Hemeroteca la Seccion Cuba: el pasado en el presente

Casa de Arrate, en la calle Murala no. 101 esquina a Mercaderes

Casa de Arrate, en la calle Murala no. 101 esquina a Mercaderes

Aproximadamente entre 1510 y 1550 la economía de la isla de Cuba se basó en la minería y el trabajo obligatorio de los aborígenes. Desde esa fecha y hasta fines del siglo XVII predominaron la ganadería y la marinería militar; un período en que el desarrollo de la ciudad de La Habana se basó en los servicios marítimos y constructivos. En ese contexto emergió la figura de José Martín Félix de Arrate y Acosta (1701-1764) primer ideólogo de la oligarquía habanera.

Ese sector de la sociedad, integrado por familias con orígenes semejantes e intereses comunes, conformó un sentido de identidad y destino que necesitaba una voz que lo representara. De esa necesidad emergió Félix de Arrate, autor de la Llave del Nuevo Mundo. Antemural de las Indias Occidentales. En ella narra la historia de La Habana, donde la condición de ciudadano le permitía una cierta participación política que a su vez excluía a los negros, mulatos y también a los blancos que laboraban manualmente. En ella revela la exigencia de ampliar el espacio de poder de su clase social.

Incripcion en la casa de Arrate

Incripcion en la casa de Arrate

La Llave del Nuevo Mundo recoge la historia de La Habana a partir de los eventos fundamentales que la fueron conformando. Se trata de una memoria cívica en la que el sector social que representa aparece como agente de lo que se rememora. Con ella quedó definida la identidad del habanero como hombre de historia ciudadana y contiene un discurso que, enunciado desde la colonia, no podía ser sino subversivo. Terminada poco antes de la toma de La Habana por los ingleses, la obra de Arrate clausura una época donde los valores históricos de la hidalguía comienzan a ser sustituidos por los de una burguesía que, desde la economía de plantación cifra su ascenso en el proceso productor de mercancías para el mercado internacional.

La historia –dice Moreno Fraginals– no está allí por casualidad, sino para sustentar la historia de la patria, es decir, de La Habana, con el fin de dejar plasmada la constancia de la grandeza de los nacidos en ella: los criollos habaneros. Una historia que destaca y alaba las virtudes de los españoles criollos respecto a los peninsulares. Con la palabra Patria evoca el amor a la ciudad, al trozo de tierra en que se nace, resalta las características del clima, de la geografía y del entorno vegetal, la superioridad de las maderas habaneras –empleadas en las puertas, ventanas y artesonados de El Escorial– ante las de cualquier otra parte del mundo, las frutas de delicados sabores y rotundos perfumes, a la vez que asocia el término patria a la familia, a la sociedad, a la libertad y a la felicidad. Un enaltecimiento en el cual introduce la idea conclusiva de que el criollo sólo se distingue del castellano por el lugar donde nació. En ese elogio del medio natural y del español nacido en Cuba están los fundamentos de la equiparación de derechos entre peninsulares y criollos.

Al exaltar al habanero Arrate exaltó también a todos los naturales, incluido indios y negros, generando un discurso subversivo. Sin embargo, como miembro de la oligarquía habanera blanca, insertada en la cultura metropolitana, su sentido de equiparación no implicaba ruptura No se impugnaba –y no era el momento para hacerlo– el orden político-social establecido y su escala de valores; lo que se impugna era el lugar que la oligarquía criolla ocupaba dentro de esa escala jerárquica. El español criollo estaba al servicio del imperio y sus méritos dimanaban, precisamente, de esos servicios. Se trataba de una impugnación-reclamo. Por eso, decía Moreno Fraginals, sólo hay queja y reclamo, porque, ante la igualación de los méritos, emerge la igualdad de posiciones.

Los conceptos de Arrate revelan el doble carácter de las contradicciones de la oligarquía habanera. En primer lugar la oposición criollo/peninsular en la cima de la sociedad; en segundo lugar, el antagonismo blanco/negro y rico/pobre en la base. Los valores de la hidalguía se nutren de ambas negaciones. Se proclaman iguales a los españoles peninsulares y por eso tienen derecho a ocupar los más altos cargos oficiales; mientras por ser hombres de sangre limpia, tienen derecho a someter a indios, negros y blancos pobres. Son estas las contradicciones que en el siglo siguiente buscaron solución en las guerras de independencia.

Su elogio y alabanza de la Habana y de lo que en ella nace: Indios, negros, frutas, árboles, cerdos genera un criollismo, que aunque limitado en lo social contenía valores que fueron asumidos en la cubanía naciente y concientizados por las propias clases dominadas. Las virtudes de la tierra que elogia en su obra la encontramos posteriormente en la poesía criolla: en la Oda a la Piña, de Manuel de Zequeiera y Arango (1764-1846); en la Silva Cubana, de Manuel Justo de Rubalcava (1769-1805); en La Flor de la Caña y la Flor del Café, de Plácido (1808-1844); y en Rufina. Invitación Segunda, del Cucalambé (1829-1862); por solo citar algunos ejemplos de la afinidad temática entre el criollismo de Arrate y el canto a la naturaleza en la poesía cubana.

La validez de la obra de Arrate se puso en evidencia desde la década de 1760, cuando la oligarquía habanera se proyectaba hacia un nuevo objetivo: hacer de Cuba la primera productora mundial de azúcar y café. En ese momento, la Sociedad Económica Amigos del País, dominada por la nueva intelectualidad criolla, fundó una comisión de historia, editó su obra y retomó todo lo útil de su legado. Su obra constituyó el primer gran alegato político del criollismo cubano como único podría ser en aquella época y aquellas condiciones: aristocrático, colonialista, esclavista y racista. Fue un intento de equiparación para su clase combinado con la exclusión del resto de la sociedad que constituye el primer eslabón de la historia política cubana, una historia que encierra importantes claves para la interpretación del presente.