Consenso
Numero 9 de 2007 Numero 11 de 2007
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. ¡Aquí todo se puede!
Entrevista con Lino Tomasén

por Eugenio Leal
02. Un golpe del Sur y otro del Norte
Dimas Castellanos
03. Testigo no presencial
Reinaldo Escobar
04. Otra vez en octubre
Consejo de Redacción
05. Grupos electrógenos y contaminación ambiental
Irene Hernández
06. Mucho ruido y pocas nueces
Argelio M. Guerra Aliaga
07. Los coqueteos del caimán con el dragón
Ana López
08. Por encima de la opinión del pueblo nunca
Félix Sautié Mederos
09. La Masonería en Cuba
Gustavo E. Pardo Valdés
10. El padre Varela
Gerardo Martí
11. Funámbula
José Prats Sariol
12. Humor
Carlitos
Ilustración de portada
Brinwashing de César Leal
Funámbula
José Prats Sariol

A Iván Vivas

La curiosidad por Alicia López Thot comenzó entre cucharadas de sopa, cuando el cuento de mi mujer sobre lo sucedido en la lechería desató las preguntas. Lo ocurrido en la cola para la leche más o menos fue lo siguiente: Alicia López Thot, como todos los días a las 8 a.m., salió de su apartamento, el C del segundo piso del número 113, casi frente por frente a mi edificio, y caminó sin prisa, con su andar de gata, hasta la esquina amarilla, a pedir el último, a conversar sobre el calor o la lluvia, sobre los peligros de montar bicicleta de noche, quién sabe si también sobre la telenovela brasileña...

El detalle, el granito de arena, era la ropa. Un vestido de lamé rojo chino, de vuelos imitando pequeñas mariposas, venía acompañado de unos altos tacones de charol negro, en juego con la carterita, con el collar, los aretes, la pulsa de diminutos corales negros. Todo se complementaba, según le dijeron a mi mujer, con un cuidadoso maquillaje de sombras leves sobre los párpados, en combinación con el polvo de las mejillas, con el rosa del creyón de labios. Y nada más, porque nadie se atrevió a preguntarle las causas, porque ella sencillamente actuó como si llevase, no sé, una blusa y una saya desvaídas; sin acusar recibo de las miradas, de un codo hundido en el costado de alguien para encontrar complicidad, del fruncimiento cristalizado en la cara del lechero. Hasta que pagó su litro de leche y paso a paso regresó al apartamento, supongo que sin dejar de acariciar al gato siamés, de guardia sobre el muro que bordea el pasillo de entrada a su edificio.

En la cuadra apenas se han acumulado datos, presumiblemente ciertos, sobre esta mujer cuya seña menos común son los ojos de un verde casi negro, que parecen una burla al trabajoso tejido que le han hilado los vecinos más propensos a la vida ajena, como si las escamas vegetales que le aclaran los ojos equivalieran a las escasas informaciones, les pusieran traspiés a las hipótesis; por lo demás también escasas, propias del casi nulo interés que ella había logrado enardecer. Quizás su modo de caminar, melódico, acompasado entre un breve movimiento de hombros y de brazos, decididamente felino, podría tomarse como otro rasgo capaz de alterar la indiferencia que la había cercado hasta el acto carnavalesco de la lechería.

Alicia López Thot, dentro de un rato sabré si a propósito, parece haber manejado con brillantez la rara habilidad del silencio, de las conversaciones insustanciales, de evitar diplomáticamente un giro del tema hacia sí misma. Aquella noche de hace cuatro jueves, cuando nacía el enigma, mi mujer sólo supo agregar lo que Nereida, la Responsable de Vigilancia del Comité de la cuadra, le había dicho a retazos, después que le contara del escándalo matinal. Yo ni siquiera sabía entonces sus apellidos, el domicilio exacto en el edificio de enfrente, la edad, que calculaba borrosamente alrededor de los cuarenta, quizás un poquito por encima.

Lo único que sabía de ella era el producto, bastante disperso, bastante pobre, de las veces que la casualidad nos había hecho coincidir. De los encuentros sólo retenía las limonadas, los ojos, el andar gatuno de esta mujer delgada y de piernas y muslos largos, de pelo gris, lacio sobre los hombros aún esbeltos. Las limonadas, entonces, eran lo más interesante. Y sin duda lo más sabroso. Las preparaba con el detalle de que el escaso dulzor era a base de miel de abejas, con el hielo pasado por la licuadora, con un leve pero definido toque de ron blanco. Cada vez que la insistencia, los temores a señalarme, el deporte, o más bien una mezcla de los tres factores me hacían presente en un trabajo voluntario dominical, cuando el agotamiento y el sudor aflojaban el ritmo del machete o de la guataca contra la hierba de los parterres, se aparecía el milagro de la jarra de limonada, con una sonrisa de anfitriona cuyo placer se centraba en aguardar mis gracias, en esperar el elogio a su genial idea de mitigar la faena con aquel néctar helado, con aquella nieve donde el ácido ligeramente dulce se alcoholizaba al transcurrir garganta abajo, al refrescar vasito a vasito las inclemencias de nuestros 30 grados centígrados a la sombra.

Los días posteriores al jueves del lamé rojo chino apagaron con su monotonía la curiosidad circense del vecindario. Alicia López Thot, como si nada hubiese sucedido, borró cualquier detalle capaz de alterar su anónimo fluir por la cuadra. Parece que nadie se atrevió a dejarle caer la más mínima alusión al incidente, ni siquiera como a Domingo, el chapista del 108, que cuando llega de zigzag en zigzag a su casa sólo recibe al día siguiente el puño cerrado con el pulgar en alto, la forma de botella con que Juan el mecánico le hace referencia irónica a la copiosidad de tragos ingeridos la noche anterior.

Pero el jueves siguiente, a las mismas 8 de la mañana, otro atuendo enmudeció la cola para la leche. Según me contó mi mujer a la mesa, era de un verde jade brilloso, con acompañamiento exacto de maquillaje, tacones blancos, bisutería...Ni yo reparé entonces, hasta el otro jueves, de que el día escogido por ella era el centro de la semana, el consagrado a Júpiter, es decir, a la jovialidad. Pero sí me puse enseguida a averiguar lo poco que se conocía sobre Alicia López Thot. Y logré que mi mujer fuese a buscar a Nereida, con el pretexto de brindarle un arroz con leche o una natilla, no recuerdo bien.

Se sabía que estaba sola, que apenas recibía visitas, casi nunca del barrio, salvo breves y esporádicos recibimientos a dos vecinas, ninguna de las cuales había podido pasar de la salita comedor, ni siquiera a la cocina o al baño. Tenía televisor y radiograbadora, pero nunca pudo oírse en el pasillo cuáles programas sintonizaba. Religiosamente pagaba la mensualidad del Comité y de la Federación de Mujeres, por lo general asistía a las reuniones, aunque jamás habría la boca ni faltaba a las guardias, a los trabajos voluntarios con su jarra de limonada. El único dato que parecía alumbrar su pasado era la viudez, la mudanza hace unos cinco años porque había dicho que no pudo aguantar la acumulación de recuerdos, prendidos en cada detalle de su antigua vivienda, de más de veinte años junto a Hermes, sin haber podido tener familia, sin haber podido desbaratar el cerco de dos hijos únicos incapaces de procrear, de continuarse. (continúa...) >>



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