factor objetivo del desarrollo. La universalidad del mimo y su correcta interpretación constituyen un problema práctico, por lo que estamos obligados a tenerlo en cuenta en los procesos sociales. La mejor prueba de ello es que en Cuba, ese tiempo se agotó. Se requiere ahora de una voluntad política superior, pues los cambios encontrarán un pueblo desesperanzado, apático, descreído e inmerso en una negativa moral de sobrevivencia. Con independencia de cualquier razón para haber demorado las transformaciones, el resultado ha sido que los problemas irresueltos se han multiplicado. Sin embargo, en medio de esa desventaja habrá que proceder a las transformaciones, pues las condiciones internas y externas obligan a marchar hacia ellas o hacia una situación donde todos seremos perdedores.

Desaparecido el socialismo de Europa del Este, el triunfó de Hugo Chávez en los comicios venezolanos de 1998 celebrados con casi el 57% de los votos emitidos, permitió al gobierno cubano posponer una vez más el inicio de reformas. Sin embargo, recientemente en el referéndum constitucional de febrero de 2009, de 11 517 632 venezolanos que asistieron a las urnas, los votos a favor y en contra se dividieron aproximadamente en un 55 y 45 por ciento, mientras casi cinco millones se abstuvieron. Los 11 años de Chávez en el gobierno han demostrado que: los intentos de alcanzar el poder por las urnas para derivar hacia el totalitarismo carece de perspectivas; que los vencedores tienen que revalidarse una y otra vez  por las urnas, donde la decisión ciudadana y la sociedad civil llevan la voz cantante; que los esfuerzos coyunturales dirigidos sólo a distribuir, si no se acompañan con cambios estructurales terminan en el fracaso; que esos resultados ponen al gobierno de Cuba en posición incómoda al apoyar procedimientos democráticos  al exterior y a la vez negarlos al interior. A esos cambios en la región se agrega la nueva política de Estados Unidos, lo que constituye un fuerte golpe contra el inmovilismo cubano y brinda una excelente oportunidad para pasar la página de la confrontación y entrar al capítulo de las negociaciones.

Es el momento de demostrar la voluntad de normalizar las relaciones en un plano de igualdad, expuesta por el actual Presidente de Cuba y de la necesidad de introducir los cambios estructurales y de conceptos que resulten necesarios que anunciara en julio de 2007. Más que una respuesta a las medidas unilaterales tomada por el gobierno norteamericano serían pasos a favor de los propios cubanos, que víctimas del conflicto entre los dos países han retrocedido en materia de derechos a la época colonial. Con el tiempo agotado y el espacio cerrado, Cuba tiene una sola opción: cambiar, una responsabilidad que recae totalmente en los que detentan el poder en estos momentos.
La Habana, 13 de marzo de 2009