Revista Digital Consenso
Número 10 de 2007


Testigo no presencial
Reinaldo Escobar

A finales de octubre circuló en varios sitios de Internet el recordatorio de un hecho muy poco divulgado ocurrido hace 20 años: la reunión de los estudiantes de periodismo con Fidel Castro. Como tuve el privilegio de obtener un testimonio fresco de aquel acontecimiento y la perspicacia de tomar nota para no olvidarlo, aquí les desempolvo esta versión, con mínimos cambios para actualizarla, que tiene el mérito-defecto de haber sido redactada como hubiera intentado publicarla en esa época. Este testimonio no pretende ser el más completo ni el más exacto, pero quizás sirva a los que quieran conocer lo que pasó.

Todo comenzó a gestarse un ocho de septiembre, fecha en que los países socialistas celebraban el Día Internacional del Periodista conmemorando el asesinato de Julius Fucik, escritor y periodista checo, autor de “Reportaje al pie de la horca”. Para evocar la fecha, un grupo de teatro estrenó la obra  “La opinión pública”, en una función especial para los trabajadores de la prensa y los estudiantes de la Facultad de Periodismo. Aparecían reflejados en ella los problemas y relaciones interpersonales que se establecían en un diario, las intrigas, pasiones y mecanismos de censura que incidían en cada noticia. Las críticas elevaban su tono con la caricaturesca descripción de ciertos “personajes” que abundaban en el medio periodístico.

Al concluir la representación, los actores invitaron al público a comentar y debatir la obra. Sentados en las butacas estaban, desde dirigentes de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), reporteros de casi todos los órganos de prensa de la capital y estudiantes de la Escuela de Periodismo de la Universidad de La Habana.

Como era de esperar la discusión comenzó por la obra y derivó hacia los problemas de la prensa en el país. Los estudiantes fueron los que hicieron los planteamientos más audaces, especialmente aquellos que estaban en el último año de la especialidad. Muchos coincidieron en tocar la ausencia de noticias sobre ciertos temas en la prensa nacional, el aire triunfalista de los titulares y el exceso de partidismo en las informaciones. Todo eso acompañado por una gran escasez de crítica en los medios de difusión.

El grado de disentimiento del grupo universitario fue tal, que el entonces Presidente de la UPEC, Julio García, se sintió en la obligación de hacer un informe sobre el estado de opinión predominante entre los estudiantes de la Facultad de Periodismo. El informe, dirigido a Carlos Aldana -entonces jefe del DOR- enumeraba los criterios de mayor divergencia con la línea oficial, daba los nombres de los más atrevidos y concluía con la recomendación de sostener un encuentro con esos jóvenes para “aclararles sus confusiones”.

Como era difícil mantener oculto algo así, un grupo de alumnos de periodismo fue prevenido del “encuentro” que se preparaba. La idea de tomar la iniciativa y adelantarse a los acontecimientos se materializó cuando, en una asamblea de la Federación Estudiantil Universitaria, los propios jóvenes solicitaron un encuentro con los dirigentes del Departamento de Orientación Revolucionaria (DOR) del Comité Central, para debatir inquietudes sobre el ejercicio de la profesión. Redactaron una carta breve y serena, y la entregaron a la sede del Comité Central.

El mismo día, casi a la misma hora en que la carta estaba siendo leída por Carlos Aldana, la Decana de la Facultad de Periodismo recibía al mensajero de la valija oficial del Partido, portador de las instrucciones por escrito para organizar un encuentro con el objetivo de “dilucidar dudas y orientar a los estudiantes por el camino correcto”.

Entre las instrucciones recibidas se les indicaba a los alumnos escribir de forma anónima sus preguntas. Luego elegirían una comisión para redactar con ellas un cuestionario definitivo. En total se elaboraron ochenta y dos preguntas, (otros dicen que fueron 96), donde se plasmaban, de forma sucinta, las cuestiones más conflictivas de la vida nacional.

La pregunta número doce cuestionaba por qué la prensa no reflejaba los avances científicos ocurridos en los países capitalistas mientras que nunca exponía las dificultades y tropiezos de los socialistas. La número veintiséis tocaba la ausencia de partes de guerra sobre las Misiones Internacionalistas y la pregunta setenta y ocho mencionaba explícitamente, el espinoso asunto del culto a la personalidad alrededor de la figura de Fidel Castro.

El cuestionario definitivo se hizo público un martes y la reunión se anunció para el jueves de la otra semana, en el Teatro de la Universidad, con la presencia de varios directores de periódicos y revistas, y dirigentes del más alto nivel del DOR. Eso quería decir que asistiría Carlos Aldana en persona.

El lunes notificaron que la reunión ya no sería en el sitio, ni en la fecha anunciada, sino el miércoles a las dos de la tarde, en el Salón de Actos del Comité Central. No estaría permitido llevar cámaras fotográficas ni grabadoras, ni bolsas, ni paquetes.

Cuando se descorrieron los telones del Salón de Actos del Comité Central, parecía como si un árbitro hubiera sonado un silbato para dar comienzo al gran juego final de un discutido campeonato. De un lado los 276 estudiantes de la Facultad de Periodismo con sus ochenta y dos preguntas; frente a ellos, sentados detrás de una larga mesa presidencial, los directores de los periódicos y revistas nacionales, el Presidente del Instituto de Radio y Televisión, el Segundo Secretario de la UJC, la Decana de la Facultad y, en el centro, Carlos Aldana. Sobre la mesa, junto a  él, un abultado portafolio, dos libros y un micrófono.
Como impulsados por un estímulo común, los estudiantes se pusieron de pie y aplaudieron. La presidencia en pleno se irguió y respondió con un aplauso discreto, cortés. Cuando Aldana tocó el micrófono se hizo un silencio total.

Empezó diciendo que desde hacía muchísimo tiempo existía un interés por parte de la Dirección del Partido de tener este contacto con ellos, pero que otras tareas, complejas e impostergables, lo habían demorado. Pidió a los estudiantes leer sus preguntas que ya él había estudiado, pero no eran del conocimiento del resto de los invitados.

“Excepto la Decana”  -dijo, con la sonrisa de quien se disculpa por un involuntario olvido.

De forma espontánea, y sin previo acuerdo, cada pregunta encontró su locutor en el plenario. Cuando no quedó ninguna interrogante sin leer, Carlos Aldana tomó el micrófono y expuso una disertación de casi tres horas sobre el papel de los periodistas en la tarea de alcanzar los “elevados objetivos de la Revolución Socialista”. Hizo un panorama de las nuevas ramas de la economía, donde se invertían cuantiosos recursos y dio a conocer  -por primera vez fuera del círculo estrecho de la máxima instancia-, la profunda preocupación del Partido por el curso de los acontecimientos en la Unión Soviética a partir del inicio de la Perestroika.

Advirtió que entre algunos intelectuales y entre no pocos periodistas, se detectaba una peligrosa corriente de identificación con aquel proceso, y añadió: “No somos ajenos al hecho de que algunos de esos periodistas se acercan a ustedes buscando discípulos y prosélitos. Es mi deber prevenirles que no toleraremos desviaciones de ese tipo en nuestro país. Como primera muestra de esta irrevocable postura, hemos decidido suspender la circulación de la revista Novedades de Moscú, que se dedica sistemáticamente a destruir la historia de la URSS y a poner en tela de juicio la validez del Marxismo Leninismo”.

Consultó su reloj y anunció un receso de veinte minutos para merendar. Afuera, en el recibidor, pusieron una mesa cubierta con manteles blancos, y sobre ella, seis grandes bandejas cargadas de emparedados de jamón y queso; en otro sitio, varias cajas de refresco embotellado y otra mesa, más pequeña, donde un empleado repartía café. No hubo ni un comentario de pasillo sobre la intervención de Carlos Aldana. Sólo se hablaba de la excelente merienda, de lo bien atendidas que estaban las plantas ornamentales, o de la agradable temperatura en el Salón de Actos. Durante el receso, los estudiantes no vieron a ninguno de los que estaban sentados en la mesa presidencial, quienes al parecer, estarían merendando “lo mismo” en un lugar aparte.

Cuando volvieron a la sala el telón se mantuvo cerrado durante quince minutos más mientras se sentían los pasos de quienes llegaban a la presidencia. Sólo pasos, ni el más mínimo rumor de voces humanas. Luego de unos segundos de absoluto silencio se levantó el telón, lenta, ceremoniosamente.

Con su acostumbrado atuendo militar, los codos sobre la mesa, los dedos de ambas manos enlazados, la mirada indescifrable, apareció ante ellos Fidel Castro.

Todos aplaudieron otra vez, ahora de forma atronadora. Los integrantes de la presidencia, aún con más ritmo, experiencia y elegancia, pero con aplausos tan estridentes como los estudiantes. En la apoteosis de los aplausos y las ovaciones, corearon su nombre, primero con lentitud y espaciadamente, como si saborearan las letras, luego más rápido y entrecortado, marcando el compás con palmadas, hasta llegar a una cadencia sincopada, delirante y aturdidora.

Todos los ojos se quedaron prendidos en su rostro, pendientes de si en la comisura de los labios se dibujaba una línea sugiriendo una sonrisa, si se le arrugaba con severidad el entrecejo, si la frente se mostraba altiva, molesta, o inclinada por la pena de alguna reciente decepción.
Fidel Castro se había ubicado entre la Decana y Carlos Aldana, quien había perdido ya el brillo protagónico, pero que cobraba un nuevo esplendor por figurar al lado de él, hablándole al oído delante de todos, y algo más importante, escuchando lo que él le susurraba mientras cubría discretamente el micrófono.

Fidel Castro sonrió y la sala en pleno dejó escapar un suspiro de alivio.

Empezó a hablar en un volumen de voz muy bajo, disculpándose por no haber podido participar desde el principio en el evento. Hizo alusión a gestiones impostergables de gobierno que le impidieron estar con ellos desde temprano. Los presentes imaginaron entonces la incalculable importancia de aquella gestión inaplazable y que no había podido delegar: quizás la redacción de un Comunicado Conjunto, una entrevista, o la toma de una decisión estratégica para los ejércitos que, allende los mares, cumplían misiones internacionalistas. La aprobación definitiva del lugar donde se abriría una represa, se levantaría una escuela, se instalaría una fábrica; o el visto bueno a un contrato, a la aplicación masiva de una innovación, a la publicación de un texto para la enseñanza primaria, o la firma de una ley, de un indulto, de una condena a muerte... las infinitas, las impostergables, indelegables gestiones que a diario tenía que llevar a cabo.

“Pero no quería perderme este encuentro”  -dijo risueño-  Entonces se colocó los espejuelos. Sus ojos pequeños y brillantes se abrieron en un gesto de asombro desaprobatorio bajo las cejas tupidas que se alzaron autoritarias.

—Tengo ante mí la pregunta número setenta y ocho de este cuestionario. No averiguaré quién es su autor, porque convenimos con Aldana en respetar el anonimato, pero me gustaría oírlos hablar aquí sobre ese “culto a la personalidad” que  -como plantea textualmente la pregunta-  deja la impresión de que en el país hay un solo hombre ocupándose de todo.

Se quitó los espejuelos, se recostó sobre el respaldar del sillón y, abanicando la mesa con su mano, preguntó:

—¿No hay nadie aquí que quiera hablar del tema?

Un estudiante llamado Iván aludió a un supuesto titular del Granma donde se anunciaba que Fidel había regalado un central azucarero a un país latinoamericano, a los pocos minutos apareció el periódico con el titulo “Dona Cuba central azucarero…” y esa acusación quedó sin fundamento, pero hubo otras voces que no pudieron ser desmentidas, como Ana Laura Bode, Amir Valle, Rubén, Erick, Olivia (no tengo los apellidos de todos) hasta que finalmente Alexis Triana pidió la palabra.

Estaba dispuesto a decirlo todo, porque creía que quienes profesan fe a lo esencial obtienen el derecho a dudar y a quejarse de aquello que no lo es. Pensaba que cuando un proceso histórico pide como condición a sus ejecutantes la disposición a entregar la vida, contrae con ellos la obligación de permitirles dar una opinión sobre su curso, a cuestionar su origen, a redefinir sus métodos, a elegir los derroteros y a vislumbrar su destino. Traducía su fe en el sinónimo “confianza” y reclamaba reciprocidad. Pedía que no se esperara de él que usara el sentido del oído sólo para escuchar órdenes, sino que se le permitiera, se le exigiera, usar la cabeza para pensar y el don de la palabra para expresar lo pensado, y decirlo sin dobleces ni subterfugios, abiertamente, como entre hermanos. Que no se esperara de él que tuviera madurez, pues esa era una habilidad de los cínicos; sino honestidad, que era la  virtud de los honrados. Así pensaba, y así le hablaba a Fidel Castro, tratándolo de tú, cuando le decía:

—Tú eres nuestro padre, tú nos has enseñado a ser así  -y casi sollozando-  y ahora te toca aceptarnos como somos y darnos un espacio.

Fidel Castro no pudo contener una sonrisa cuando, acariciándose la barba, comentó ante el micrófono: “Muy conmovedor todo lo que dices”.

Pero Alexis apenas comenzaba su alocución, y fue entonces cuando hizo lo que, posteriormente, sería divulgado en tres versiones diferentes: En la primera, se contaba que llevándose la mano izquierda al pecho había dicho: “Permítame continuar” y que continuó su discurso, sollozante aún.

En la segunda, no sólo se había llevado la mano izquierda al corazón, sino que, mostrando la palma derecha en señal de alto, dijo: “No he terminado”, se recuperó y concluyó su discurso. En la tercera versión, Alexis mostró las dos palmas de sus manos, y en un tono enérgico dijo: “No me interrumpas”, pero entonces se atascó y el llanto no le permitió seguir hablando.

Lo cierto es que a causa de ese incidente impreciso, la reunión de los estudiantes de la Facultad de Periodismo con el Comandante en Jefe trascendió como una incalificable falta de respeto o como un inesperado gesto de rebeldía.

Después Fidel Castro habló como tres horas y la reunión concluyó más allá de la una de la madrugada.

Tuve la suerte de recibir en mi casa, a unas cuadras del Comité Central, a casi una decena de amigos, estudiantes de periodismo que me contaron todos los detalles que les he trasladado aquí. Recuerdo que cuando ya no les quedaba nada por decir les pedí que me relataran detalladamente los últimos minutos de aquel ya histórico encuentro. Se miraron en silencio como buscando la cara del que haría el cuento. Fue Ana Laura, que todavía sollozaba, la que me dijo:  “Terminamos todos de pie, aplaudiendo”.



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Reinaldo Escobar Casas
Camagüey, 1947
Periodista y miembro del Consejo de redacción de la Revista Digital Consenso

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