
Esto es precisamente lo que te decíamos en Egipto:
“Déjanos trabajar para los egipcios. ¡Más nos vale ser
esclavos de ellos que morir en el desierto”.
Éxodo. 14–12.
Salvo el pasillo que conduce a un lugar que nunca ha visto, todo pertenece al reo: El camastro con el mullido colchón donde descansa sus días sin cansancio; la bacinilla reluciente para escupir la esperanza; la ventana tapiada con mármol negro del Oriente. El reo es feliz: le han dicho que todo cuanto existe en la celda es suyo por antonomasia, hasta los barrotes de oro que, despreocupado, pule cada día. Nunca un rayo de luz irá a golpear las pupilas del reo... adaptadas a la oscuridad.