Revista Digital Consenso
Número 11 de 2007


¿Cambios en Cuba?: solo el refrigerador
Eva González

Para que después no se diga que aquí no cambia nada, en Cuba se están cambiando los viejos refrigeradores rusos, norteamericanos y hasta los de otras muchas latitudes que, de segunda mano, fueron introducidos durante décadas fundamentalmente por los marineros. La tecnología obsoleta los convertía  -se dice- en grandes consumidores de energía eléctrica, de manera que el gobierno decidió sustituirlos a todos ellos por nuevos y relucientes refrigeradores de factura china.

Como un remedo del mágico pregón de Las mil y una noches en el que se anunciaba el cambio de lámparas viejas por nuevas que ponía en movimiento a la gente del legendario Bagdad de Aladino, el aviso que por estas semanas corre de boca en boca y la eventual llegada del camión encargado del traslado de los viejos refrigeradores, así como el arribo de los nuevos equipos y su distribución, constituyen motivo de algazara general en numerosas barriadas de la capital de la Isla. Y puede decirse que no es para menos: no son pocas las familias cubanas que han tenido que ver pasar casi medio siglo para acceder a la posibilidad de comprar un refrigerador nuevo.

Claro que cambiar, verdaderamente cambiar, no es tan fácil. Lo demuestran las disposiciones absurdas que establecen que su viejo refrigerador debe estar funcionando para tener el derecho a sustituirlo por el nuevo inquilino eléctrico de origen asiático. Es absolutamente cierto, o –como suelen decir los jóvenes de hoy- basado en hechos reales. Resulta que si a usted se le quema la máquina de frío de su viejo equipo mientras espera la llegada del nuevo, deberá desembolsar una respetable suma (entre 70 y 100 CUC) para adquirir en las tiendas en divisas una máquina nueva de alguna calidad y con un razonable tiempo de garantía; pagar además la mano de obra del operario que la va a instalar y a ponerle el gas a su equipo para que funcione como debe ser (entre 25 y 30 CUC más) y, después de una avería monetaria de tal envergadura, esperar alegremente la llegada de los trabajadores sociales encargados de comprobar que –en efecto- su añejo refrigerador funciona y por tanto, usted tiene el derecho de obtener el juguete chino (perdón, el refrigerador) nuevecito de paquete, por el que debe abonar la tampoco despreciable suma de  5 ó 6 mil pesos en moneda nacional, según el tamaño del aparato, además de los intereses bancarios.

El acento surrealista toca su clímax por cuanto se supone que los equipos obsoletos que se sustituyen están destinados a convertirse en chatarra, así que no se justifica que –ya que solo le cambian un refrigerador y en la mayoría de los hogares hay solo uno- éste deba estar en buen estado de funcionamiento.

El cambio de refrigeradores, como todos los eventos en este país, es un capítulo más de los que se han prestado a manejos ocultos que oscurecen lo que de positivo pudiera tener la medida. Por ejemplo, se asegura que si usted tiene con qué sobornar adecuadamente a los trabajadores sociales (que curiosamente son en este caso los sujetos del cambio…de refrigeradores), y si le toca en suerte que este sea un individuo sobornable –que no son escasos- puede cambiarlo aunque esté roto o cambiar más de uno. Se rumora que el trueque de un viejo refrigerador roto por el nuevo, le puede costar al interesado entre 20 y 40 CUC, cifra más “razonable” que los aproximadamente 130 CUC que le costaría repararlo y ponerlo a funcionar para acceder a la posibilidad de cambiarlo. Por otra parte, la tarifa para que le cambien uno adicional es de unos 50 CUC. Una sencilla demostración de que cada prohibición absurda en un país repleto de necesidades y carencias, lejos de establecer controles efectivos, solo conduce a la eterna centrífuga de la ilegalidad. Si a esto se añade el tráfico de máquinas de frío de uso que se ha desatado en la ciudad a partir de la sustracción de ellas por parte de los encargados de manipular los equipos que se sustituyen, se puede concluir que ha surgido otra vía de corrupción como daño colateral a la positiva y original idea de beneficiar a la población con la compra a plazos de un equipo eléctrico de primera necesidad, más moderno y económico que el que antes poseía.

En todo caso, ¿qué va a pasar con las familias de escasos recursos que se vieron privadas de este beneficio por tener su refrigerador roto? Con toda seguridad, éstas tendrán que acudir al mercado subterráneo para adquirir –con los propios sujetos encargados de efectuar la operación de trueque- la máquina de alguno de los refrigeradores retirados, por un precio más módico que el que ofrece la red comercial en CUC, y así poner en funcionamiento otra vez su antiquísimo equipo, altamente consumidor.

La inoperancia de las medidas o lo defectuoso de su implementación son la prueba más fehaciente de que en Cuba no basta con cambiar los equipos electrodomésticos para mejorar el sistema. Sirva también este capítulo, como tantos otros, para reafirmar que se impone a todas luces un cambio de mentalidad, impulsado a partir de un profundo cambio en la estructura del sistema.



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Eva González
Periodista



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