Revista Digital Consenso
Número 9 de 2007


Obedecer al pueblo
Reinaldo Escobar

Insertándose en el debate que está teniendo lugar en nuestra nación, el colega Félix Sautié introduce un elemento que es importante analizar: las relaciones entre gobernados y gobernantes. Coincido plenamente con el autor cuando señala que estamos en un momento de esperanzas y que se debe tratar de contrarrestar las manifestaciones de escepticismo paralizante, pero discrepo en el punto de partida desde donde se enfoca el tema central.

Sautié sostiene que debe haber una recíproca confianza entre la masa y su vanguardia; para sustentar esta idea cita  un texto escrito en 1965 por Ernesto Guevara dirigido a los lectores uruguayos del semanario Marcha, titulado “El socialismo y el hombre en Cuba”.

En los días que Guevara redactaba su texto ni siquiera había sido presentado el primer Comité Central del Partido y faltaban 12 años para que se inaugurara en el país un parlamento bajo el nombre de Asamblea Nacional del Poder Popular. Cuando él se refería a “la vanguardia” todavía esa palabra tenía reminiscencias militares de la guerra de guerrillas y “la masa” era vista como un conglomerado de individualidades al que había que dirigir, educar y movilizar.

No pretendo aquí polemizar con aquel texto, donde también se proponía “la creación del hombre del siglo XXI”, sino con éste, que lo cita ahora, cuando ya están naciendo personas que probablemente lleguen al siglo XXII. Es muy lamentable que en aquel momento no haya existido la oportunidad de un debate amplio sobre estos temas, tal vez de haberse producido, nos hubiéramos ahorrado algunos errores y hoy estaríamos discutiendo de otras cuestiones.

La imagen de una vanguardia dirigente que tutela a una masa, siempre evoca la idea de un pastor con su rebaño, por mucho que el pastor tenga en cuenta que cada oveja es un individuo diferente. Este tipo de relación implica que los gobernados confíen en sus gobernantes y en correspondencia estos dispensen generosamente su confianza en los de abajo, “la gente de a pie” que “incluso puede criticar lo mal hecho”

La única relación sana que pueden tener los gobernantes con sus gobernados es la de ser servidores del pueblo a quienes deben total obediencia, en tanto que los gobernados están en la obligación de desconfiar permanentemente de sus gobernantes, fiscalizar su gestión y exigirles que rindan cuenta a cada paso. Ese debe ser el papel de la sociedad civil y de las instituciones oficiales, amparándose en las leyes y en reglamentos precisos y transparentes.

No se puede confundir la disciplina militante con los derechos ciudadanos, o para decirlo bajo la influencia de un conocido texto de José Martí: no se gobierna una nación como se dirige un partido político.

Sin entrar en consideraciones extendidamente etimológicas, el problema de la palabra confianza es que es sinónimo de fe. Y la fe, bien entendida, avanza con los ojos cerrados y remite a una situación donde unos individuos iluminados por una doctrina que manejan con soltura, indican el camino correcto a la masa que se deja guiar. El único tipo de confianza que pudiera tener la vanguardia en la masa, derivada de estas circunstancias, es la confianza en que el pueblo ha aprendido bien lo que la dirigencia le ha enseñado, a tal grado, de que pueda ser capaz de saber cuándo los que la guían se apartan del camino.

En este esquema es donde Ernesto Guevara se permite decir en el mismo texto citado por Sautié y partiendo de los mismos presupuestos lo siguiente:

El grupo de vanguardia es ideológicamente más avanzado que la masa; ésta conoce los valores nuevos, pero insuficientemente. Mientras en los primeros se produce un cambio cualitativo que les permite ir al sacrificio en su función de avanzada, los segundos sólo ven a medias y deben ser sometidos a estímulos y presiones de cierta intensidad; es la dictadura del proletariado ejerciéndose no sólo sobre la clase derrotada, sino también individualmente, sobre la clase vencedora.

Una discusión sobre los problemas de un país, entre gobernados y gobernantes bajo semejantes postulados, tendría que reducirse exclusivamente a los detalles fenomenológicos, jamás se elevaría a lo esencial; se limitaría a las pinceladas periféricas, no al diseño. Es sólo en ese entorno que podría decirse que los dirigentes deberían tener confianza en que el pueblo no pretende sacarlos del poder, que el pueblo no se propone revertir el sistema.

¡Ah!, pero si las reglas del juego fueran las de un gobierno elegido por el pueblo al que tiene que rendirle cuentas por no haber sabido o no haber podido administrar exitosamente el país, podríamos imaginarnos que dicho gobierno podría ponerse nervioso sobre todo si existiera la posibilidad de que “las masas” tuvieran el derecho de revocar a sus mandatarios y si detentaran una real autodeterminación sobre sus destinos.

Llevando ese razonamiento al extremo podría llegar a pensarse que, en una nación donde el pueblo disfrute de estos derechos, si los gobernantes fueran sometidos a un cuestionamiento integral, a consecuencia de una acumulación excesiva de insatisfacciones, no deberían tener ningún tipo de confianza en que el pueblo tenga deseos de mantenerlos en sus puestos.

El ideal de un sistema cuyos timones de mando sean operados por el pueblo, con el pueblo y para el pueblo, no debe tener como premisa esencial que los dirigentes tengan confianza en la masa, sino que los funcionarios públicos tengan la obligatoriedad de reconocer que es en el pueblo donde radica la absoluta soberanía.



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* Este texto, es una réplica al artículo Tener, mantener y desarrollar la confianza en el pueblo de Félix Sautié

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Reinaldo Escobar Casas
Camagüey, 1947
Periodista y miembro del Consejo de redacción de la Revista Digital Consenso


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