
La rareza de los hombres extraordinarios –aquellos capaces de interpretar las necesidades sociales de su época, actuar desde una ética consagrada al bien de los demás, convertirse en protagonista de los cambios y ser precursores– es tal que, de forma similar a las carreras de relevos, algunas veces el nacimiento de uno no ocurre hasta la muerte de otro; y es que la entrega y la dignidad necesarias para ser realmente un hombre de esa índole entorpece su coexistencia. El año 1853 en que nació José Martí fue el mismo en que murió Félix Varela, cuyo protagonismo tuvo lugar en el período de auge de la plantación azucarera, del horroroso sistema esclavista y de la independencia de las colonias españolas de América; un período de nuestra historia donde los reclamos de participación política de los criollos se aproximaban a un punto crítico. Ese contexto condicionó los temas centrales a los que Varela se consagró y a los que se limita el presente trabajo.
Su formación
Félix Francisco José María de la Concepción Varela y Morales nació en La Habana el 20 de noviembre de 1788. Tres años después, a causa del traslado de su padre y de su abuelo materno a San Agustín de la Florida , permaneció una década en territorio norteño, donde su educación, a cargo del padre Michael O' Reilly 1, tuvo una fuerte influencia en la formación de su personalidad, sus virtudes y su pensamiento.
A su regreso a La Habana , en el año 1801, Varela matriculó en el Seminario San Carlos y San Ambrosio y desde 1804, de forma simultánea, realizó estudios en la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo; centros en los cuales obtuvo el título de bachiller, luego el de licenciatura en Artes y el de bachiller en Teología. En 1810 fue ordenado diácono 2 y en 1811 sacerdote. En el Seminario conoció a José Agustín Caballero 3, quien ejerció una influencia significativa en relación a la escolástica, a la autonomía y al tratamiento humano de los esclavos. Allí, en el Seminario, obtuvo la cátedra de Latinidad en 1811, la de Filosofía en 1812 y la de Constitución en 1821. De sus relaciones con el obispo Espada 4, se alimentó con la ética humanista forjada bajo su influjo. El obispo sustentaba la tesis de que el enriquecimiento de las personas y de la sociedad debía basarse, ante todo, en los bienes espirituales. Apoyado en ese principio Varela optó así por la ética del ser, aquella que sitúa a la persona humana como fin y no como medio. La influencia del padre O' Reilly, Caballero y Espada explica los puntos de contacto y los de ruptura con ellos.
Baste recordar, a forma de merecido homenaje, que el padre Varela fue el primero que habló en Cuba de patria con el concepto abarcador de todo el territorio nacional, de pertenencia, de arraigo y de intereses; el que evolucionó desde la autonomía hasta ser el primero que fundamentara la necesidad de la independencia de España; el que se desplazó desde el buen trato a los esclavos hasta la eliminación de la trata negrera y la abolición de la esclavitud; el que eligió la educación como camino de la liberación, le trazó un rumbo propio al pensamiento cubano y se empeñó en enseñarnos a pensar; y el que introdujo la ética en los estudios científicos, sociales y políticos. Por todo ello José de la Luz y Caballero lo definió como “nuestro verdadero civilizador” y José Martí lo llamó “patriota entero”.
El derecho y la ética, fundamento y punto de partida
Resultado de la instauración en España de la Constitución liberal de 1812 y de su restitución en 1820 –considerada por Marx y Engels como “genuino y original florecimiento de la vida intelectual española”– se decidió establecer la cátedra de Constitución en el seminario San Carlos para enseñar virtudes cívicas . Con ella, l a historia constitucional de los derechos humanos, iniciada con la Carta Magna que los nobles ingleses impusieron a Juan Sin Tierra en 1215 y que había recibido un fuerte impulso en Europa y en América, tocó tierra cubana. Respondiendo a la solicitud y consejo del obispo Espada, la nueva institución fue ocupada por el padre Varela, quien en el discurso inaugural expresó: “ Yo llamaría a esta Cátedra, la cátedra de la libertad, de los derechos del hombre, de las garantías nacionales, de la regeneración de la ilustre España, la fuente de virtudes cívicas, la base del gran edificio de nuestra felicidad, la que por primera vez ha conciliado entre nosotros las leyes con la filosofía... la que contiene al fanático y déspota...”. Sin su labor en esa institución, no se puede entender el contenido y lo avanzado de los derechos recogidos, tanto en las constituciones mambisas como en las republicanas de 1901 y 1940, como tampoco se puede entender el retroceso sufrido en materia de derechos con las constituciones revolucionarias de 1976 y 1992.A pesar de ello su fuerte era la ética. En las Cartas a Elpidio 6, pero también en todas sus obras, insistió en la idea vital de que hay que ejercitar la virtud, la fuerza, la fortaleza, como medio de reafirmar un valor, un ideal moral, que los consolide como hombres y mujeres capaces de mirar alto y lejos . Por ello –decía– se impone, primero, empezar a pensar . Desdichadamente un deseo, que dos siglos después, sigue siendo una de nuestras carencias.
¿Por qué la ética y nuestra deuda con el padre Varela?; pues por su carácter primario, elemental y esencial que la misma tiene en las relaciones humanas; por su papel en los procesos de cambios sociales; porque a partir de ella se pueden deducir y erigir los restantes elementos del proceso evolutivo, porque es portadora del principio absoluto de la igualdad de todos los seres humanos, y porque constituye el fundamento ético de los derechos humanos sobre los cuales se erigen la sociedad civil y la participación ciudadana en los asuntos de interés social. Por todo ello la necesidad de la ética humanista cristiana y emancipadora de Varela.
De la autonomía a la independencia
La crisis de crecimiento experimentada por el desarrollo de la oligarquía criolla a mediados del siglo XVIII, condujo a Arrate 7, su primer ideólogo, a plantear la solución mediante la equiparación de derechos entre criollos y peninsulares. Posteriormente, la agudización de esa crisis, debido al desplazamiento de la factoría por la plantación azucarera, llevó a Arango y Parreño 8 a promover –desde la ética utilitaria– los adelantos necesarios para aumentar la producción y liberar de trabas a la trata negrera con el fin de convertir a Cuba en la primera productora mundial de azúcar y de café; un propósito que implicaba una mayor participación política de los criollos. Con ese fin, Caballero 9 elaboró en 1811 un proyecto conservador de gobierno autonómico para Cuba, mediante el cual proponía la modificación del sistema colonial de acuerdo con los intereses de la clase social plantacionista. Arrate, Arango y Caballero representan intentos en nuestra historia de lograr el progreso y la igualdad desde la desigualdad social, intentos de participación política que, sin impugnar el dominio colonial, excluía a negros, mulatos y también a los blancos que laboraban manualmente.
Es un momento en que las arbitrariedades de las autoridades coloniales conducían las relaciones entre peninsulares y criollos a un punto crítico, Varela, elegido como delegado a las Cortes en 1821, elaboró el segundo Proyecto de Autonomía para la isla de Cuba de carácter liberal y progresista. Su contenido 10 se puede resumir en: 1- establecer en las provincias de ultramar un sistema fijo de gobierno, 2- proveer a sus moradores de todos los recursos sin romper el sistema político establecido, 3- institucionalizar a las diputaciones provinciales como un cuerpo consultivo integrado por un miembro representante de cada partido 11, 4- ampliar las facultades de esas diputaciones como barrera a la arbitrariedad, y 5- robustecer la autoridad de los que mandan en América. El proyecto se cierra planteando que “el remedio de los males se ha de proponer por los pueblos que lo sufren”. U n proyecto reformista que, sin romper abruptamente con el sistema existente, se proponía ampliar los derechos de los nacidos en la Isla sin excluir a los originarios de África.
Dos años fueron suficientes para que Varela quedara convencido de que España no cedería a las demandas de la autonomía. Su pensamiento evolucionó desde la autonomía hasta devenir precursor de la independencia en Cuba. Desde la nueva visión inicia una labor dirigida más a preparar las mentes que a gestar una conspiración, pero como su opción por la independencia implicaba la abolición de la esclavitud y el peligro del empleo de la violencia revolucionaria, Varela concentró sus esfuerzos en enseñar a pensar las necesidades de la isla en términos nacionales. Según Jorge Ibarra 12, se produce por vez primera “en el pensamiento insular la fusión de las aspiraciones nacionales y sociales de las clases y los estratos que constituirían el pueblo/nación de 1868” . Todo ello explica tanto el contenido de los artículos de Varela publicados en El Habanero 13, como sus ideas acerca de la esclavitud.
En el Suplemento al número 3 de El Habanero planteó: “He dicho que la independencia de la isla de Cuba no es un objeto de elección sino de necesidad”. En Tranquilidad de la isla de Cuba repite: “Yo opino que la revolución o mejor dicho; el cambio político de la isla de Cuba es inevitable. Bajo este supuesto, para sacar todas las ventajas posibles y aminorar los males, debe anticiparse y hacerse por los mismos habitantes… no oyendo sino la de la razón y sometiéndose todos a la imperiosa ley de la necesidad”. En Consideraciones sobre el Estado actual de la isla de Cuba , asegura que: “Es preciso no perder de vista que en la isla de Cuba no hay opinión política, no hay otra opinión que la mercantil” y agrega: “es preciso no equivocarse. En la isla de Cuba no hay amor a España, ni a Colombia, ni a México, ni a nadie más que a las cajas de azúcar y a los sacos de café”; mientras su preocupación por el empleo de la violencia está expresada en Conspiraciones en la isla de Cuba : “Quiera Dios que el disgusto general no conduzca a una revolución sangrienta, por ser fruto de la desesperación” 14. En estas citas Varela plantea la necesidad de la independencia y del cambio político, reconoce las dificultades para su realización y rechaza el empleo de la violencia revolucionaria. Por eso es inconsistente la identidad que en nuestra historiográfica se trata de establecer entre Revolución e independencia.
En Memoria sobre la esclavitud y en el Proyecto de Decreto para su abolición, están recogidas, desde la ética cristiana, las tesis esenciales que marcan una ruptura radical con el pensamiento precedente. Los argumentos y proposiciones contenidos en ambos documentos se pueden resumir así 15: Los originarios de África –negros y mulatos– en 1821 constituyen la mayoría de la población en Cuba; los esclavos son empleados en la agricultura y los servicios domésticos, mientras los mulatos se emplean en las artes, razón por la cual por cada artista blanco hay 20 de color; por tanto la agricultura y las artes dependen de los originarios de África y si quisieran arruinarnos bastaría con que suspendieran sus labores.
Aprender a pensar
Comprendida la imposibilidad de la autonomía y las dificultades para alcanzar la independencia de forma inmediata, el Padre Varela, desde El Habanero hasta las Cartas a Elpidio , se concentró en una solución mediata: la formación de conciencia y de virtudes en los futuros sujetos del cambio; hombres capaces de pensar sobre la problemática de la nación en formación, generando así, al decir de su Santidad Juan Pablo II, “una escuela de pensamiento, un estilo de convivencia social y una actitud hacia la patria que deben iluminar, también hoy a los cubanos”.
Se trata, junto al fomento de valores y la forja de virtudes, enseñar a pensar , y ello consiste en que la persona, libre de condicionamientos, encuentre primero la verdad que lleva dentro y desde ella, con libertad de espíritu, actúe en consecuencia para promover los cambios sociales; pues, como expresó el padre Varela de forma enfática “No hay patria sin virtud”. Por ello, decía el Papa en el Aula Magna de la Universidad de La Habana : “Esto lo llevó a creer en la fuerza de lo pequeño, en la eficacia de las semillas de la verdad, en la conveniencia de que los cambios se dieran con la debida gradualidad hacia las grandes y auténticas reformas.”
Su obra y su vida nos siguen invitando a aprender a pensar y a actuar en consecuencia; una carencia que está dañando, quizás de forma irreversible, el débil tronco de nuestra inconclusa nación. Ahora, cuando Cuba está en la encrucijada de cambiar o perecer, cuando se han acumulado un sin número de problemas irresueltos, cuando se impone enfrentar transformaciones estructurales, cuando es extremadamente difícil establecer un orden de soluciones porque todo se agolpa, en este momento crucial, la ética sobresale entre las necesidades más urgentes. Sin ella podrán producirse cambios, pero no los cambios esenciales , que nuestra realidad demanda.
Como uno de los padres de nuestra conciencia nacional y hombre de consenso, Varela sigue siendo figura del presente. Como ser humano trascendente, la sepultura de su cuerpo no significó el fin de sus ideas. El mejor homenaje a un hombre extraordinario de esa índole es retomar sus ideas esenciales, adecuarlas a nuestro momento y actuar por los cambios que Cuba reclama.
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Gerardo Martí
Historiador
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Revista Digital Consenso
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