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A pesar de que el rumor había corrido de boca en boca, la información del Ministerio de Salud Pública del 16 de enero dejó atónitos a los cubanos: 26 enfermos fallecidos en el Hospital Psiquiátrico de La Habana. En la nota, después que se atribuyen las muertes a bajas temperaturas, factores de riesgo de los enfermos, deterioro biológico, infecciones respiratorias y otros males, se menciona la no adopción oportuna de medidas y se anuncia que los principales responsables de esos hechos serán sometidos a los tribunales correspondientes, lo que indica que la causa está en otra parte.

Un desastre de esa magnitud –en un hospital donde los servicios fueron deprimentes hasta 1959 y al que se dedicaron enormes recursos humanos, técnicos y financieros hasta convertirlo en la institución líder de la salud mental– requiere de otras explicaciones.

El amor antecede a la medicina

Los tratados de medicina escritos por Avicena y Claudio Galeno en el siglo II, seguían siendo, 15 siglos después, los textos básicos de esa disciplina. A pesar del impulso brindado por las universidades italianas durante el Renacimiento, hubo que esperar por el desarrollo de la química, la biología y la bioquímica para el tratamiento científico de las enfermedades. No fue hasta 1628 que el inglés William Harvey descubrió la circulación sanguínea, la función del corazón y refutó las teorías de Galeno, y hasta fines del siglo XIX que el francés Luis Pasteur elaboró la teoría de lo gérmenes y fundó la Microbiología. En cuanto a la psiquiatría, el concepto de enfermedad mental y el diseño de un sistema de identificación y clasificación de esos problemas, no aparecieron hasta la última década del siglo. En el caso de Cuba fue en 1834 que el Dr. Tomás Romay inauguró la clase de Clínica Médica en la sala del Hospital, momento a partir del cual la medicina insular comenzó a deslizarse por la senda científica.

Esos hechos demuestran que las enfermedades del hombre le anteceden a la medicina y que su tratamiento es anterior al surgimiento de la ciencia, a la vez que explican el por qué esa ocupación fue ejercida durante tanto tiempo por personas sin preparación especializada, aunque armadas de un principio que, parodiando a José de la Luz y Caballero, podría sintetizarse así: atender al enfermo puede cualquiera, curar sólo quien sea capaz de practicar el amor al prójimo.

Por la razón anterior, desde el siglo XVI, cuando se fundaron los primeros hospitales en Cuba, miembros de diferente ordenes religiosas se ocuparon del cuidado y tratamiento de enfermos. Uno de ellos, el Hospital San Juan de Dios, fue atendido por los hermanos juaninos desde que arribaron a Cuba en 1603. Desde esa fecha cualquier tipo de padecimiento, incluyendo los enfermos mentales, fueron tratados en sus instalaciones. Pasado más de tres siglos, en 1942 la Orden inauguró el Sanatorio San Juan de Dios, especialmente para las enfermedades psiquiátricas. Es sintomático que a pesar de los pocos conocimientos médicos, sus instalaciones nunca pudieron ser objeto de la crítica, como ocurrió antes y ahora con el Hospital Psiquiátrico de La Habana. No por casualidad de los 16 sanatorios particulares para enfermos nerviosos que existían en La Habana, todos fueron nacionalizados el 17 de mayo de 1964, con excepción del San Juan de Dios. Un dato demostrativo de la importancia que tiene el amor en el tratamiento a los pacientes, especialmente a los enfermos mentales

El Hospital Psiquiátrico de la Habana

Aunque en 1804 se inició la reclusión compulsiva de enfermos mentales, fue en 1857 que se inauguró la Casa General de Dementes de la Isla de Cuba, la que fue rebautizada en la República como Hospital de Dementes de Cuba, conocida popularmente por Mazorra. El común denominador de esa institución –reflejado en la prensa antes y después de 1959– era la desnutrición del paciente, las enfermedades de transmisión y la muerte temprana. En enero de ese año tomó posesión como Director del Hospital el Comandante, Eduardo Bernabé Ordaz Ducungé, quien remozó las instalaciones, transformó el sistema de atención e introdujo un enfoque científico en el tratamiento médico dirigido a la rehabilitación. Bajo su dirección se crearon la Banda de Conciertos, el equipo de baseball, el psicoballet y se comenzó a publicar una revista especializada. Con el pasar de los años, Mazorra parecía ser asunto del pasado, al punto que en el Informe Central al Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, Fidel Castro expresó: “El Hospital Psiquiátrico Nacional era en el capitalismo un verdadero almacén de enfermos, donde sucedían escenas espantosas y muchas veces los pacientes morían de hambre y maltratos, al extremo de que algunos directores hacían negocios con las funerarias. Decir Mazorra era decir el Infierno de Dante”.

Epílogo

La pregunta es si lo ocurrido es un hecho puntual o una manifestación de declive. Es ilusorio pensar que en cualquier sociedad, donde todos los elementos tienen que funcionar interrelacionados, puede uno de ellos, bien sea la salud pública u otro cualquiera, funcionar con eficacia cuando el resto no funciona. Basta señalar tres aspectos sin los cuales es imposible eficiencia en la salud: la manifiesta incapacidad productiva; la insuficiencia de los salarios, que obliga a los trabajadores de todas las ramas a buscar alguna forma adicional de ingresos, casi siempre al margen de la ley; y el deterioro moral que acarrean esos dos factores.

Esos y otros elementos, ausentes en la nota del Ministerio de Salud Pública, explican la perdida de alimentos, ropas y medicinas en Mazorra y la falta de atención a los enfermos mentales. Hasta tanto las autoridades no procedan a realizar profundos cambios estructurales, desde la economía hasta la educación ética y el amor al prójimo, será imposible salir de tal estado de deterioro. Cambios imposibles sin las libertades cívicas correspondientes y sin la voluntad política para enfrentarlos.

El estilo guerrillero y el voluntarismo están agotados. No basta con que en cuestión de horas se le distribuya a lo enfermos lo que nunca debió faltarles ni que los supuestos culpables sean castigados, pues las causas originarias, como están en otra parte, provocarán, hoy aquí y mañana allá, efectos similares o peores.

 

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Apenas ocupó España la presidencia de la Unión Europea (UE), las autoridades cubanas prohibieron la entrada al territorio nacional al eurodiputado español Luis Yáñez, quien llegó a la Isla en viaje turístico acompañado de su esposa, la diputada Carmen Hermosín. La prohibición, con independencia de que Yáñez tuviera o no la intención de encontrarse con algún opositor, atenta contra el acuerdo de la UE respecto a “que los funcionarios de alto nivel visitantes a Cuba, también conversen con la oposición pacifica”.

Para Cuba la visita de Yáñez constituía una buena oportunidad para demostrar si realmente deseaba mejorar sus relaciones con la UE y apoyar la labor del Ministro de Relaciones Exteriores de España a favor de la suspensión de la Posición Común, la cual consiste en “alentar un proceso de transición a una democracia pluralista y al respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales, así como una recuperación sostenible y la mejora de las condiciones de vida del pueblo cubano”.

El mensaje, implícito en el hecho, podría leerse así: no importa que sean socialistas, liberales o conservadores, no importa que tengan una posición moderada y constructiva o que critiquen las violaciones de los  derechos humanos en Cuba, no importa que vengan en calidad de políticos o de turistas, sencillamente no vamos a cambiar nada, preferimos la confrontación. Los primeros resultados no se hicieron esperar: el presidente de turno del Consejo Europeo, José Luis Rodríguez Zapatero, quien hasta ahora era partidario de que la UE cambiase su línea frente a las autoridades cubanas, ha declarado en cambio que: “La política de la UE hacia Cuba carece de prioridad durante nuestra presidencia”, y “Europa debe mostrarse exigente ante el Gobierno de Cuba”.

La UE, la mayor organización supranacional del mundo, integrada por 27 países y Estados Unidos de América, la mayor potencia económica y militar del orbe, conforman dos importantes fuerzas en la arena internacional con una política definida respecto a la situación interna de Cuba; políticas que, semejantes en los fines declarados, se han diferenciado en cuanto a legitimidad y métodos empleados.

Desde que se inició el embargo comercial de Estados Unidos contra La Habana, la política de confrontación entre ambos gobiernos mantuvo la hegemonía sobre el diálogo. Esa política, ilegítima en materia de derecho internacional, en lugar de contribuir al fortalecimiento de nuestros espacios, los enrareció; en vez de protegernos frente a la arbitrariedad del Estado, colaboró con ella; en vez de promover climas de confianza para el avance de los derechos humanos, los hizo retroceder. Por su parte el Consejo de la UE1 adoptó en 1996 y ratificó en el 2005 la Posición Común, basada en el diálogo y la colaboración.

Los 14 años transcurridos desde la adopción de la Posición Común no lograron los objetivos propuestos. En la primavera del año 2003, cuando se estaba discutiendo la inclusión de Cuba en los acuerdos de Cotonú, las relaciones se interrumpieron a causa de la ola represiva desatada por el gobierno cubano contra la oposición interna. Posteriormente, en 2008, cuando las relaciones se restablecieron, surgió la posibilidad de que la política de la UE basada en el diálogo crítico asumiera la hegemonía sobre la política de confrontación. Más reciente, el pasado año 2009, con el cambio de política de la actual administración norteamericana hacia Cuba y el debilitamiento de la línea confrontacional, se crearon las condiciones para la hegemonía del diálogo crítico.

La importancia del diálogo crítico -mucho más pronunciada en la época de la globalización- radica en que los procesos sociales de cambio al interior de los países dependen tanto de  los factores internos como de los externos. En dependencia de la mayor o menor fuerza de los primeros, los segundos asumen un mayor o menor protagonismo. En el caso de Cuba, la debilidad y atomización de los sujetos potenciales del cambio explica y condiciona la importancia de las fuerzas exteriores.

En el nuevo contexto la Posición Común arriba a su mejor momento para cumplir los objetivos pendientes: la transición a una democracia pluralista y al respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales en Cuba. Si la negativa del gobierno cubano tiende a conducir esas relaciones por el camino de la confrontación, la respuesta de la UE no debe ser renunciar al diálogo ni mucho menos abogar por la suspensión de la Posición Común, cuando  el gobierno cubano no ha dado ningún paso que lo justifique. Ni los escollos en los procesos de negociación, ni las expectativas infundadas de cambio, constituyen argumentos para desmontar dicha política.

La liberación incondicional de todos los prisioneros políticos, el cese de la represión y persecución por razones políticas y la ratificación por parte del gobierno cubano del Pacto de Derechos Políticos y Civiles y del Pacto de Derechos Económicos Sociales y Culturales, firmados en el 2008, constituyen tres problemas de máxima importancia para medir el cumplimiento de los objetivos de la Posición Común. Tres asuntos tan cruciales para la sociedad y para la dignidad de los cubanos, que los mismos no pueden condicionarse a ningún otro tipo de exigencias, como intentó el entonces Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, cuando en visita efectuada al Parlamento Europeo y a España en 2008, declaró que: Si la UE se apartara de la votación estéril en la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra,  “Cuba estaría dispuesta a sentarse con la UE a acordar un programa”. Que Cuba “se sentiría en la deuda moral de acompañar la decisión europea. Firmaría el pacto de derechos económicos, sociales y culturales al día siguiente, diciendo que hemos empezado una nueva etapa en nuestras relaciones”.

Entre los objetivos de la UE en sus relaciones de diálogo crítico con el gobierno cubano debe contemplar el fomento de contactos e intercambios con la sociedad civil para que los ciudadanos emerjan gradualmente de la marginalidad política en que se encuentran y puedan participar en la conformación del futuro democrático de Cuba, pues la inviabilidad del modelo vigente, basado en determinados servicios médicos y educacionales “gratuitos”, a cambio de la ausencia de las libertades y derechos básicos, ha conducido al deterioro generalizado desde la economía hasta la cultura pasando por un cuadro de creciente crisis moral, que será lo más difícil de recomponer en el futuro.

Si la UE decidiera restablecer plenamente la cooperación, al margen de las exigencias contenidas en la Posición Común, estaría coadyuvando al fortalecimiento del inmovilismo y al sostenimiento de una situación que está amenazando la existencia misma de la nación cubana.

 

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Si aceptamos que la sociedad civil es un sistema interrelacionado de asociaciones, espacios públicos, derechos y libertades que constituyen la base del intercambio de opiniones, de concertación de conductas y de toma de decisiones de los ciudadanos en asuntos políticos, económicos, sociales o culturales, sin más autorización que las que emanan de las leyes, entonces en Cuba no existe esa institución y en la actualidad, más allá de los irrealizables sueños totalitarios, es imposible avanzar en ningún ámbito social en ausencia de la sociedad civil..

 

Por qué Cuba, un país occidental, donde a pesar de las indiscutibles injusticias sociales existentes, se había avanzado en materia de derechos cívicos y políticos hasta conformar y poner en vigor en 1940 una Carta Magna para la época, que sirvió de sustento a todas las luchas cívicas y políticas, incluyendo a los revolucionarios que tomaron el poder en 1959, carece de tan vital institución.

 

La sociedad civil cubana tuvo sus raíces en los reclamos que la naciente oligarquía criolla habanera de la primera mitad del siglo XVIII hiciera a través de su ideólogo José Martín Arrate, quien impugnó, desde fuera del poder, el lugar que su clase social ocupaba dentro de la sociedad colonial; en la labor del padre Varela desde la Cátedra de Constitución del Seminario San Carlos, a la que llamó cátedra de la libertad, de los derechos del hombre; en José Antonio Saco, que desde la Revista Bimestre Cubana generó un debate forjador de conciencia cívica; en Domingo Delmonte quien, al prohibirse la revista, encontró en las tertulias la forma de continuar esa labor sin permiso de las autoridades coloniales; y en José de la Luz y Caballero quien se consagró a la educación cívica como premisa de los cambios sociales.

 

Fue al culminar la Guerra de los Diez Años que, resultado del conjunto de libertades que España concedió con el Pacto del Zanjón, la sociedad civil tuvo sus primeras manifestaciones legales. Las libertades de prensa, reunión y asociación permitieron el surgimiento de periódicos, partidos políticos y asociaciones, gracias a lo cual, a pesar de la prohibición de enarbolar las ideas independentistas, se fue creando un entramado cívico que se reflejó en el inicio de la Guerra de Independencia de 1895.

 

Con el nacimiento de la República en 1902, la sociedad civil cubana se expandió por todo el país y por todos los sectores sociales. Un creciente número de asociaciones y medios de prensa escrita, radial y televisiva participaron en influyeron en todos los asuntos nacionales. A pesar de ese crecimiento entre la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del siglo XX, la sociedad civil no alcanzó la madurez suficiente para impedir el giro del proceso revolucionario de 1959 hacia el totalitarismo.

 

En enero de 1959 la Constitución de 1940, que debía ser restablecida, fue transformada sin consulta popular, para conferir al Primer Ministro las facultades de Jefe de Gobierno y al recién creado Consejo de Ministros, las funciones del Congreso; mientras los mandatos de gobernadores, alcaldes y concejales fueron extinguidos, los órganos judiciales disueltos y los magistrados y jueces separados de sus cargos. En Febrero de ese año, días después que Fidel ocupó el premierato, se introdujo la siguiente modificación constitucional: “Corresponderá al Primer Ministro dirigir la política general del Gobierno, despachar con el Presidente de la República los asuntos administrativos, y acompañado de los ministros, los propios de los respectivos departamentos”.

 

Una vez que fueron sustituidos los reformistas y conservadores del gobierno por revolucionarios, la crisis entre el Primer Ministro y el Presidente condicionó la renuncia del segundo. Desde ese momento el Primer Ministro contó con un Presidente y un gabinete bajo su control y con plena autoridad para juzgar, legislar y gobernar. En el mismo 1959, desaparecidos los partidos tradicionales, las organizaciones revolucionarias iniciaron un proceso de unión que culminó en 1965 con la fundación del Partido Comunista de Cuba.

 

Igual suerte corrieron el resto de las asociaciones que existían antes de 1959. El diverso movimiento juvenil desapareció para dar paso a la Unión de Jóvenes Comunistas; las asociaciones femeninas se convirtieron en la Federación de Mujeres Cubanas; las asociaciones de estudiantes universitarios en la FEU, las de nivel preuniversitario en la Unión de Estudiantes Secundarios; el movimiento obrero pasó a ser controlado por el Partido Comunista; la Asociación de Hacendados de Cuba, la Asociación de Colonos de Cuba, la de Cosecheros de Tabaco y la Asociación Nacional Campesina desaparecieron para dar lugar a la Asociación Nacional de Colonos, la que luego pasó a denominarse Asociación Nacional de Agricultores Pequeños; la Autonomía Universitaria, refrendada en la Constitución de 1940 desapareció con la Reforma Universitaria de 1962

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La prensa, cuya historia se remonta a 1790 con el Papel Periódico de La Habana, contó con múltiples órganos de prensa durante la República: Alerta, Noticias de Hoy, El País, Excélsior, La Calle, Prensa Libre, Diario de La Marina, El Mundo, Social, Bohemia, Carteles y Vanidades, entre otros devino en los actuales órganos oficiales. De igual forma la red radial que ubicó a Cuba en cuarto lugar en estaciones de radio a nivel mundial y la televisión, inaugurada casi inmediatamente después de los Estados Unidos, pasaron a ser monopolio del Estado.

 

El tiro de gracia se produjo en marzo de 1968 cuando la “ofensiva revolucionaria” barrió los “últimos vestigios del capitalismo”. Esta vez los perjudicados no fueron las empresas extranjeras ni la burguesía sino todo aquel que tenía un medio de vida independiente: bodegas, barberías, cafetería, reparadoras de calzado y puestos de venta de fritas fueron barridos del escenario cubano.

 

El argumento principal que el gobierno ha esgrimido para la sostener la ausencia de libertades ha sido el conflicto con los gobiernos de Estados Unidos, con un saldo negativo para la sociedad cubana atrapada en medio del conflicto. La elección del demócrata Barack Obama, con una plataforma de cambios que incluye una nueva política hacia Cuba, representa un contundente golpe al inmovilismo, cuyo principal sostén ha sido y sigue siendo la amenaza exterior.

 

A pesar del cuadro descrito, como ningún sistema social es eterno, en Cuba habrá cambios. Los cubanos no tenemos opción: se inicia el movimiento desde ese estado, con esas precariedades y con el cubano de hoy, o se renuncia a ser nación.

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En materia de derechos ciudadanos, el Gobierno cubano insiste no sólo en permanecer anclado en el pasado, sino en retroceder. En fecha reciente el Ministro de Educación Superior emitió un documento para el Reordenamiento del Trabajo Político-Ideológico en las Universidades que, entre otros tópicos, la declarada Universidad para todos devendrá nuevamente en Universidad sólo para los revolucionarios.

Los derechos civiles y políticos, como las libertades de conciencia, palabra, prensa, reunión, asociación y derecho de sufragio, constituyen la base de la comunicación, del intercambio de opiniones, de concertación de conductas, de la toma de decisiones y de la formación de asociaciones, mediante las que se expresan los intereses individuales o de grupos y que constituyen la garantía de la participación ciudadana en la vida pública y en las principales definiciones de la nación.
 
La decisión no sólo constituye la negación del precepto martiano que reza: Con todos y para el bien de todos. También niega nuestra historia constitucional, por ejemplo: los derechos individuales reconocidos en la primera constitución mambisa de 1869 como las libertades de culto, imprenta, reunión pacífica y enseñanza; los recogidos en la constitución republicana de 1901 -libertades de expresión, de palabra o escrita, por medio de la imprenta o por cualquier otro procedimiento-; los derechos de reunión y de asociación “para todos los fines lícitos”, la libertad de movimiento para entrar y salir del país; y finalmente los derechos refrendados en la Constitución de 1940, que amplió los de la anterior constitución con el derecho a desfilar y formar organizaciones políticas contrarias al régimen, la declaración de punible a todo acto de prohibición o limitación del ciudadano a participar en la vida política de la nación, la legitimidad de oponer resistencia para la protección de los derechos individuales y la autonomía de la Universidad de la Habana, entre otros. Un conjunto de derechos y libertades que hicieron de esta Constitución un modelo de legislación democrática para la época en todo el continente.

En enero de 1959 al quedar conformado el primer gabinete gubernamental, en lugar de la promesa de restablecer la Constitución de 1940, como reza en La Historia me Absolverá, ésta fue reformada, sin consulta popular, para conferir al Primer Ministro las facultades de Jefe de Gobierno y al Consejo de Ministros las funciones del Congreso; una modificación similar a la que había hecho Batista con los Estatutos que sustituyeron la Constitución después del Golpe de Estado de 1952. Acto seguido se procedió al desmontaje de la sociedad civil y de todos sus instrumentos, incluyendo la autonomía universitaria.

Los antecedentes insulares de la Reforma Universitaria datan de enero de 1923, cuando el estudiantado de la Universidad de La Habana –bajo la influencia del Manifiesto de Córdoba, que los estudiantes argentinos enarbolaron en junio de 1918– demandó la educación superior gratuita y la autonomía universitaria.
 
Aprovechando el conflicto surgido entre estudiantes y profesores por la expulsión de un alumno de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de La Habana se creó el Consejo Superior de Universidades con profesores y estudiantes de los tres centros universitarios del país y representantes del Gobierno. Dicho Consejo acometió el trabajo que concluyó con la Reforma Universitaria presentada el 10 de enero de 1962. Ese mismo año, el dirigente comunista cubano, Carlos Rafael Rodríguez, en un artículo publicado en la prensa, resumió el alcance de la Reforma en tres preguntas: ¿Qué, cómo y quiénes van a estudiar? El qué y el cómo respondían a la nueva situación creada con el arribo de los revolucionarios al poder. En el ¿quiénes? radicaba la esencia del problema. La nueva Universidad, decía él, será regida conjuntamente por profesores y alumnos, donde la participación estudiantil, surgida de las luchas desde los años 30, era casi un requisito, pero, aclaró: “en la medida en que la revolución universitaria es obra de una verdadera revolución y que el socialismo preside las transformaciones, no es posible pensar en los profesores y los estudiantes como dos grupos antagónicos… Un profesor de conciencia revolucionaria, orientado por el marxismo leninismo y militante de esa ideología durante años (se refería a Juan Marinello), no necesitará de la presencia vigilante de los estudiantes junto a él en el gobierno de la Universidad, porque tendrá la madurez suficiente para enfocar los problemas de la educación superior con un criterio certero”.

De esa forma, la Autonomía Universitaria –conquistada durante las luchas estudiantiles en la República, y refrendada en el artículo 53 de la Constitución de 1940, el cual reza: “La Universidad de La Habana es autónoma y estará gobernada de acuerdo con sus Estatutos y con la Ley a que los mismos deban atemperarse”– sin haber sido derogada legalmente, de hecho dejó de existir.

Desde esa época, la Universidad, una de las fuentes más importantes de cambios sociales en nuestra historia, quedó inutilizada para esos fines. Una de sus peores consecuencias radicó en que bajo ese estado de control, el Estado totalitario enarboló la consigna de la Universidad para los revolucionarios, consigna que se materializó en la separación de cientos de estudiantes y profesores que no compartían la ideología del sistema. Sin embargo, con el proceso posterior de universalización de la enseñanza superior, parecía que la Universidad, aunque sin autonomía, sería nuevamente para todos. Ahora, en pleno siglo XXI, en medio de la crisis más profunda de nuestra historia, el Estado cubano, en lugar de restablecer los derechos cívicos, decide retroceder con la declaración de la Universidad para los revolucionarios.

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Tomás Romay Chacón (1764-1849), hombre enérgico, de exquisita sensibilidad, católico convencido y amigo consecuente, fue una de las grandes figuras cubanas de fines del siglo XVIII y primera mitad del XIX. Se destacó como médico e higienista, escritor y poeta, orador e historiador, catedrático, político, economista y amante de las ciencias jurídicas. participó en la fundación del Papel Periódico de La Habana y de la Sociedad Económica Amigos del País, fue profesor de la Real y Pontificia Universidad de La Habana donde ocupó el decanato de las facultades de Filosofía y de Medicina, realizó contribuciones a la apicultura y al incipiente movimiento literario de su época, ocupó la dirección de la Junta Central de Vacuna y abogó por la instrucción primaria gratuita, vinculó el estudio de las ciencias naturales con la lucha contra la escolástica.

En política era un hombre de su época y de su clase, defensor del sistema establecido y admirador de la monarquía española. El 20 de mayo de 1820 publicó Purga Urbem, un artículo en el que se proclamó enemigo intransigente del liberalismo revolucionario y de la independencia de las colonias americanas; una prueba irrefutable de que se puede ser forjador de la ciencia, de la cultura y de la nacionalidad sin ser revolucionario, pues la historia es obra de todos los que aportan a ella.

A pesar de su labor enciclopédica, fue en la medicina –primera carrera profesional que se estudió en la colonia y a la que consideraba la ciencia más útil a la humanidad– donde realizó sus mayores aportes. En ella obtuvo la licenciatura, la cátedra de Patología y el grado de Doctor en Medicina con una tesis, defendida en 1792, sobre el contagio de la tuberculosis. Dos años después, ante la Junta Ordinaria de la Sociedad Patriótica de Amigos del País –primera reunión científica de médicos cubanos– presentó la Disertación sobre la fiebre maligna llamada vulgarmente Vómito Negro, enfermedad epidémica en las Indias Occidentales; un ensayo que inauguró la bibliografía médica en Cuba y por la cual fue designado Miembro Correspondiente de la Real Academia de Medicina de Madrid.

Su principal contribución fue la introducción en Cuba de la vacuna contra la viruela. Tres años antes de que el médico británico Edward Jenner anunciara en 1798 el descubrimiento de la inoculación preventiva contra la viruela, Romay ya había publicado un artículo sobre el tema. Posteriormente cuando las autoridades coloniales decidieron introducir la inoculación por medio del virus de las vacas, el científico cubano recorrió todo el territorio de la Isla en la búsqueda de pus vacuno sin resultados. Fue de forma accidental que conoció del arribó a La Habana de una familia procedente de Puerto Rico con tres niños recién vacunados contra la viruela, en perfecta supuración. Romay hizo contacto con la madre, tomó el pus de los niños e inoculó a varias decenas de personas de todas las edades, sexos y condiciones.

Luego, ante la campaña difamatoria de los enemigos de la inoculación procedió a vacunar a dos de sus hijos y a otros niños en presencia del Real Tribunal del Protomedicato con resultados positivos. Desde ese momento y durante más de tres décadas se consagró a la vacunación antivariólica. En febrero de 1833, con 69 años de edad, Romay participó en la lucha contra el cólera morbo aparecido en La Habana, una enfermedad que en 54 días mató más de 8 000 personas, entre ellas a su hija primogénita.

Su influencia en el desarrollo de la medicina y de la ciencia en Cuba se desarrolló también gracias a la influencia en alumnos suyos, como fue el caso del Dr. José Estévez y Cantal quien, además de resultar el mejor químico de su tiempo, consolidó una nueva rama de la Terapéutica: la Hidrología Médica. Estévez realizó el análisis de las aguas de San Diego, la más famosa de nuestras fuentes minero-medicinales, para el aprovechamiento de sus propiedades curativas. A Través de Estévez, la Botánica, la Química y la Mineralogía se introdujeron en la Isla y contribuyeron de manera extraordinaria a desarrollr el movimiento de reformismo cultural y científico.

Romay se destacó en la introducción de métodos científicos en la práctica docente médica. En 1834, cuando se inauguró oficialmente la clase Clínica Médica, fue su primer catedrático. Su tesis consistía en que había que aprender la especialidad junto a la cama del enfermo. De igual forma introdujo los estudios de la Anatomía sobre el cadáver y los de Clínica en la sala de los hospitales, llevó a los alumnos a las salas de los enfermos y a la morgue para la práctica de autopsias. Fue a partir de ese momento que comenzó la enseñanza regular y metódica de la Clínica en los hospitales.

Como médico su trabajo siempre tuvo un carácter predominantemente social. Fue médico auxiliar en los hospitales de Marina; médico auxiliar de la sala de enfermos establecida en el Convento de Belén; médico general de la Real Casa de Beneficencia desde su fundación; médico del Convento de religiosos de Santo Domingo; médico del colegio de niñas de San Francisco de Sales; médico del Monasterio de Santa Catalina; médico del Real Colegio Seminario de San Carlos; médico general auxiliar del Hospital Militar establecido extramuros y médico principal del Hospital Militar de San Ambrosio.

Por sus contribuciones al estudio de la Fiebre Amarilla, por sus actividades de prevención de enfermedades que lo convirtieron en el primer gran higienista cubano, por la introducción de métodos científicos en la práctica docente, por su lucha contra la escolástica en la enseñanza, por su influencia en los alumnos y por la introducción de nuevos métodos de pensamiento, sentó los principios de la ciencia en Cuba. Tomás Romay, uno de los forjadores de nuestra cultura nacional es un vivo ejemplo de que el servicio a la patria no se limita a batallas militares, que a la misma se le puede servir en cualquier campo con independencia de las ideas políticas: una enseñanza para todos, especialmente para los gobernantes.

 

 

 

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Paralelo a la labor de Arango y Parreño, el padre José Agustín Caballero y de la Barrera (1762-1835) se ocupó de la reforma en el pensamiento como premisas para el avance de la ciencia y de la cultura. Filósofo y teólogo, Caballero encabezó primero la cátedra de Filosofía en el Seminario y después hasta el final de su vida, la cátedra de Sagrada Escritura y Teología Moral. Dotado de conocimientos enciclopédicos, fina sensibilidad, conducta ética e ideas ilustradas, enfrentó desde el catolicismo los prejuicios escolásticos que impedían el avance de la colonia.

Con el apoyo del gobernador Caballero definió que la primera causa para salir del estado de estancamiento cultural de la colonia radicaba en las obsoletas formas de pensamiento, objetivo a la que enrumbó su actividad teórico-práctica hasta devenir exponente de un pensamiento filosófico innovador que dio inicio a la reforma de la añeja filosofía medieval. Por y para eso estructuró desde la lógica, la metafísica, la física y la ética su Philosofia Electiva (1797): primer intento de adecuarse al pensamiento moderno y uno de los primeros esfuerzos por sistematizar los conocimientos filosóficos en la Isla. El apellido electivo de su filosofía significaba la no aceptación de verdades absolutas ni sometimiento a autoridades en materia filosófica o científica y lo identificaba con el método mediante el cual el sujeto, pensando por sí mismo, se remonta a los principios generales, los examina, discute y extrae sus propias conclusiones; un método en el cual la escolática quedaba inutilizada.

Al referirse a esos aportes en una oportunidad, su sobrino materno José de la Luz y Caballero, escribió: “… fue el primero que hizo resonar en nuestras aulas las doctrinas de los Locke y de los Condillac, de los Verulamios y los Newtones. Fue el primero que habló a sus alumnos sobre experimentos y física experimental”.

Según Torres Cuevas su solución a los problemas no provoca ruptura sino conciliación entre el viejo sistema de ideas y el nuevo. “Su pretensión –decía Cuevas– es desarrollar la crítica de la escolástica, eliminando todo lo que obstaculiza el desarrollo de las ciencias, pero sin romper los pilares fundamentales del sistema”. Por su parte, Ternevoi, en su obra La Filosofía en Cuba, 1790-1878, plantea que: “ni en la lógica ni en toda su filosofía Caballero fue consecuente hasta el final, pues evitó los problemas escabrosos y orilló el materialismo y el ateismo”.

Considero, respecto a estos criterios, que al valorar la conducta de cualquier figura histórica hay que tener en cuenta el tiempo, el espacio, sus intereses y su propia formación. Caballero es un hombre de la Iglesia, un teólogo, miembro de una clase social en formación, por lo tanto, como a todo hombre que le toca ser protagonista en una época de transición, asume la ruptura o la evolución, es decir, la revolución o la reforma. Y Caballero optó por la segunda. Formado en la escolástica, inició su negación mediante la reforma. Ternevoi juzga a Caballero de forma atemporal desde la óptica de la filosofía marxista, como si el ilustre cubano fuera un simple profesor de marxismo, ignorando que su grandeza está en haber hecho lo que hizo desde la misma escolástica y desde las aulas del Seminario mucho antes del surgimiento del marxismo. Su propósito, y lo cumplió a cabalidad, era crear un método de conocimiento para promover el desarrollo científico y social. Fue, por su acción reformadora, el último escolástico cubano del siglo XVIII y el primer filósofo del siglo XIX; fundador de la filosofía y cofundador de la ciencia en Cuba. Ese es su indiscutible mérito, por eso no sólo debemos recordarlo y agradecerle, sino también enfrentar, como él lo hizo, los retos de nuestro tiempo: reformar todo lo que sea necesario, que en la Cuba de hoy es casi todo.

En materia de educación fue el primero que se pronunció por la supresión del latín, la implementación del estudio del español en las escuelas, la generalización de la enseñanza primaria gratuita y la impartición de la enseñanza a las mujeres, elementos que constituyen parte de su obra en la reforma educacional. Fue también el primero que habló de experimentación física en Cuba, tema a los que dedicó varias de sus obras y discursos, entre ellos: “Discurso sobre la Física” (1791); “Educación de los hijos” (1791); “Pensamientos sobre los medios violentos de que se valen los maestros para educar” (1792); “Reflexiones sobre el verdadero filósofo” (1792); “Ordenanzas para las escuelas gratuitas de La Habana” (1794); “Discurso sobre la reforma de estudios universitarios” (1795); y “Discurso sobre la educación de las mujeres” (1802). Su actividad cultural se extendió al resto de las instituciones de la época, entre ellas a la Sociedad Patriótica, calificada por Martí “como la más alta mentora de las sociedades cubanas”, a la vez que realizó innumerables aportes, ideas y proyectos salidos de su pluma que se diseminaron por la sociedad habanera desde las páginas del Papel Periódico de La Habana.

A comienzos del siglo XIX Caballero concibió y preparó el primer proyecto de gobierno autonómico para Cuba, una legislación inspirada en el derecho público inglés y único documento en que despliega su interpretación de las doctrinas políticas. Era éste también un proyecto de reformas mediante el cual se proponía continuar la modificación del sistema colonial en correspondencia con los intereses de la oligarquía criolla; y en 1813 se hizo cargo de la educación de su sobrino, José de la Luz y Caballero, lo cual representó una nueva y valiosa contribución. Si a esto último se hubiera limitado su labor, de todas formas ocuparía un lugar destacado en nuestra historia.

Sin embargo, su principal aporte consistió primero, en comprender que las transformaciones del siglo XIX eran imposibles con los métodos de enseñanza existente y actuar en correspondencia. En ello radica lo imperecedero de su obra, pues, aunque nos separen casi dos siglos de su muerte, en la Cuba de hoy como en la de ayer, las reformas en la enseñanza, en la cultura y en la sociedad en general, constituyen una imperiosa necesidad. Por su legado, José Agustín Caballero constituye una de las principales piedras fundacionales de nuestra nacionalidad.

 

 

Después de la retirada de los ingleses en 1763, Carlos III suprimió el monopolio del comercio, habilitó los puertos españoles para el tráfico mercantil con Cuba y contrató la introducción de esclavos. Un conjunto de medidas que brindaron a la oligarquía criolla la oportunidad para materializar el sueño e convertir a Cuba en la primera productora mundial de azúcar y café, un proyecto económico –el mejor estructurado de nuestra historia– en el cual el político, abogado y economista Francisco de Arango y Parreño (1765-1837) se alzó como la figura principal.

Sus ideas sobre el fomento de la economía están contenidas esencialmente en dos trabajos: En el Discurso sobre la agricultura de La Habana y medios de fomentarla (1792), donde analizó de forma global las características de una empresa fabril desde el flujo de producción, pasando por la fuerza de trabajo, hasta la financiación, la distribución y los mercados; y en el informe Resultan grandes perjuicios de que en Europa se haga la fabricación del refino (1794), en el que analiza los mecanismos empleados por las metrópolis europeas para la dominación colonial. Fue ésta la primera crítica al mercantilismo realizada en una colonia española y constituye por eso una obra pionera del pensamiento económico.

La ruina de Haití y el vertiginoso aumento de los precios del azúcar y el café, provocado por la revolución en la isla vecina, crearon las condiciones para que Cuba ocupara su lugar en el mercado internacional. El obstáculo principal estaba en la fuerza de trabajo esclava, ante lo cual los hacendados criollos optaron de forma resuelta por una economía pura al margen de la ética. Precisamente la vida política de Arango comenzó como Apoderado del Ayuntamiento habanero ante el gobierno metropolitano, donde logró, gracias a su informe de 6 de febrero de 1789, la libre introducción de esclavos, primero por dos años y después por seis años más. Entre enero de 1789 y abril 1804 se dictaron catorce reales cédulas, órdenes y decretos que impulsaron el negocio negrero hasta devenir en punto de arranque del sistema moderno de explotación y base de la acumulación capitalista originaria. Así el azúcar convirtió a la Isla en una gran plantación que cambió radicalmente su geografía, su estructura económica y todos los aspectos de la sociedad colonial. Ya en la década de 1830 Cuba era la primera exportadora mundial de azúcar, café, mieles, aguardiente y cobre, y estaba entre las primeras del mundo en cera, miel de abejas y tabaco; mientras la población negra superaba en número a la blanca.

Dos de las consecuencias de la nueva posición de la isla de Cuba fueron: 1- Por sus intereses económicos los hacendado criollos se mantuvieron ajenos a la lucha independentista desarrollada en todo el continente durante el primer cuarto del siglo XIX, pues la guerra implicaba su ruina como clase social; quedaron atrapados en un conflicto insoluble: necesitaban libertad para su clase y esclavitud para los negros. 2- El miedo al negro, surgido en ese contexto, puso a la orden del día las preocupaciones por las sublevaciones de esclavos y el aumento de la represión. Ante esa realidad el sentir de los hacendados esclavistas fue expresado por Arango y Parreño en las Cortes Españolas, donde más o menos dijo: la libertad de su clase antes que la libertad del esclavo; los españoles antes que los africanos; los ciudadanos antes que las gentes de color. Ideas en las que se basó la Cuba de plantación, colonial, esclavista y burguesa.

Sometidos en la plantación a la esclavitud de por vida, los esclavos conformaron agrupaciones humanas prácticamente sin mujeres, rompiendo el concepto de familia. Fue un poco más tarde, cuando la interrupción del tráfico negrero era evidente que nuestro ilustre estadista logró la libertad para introducir mujeres esclavas con fines productivos y reproductivos. En su ingenio –el mayor del mundo en la época– durante la década de 1820 toda la caña fue cortada y alzada exclusivamente por negras; mientras la cría de esclavos, a imagen y semejanza de la cría de animales, generó efectos tan horribles como las madres infanticidas que en actos de “amor” optaban por eliminar a sus descendientes para que no sufrieran los horrores de la esclavitud.

Para dominar la desobediencia se empleó un abanico de castigos que generalmente se ejecutaban a la entrada del barracón como muro de contención al espíritu de rebeldía: el azote, el boca abajo, el novenario, la escalera y el bayona, eran parte del repertorio. De tan infernales condiciones de vida –más bien de muerte– brotaron el cimarrón, el palenque y las conspiraciones. Una violencia que se manifestó con total desnudez durante las sublevaciones esclavas. Un lugar especial corresponde a la insurrección liderada por el negro libre José Antonio Aponte y Ulabarra, cuyo objetivo era abolir la esclavitud y derrocar al gobierno colonial. La escalada de violencia llegó a su cima en 1844 con la horrible represión conocida como “Conspiración de la Escalera”, en la que fueron involucradas más de cuatro mil personas negras y blancas, 57 fusilados, 817 encarcelados 334 desterrados y más de 300 muertos durante los procesos de investigación. Además de los muchos negros y mulatos cubanos que tuvieron que partir hacia el exilio en México.

El pragmatismo de las cajas de azúcar constituyó un intento de desarrollo económico basado en la subordinación de una población que constituía la mitad de la Isla. En el desconocimiento del diferente, que atraviesa nuestra historia hasta el presente, están los gérmenes del resultado obtenido. Cierto es que Arango hablaba de “patria” a los cubanos, pero de una patria excluyente. Uno de sus grandes aportes, y el menos mencionado, radica en haber demostrado lo pernicioso e inviable de cualquier proyecto dirigido al progreso de un grupo social en detrimento de otro. Se puede sí, crecer en la economía o en cualquier otro ámbito durante algún tiempo, pero no se puede progresar; mucho menos conformar una nación, desconociendo los derechos de una parte tan sensible de los nacionales. Cuba devino primera exportadora de azúcar pero terminó sumida en el horror, la sangre, el odio y los prejuicios raciales que aún subsisten.

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Lo que Cuba fue a partir de 1762 tiene mucho que ver con la ocupación de La Habana por Inglaterra. Un acontecimiento que no sólo dividió nuestra historia en un antes y un después sino que marcó el rumbo futuro de la Isla.

La Guerra de Sucesión (1702-1714) que dio inicio a la dinastía Borbónica en España culminó con los acuerdos firmados en Utrecht y sentó las bases del primer imperio colonial británico. Gracias a esos acuerdos Inglaterra obtuvo el privilegio del asiento de negros esclavos y la introducción de cientos de toneladas de productos ingleses en territorio americano. Algunas décadas después, durante la Guerra de los Siete Años (1756-1763) entre Inglaterra y Francia, la Corona española, ligada por lazos de sangre a los galos, participó en la contienda y en respuesta la Armada Británica consumó un viejo sueño imperial: ocupar La Habana, el centro marinero y militar de defensa y comunicaciones del imperio español sin el cual el dominio naval del Caribe resultaba incompleto.

La acción –la mayor movilización militar y naval de la historia americana hasta el siglo XIX– se desarrolló entre el 7 de junio y el 12 de agosto de 1762 y tuvo por escenario principal la toma Morro habanero. De un lado, el conde Albermarle con 53 buques de guerra, más de 200 transportes y miles de hombres que representaban más del 50% de las fuerzas navales inglesas en el Caribe. De otro lado, el mariscal Juan del Prado con 14 buques anclados en la Bahía, las fortalezas del sistema defensivo y unos 9 mil efectivos, incluyendo milicianos del vecindario.

El 7 de junio los ingleses comenzaron el ataque por Cojímar y Bacuranao para tomar Guanabacoa, ocuparon la Cabaña y el día 27 de ese mismo mes sus primeras fuerzas llegaron hasta el foso. A partir de ese momento se desarrolló una tenaz resistencia. Dos días después explotó la mina que había sido colocada por los zapadores y por la brecha abierta entraron cinco regimientos que durante una hora combatieron cuerpo a cuerpo hasta que la fortaleza quedó dominada. El día 11 de agosto comenzó el ataque a la ciudad y al día siguiente se firmó el acta de  capitulación. El saldo: 5 000 muertos de la parte británica  y 3 700 por la española, de ellos unos 800 negros esclavos, muchos de los cuales fueron pasados a cuchillo en venganza por sus intrépidas acciones contra los británicos. En la primera de esas acciones, trece de los esclavos que se hallaban en el Morro salieron sorpresivamente machete en mano, se lanzaron sobre una avanzada enemiga, mataron a uno de sus miembros, hicieron siete prisioneros y pusieron al resto en fuga. En la segunda, otro grupo salió por la Puerta de Tierra, mataron a un Capitán, a una parte de la tropa e hicieron 47 prisioneros, ocupando tres Banderas.

El 6 de julio de 1763 los ingleses devolvieron La Habana a cambio de la Florida, pero nada volvió a ser como antes. Una vez restablecido el dominio español, los intentos de restituir los viejos controles monopólicos fueron insuficientes para contener el flujo comercial entre Santiago de Cuba y el Caribe; mientras los hacendados bayameses y santiagueros criaban ganado para los productores de café, añil y algodón de Santo Domingo. De ahí que la  importancia de la ocupación inglesa no radica precisamente en la guerra, sino en la influencia que tuvo en el devenir de la Isla.

La ocupación británica suprimió la Real Compañía de Comercio, la Real Factoría de Tabacos y abrió el puerto habanero al comercio internacional, en particular con las trece colonias de Norteamérica. Según cálculos, en los 11 meses de ocupación unos 900 buques entraron al puerto de La Habana. La ocupación completó la entrada de Cuba a la civilización occidental al marcar definitivamente la orientación del espíritu insular. Con ella los cubanos adquirieron de forma práctica la verdadera dimensión de la situación geográfica de la Isla para el comercio marítimo y descubrieron una atmósfera más tolerante en materia política y religiosa. Aunque la oligarquía criolla quedó en lo político sujeta nuevamente al poder colonial español, ahora contaba con una capacidad de influencia, de comercio y de transporte superior a la que poseía anteriormente.

Además de tener que aceptar la apertura del comercio, el gobierno español puso fin a algunos privilegios injustos e inició un programa de obras públicas orientadas por Carlos III –el representante más genuino del despotismo ilustrado español– que embellecieron a la capital. En pocos años La Habana se llenó de fuentes y avenidas, se construyó el Palacio de los Capitanes Generales y el de Segundo Cabo y se culminó la Catedral de La Habana. El monarca español había llegado a la conclusión-por supuesto después de la presencia inglesa en La Habana– que la mejor forma de conservar la colonia era mejorando la calidad de vida de sus súbditos. Un salto impensable sin el impacto de la ocupación. La toma de La Habana demostró la relevancia de la libertad del tráfico marítimo y la necesidad de una marina mercante que lo asegurase e influyó en la forma de vida y en las concepciones políticas y jurídicas de la intelectualidad criolla. Por ejemplo, el padre José Agustín Caballero propuso, en 1781, una legislación local inspirada en el derecho público inglés.

En el plano económico, la naciente plantación azucarera-tabacalera contó con todas las condiciones para un desarrollo vertiginoso. La capacidad de producción instalada, el capital acumulado para la compra de esclavos y la libertad de comercio aceleraron la tendencia plantacionista. El comercio de seres humanos, una necesidad fundamental de la oligarquía habanera comenzó a realizarse directamente y más barato con los negreros ingleses. Se dice que en el momento en que se firmaba la rendición, ya esperaba en la bahía habanera el primer barco cargado de herramientas parlantes para hacer su entrada al puerto. Sin embargo, los logros de la oligarquía, tal y como ocurrió anteriormente con Félix de Arrate, constituían una gran injusticia hacia otros sectores sociales, especialmente hacia la creciente población negra, libre y esclava. La presencia inglesa en La Habana demostró la importancia vital de las libertades pero demostró también lo inútil y peligroso de realizar cambios para una clase en detrimento del resto de los sectores de la sociedad sobre la base de “la igualdad en la desigualdad”.

 Aproximadamente entre 1510 y 1550 la economía de la isla de Cuba se basó en la minería y el trabajo obligatorio de los aborígenes. Desde esa fecha y hasta fines del siglo XVII predominaron la ganadería y la marinería militar; un período en que el desarrollo de la ciudad de La Habana se basó en los servicios marítimos y constructivos. En ese contexto emergió la figura de José Martín Félix de Arrate y Acosta (1701-1764) primer ideólogo de la oligarquía habanera.

Ese sector de la sociedad, integrado por familias con orígenes semejantes e intereses comunes, conformó un sentido de identidad y destino que necesitaba una voz que lo representara. De esa necesidad emergió Félix de Arrate, autor de la Llave del Nuevo Mundo. Antemural de las Indias Occidentales. En ella narra la historia de La Habana, donde la condición de ciudadano le permitía una cierta participación política que a su vez excluía a los negros, mulatos y también a los blancos que laboraban manualmente. En ella revela la exigencia de ampliar el espacio de poder de su clase social.

La Llave del Nuevo Mundo recoge la historia de La Habana a partir de los eventos fundamentales que la fueron conformando. Se trata de una memoria cívica en la que el sector social que representa aparece como agente de lo que se rememora. Con ella quedó definida la identidad del habanero como hombre de historia ciudadana y contiene un discurso que, enunciado desde la colonia, no podía ser sino subversivo. Terminada poco antes de la toma de La Habana por los ingleses, la obra de Arrate clausura una época donde los valores históricos de la hidalguía comienzan a ser sustituidos por los de una burguesía que, desde la economía de plantación cifra su ascenso en el proceso productor de mercancías para el mercado internacional.

La historia –dice Moreno Fraginals– no está allí por casualidad, sino para sustentar la historia de la patria, es decir, de La Habana, con el fin de dejar plasmada la constancia de la grandeza de los nacidos en ella: los criollos habaneros. Una historia que destaca y alaba las virtudes de los españoles criollos respecto a los peninsulares. Con la palabra Patria evoca el amor a la ciudad, al trozo de tierra en que se nace, resalta las características del clima, de la geografía y del entorno vegetal, la superioridad de las maderas habaneras –empleadas en las puertas, ventanas y artesonados de El Escorial– ante las de cualquier otra parte del mundo, las frutas de delicados sabores y rotundos perfumes, a la vez que asocia el término patria a la familia, a la sociedad, a la libertad y a la felicidad. Un enaltecimiento en el cual introduce la idea conclusiva de que el criollo sólo se distingue del castellano por el lugar donde nació. En ese elogio del medio natural y del español nacido en Cuba están los fundamentos de la equiparación de derechos entre peninsulares y criollos.

Al exaltar al habanero Arrate exaltó también a todos los naturales, incluido indios y negros, generando un discurso subversivo. Sin embargo, como miembro de la oligarquía habanera blanca, insertada en la cultura metropolitana, su sentido de equiparación no implicaba ruptura No se impugnaba –y no era el momento para hacerlo– el orden político-social establecido y su escala de valores; lo que se impugna era el lugar que la oligarquía criolla ocupaba dentro de esa escala jerárquica. El español criollo estaba al servicio del imperio y sus méritos dimanaban, precisamente, de esos servicios. Se trataba de una impugnación-reclamo. Por eso, decía Moreno Fraginals, sólo hay queja y reclamo, porque, ante la igualación de los méritos, emerge la igualdad de posiciones.

Los conceptos de Arrate revelan el doble carácter de las contradicciones de la oligarquía habanera. En primer lugar la oposición criollo/peninsular en la cima de la sociedad; en segundo lugar, el antagonismo blanco/negro y rico/pobre en la base. Los valores de la hidalguía se nutren de ambas negaciones. Se proclaman iguales a los españoles peninsulares y por eso tienen derecho a ocupar los más altos cargos oficiales; mientras por ser hombres de sangre limpia, tienen derecho a someter a indios, negros y blancos pobres. Son estas las contradicciones que en el siglo siguiente buscaron solución en las guerras de independencia.

Su elogio y alabanza de la Habana y de lo que en ella nace: Indios, negros, frutas, árboles, cerdos genera un criollismo, que aunque limitado en lo social contenía valores que fueron asumidos en la cubanía naciente y concientizados por las propias clases dominadas. Las virtudes de la tierra que elogia en su obra la encontramos posteriormente en la poesía criolla: en la Oda a la Piña, de Manuel de Zequeiera y Arango (1764-1846); en la Silva Cubana, de Manuel Justo de Rubalcava (1769-1805); en La Flor de la Caña y la Flor del Café, de Plácido (1808-1844); y en Rufina. Invitación Segunda, del Cucalambé (1829-1862); por solo citar algunos ejemplos de la afinidad temática entre el criollismo de Arrate y el canto a la naturaleza en la poesía cubana.

La validez de la obra de Arrate se puso en evidencia desde la década de 1760, cuando la oligarquía habanera se proyectaba hacia un nuevo objetivo: hacer de Cuba la primera productora mundial de azúcar y café. En ese momento, la Sociedad Económica Amigos del País, dominada por la nueva intelectualidad criolla, fundó una comisión de historia, editó su obra y retomó todo lo útil de su legado. Su obra constituyó el primer gran alegato político del criollismo cubano como único podría ser en aquella época y aquellas condiciones: aristocrático, colonialista, esclavista y racista. Fue un intento de equiparación para su clase combinado con la exclusión del resto de la sociedad que constituye el primer eslabón de la historia política cubana, una historia que encierra importantes claves para la interpretación del presente.

9-chibasEl octavo mes del año constituye una oportunidad única para reflexionar sobre el pensamiento y la acción de Eduardo René Chibás. Su memoria, siempre presente, se acrecienta cada agosto, mes que lo vio nacer, atentar contra su vida y desaparecer físicamente. Santiaguero de nacimiento y abogado de profesión integró el primer Directorio Estudiantil contra la prórroga de poderes de Gerardo Machado, fue cofundador de la Unión Cívica de Exiliados Cubanos en Nueva York, delegado a la Asamblea Constituyente de 1939; fundador del Partido Ortodoxo, candidato a la presidencia de la República en 1948, sufrió prisión en varias oportunidades. Atentó contra su vida el 5 de agosto de 1951 y falleció el 16 del propio mes.

Convencido de la imposibilidad del progreso de la nación sin la correspondiente conducta cívica se dedicó a combatir la corrupción política y administrativa. Su experiencia política como senador y vocero del Partido Auténtico lo llevó a la conclusión que: “en un Partido, las ideas fundamentales tienen  mucha importancia, pero también tienen una importancia vital los hombres que van a ponerlas en práctica”. El Diez de Octubre de 1944 expresó: yo entré en el poder tildado de millonario y dos años después salí más pobre de lo que entré, en cambio ellos entraban en el gobierno sin bienes de fortuna, pero hoy disfrutan de muchos millones de pesos de capital. Para él la correspondencia armónica entre conductas e ideas, era, precisamente, una de las carencias republicanas y la causa que lo llevó a separarse del autenticismo y a fundar el Partido Ortodoxo en 1947

En otra oportunidad dijo: “No se puede construir una nación sobre cimientos podridos. Por eso hay que talar y destruir primero para desecar el pantano y edificar después sobre una base sana. Eso –decía– es lo que estamos haciendo los ortodoxos con ¡Vergüenza contra Dinero!”. Estas citas, que expresan una y la misma idea, son suficientes para corroborar la concordancia entre pensamiento y acción del líder ortodoxo y para comprender la quijotesca lucha que libró, armado con el verbo y la pluma, contra los políticos corruptos y contra la ola de crímenes de los porristas y gangster que estremecían la República.

Como teoría del comportamiento y componente de la cultura, la ética es un  conjunto de valores presentes en toda actividad y por tanto en la política. Así, la ética política constituyó una obsesión para Chibás, quien sabía que males como la violencia física y verbal y el uso del Estado como parcela propia, no eran sino una manifestación de la débil presencia de la ética en nuestro entorno político. Para él la ética, como tema central de la política, incluía no sólo a los miembros de su partido, sino a todos los ciudadanos, y en consecuencia intentó llevar ese mensaje ético a su pueblo a través de las denuncias contra la corrupción política.

Estrechamente relacionado con su pensamiento y acción, estaba la decisión de llevar la lucha hasta la ofrenda de la vida. Chibás era continuador de una herencia familiar de entrega absoluta a los fines patrios. En este sentido, refiriéndose a sus antepasados expresó: “Yo también, como ellos, he ofrendado a Cuba patrimonio y sosiego. Menos afortunado que mis mayores, no he podido ofrendarle la vida”. Y en otro momento decía “Mi familia supo ofrendar a la patria en 1868 la fortuna, la paz y la vida”. Sus antepasados, los Agramontes, murieron por la causa de la independencia y eso para Eduardo constituía una predestinación; ese concepto incubado durante su vida demuestra que no existió casualidad ni acto inconsciente, sino la consecuencia de su conducta y carácter. Y eso no puede merecer otra cosa que admiración y respeto.

El “Último Aldabonazo a la conciencia cubana”, conclusión de los discursos acusatorios contra Aureliano Sánchez Arango, entonces ministro de Educación –acerca de la adquisición de un reparto residencial en Guatemala y la imposibilidad de presentar pruebas contundentes para confirmarlo– no fue más que una manifestación de la estrecha correspondencia entre conducta, pensamiento y acción de Eduardo Chibás.

El auto atentado contra su vida fue una inmolación dirigida a levantar la conciencia de la sociedad civil sobre la gravedad de la corrupción que corroía el alma de la nación en formación. Su figura es un vivo ejemplo demostrativo de la imposibilidad de realizar cambios sociales esenciales sin la existencia de una cultura cívica y democrática y de una sociedad civil fuerte, y también, de intentar hacerlo desde la óptica personalista.

La ética, es una dimensión que, al margen de la época y la ubicación geográfica, sitúa al hombre –con independencia de su posición económica, política, cultural ideológica o religiosa– como lo primario. El primer homenaje a la figura de Eduardo Chibás no puede ser sino luchar contra todo lo que impida la libertad de los cubanos, sin lo cual todo lo demás queda en simples declaraciones. En ese sentido, lo primero moral y humano es la participación, la igualdad de oportunidades, el derecho y la libertad, todo lo cual nace y se desarrolla en la sociedad civil, ese abanico de asociaciones sobre cuya base los ciudadanos participan libremente en los procesos políticos, económicos, sociales y culturales de su interés y lugar privilegiado de surgimiento y despliegue de demandas y participación ciudadanas.