Revista Digital Consenso
Número 10 de 2007


Funámbula
José Prats Sariol

La curiosidad por Alicia López Thot comenzó entre cucharadas de sopa, cuando el cuento de mi mujer sobre lo sucedido en la lechería desató las preguntas. Lo ocurrido en la cola para la leche más o menos fue lo siguiente: Alicia López Thot, como todos los días a las 8 a.m., salió de su apartamento, el C del segundo piso del número 113, casi frente por frente a mi edificio, y caminó sin prisa, con su andar de gata, hasta la esquina amarilla, a pedir el último, a conversar sobre el calor o la lluvia, sobre los peligros de montar bicicleta de noche, quién sabe si también sobre la telenovela brasileña...

El detalle, el granito de arena, era la ropa. Un vestido de lamé rojo chino, de vuelos imitando pequeñas mariposas, venía acompañado de unos altos tacones de charol negro, en juego con la carterita, con el collar, los aretes, la pulsa de diminutos corales negros. Todo se complementaba, según le dijeron a mi mujer, con un cuidadoso maquillaje de sombras leves sobre los párpados, en combinación con el polvo de las mejillas, con el rosa del creyón de labios. Y nada más, porque nadie se atrevió a preguntarle las causas, porque ella sencillamente actuó como si llevase, no sé, una blusa y una saya desvaídas; sin acusar recibo de las miradas, de un codo hundido en el costado de alguien para encontrar complicidad, del fruncimiento cristalizado en la cara del lechero. Hasta que pagó su litro de leche y paso a paso regresó al apartamento, supongo que sin dejar de acariciar al gato siamés, de guardia sobre el muro que bordea el pasillo de entrada a su edificio.

En la cuadra apenas se han acumulado datos, presumiblemente ciertos, sobre esta mujer cuya seña menos común son los ojos de un verde casi negro, que parecen una burla al trabajoso tejido que le han hilado los vecinos más propensos a la vida ajena, como si las escamas vegetales que le aclaran los ojos equivalieran a las escasas informaciones, les pusieran traspiés a las hipótesis; por lo demás también escasas, propias del casi nulo interés que ella había logrado enardecer. Quizás su modo de caminar, melódico, acompasado entre un breve movimiento de hombros y de brazos, decididamente felino, podría tomarse como otro rasgo capaz de alterar la indiferencia que la había cercado hasta el acto carnavalesco de la lechería.

Alicia López Thot, dentro de un rato sabré si a propósito, parece haber manejado con brillantez la rara habilidad del silencio, de las conversaciones insustanciales, de evitar diplomáticamente un giro del tema hacia sí misma. Aquella noche de hace cuatro jueves, cuando nacía el enigma, mi mujer sólo supo agregar lo que Nereida, la Responsable de Vigilancia del Comité de la cuadra, le había dicho a retazos, después que le contara del escándalo matinal. Yo ni siquiera sabía entonces sus apellidos, el domicilio exacto en el edificio de enfrente, la edad, que calculaba borrosamente alrededor de los cuarenta, quizás un poquito por encima.

Lo único que sabía de ella era el producto, bastante disperso, bastante pobre, de las veces que la casualidad nos había hecho coincidir. De los encuentros sólo retenía las limonadas, los ojos, el andar gatuno de esta mujer delgada y de piernas y muslos largos, de pelo gris, lacio sobre los hombros aún esbeltos. Las limonadas, entonces, eran lo más interesante. Y sin duda lo más sabroso. Las preparaba con el detalle de que el escaso dulzor era a base de miel de abejas, con el hielo pasado por la licuadora, con un leve pero definido toque de ron blanco. Cada vez que la insistencia, los temores a señalarme, el deporte, o más bien una mezcla de los tres factores me hacían presente en un trabajo voluntario dominical, cuando el agotamiento y el sudor aflojaban el ritmo del machete o de la guataca contra la hierba de los parterres, se aparecía el milagro de la jarra de limonada, con una sonrisa de anfitriona cuyo placer se centraba en aguardar mis gracias, en esperar el elogio a su genial idea de mitigar la faena con aquel néctar helado, con aquella nieve donde el ácido ligeramente dulce se alcoholizaba al transcurrir garganta abajo, al refrescar vasito a vasito las inclemencias de nuestros 30 grados centígrados a la sombra.

Los días posteriores al jueves del lamé rojo chino apagaron con su monotonía la curiosidad circense del vecindario. Alicia López Thot, como si nada hubiese sucedido, borró cualquier detalle capaz de alterar su anónimo fluir por la cuadra. Parece que nadie se atrevió a dejarle caer la más mínima alusión al incidente, ni siquiera como a Domingo, el chapista del 108, que cuando llega de zigzag en zigzag a su casa sólo recibe al día siguiente el puño cerrado con el pulgar en alto, la forma de botella con que Juan el mecánico le hace referencia irónica a la copiosidad de tragos ingeridos la noche anterior.

Pero el jueves siguiente, a las mismas 8 de la mañana, otro atuendo enmudeció la cola para la leche. Según me contó mi mujer a la mesa, era de un verde jade brilloso, con acompañamiento exacto de maquillaje, tacones blancos, bisutería...Ni yo reparé entonces, hasta el otro jueves, de que el día escogido por ella era el centro de la semana, el consagrado a Júpiter, es decir, a la jovialidad. Pero sí me puse enseguida a averiguar lo poco que se conocía sobre Alicia López Thot. Y logré que mi mujer fuese a buscar a Nereida, con el pretexto de brindarle un arroz con leche o una natilla, no recuerdo bien.

Se sabía que estaba sola, que apenas recibía visitas, casi nunca del barrio, salvo breves y esporádicos recibimientos a dos vecinas, ninguna de las cuales había podido pasar de la salita comedor, ni siquiera a la cocina o al baño. Tenía televisor y radiograbadora, pero nunca pudo oírse en el pasillo cuáles programas sintonizaba. Religiosamente pagaba la mensualidad del Comité y de la Federación de Mujeres, por lo general asistía a las reuniones, aunque jamás habría la boca ni faltaba a las guardias, a los trabajos voluntarios con su jarra de limonada. El único dato que parecía alumbrar su pasado era la viudez, la mudanza hace unos cinco años porque había dicho que no pudo aguantar la acumulación de recuerdos, prendidos en cada detalle de su antigua vivienda, de más de veinte años junto a Hermes, sin haber podido tener familia, sin haber podido desbaratar el cerco de dos hijos únicos incapaces de procrear, de continuarse.

Ni una sola noticia extra, salvo que su ropa habitual nunca insinuó los desmanes del lamé rojochino, del verde jade, ni cuando salía a cobrar la pensión del difunto Hermes, a darse el gusto —según les decía— de comer en algún restaurante de El Vedado, de irse al cine Astral o a La Rampa , sin importarle qué película echaban...”Decente, servicial, callada” —nos resumió Nereida. “Nunca me imaginé que tuviera una ropa así” —agregó antes de irse, con la intriga picándole el orgullo de su cargo de Responsable de Vigilancia, de conocedora diligente de cada uno de los habitantes de nuestra cuadra.

Ese segundo jueves las preguntas y el manojo de respuestas posibles asediaron mi almohada, como esta noche del cuarto jueves cuando el mismo asedio, pero acrecentado hasta lo insoportable, me llevara hasta su apartamento, a terminar con una curiosidad que se ha vuelto obsesiva, inabarcable, que se ha ido hinchando como una medusa en la arena. Y también la reconstrucción de la figura de Alicia López Thot, a partir de ese día, propiciada por algunos encuentros fugaces en la acera y en la carnicería, adquirió el carácter de un desafío que busca similitudes, asociaciones por los vericuetos de su sonrisa estriada por frágiles líneas, que aún luce un homenaje a los años en que su cuerpo pudo haberse desbandado sin previsiones, que todavía exhibe la seguridad de probables escarceos de la carne y parece sugerir transacciones nada despreciables de su boca con algo más que las palabras habituales, desganadas, de una existencia apacible, fláccida, en el convento de nuestra cuadra tan llena de chismes como cualquier otra de esta ciudad de sol y salitre.

El pasado jueves, de nuevo sin que otros signos durante la semana presagiaran el escándalo, ella volvió a irrumpir en la lechería con las señales de baile o boda, de recepción exclusiva en el Salón Bucán, aledaño al Palacio de los Congresos. La descripción de mi mujer y de Nereida fue más exaltada que las dos anteriores. Era un vestido de seda floreada, de amplio escote en la espalda, casi hasta la cintura. Y eran de nuevo los aditamentos quienes exacerbaban el conjunto, los que daban la tónica, hasta la pregunta casi gritada por Juan el mecánico, al pasar por el costado de la cola rumbo a su taller: “¿Dónde es la fiesta, eh?”

Esa noche, como si estuviéramos en una fábrica de pirotecnia, reconstruimos las tres apariciones. El hecho, ahora evidente, de que siempre se producían los jueves, trajo las expectativas para el próximo, es decir, para los sucesos de esta mañana. Durante los días de espera pude averiguar en el Registro de Direcciones su antigua residencia. Las verificaciones que realicé allá con los del Comité arrojaron nuevas incógnitas sobre ella: nunca había estado casada, nunca se le conoció vinculación laboral, nunca recibía a los vecinos, nunca se supo adónde salía las noches de viernes, sábado y domingo...La información, suministrada gracias a misteriosas astucias donde yo aparecía como un probable policía, potenció el interés. El personaje se convertía definitivamente en algo íntimo, en parte de mis objetos cotidianos. No podía prescindir de ella, como si el delicioso sabor de las limonadas hubiese obrado de elíxir, de cazador de cada parte de mi tiempo libre. La noticia de que el espectáculo circense se volvería a producir hoy, a las 8 a .m. de este cuarto jueves de inusitada exhibición de modas, revolvió al vecindario. Hasta los más despreocupados procuraron participar de la escena. Mi mujer, Nereida y yo ocupamos desde media hora antes el murito que limita la puerta de la lechería, exactamente por donde debía pasar ella con un nuevo despliegue de tules y encajes. Otros hacían como que conversaban, distribuidos en varios grupos por las dos aceras que convergían en la esquina de la cola. Domingo el chapista, desde su balcón, resolvía los cuatro pisos de altura con unos prismáticos enormes. Juan el mecánico, parado en la misma esquina, parecía dispuesto a lanzar otra pregunta provocadora. Las únicas dos vecinas con las que ella había intimado algo, Xiomara y Maruchi, se juntaron a otra espectadora, para hacerse las distraídas ante la puerta de cristales velados del edificio.

A la hora señalada, como una gata que desafiara el vértigo de un delgado pretil y sin aparente esfuerzo de equilibrio andara sobre él, Alicia López Thot emergió de la grisácea atmósfera del pasillo, saludó a las vecinas, dobló hacia la lechería, llegó a la cola y como cada amanecer pidió el último. El vestido era de raso negro con breves incrustaciones de un verde oscuro, de diminutas hojas brillando sobre el pecho, ajustando la tela hacia la curvatura aún erecta de los senos. El acompañamiento iba en concordancia con el vestido a media pierna. Zapatos, medias, maquillaje, adornos, combinaban armónicamente con el negro del raso, con la piel aún dueña de matices rosa pálido.

Una exclamación unánime, como si se tratara de un coro vienés representando una ópera de Wagner, se produjo en los grupos que bordeaban la lechería. Juan inmediatamente, sin el más mínimo pudor, soltó la pregunta: “¿Qué le pasará a la compañera?” Ella ni se inmutó. Avanzó lentamente, con su caminar melódico, hacia el murito donde me hallaba, y paseó la vista verdosa sobre cada uno de nosotros, hasta que la detuvo unos segundos sobre mí, y junto a una ligera inclinación de cabeza nos dio los buenos días, como si nada. Entre la vergüenza ajena y el desconcierto, como si un acuerdo previo nos compulsara, regresamos a desgranar de nuevo las causas probables de aquel acto.

Ahora que he resuelto visitarla, acabar de una vez con las mordidas de cada posibilidad, pienso que lo más remoto sería la versión de una broma colosal. Y también que lo más sensato es no inventarle ningún pretexto. Llegar sin dilaciones a la razón de la cita inesperada. Así lo haré, en cuanto termine de vestirme, en cuanto me dé cuenta de que lo estoy haciendo como si fuera a una graduación de mis alumnos, al aniversario de algún paciente que aún me agradece la recuperación psíquica. Así termino oprimiendo el spray del perfume debajo de las orejas, salgo a la sala, me despido de mi mujer y de Nereida, que aguardaran a buchitos de nerviosismo mi regreso, y con algo de prisa camino hacia la salida, cruzo la calle, entro a su edificio, subo hasta el segundo piso, hasta la puerta blanca del apartamento C, y oprimo el botón que suena dentro con unas campanitas asopranadas. No siento pasos, pero oigo enseguida su voz preguntando quién es, mi respuesta, la solicitud de que espere unos momentos. Pronto podré descansar, verificar o desechar la hipótesis de mayor índice de probabilidades, la que aventura un trastorno de personalidad.

Pasan más minutos de lo normal antes de que Alicia López Thot abra la puerta. Una sonrisa de complacencia achina sus ojos verdinegros. Me invita a pasar, cierra delicadamente la puerta y señala hacia el sofá donde me siento, sin reparar hasta ese instante en que ella sólo está vestida con un deshabillé de un negro vaporoso, traslúcido, sorprendente por las sugerencias de líneas y espacios, de tangencias y vados. Trato de asumir el tiempo y la máscara de mis consultas en el hospital mientras ella felinamente señala hacia la mesita del centro, frente al sofá, donde una sudorosa jarra de limonada parecía estar allí desde siempre, esperando. Sirve dos vasos sin dejar la sonrisa, sin dejar que sus ojos cesen de mirarme. Y me habla. Y dice que ya sabe. Y con aire de niña traviesa, de conspiradora que acaba de satisfacer sus ardides, dice que sabía de mi visita, hoy o a más tardar mañana. Sigo luchando por conservar la tonalidad del psiquiatra, los silencios de mi oficio, ayudado por el sabor del trago, más cargado de ron que los del trabajo voluntario. Y me cuenta que lo había ideado todo para que al fin yo reparara en ella, para que la curiosidad del médico impusiera este encuentro, para también divertirse a costa del vecindario, recordar sus buenos tiempos de vedette. Y se levanta hacia la radiograbadora, pone un casete de Sinatra y se detiene frente a la entrada de la cocina, donde la luz me hace ver más entre la vaporosidad negra del deshabillé. Muevo la cabeza y ni pienso en la estupidez de las hipótesis, en Nereida y en mi mujer, en la lechería. De pronto, por una puerta entreabierta, supongo que del dormitorio, sale el gato siamés que ella se apresura a cargar, a acariciar mostrándome que también es hembra, que no era de ninguna vecina sino de ella. Y lo suelta sobre un butacón sin perder la sonrisa, sin dejar que sus ojos oculten el brillo de la victoria. Y la picardía de su invitación a bailar resume el cuento, declara el equilibrio de un ardid que acaba de triunfar, que dentro de un rato me llevará a su cama, a irme después con la coartada del trastorno de personalidad, de la transferencia que puede exigir, quién sabe, un aplicado tratamiento; mientras los ojos fosforescentes de la gata siamesa quedarán como únicos cómplices, como joviales símbolos de los jueves venideros.

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José Prats Sariol
Escritor y profesor universitario
Actualmente reside en México

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