| 01. | Hablando con "el enemigo" Entrevista exclusiva con Michael Parmly por Reinaldo Escobar |
| 02. | Los derechos de algunos humanos Miriam Celaya |
| 03. | El "No" a Chávez y los necesarios cambios en Cuba Ana López |
| 04. | La Enmienda Platt y la Cuba de hoy Dimas Castellanos |
| 05. | ¿Cambios en Cuba?: solo el refrigerador Eva González |
| 06. | Salarios, pensiones y precios en la Cuba actual Oscar Espinosa Chepe |
| 07. | A propósito de la Reforma Protestante Argelio M. Guerra Aliaga |
| 08. | Criando cuervos (I) Orlando Hernández |
| 09. | Poesía sin fin
Omni-Zona Franca |
| 10. | Los reos
Osvaldo Ramírez |
| 11. | Humor Carlitos |
| Ilustración de portada Ofrendas a la Milagrosa Foto de Orlando Hernández |
|
| Descargar Versión sólo texto Revista Digital Consenso Número 11 de 2007 |
|
| Descargar Versión PDF con imágenes Revista Digital Consenso Número 11 de 2007 |
M e gustaría comenzar con una anécdota. No sé muy bien si es chistosa o dramática. Hace más o menos dos meses, es decir, un poco después de haber sido invitado a la ciudad de Camagüey a hablar sobre el oficio artístico y el mercado de arte, recibí la noticia de que se estaba celebrando en La Habana una exposición de arte camagüeyano. Qué suerte, me dije. Al menos no tendré que llegar a Camagüey completamente en blanco. Como nunca había visitado esa ciudad y desconocía a la mayoría de sus artistas, aquella exposición me resultaba muy oportuna. Para mi sorpresa, y mi desilusión, con aquel título intencionalmente provinciano o folklórico de “Casabe y matajíbaros”, la exposición reunía obras de los conocidos artistas cubanos Roberto Fabelo, Flora Fong, Agustín Bejerano, Aziyadé Ruiz, Esterio Segura, Aizar Jalil, Franklin Álvarez, Alain Pino y Kadir López, entre otros. Habían sido agrupados por el artista y curador Maikel Herrera “para realizar un homenaje especial a la “Ciudad de los Tinajones”. “La exposición –decía una nota firmada por Cecilia Crespo en el boletín digital de Galerías Cubanas, (año 6, no 14 , julio del 2007)-- constituye una insoslayable oportunidad para apreciar las diferentes propuestas discursivas de los artistas camagüeyanos más representativos dentro del panorama cultural cubano, que actualmente residen en La Habana”. Una vez más, mi posibilidad de conocer a los artistas camagüeyanos se había frustrado (aunque quizás yo estaba equivocado y sí los conocía, como venía a demostrarme el listado de artistas de aquella exposición), pero el hecho me resultó extraordinariamente instructivo.
A todas luces se trataba de una operación de re-colonización de la provincia realizada por prestigiosos representantes no sólo de la capital, sino de la mismísima Nación, y en algunos casos, del Mundo, ya que incluía artistas que habían alcanzado no sólo la categoría de artistas nacionales sino la de artistas con cierto renombre internacional. La simpática frase “que actualmente residen en La Habana” me pareció una ingenua precisión migratoria que les otorgaba un falso status de residentes temporales, provisionales, pero que justificaba muy bien su condición indiscutible de camagüeyanos permanentes, eternos. Se había realizado –probablemente sin malas intenciones-- una innecesaria y abusiva usurpación de identidad territorial y cultural que dejaba prácticamente con los pies en el aire a los artistas camagüeyanos residentes en Camagüey. Porque si estos artistas de prestigio nacional e internacional se habían apropiado públicamente de la categoría de artistas camagüeyanos, o habían jugado nostálgicamente a ser de nuevo “artistas de provincia”, ¿qué quedaba entonces para los camagüeyanos locales, para los que aún siguen viviendo y trabajando allá? ¿Habría quizás que considerarlos “sub-provincianos”, “camagüeyanos de segunda”? ¿O acaso pre-habaneros? (Me disculpo si esta última definición puede resultar ofensiva).
Lo cierto es que ese mismo proceso sustitutivo ha sucedido también en niveles más elevados, cuando un artista como Wifredo Lam (por poner sólo un gran ejemplo histórico) se constituye durante un largo tiempo en el “representante” o en el “delegado” mundial del variadísimo arte cubano moderno, dando lugar a que toda la enorme diversidad de la cultura artística nacional que le es contemporánea (Carlos Enríquez, Pogolotti, etc.) se vea de pronto suplantada, o en el mejor caso minimizada, subalternizada o invisibilizada por la presencia de un ejemplo indiscutiblemente excepcional. Y aunque es cierto que en diferentes momentos de nuestra historia estos representantes o apoderados del arte cubano han sido mucho más numerosos (rotando periódicamente de acuerdo a las estéticas predominantes), aún así me sigue pareciendo una operación culturalmente equívoca, arbitraria, que afecta la comprensión de la compleja historia del arte de un país o región. ¿No sucedió lo mismo con la figura de Picasso como representante absoluto nada menos que de todo el arte universal moderno, sobre todo en el imaginario popular? Lo “representativo” de toda cultura artística –y siempre me ha resultado muy dudoso que una parte de la cultura artística se halle capacitada para representar al todo—radica más bien en aquello que todos los miembros de esa totalidad comparten o tienen en común (como sucede con algunos rasgos de las idiosincrasias nacionales) y en modo alguno tomando como patrón sus ejemplares excepcionales o mejor publicitados. Y aunque en la práctica este gesto de “quítate tú pá ponerme yo” no es realizado directamente por los propios artistas sino más bien por los curadores, los especialistas, los museos, los medios y el mercado, generalmente es un status aceptado con beneplácito por los favorecidos.
Lo que llamamos (desde la capital, se entiende) “lo provinciano” o “los artistas de provincias” es lo que realmente ha resultado ser en muchos casos un status provisional, transitorio, con sus muy escasas y honrosas excepciones. Porque nadie quiere ser provinciano, sino universal, o cuando menos nacional, ¿no es cierto? Y aunque vivir en La Habana, o en París, o en New York en modo alguno es una garantía para alcanzar el éxito y el prestigio, se ha comprobado que facilita extraordinariamente las cosas, ya que el motor de la gran maquinaria de legitimación del arte (con sus museos, sus galerías, sus publicaciones, sus críticos, sus mercados) ha estado siempre localizado en el centro, ya sea a nivel local o universal. No creo necesario aclarar que hay algunos artistas capitalinos, habaneros, y desde luego, también parisinos y neoyorkinos que a pesar de su importancia o de sus indudables méritos artísticos no llegan nunca a alcanzar esas metas. Quizás porque no son ésas las principales metas que se proponen como artistas. O porque prefieren dedicar todas sus energías a la creación y desentenderse de cuestiones tan importantes para desbrozar el camino como la publicidad, las relaciones públicas, los compromisos (de cualquier tipo que sean) con los poderes políticos, etc. Lo cierto es que para realizar esta curiosa inversión del recorrido de la que comenzamos hablando, para hacer el camino de regreso a la provincia, al terruño, a la tierra natal (aunque en este caso fue, desde luego, un retorno ficticio, imaginario) hay que llegar primero al final del camino, a la cumbre. Hay que llegar a ser nacional e internacional para poder disfrutar nuevamente, sin traumas, sin complejos, de la orgullosa condición de camagüeyano. Porque se sabe que el ticket de regreso está garantizado. (continúa...) >>