| 01. | Lissette Bustamante: un compromiso con la verdad por Reinaldo Escobar |
| 02. | Alegato por el debate Dimas Castellanos |
| 03. | Polémica (I): Tener, mantener y desarrollar la confianza en el pueblo Félix Sautié Mederos |
| 04. | Polémica (II): Obedecer al pueblo Reinaldo Escobar |
| 05. | Debates en Cuba: elementos para un diagnóstico Miriam Celaya |
| 06. | La insoportable levedad del peso Ana López |
| 07. | Cuba, perturbaciones en el horizonte Oscar Espinosa Chepe |
| 08. | Razones éticas o razones teológicas
Argelio M. Guerra Aliaga |
| 09. | Textos imborrables: El caso Mella |
| 10. | Figuras y hechos cardinales Tomás Romay Chacón Gerardo Martí |
| 11. | El mito, la primera metáfora de la poesía Luís Eligio Pérez M. Cafria |
| 12. | Humor Carlitos |
| Ilustración de portada Graffiti de Omni-Zona Franca |
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El debate
La marcha de la historia, sobre todo desde la modernidad –modo de organización de la vida social, política y económica que surgido en Europa se extendió al resto del universo e irrumpió en Cuba en los albores del siglo XX con la República– es imposible sin el insustituible valor de la socialización de las ideas que, mediante la sociedad civil se transforman en acciones de grandes colectividades previas a la acción. Por ello la producción de ideas, en su permanente intercambio como psicología social o como conciencia teórica, desempeña un papel activo en el funcionamiento y desarrollo de las personas y de la sociedad. Al reflejar la relación de los hombres con su medio, las ideas expresan sus intereses vitales. De ahí la importancia de su socialización mediante el debate.
Ausencia del debate
En Cuba, el triunfo revolucionario de 1959 por medio de la lucha armada desplazó a los que detentaban el poder, y éstos respondieron con la violencia de signo contrario: la contrarrevolución. Dos formas de empleo de la violencia –siempre negativa– para tomar o rescatar el poder político. Pero, con independencia del método para acceder al poder, una vez en el trono, éste tiene que ser asumido como legítimo por el resto de la sociedad, lo que implica su participación en la conformación del consenso, donde el debate de ideas es insustituible. De ahí lo peligroso e inadmisible de desterrar el debate público.
Las diferencias con los Estados Unidos desde el mismo triunfo de la revolución, agravadas por las confiscación de sus propiedades en Cuba, condicionó la participación de ese país en el conflicto interno, brindando así el más útil argumento con que ha contado el gobierno cubano para la suspensión del debate público y el desmontaje de una sociedad civil que en la primera mitad del siglo XX había dado muestras de pujanza. En La historia me absolverá Fidel Castro describió aquella sociedad civil, barrida durante el proceso revolucionario, cuando expresó:
“Os voy a referir una historia. Había una vez una república. Tenía su constitución, sus leyes, sus libertades; Presidente, Congreso, tribunales; todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo… Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos…”.2
En su libro la Agresividad humana, Anthony Storr afirma que en tiempos de guerra la amenaza de un enemigo exterior produce un regreso a las estructuras de dominación. Es, según él, un momento donde las barreras que dividen a los hombres en tiempos de paz tienden a desaparecer y apenas hay ocasión para una oposición formal, pues el grueso de la población civil se somete voluntariamente a regulaciones autoritarias inadmisibles en condiciones de paz. Desde esa óptica, la existencia de un enemigo de tal magnitud ha coadyuvado a la desaparición de los instrumentos y espacios cívicos, a conservar el poder, a solapar las deficiencias del sistema y a desmovilizar la acción ciudadana independiente.
Reaparición del “debate”
Tan vital es el debate público de ideas, que tres décadas después de su desaparición, ante la insoluble crisis, el Partido Comunista, convocó a su IV Congreso con un llamado al “debate controlado”, con el fin de utilizar los criterios y canalizar el descontento popular. Sin embargo, la magnitud de la insatisfacción acumulada, al destaparse repentinamente la caja de Pandora, hizo que los convocadores, atrapados en la contradicción entre la necesidad de salir de la crisis y la voluntad de conservar el poder, tomaran la decisión de clausurar el frustrado intento después que más de tres millones de ciudadanos se habían expresado. Años más tarde, con el balserito Elián González, el debate reapareció en su peor forma, precisamente en la que niega su esencia: en forma de batalla. Después que cientos o miles de niños escapados de Cuba con sus padres habían llegado vivos o muertos a La Florida, el “debate” desde el control del gobierno, fue convertido en un sistema movilizativo-desmovilizador que ocupó todos los espacios informativos para mantener a la población en un estado de guerra permanente.
El concepto de batalla, de naturaleza militar, designa el empleo de la violencia entre dos ejércitos, donde el fin de cada uno es destruir al enemigo. Pero en el campo de las ideas no se trata de destruir, sino de construir consensos, buscar verdades y encontrar respuestas; un proceso donde incluso las ideas erróneas tienen su función. El término que designa ese tipo de actividad social es el debate de ideas; concepto que parte de la libertad de expresión, de la igualdad de oportunidades, de escenarios accesibles a todos, del respeto al diferente y de la aceptación del ciudadano como sujeto de los cambios sociales.
Aunque millones de cubanos “participaron” en esa gigantesca campaña con el rótulo de batalla de ideas, los resultados constituyeron una frustración, pues la misma adoleció de significados concretos para la vida de los ciudadanos. Si por la condición de cubano no se puede vivir del salario, entrar a los hoteles del país, participar en el proceso inversionista, viajar al exterior sin que tenga que ser invitado ni que "otro" le otorgue un permiso, comprar o rentar un apartamento o un automóvil, asociarse libremente, conectarse a Internet; entonces la batalla de ideas nada tiene que ver con las reales condiciones materiales o espirituales de vida de los cubanos. El intento de realizar un proyecto social –parafraseando al cantautor Pedro Luís Ferrer– con una sola verdad y un único pensamiento, condujo a un rotundo fracaso que ha obligado a dirigir la atención hacia las causas internas de la crisis. El propio jefe del Estado cubano en noviembre del 2005 afirmó en la Universidad de La Habana que la revolución podría ser destruida por los propios revolucionarios si no ponían orden en casa. (continúa...) >>
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