
Introducción
El debate público de ideas, institución cívica desaparecida del escenario cubano, ha resurgido en medio de una crisis estructural. Resultado de su prolongada ausencia, Cuba se encuentra en estado de estancamiento, mientras su reciente reaparición constituye una tenue esperanza y una irrefutable prueba del efecto negativo que ha tenido el intento de eliminar el debate de ideas de nuestro entorno.
El creciente volumen de ideas, que desde su surgimiento los seres humanos fueron adquiriendo de sí mismos y del medio natural, se desarrolló en contradicción con su forma de almacenamiento y diseminación. Efecto de las contradicciones entre el dinamismo del contenido y el conservadurismo de la forma, la socialización de las ideas transitó desde diversas manifestaciones prelingüísticas hasta el lenguaje articulado y la invención de la escritura, los cuales repercutieron en avances que van desde la invención de la rueda hasta el surgimiento de los rudimentos de las ciencias hasta que, junto a la imprenta y al libro impreso confluyeron en el nacimiento de la ciencia moderna. Posteriormente, la irrupción de la Revolución Científico-Técnica, unida al telégrafo, el teléfono, la prensa escrita, el cine, la radio y la televisión, le dieron un carácter democrático y masivo al empleo de las ideas, devenidas información, al convertirlas en necesidad insoslayable para la actividad de millones de seres humanos.
Resultado del proceso de convergencia entre el desarrollo tecnológico y científico de un lado y la democratización de las comunicaciones de otro, emergió en los países más desarrollados la sociedad de la información, una etapa del desarrollo social caracterizada por la conversión de la información en materia prima obligada de toda actividad humana.
El cambio
El movimiento, propiedad de todo organismo, vivo es indetenible. Milenios de desarrollo humano demuestran que todos los modelos y sistemas establecidos en los más disímiles lugares del planeta han cambiado. La intervención de los seres humanos, por muy geniales que hayan sido, aceleró o retrasó los cambios, los inclinó en una u otra dirección, pero nunca pudo detenerlos. Ello demuestra que el movimiento de la historia es absoluto y su comprensión es una útil herramienta para los que, en cualquier parte y época, luchan por las transformaciones sociales. Al respecto, Dagoberto Valdés en un editorial de la revista Vitral expresaba: “Intentar detener la historia y momificar la sociedad es, además de una ingenuidad, un peligroso juego con la vida personal y social”1
En Cuba, la necesidad de cambios es urgente. Las décadas de parálisis social han acumulado una montaña de problemas que reclaman solución. Entre los cubanos, aunque han enmascarado sus intereses, creencias y opiniones para sobrevivir, las manifestaciones de insatisfacción han estado presentes: El éxodo de cubanos hacia el exilio, que ha convertido a Cuba de país de inmigrantes a país de emigrantes, ha sido una constante desde la segunda mitad del siglo XX hasta hoy. La Operación Peter Pan y Camarioca, en la década de los 60; Mariel, en los 80 y la Base Naval de Guantánamo, en los 90, son sólo cuatro momentos picos de un prolongado proceso que tiene sus causas esenciales en factores internos. La corrupción generalizada, cuya fuente principal es la falta de correspondencia entre salario y jubilaciones de un lado y el costo de la vida del otro; así como las manifestaciones de violencia callejera, escenificadas en el verano del 2005, son ejemplos que demuestran lo apremiante de los cambios.
A diferencia de la naturaleza, donde los cambios pueden ocurrir o no espontáneamente, en la sociedad se realizan mediados por el intercambio de ideas, donde el asociacionismo se levanta como una condición para ese propósito. La sociedad civil, ese espacio de interrelación y convivencia de la diversidad de intereses, que por su autonomía e independencia respecto al Estado constituye uno de los instrumentos más valiosos de la modernidad para la participación ciudadana, al ser desactivada con el argumento de la “amenaza exterior” devino factor de inmovilismo y estancamiento social
Cambiar es transitar, es desplazarse de un lugar a otro, de un estado de cosas a otro. En ese sentido la afirmación en nuestro contexto de cambiar todo lo que deba ser cambiado, no puede entenderse de otra forma que no sea salir del estado de inmovilismo gubernamental y de estancamiento social en que nos encontramos. Y eso, queramos o no, es transición; un proceso inseparable de la dignidad humana, de la ética y de la libertad, en el cual todos los cubanos, intelectuales o no, revolucionarios o no; tienen que tener la oportunidad de pensar, expresar y difundir libremente sus ideas, es decir, de participar como sujetos activos.
El debate
La marcha de la historia, sobre todo desde la modernidad –modo de organización de la vida social, política y económica que surgido en Europa se extendió al resto del universo e irrumpió en Cuba en los albores del siglo XX con la República– es imposible sin el insustituible valor de la socialización de las ideas que, mediante la sociedad civil se transforman en acciones de grandes colectividades previas a la acción. Por ello la producción de ideas, en su permanente intercambio como psicología social o como conciencia teórica, desempeña un papel activo en el funcionamiento y desarrollo de las personas y de la sociedad. Al reflejar la relación de los hombres con su medio, las ideas expresan sus intereses vitales. De ahí la importancia de su socialización mediante el debate.
Ausencia del debate
En Cuba, el triunfo revolucionario de 1959 por medio de la lucha armada desplazó a los que detentaban el poder, y éstos respondieron con la violencia de signo contrario: la contrarrevolución. Dos formas de empleo de la violencia –siempre negativa– para tomar o rescatar el poder político. Pero, con independencia del método para acceder al poder, una vez en el trono, éste tiene que ser asumido como legítimo por el resto de la sociedad, lo que implica su participación en la conformación del consenso, donde el debate de ideas es insustituible. De ahí lo peligroso e inadmisible de desterrar el debate público.
Las diferencias con los Estados Unidos desde el mismo triunfo de la revolución, agravadas por las confiscación de sus propiedades en Cuba, condicionó la participación de ese país en el conflicto interno, brindando así el más útil argumento con que ha contado el gobierno cubano para la suspensión del debate público y el desmontaje de una sociedad civil que en la primera mitad del siglo XX había dado muestras de pujanza. En La historia me absolverá Fidel Castro describió aquella sociedad civil, barrida durante el proceso revolucionario, cuando expresó:
“Os voy a referir una historia. Había una vez una república. Tenía su constitución, sus leyes, sus libertades; Presidente, Congreso, tribunales; todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo… Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos…”.2
En su libro la Agresividad humana, Anthony Storr afirma que en tiempos de guerra la amenaza de un enemigo exterior produce un regreso a las estructuras de dominación. Es, según él, un momento donde las barreras que dividen a los hombres en tiempos de paz tienden a desaparecer y apenas hay ocasión para una oposición formal, pues el grueso de la población civil se somete voluntariamente a regulaciones autoritarias inadmisibles en condiciones de paz. Desde esa óptica, la existencia de un enemigo de tal magnitud ha coadyuvado a la desaparición de los instrumentos y espacios cívicos, a conservar el poder, a solapar las deficiencias del sistema y a desmovilizar la acción ciudadana independiente.
Reaparición del “debate”
Tan vital es el debate público de ideas, que tres décadas después de su desaparición, ante la insoluble crisis, el Partido Comunista, convocó a su IV Congreso con un llamado al “debate controlado”, con el fin de utilizar los criterios y canalizar el descontento popular. Sin embargo, la magnitud de la insatisfacción acumulada, al destaparse repentinamente la caja de Pandora, hizo que los convocadores, atrapados en la contradicción entre la necesidad de salir de la crisis y la voluntad de conservar el poder, tomaran la decisión de clausurar el frustrado intento después que más de tres millones de ciudadanos se habían expresado. Años más tarde, con el balserito Elián González, el debate reapareció en su peor forma, precisamente en la que niega su esencia: en forma de batalla. Después que cientos o miles de niños escapados de Cuba con sus padres habían llegado vivos o muertos a La Florida, el “debate” desde el control del gobierno, fue convertido en un sistema movilizativo-desmovilizador que ocupó todos los espacios informativos para mantener a la población en un estado de guerra permanente.
El concepto de batalla, de naturaleza militar, designa el empleo de la violencia entre dos ejércitos, donde el fin de cada uno es destruir al enemigo. Pero en el campo de las ideas no se trata de destruir, sino de construir consensos, buscar verdades y encontrar respuestas; un proceso donde incluso las ideas erróneas tienen su función. El término que designa ese tipo de actividad social es el debate de ideas; concepto que parte de la libertad de expresión, de la igualdad de oportunidades, de escenarios accesibles a todos, del respeto al diferente y de la aceptación del ciudadano como sujeto de los cambios sociales.
Aunque millones de cubanos “participaron” en esa gigantesca campaña con el rótulo de batalla de ideas, los resultados constituyeron una frustración, pues la misma adoleció de significados concretos para la vida de los ciudadanos. Si por la condición de cubano no se puede vivir del salario, entrar a los hoteles del país, participar en el proceso inversionista, viajar al exterior sin que tenga que ser invitado ni que "otro" le otorgue un permiso, comprar o rentar un apartamento o un automóvil, asociarse libremente, conectarse a Internet; entonces la batalla de ideas nada tiene que ver con las reales condiciones materiales o espirituales de vida de los cubanos. El intento de realizar un proyecto social –parafraseando al cantautor Pedro Luís Ferrer– con una sola verdad y un único pensamiento, condujo a un rotundo fracaso que ha obligado a dirigir la atención hacia las causas internas de la crisis. El propio jefe del Estado cubano en noviembre del 2005 afirmó en la Universidad de La Habana que la revolución podría ser destruida por los propios revolucionarios si no ponían orden en casa.
A principios del 2007, las apariciones televisivas de tres funcionarios vinculados a la política cultural vigente en Cuba desde 1971, generó, por vez primera sin la iniciativa partidista o gubernamental, un acalorado debate entre una parte significativa de la intelectualidad cubana, a través de los e-mails: un medio alternativo antes inexistente. El debate entre intelectuales, iniciado con acusaciones y contra acusaciones, se fue elevando hasta apuntar a la responsabilidad de los máximos dirigentes de la funesta política: dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada. El principal resultado de esa polémica, desde mi punto de vista, radica en haber puesto a la orden del día la necesidad de un cambio esencial que implique a toda la sociedad cubana.
Más recientemente, algunas figuras conocidas de la izquierda cubana han hecho público un conjunto de críticas que están conformando un nuevo episodio de debates, el cual, paralelo al nuevo llamamiento del Partido Comunista a discutir libremente el discurso del General Raúl Castro del pasado 26 de julio, constituyen inequívocas manifestaciones de que el debate es inevitable, que está resurgiendo como elemento decisivo del desarrollo, al punto que su emergencia en el escenario cubano será imposible de detener por más tiempo.
Condiciones mínimas para el debate
Un proceso de esa índole requiere de espacios permitidos y adecuados para participar y debatir, para desplegar los argumentos y contrargumentos de las partes actuantes; único modo civilizado y donde las únicas armas aceptables son las de la razón y el convencimiento. Como ese escenario plural está ausente en nuestra realidad, se impone su implementación gradual bajo el principio que lo primero es el ser humano. En el mismo no pueden faltar la libertad de expresión como condición de la cultura y manifestación de la dignidad humana; la libertad de prensa, garantía del resto de las libertades; la libertad de información, una exigencia para que el debate se realice a plenitud; y la libertad de asociación, requisito para una verdadera participación cívica paralela al Estado.
Se impone además, la necesidad de ir conformando una cultura donde no tenga cabida el énfasis fanático y el tono agresivo con que acostumbramos a declarar la posesión de la verdad, las descalificaciones, las adjetivaciones personales, las amenazas veladas. Una cultura para proteger la libertad de otros como la propia, porque la violación de libertad de otro ser humano es un delito contra la humanidad y un atentado al desarrollo social, así como para extender el debate a todas los asuntos e ideas donde las mismas se validen sólo a partir de argumentos y contrargumentos.
Propiciar el debate, protegerlo y generalizarlo es un camino hacia las posibles soluciones de la actual crisis. Es la antesala del diálogo, de la negociación y de la reconciliación. Es una forma de hacer cultura y fomentar la libertad. Es además de una necesidad insoslayable, una opción, que depende en mucho de la voluntad política de los que están asumiendo el poder en Cuba y una oportunidad para participar como protagonistas de los cambios, que de todas formas se producirán. Por todo y para todo lo anterior este alegato por el debate.