Consenso
Numero 8 de 2007 Numero 10 de 2007
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. Lissette Bustamante:
un compromiso con la verdad

por Reinaldo Escobar
02. Alegato por el debate
Dimas Castellanos
03. Polémica (I):
Tener, mantener y desarrollar la confianza en el pueblo

Félix Sautié Mederos
04. Polémica (II):
Obedecer al pueblo

Reinaldo Escobar
05. Debates en Cuba: elementos para un diagnóstico
Miriam Celaya
06. La insoportable levedad del peso
Ana López
07. Cuba, perturbaciones en el horizonte
Oscar Espinosa Chepe
08. Razones éticas o razones teológicas
Argelio M. Guerra Aliaga
09. Textos imborrables:
El caso Mella
10. Figuras y hechos cardinales
Tomás Romay Chacón

Gerardo Martí
11. El mito, la primera metáfora de la poesía
Luís Eligio Pérez M. Cafria
12. Humor
Carlitos
Ilustración de portada
Graffiti de Omni-Zona Franca
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Número 9 de 2007
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Revista Digital Consenso
Número 9 de 2007
Lissette Bustamante:
un compromiso con la verdad (3)


Reinaldo Escobar


Carlos Aldana, por aquel entonces secretario ideológico del PCC, me definió ante el mismísimo Fidel y Raúl como una “terrorista ingenua”. En ese momento, no entendía muy bien, o más bien mi razón no quería o no podía comprender todo lo que resumía en dos palabras. La contradicción entre lo que creía que debía hacerse y lo que tenía que hacer era cada vez más angustiosa y asfixiante. En muchas ocasiones ya no necesitaba correr tras Fidel para entrevistarlo. Sabía que tenía que cumplir con el personaje que me había asignado en su régimen: propagandista de sus actos y discursos maratónicos. Constantemente ha mostrado su desmedido afán de poder, y una necesidad compulsiva de legitimidad. Debo destacar que se ha caracterizado por tener una capacidad excepcional para crear y utilizar las imágenes como soporte de su acción política.

Pienso que la supervivencia llevó a muchos cubanos a ser mitad agente secreto, combatiente internacionalista, militante o doble agente, heroicos, poco discretos y fanfarrones-demagógicos. A veces pensé sentir que la locura se instalaba al no saber si me hablaba el verdadero amigo, compañero, militar, o era el otro, el oportunista, el busca espacio, el busca viajes y hasta el busca ideas de otros para lucirse ante sus superiores…  Uffff… ¡¡¡Cuánto apesta!!! Y todo entre la miseria y la grandeza de Fidel Castro. Sé perfectamente que contribuí a su imagen en sus horizontes de poder y yo no fui más que una figurante necesaria en un momento y luego, cuando ya molestaba, desechable, excluible, exiliada...

Al poco tiempo de estar cada vez más cerca de las instancias del poder fidelista, mi desencanto era mayor… ¡Qué difícil mostrarle al mundo que el sufrimiento existe en Cuba desde hace años!

Hoy me aferro a conservar el optimismo con dosis de inocencia, ¿por qué no? Se perdió el sueño y comencé a vivir en la incertidumbre, el miedo y la desconfianza que se vive tanto dentro como fuera de la isla.

Tengo que reconocer que pocas veces me dijeron los temas que debía preguntar. Probablemente el instinto de supervivencia y los límites que impone la personalidad de Fidel me indicaban hasta dónde preguntar, hasta dónde investigar, hasta dónde profundizar en mis reportajes y comentarios.

En tu carrera como periodista tuviste ocasión de tener contacto directo con las más altas figuras del gobierno cubano, ¿qué experiencias puedes contar?

Los recuerdos… son muy variados. Ante todo, debo reconocer que nunca tuve un encontronazo con Fidel Castro ni con Raúl. Sí con otros integrantes del Buró Político, del Comité Central, de la Seguridad del Estado, algunos ministros y esos dirigentes de poca monta que pretendían controlar hasta las miradas.

Descubrir las diferencias entre los hermanos Castro despertó una curiosidad muy grande por la figura de Raúl, el menor de los Castro. Tuve la oportunidad de compartir con el segundo varias conversaciones que me llevaron a concluir que vivía dos Cubas, la de Fidel y la de Raúl.

Para el viejo convaleciente era una máquina, para Raúl un ser humano.

Ya en lo que llamaron la televisión del Comité Central el desencanto se vistió de gala para aferrarse a la rebeldía y al deseo de buscar, indagar, descubrir más allá del horizonte que se mantenía intacto. Rearmar discursos maratónicos de Fidel, corregir sus incongruencias en las largas intervenciones en la Asamblea del Poder Popular y un fuerte impacto fue ser testigo de cómo intervenciones muy críticas de Raúl eran censuradas directamente por la dirección del partido.

En esa televisión, casi paralela, pude participar en equipos de trabajo que se conformaron con investigadores de lo que en ese entonces era el Departamento de Opinión del Pueblo. Ahí sí que los archivos de varios secretarios provinciales del PCC se abrían para el trabajo que realizábamos para presentar a la alta dirección del PCC.

¿Qué te hizo tomar la decisión de romper con todo?

Los fusilamientos de 1989 fueron claves para percatarme de hasta dónde podía llegar Fidel en su afán por proteger su poder y su figura. Y el precio que se ha pagado por ese error es alto. Había logrado una cierta intimidad con la calle, la amaba, la descubría y Fidel ni caso hacía a las cartas que me enviaba la población y que llegué a entregarle en mano por si era verdad aquello de que no se enteraba. Ya no sólo veía, había aprendido a observar y más que a observar a sentir. Ese sentimiento que te hace descubrir lo que late en tu interior. Y en mí ya era insatisfacción y casi un estado de locura por querer cambiar y no poder. También tenía miedo. Sentía que la calle me interrogaba.

Recordando los versos de Machado, no son cosas y personas porque las vemos, sino cosas y personas que nos ven. Sentía el reclamo de la crisis, de la gente que está en la calle... En 1991 decía que Fidel Castro tenía que irse de Cuba, no imaginaba el exilio. Sin embargo, las presiones de la Seguridad del Estado me llevaron casi al alcoholismo y al deseo de hacer algo definitivo como por ejemplo asaltar el diplomercado de 70 en Miramar, el mejor abastecido en ese tiempo… Hoy me tengo que reír porque las personas a las que en voz muy baja les comentaba mis intenciones decían que ya estaba loca. También hubiera querido volar la diplogasolinera de Miramar. Todo me daba igual, la inercia me mataba. Y los soldaditos de plomo me visitaban cada día en mi casa. (continúa...) >>


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