| 01. | Lissette Bustamante: un compromiso con la verdad por Reinaldo Escobar |
| 02. | Alegato por el debate Dimas Castellanos |
| 03. | Polémica (I): Tener, mantener y desarrollar la confianza en el pueblo Félix Sautié Mederos |
| 04. | Polémica (II): Obedecer al pueblo Reinaldo Escobar |
| 05. | Debates en Cuba: elementos para un diagnóstico Miriam Celaya |
| 06. | La insoportable levedad del peso Ana López |
| 07. | Cuba, perturbaciones en el horizonte Oscar Espinosa Chepe |
| 08. | Razones éticas o razones teológicas
Argelio M. Guerra Aliaga |
| 09. | Textos imborrables: El caso Mella |
| 10. | Figuras y hechos cardinales Tomás Romay Chacón Gerardo Martí |
| 11. | El mito, la primera metáfora de la poesía Luís Eligio Pérez M. Cafria |
| 12. | Humor Carlitos |
| Ilustración de portada Graffiti de Omni-Zona Franca |
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El año 2007 en Cuba ha estado marcado por ciertas peculiaridades que hacen que algunas fuentes consideren como el inicio de los cambios. En este sentido es necesario hacer algunas aclaraciones en torno al significado de esta palabra. Cambios es un término que hasta hace muy poco tiempo constituía uno de los principales reclamos de los opositores y disidentes de la Isla, así como de un número nada despreciable de cubanos del exilio; ergo, cambios era un término subversivo. Sin embargo, la difícil realidad económica y social de la nación, así como el signo cerrado de una dirección política extremadamente centralizada y abstrusa, ha obligado a que en los últimos tiempos haya comenzado a aparecer esta controvertida palabra tanto en los medios oficiales como en los discursos de los dirigentes de los más variados niveles.
Hay que convenir, no obstante, en que tal “concesión” no es casual, sino que responde a imperativos que demanda con fuerza la sociedad cubana actual. La polémica intelectual que tuvo lugar a principios de este año a través de un amplio e intenso intercambio de e-mails, y que, iniciada a partir de un desacertado programa de TV, llegó a cuestionarse seriamente asuntos de la política cultural de la revolución y de sus dirigentes, fue la primera señal de que el mutismo social estaba llegando a su final. Ella tuvo –a mi modo de ver- dos méritos fundamentales: su carácter espontáneo y la demostración tácita de la necesidad del debate público en un país largamente aquejado por la ausencia de espacios de esta naturaleza.
La opinión oficial, ausente de dicha polémica, y cuya intención de sofocar el debate o moderar en él se circunscribió a varias conferencias celebradas a puertas cerradas con un selecto grupo de participantes, cuidadosamente seleccionados entre la intelectualidad cubana, comprendió sin embargo que no era posible detener o ignorar un fenómeno que escapaba de su control y desbordaba ya los estrechos marcos del análisis de los errores cometidos en el pasado por uno u otro representante de la burocracia cultural. Fue así que, poco después, un llamamiento lanzado desde el Departamento de Cultura del Comité Central del Partido Comunista, suscrito por su jefe, Eliades Acosta, convocaba a los intelectuales revolucionarios a debatir en torno al establecimiento de una política cultural supuestamente en consonancia con los momentos actuales, con el objetivo fundamental de salvar a la revolución.
El denominador común a la polémica intelectual y al llamamiento de Eliades Acosta fue la falta de divulgación en los medios oficiales y su carácter digital, lo que limitaba desde sus propios orígenes, la participación masiva por parte de los ciudadanos sin acceso a tales medios. Quizás la respuesta al mencionado llamamiento solo haya sido el debate que se ha suscitado a partir de la publicación en un sitio web de un documento de la periodista Soledad Cruz (“El revolucionario riesgo de la verdad”) en el que la autora se declara sirviente de la patria, siguiendo la máxima martiana de “decir la verdad”. No obstante, su texto expone verdades insuficientes, condicionadas y tímidas, como de quien pide permiso y perdón a una misma vez, pero no por ello deja de anunciar ciertos síntomas de cambios: si bien se legitima solo el derecho a la participación por los revolucionarios, al menos se ponen en tela de juicio problemas raigales del sistema y salen del armario ciertos trapos que poco tiempo atrás no se ventilaban en la palestra pública so pretexto de no ofrecer municiones a los enemigos de la revolución.
Finalmente, ha surgido por estos días otro llamamiento al debate. Esta vez se convoca desde el supremo tabernáculo donde se han generado todas las directrices a lo largo de casi 49 años. En esta ocasión, por supuesto, el llamado sí ha tenido un carácter público y ha sido reflejado en la prensa. El presidente en funciones, a través del Comité Central del Partido Comunista, llamó a todos los cubanos a discutir el contenido de su discurso del pasado 26 de julio. Habida cuenta del carácter cerrado y de la conocida y permanente censura que ha mantenido amordazada la opinión pública en Cuba, podría considerarse este hecho como un paso positivo si no estuviera a su vez limitado por cuestiones que no deben ser pasadas por alto:
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