Revista Digital Consenso
Número 11 de 2007


A propósito de la Reforma Protestante
Argelio M. Guerra Aliaga

Una de las fechas que marca de manera sustancial el camino de la humanidad hacia la Edad Moderna, es, sin dudas, la que recuerda por los primeros días del onceno mes del año, el inicio de la Reforma Protestante en Europa hace ya cerca de 500 años.

Como todo proceso cargado de diversidad de acontecimientos que jalonan la historia hacia rumbos de consecuencias insospechadas, no es posible definir con exactitud fidedigna una fecha que indique la concreción de dicha reforma religiosa en la Europa del siglo XVI, dado que fue un proceso histórico que se desarrolló paulatinamente en el tiempo. No obstante, la historiografía moderna recoge la fecha del 31 de octubre de 1517 con la publicación de las tesis de Martín Lutero sobre el pecado de la iglesia acerca de las ventas de indulgencias, como el inicio de la Reforma.

Antecedentes

Al igual que cualquier hecho histórico de resonancia universal, la Reforma es un producto multicausal que incuba sus raíces en períodos anteriores a su desenlace final, con la confluencia de coyunturas que en mayor o menor grado desembocaron en tal resultado.

Entre las diversas circunstancias que transformaron la vida religiosa, política y social, y que modelaron el contexto de la Reforma es posible distinguir que:

- Con el advenimiento de los siglos XII y XIII se fundan las primeras universidades europeas, impulsoras del espíritu renacentista de los siglos XV y XVI con realce en las diversas manifestaciones del arte y la cultura, y con una nueva percepción del hombre como centro de la vida y de la historia promovida por el influyente movimiento humanista; todo ello irradiando en el seno del cristianismo una sincera impronta de búsqueda, investigación y estudio crítico de las Escrituras.

- La doctrina filosófica nominalista manoseada en los ambiente teológicos de la época, y según la cual numerosos supuestos de la fe cristiana no eran más que conceptos acompañados de una imagen, pero sin una existencia objetiva fue ganando terreno a la ya consolidada filosofía aristotélico-tomista estructurada por Tomás de Aquino (1225-1274) con base en la imbricación armónica de los presupuestos de la fe cristiana y el uso de la razón como resortes para la adecuada interpretación de las Sagradas Escrituras y de las relaciones Dios-hombre-mundo.

- Como resultado del Gran Cisma de Occidente (1378-1414) en el que, insólitamente, dos y hasta tres papas se disputaban el primado pontificio, se produjo un debilitamiento del prestigio de la jerarquía eclesial con la consecuente disminución de la confianza de los fieles, y un profundo descalabro en la vocación espiritual de la cristiandad.

- Las extensas posesiones del clero y acumulación de riquezas, a costa de los abusivos recaudos del fisco impuesto a las clases pobres, todo como parte del afán de los papas por el control de la supremacía en los asuntos temporales y terrenales, estimulaba el resentimiento hacia la "santa" iglesia.

La invención de la imprenta en el siglo XV facilitó una amplia circulación de literatura religiosa y se multiplicaron las traducciones de la Biblia en las lenguas vernáculas, disponiéndose la doctrina cristiana al alcance de las mayorías e impidiéndose su monopolio por parte de la clase sacerdotal.

Martín Lutero, el precursor

Nacido en Eisleben, Alemania en 1483; de padres campesinos, pronto tomó conciencia de los atropellos de que eran víctimas estas vulnerables clases por parte de señores feudales en concomitancia con el clero, y reconoció la necesidad de estructurar una nueva vida social. Abandonó los estudios universitarios de derecho e ingresó en el monasterio de los agustinos en 1505. En 1507 fue ordenado sacerdote y monje; en 1509 bachiller en teología por la Universidad de Wittemberg, y en 1512 doctor en teología y profesor de Biblia en esta misma universidad.

El 31 de octubre de 1517, Lutero hizo públicas sus 95 tesis en contra de la bula papal sobre la venta de indulgencias (liberación de los castigos y penitencias a los fieles mediante pago a la comisión pontificia de pecado), que se habían dictado con el propósito de financiar la construcción de la Basílica de San Pedro en Roma. Pronto comenzó una gran campaña propagandística y las tesis luteranas se difundieron por todos los rincones provocando una revolución religiosa de magnas proporciones, incluyendo varias naciones. Entre los más renombrados reformadores que abrazaron las ideas del monje agustino se cuentan Ulrico Zwinglio y Juan Calvino.

Partiendo del principio del sacerdocio universal y de una completa libertad de conciencia, Lutero promovió la total independencia del creyente para interpretar las Escrituras sin la necesidad de sujeción a ninguna autoridad religiosa. Con sus denuncias y propuestas de reformas no tenía la menor intención de fundar una nueva iglesia, sino sólo retomar el espíritu del cristianismo de los primeros tiempos e ir eliminando las innovaciones posteriores que lo habían desfigurado. Con la salud deteriorada, preocupado y con un gran pesar por el curso tomado por los acontecimientos, murió el reformador alemán en 1546.

 La Reforma: necesaria pero no suficiente

A la altura del siglo XVI las condiciones de Alemania en lo económico, social y religioso eran desastrosas, lo cual suponía la necesidad de transformar la realidad nacional, de lo que Lutero pudo percatarse y se planteó a sí mismo tamaño objetivo.

Si de dar nueva forma se trata, la Re-forma jugó su papel, pues si bien intentó enderezar el torcido rumbo que había tomado el cristianismo y retomar la salud de la doctrina cristiana hacia los verdaderos propósitos de Dios, también engendró nuevas iglesias y formas de adoración muy diferentes a las tradicionales misas y cultos católicos, y juntamente a los nuevos aires reformistas, forzosamente, asomaron su rostro nuevas estructuras de poder eclesial, con la consiguiente cuota de rechazo y exclusiones a los “diferentes”. La enfermedad contra la cual había luchado Lutero volvía a reproducirse, esta vez con nuevos síntomas.

Son numerosas las iglesias denominacionales apéndices de la primigenia iglesia reformada que coexisten en la actualidad, muchas de las cuales tienen su matriz precisamente en conflictos de carácter doctrinal, racial, de sexo o de preferencias sociales o políticas.

La iglesia que vive en Cuba tampoco esta exenta de padecer tales males, y en no pocos pastores, pastoras y líderes existe la tentación de mirar con recelo, algunos incluso han llegado a declarar que no los admiten en sus congregaciones, a aquellos “hermanos incómodos” que sueñan en nuestro suelo con un “cielo nuevo y una tierra nueva” (Ap.21,1), donde reine la justicia y donde quepamos todos y todas, aspiración igualmente del sueño martiano aún por alcanzar. Bueno sería recordar a tales “guías espirituales” que su Maestro nos mostró un Reino excelso, precisamente porque su justicia no entiende de ideologías ni aspiraciones personales, sino que tiene como único fin la restauración y preservación de la sacralidad de la dignidad humana, en tanto imagen y semejanza de Dios (Gn 1,27), y la inviolabilidad de los derechos que le son inherentes.

Como rasgo positivo, la Reforma orientó el entendimiento de la iglesia y la tradición cristiana protestante, como connatural a su misión, hacia los asuntos públicos y los aspectos cívicos en el contexto de la comunidad social en que las/los cristianas/os desarrollan su co-misión como discípulos de Jesucristo. Asunto éste que la iglesia cubana del período revolucionario1 no ha considerado con la importancia que merece, evidenciado en una pobre implicación en los asuntos cívicos de la nación y un casi nulo testimonio profético, matizado por la vivencia de una fe espiritualista desmarcada de la realidad social y política del país, y por un “agraciado don” de interés preferencial sólo por algunos aspectos de la vida nacional, y por otros o no los conoce o pretende desconocerlos.

Las palabras de Martín Lutero, que Fidel Castro expusiera en su defensa en la causa del año 19532, constituyen una fiel imagen del compromiso social de la tradición reformada, y que como en aquel entonces, para los cubanos hoy hablan por sí solas: “…cuando un gobierno degenera en tirano vulnerando las leyes, los súbditos quedan librados del deber de la obediencia”.

Sólo Dios puede cambiar el corazón del hombre. Si la Reforma como acontecimiento histórico terminó, la Re-forma del corazón humano continúa, con todo lo que de ello depende; en última instancia, de alguna manera, fue hacia allí adonde Lutero enfocó parte de sus esfuerzos. En este sentido, como motor impulsor para la abolición de estructuras obsoletas hacia el final de la Edad Media y paradigma para la renovación espiritual a la entrada de la Edad Moderna, la Reforma resultó necesaria pero no suficiente.


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1 Uno de los tres períodos distinguidos por el autor en su tesis de licenciatura para el estudio de la teología y la misión de la iglesia en Cuba.
2 Se refiere al manifiesto conocido por “La historia me absolverá”.


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Argelio M. Guerra Aliaga
Ingeniero Eléctrico y Licenciado en Estudios Bíblicos y Teológicos



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