
Los cambios económicos, políticos y culturales ocurridos a partir de la ocupación de La Habana por Inglaterra en 1762, condicionaron en Cuba el surgimiento de una nueva clase social, la de los hacendados azucareros; de la cual brotaron las ideas e instituciones que marcaron el fin de la factoría y conectaron a Cuba con las corrientes de la época. Entre las figuras destacadas en ese proceso, aunque no pertenecía a esa clase social por su origen y posición, se encuentra Tomás Romay Chacón.
Romay nació en La Habana el 21 de diciembre de 1764 y murió a los 85 años de edad, enfermo de cáncer en su ciudad natal el 30 de marzo de 1849. Hijo de Don Lorenzo Romay y de Doña María de los Ángeles Valdés Chacón, una mujer de origen humilde, adoptada por la Condesa de Casa Bayona –Doña María Teresa Chacón–, de quien recibió el apellido que llevaría su ilustre hijo. Según López Sánchez1 Romay era de estatura regular, actitud majestuosa, formas delicadas, dulce sonrisa, mirada penetrante, voz suave y firme que gozaba del don de la persuasión. Hombre de carácter, enérgico en sus palabras y escritos, desprendido de los intereses materiales, de una sensibilidad exquisita; católico convencido y amigo consecuente.
Durante su fecunda vida Romay participó en la fundación del Papel Periódico de La Habana y de la Sociedad Económica Amigos del País, fue el único profesor de la Real y Pontificia Universidad que llegó a ocupar el decanato de dos facultades: Filosofía y Medicina2 , realizó contribuciones a la apicultura y al incipiente movimiento literario de su época, abogó por la instrucción primaria gratuita y por la implantación de nuevos métodos de enseñanza y combatió fuertemente la costumbre de enterrar los cadáveres dentro de las iglesias. Se destacó como ciudadano y médico, escritor y poeta, orador e historiador, catedrático e higienista, político, economista y amante de las ciencias jurídicas. A pesar de tan enciclopédica labor fue en la medicina, a la que consideraba la ciencia más útil a la humanidad, donde realizó sus principales aportes.
En el Convento de Predicadores, donde inició sus estudios, recibió el grado de Bachiller en Artes en 1783 y dos años después obtuvo la Cátedra de Texto Aristotélico, por lo cual se le confirió la licenciatura y el magisterio de Artes. El tío materno, Fray Pedro, quien tuvo a su cargo la educación de Romay, lo destinó hacia la medicina, la primera carrera profesional que se estudió en la colonia y de la cual fue en 1789 el graduado número 33. Después de cumplir los años de práctica exigidos, ante el Real Tribunal del Protomedicato, fue admitido al ejercicio profesional. Ese mismo año obtuvo la cátedra de Patología y el grado de Licenciado, y posteriormente en 1792 el de Doctor en Medicina, con una tesis sobre el contagio de la tisis.
En un artículo publicado en el Papel Periódico en 1793, Romay declaró que “su contribución al progreso de la patria la hará como médico”. Con ese fin recorrió los dos últimos siglos de la historia de la Medicina: la experimentación, los estudios anatómicos y la observación clínica. En las aulas conoció a Galeno 3 y Avicena4 y de forma autodidacta, sin salir nunca de la Isla, tuvo que alcanzar una ilustración superior hasta ponerse a la altura de su tiempo, para lo cual tuvo que dominar el inglés y el francés. Su primera labor profesional destacada ocurrió el 5 de abril de 1794, cuando presentó ante la Junta Ordinaria de la Sociedad Patriótica de Amigos del País –que a su vez fue la primera reunión científica de médicos cubanos– su Disertación sobre la fiebre maligna llamada vulgarmente Vómito Negro, enfermedad epidémica en las Indias Occidentales –ensayo que, junto a la Philosophia Electiva del Padre José Agustín Caballero, inauguraron el período científico natural del pensamiento cubano.
Con su monografía, resultado del estudio y descripción de la enfermedad, quedó inaugurada la bibliografía médica y gracias a ella Cuba se incorporó a las corrientes científicas de la época. Una bibliografía que inauguró el período científico de la medicina cubana. Por ese resultado Romay fue designado Miembro Correspondiente de la Real Academia de Medicina de Madrid. Sin restarle mérito a lo anterior, su principal aporte fue la introducción en Cuba de la vacuna contra la viruela. Aunque desde 1798 Edward Jenner5 había anunciado el descubrimiento de la inoculación preventiva contra ese mal, consistente en que el pus de los granos que les salen a las ubres de las vacas afectadas de la enfermedad llamada “vacuna”, inoculado a las personas, las preservaba de contraer las viruelas6 . Sin embargo, aunque los médicos cubanos no conocieron el descubrimiento de Jenner hasta 5 años después, Romay, desde 1795 aplicaba la inoculación y había publicado en el Papel Periódico un artículo al respecto.
Una vez tomada la decisión por las autoridades coloniales de introducir la inoculación por medio del virus de las vacas, Romay recorrió en su búsqueda todo el territorio de la Isla, incluso la Junta Económica del Real Consulado instituyó e hizo público en 1803 dos premios para quien descubriera el fluido, pero sin resultados. Finalmente, de forma accidental, a través de Doña María Bustamante, procedente de Puerto Rico, quien había hecho vacunar a un hijo de 10 años y a dos criadas de 6 y 8 años con el virus vacuno antes de viajar a La Habana y los cuales tenían la viruela en perfecta supuración, el 12 de febrero de 1804 Romay tomó el pus de los niños vacunados e inoculó a sus hijos y a otros de todas las edades, sexos y condiciones hasta alcanzar la cifra de 42 personas.
Ante la campaña difamatoria de los enemigos de la inoculación, Romay acudió a una prueba incontestable; solicitó al Gobernador de la Isla, Marqués de Someruelos, que el Real Tribunal del Protomedicato y algunos otros facultativos presenciaran la vacunación; prueba que se llevó a efecto en dos de sus hijos y en otros niños. 24 días después el Tribunal informó del feliz resultado de dicha operación, cuyo extracto se publicó por Orden del Gobernador en el Papel Periódico de La Habana número 34. Desde ese momento y durante más de tres décadas Romay se consagró a la vacunación antivariólica. Gracias a la firmeza de su carácter, así como a su condición de polemista, el enfrentamiento a los enemigos de la vacunación culminó exitosamente.
Cuando el Dr. Francisco Xavier y Balmis, Cirujano Honorario de Cámara de Carlos IV llegó a Cuba al frente de la Real Expedición con la misión de introducir la vacuna, conoció de su propagación en la Isla. Por ello Balmis presentó a la consideración del gobierno un plan para establecer una institución que conservara inalterable el fluido vacuno. La Junta Central de Vacuna, establecida en julio de 1804, designó al frente de la misma al Dr. Romay, quien durante los 31 años que dirigió la Junta, preservó de la enfermedad a más de 300 mil personas en Cuba. Por sus contribuciones al estudio de la fiebre amarilla, sus actividades de prevención de enfermedades y por promover el adelanto de la medicina, se le considera el primer gran higienista cubano. Por esa labor en 1832 fue nombrado Decano de la Facultad de Medicina.
A pesar de sus 69 años de edad, en febrero de 1833, Romay estuvo en primera fila en la lucha contra el cólera morbo aparecido en La Habana, una epidemia devastadora que durante 54 días mató más de 8 000 personas, entre ellas a Ascensión, su hija primogénita. Enfermedad que en un solo día, el 21 de marzo de ese año, provocó 435 defunciones, creando una reacción general de pánico. En la Junta Superior de Sanidad, de la que Romay era miembro en su condición de Secretario de la Junta Central de Vacuna, se dictaron las reglas para combatirla. El 20 de abril la epidemia se dio por terminada.
Su influencia en el desarrollo de la medicina y de la ciencia se produjo también gracias a su influjo en otras personas. La elección de un candidato para estudiar Botánica en 1793 recayó en el Dr. José Estévez y Cantal., un joven alumno de Romay, en el que éste cifraba una gran esperanza y quien devino el mejor químico de su tiempo. La aplicación de la Química por Estévez dio lugar a que se consolidara una nueva rama de la Terapéutica: la Hidrología médica. Gracias a sus estudios, el análisis de las Aguas de San Diego, la más famosa de nuestras fuentes minero-medicinales, permitió el aprovechamiento de sus propiedades curativas. A través de Estévez, la Botánica, la Química y la Mineralogía se introducen en la Isla y contribuyen de manera extraordinaria a vigorizar el ya avanzado movimiento de reformismo cultural y científico, quedando para Romay el reconocimiento histórico de ser el propulsor y benefactor de estas ciencias, así como de sus aplicaciones prácticas en la Medicina y en la Industria. Posteriormente, cuando el Padre Félix Varela inició su revolución filosófica, tuvo muy en cuenta la evolución de la ciencia en Cuba promovida por Tomás Romay.
A lo anterior debemos agregar su lucha por la introducción de los métodos científicos en la práctica docente médica. Después de una larga lucha por su institucionalización, en 1834 se inauguró oficialmente la clase Clínica Médica, de la que Romay fue su primer catedrático. Su tesis consistía en que había que aprender la Medicina junto a la cama del enfermo. Así introdujo los estudios de la Anatomía sobre el cadáver y los de Clínica en la sala de los hospitales, llevó a los alumnos a las salas de los enfermos y a la morgue para la práctica de autopsias. A partir de ese momento comienza la enseñanza regular y metódica de la Clínica en la sala del hospital, es el momento en que la enseñanza de la medicina en Cuba traspone los límites impuestos para avanzar por la senda de lo científico.
No de menor importancia fue su lucha contra la escolástica, que era la enseñanza que se brindaba en la Pontificia Universidad. El propio Romay desde 1785, antes de ser médico, era Catedrático de Texto Aristotélico, es decir, formaba parte de los que enseñaban y propagaban la escolástica sin conciencia de la incompatibilidad de ese método con la ciencia. Romay comienza la crítica contra la escolástica pero no se detiene en ella, sino que esboza un pensamiento filosófico más avanzado con su reclamo de investigar la naturaleza valiéndose de las ciencias, particularmente de la botánica y de la química. Así vinculó el estudio de las ciencias naturales con la lucha sistemática contra la escolástica. Desde esos postulados enseñó a los médicos a pensar científicamente, contribuyó a sentar las bases de un sistema de enseñanza moderno y de un movimiento científico-natural en Cuba. Por ello, además de sentar los principios de la ciencia constituye uno de los forjadores de nuestra cultura nacional. Romay contribuyó a crear el ambiente propicio al movimiento de reforma económica cultural con que la naciente burguesía cubana inició su lucha por instaurar el régimen capitalista.
Su trabajo como médico siempre tuvo un carácter predominantemente social. Fue médico auxiliar en los hospitales de Marina de este Apostadero; médico auxiliar de la sala de enfermos establecida en el Convento de Belén; médico general de la Real Casa de Beneficencia desde su fundación; médico del Convento de religiosos de Santo Domingo; médico del colegio de niñas de San Francisco de Sales; médico del Monasterio de Santa Catalina; médico del Real Colegio Seminario de San Carlos; médico general auxiliar del Hospital Militar establecido extramuros y médica principal del Hospital Militar de San Ambrosio7 .
En política, el más romántico de los habaneros –como le llamaba Luz y Caballero—desplegó una acción similar a la que realizó en el campo de la ciencia. Romay era un hombre de su época y de su clase, defensor del sistema político establecido y admirador de la monarquía española; una prueba irrefutable de que se puede ser forjador de la ciencia, de la cultura y de la nacionalidad, con independencia de la filiación política o ideológica, incluso sin ser revolucionario, lo que demuestra que la historia también es de todos. El 20 de mayo de 1820, en el Diario del Gobierno Constitucional de La Habana, Romay publicó Purga Urbem, un artículo en el que se proclama como monárquico constitucional y enemigo intransigente del liberalismo revolucionario y de la independencia de las colonias americanas.
En respuesta, Gutiérrez Piñeres, representante de los comerciantes españoles, denuncia a Romay como enemigo de la Constitución; acusación que originó un proceso de enfrentamientos políticos y judiciales en el cual Piñeres fue condenado. En respuesta los piñeristas organizaron un acto de repudio frente a la casa de Romay pidiendo su cabeza y la de sus hijos. Resultado del choque emocional, se produjo el fallecimiento de su esposa, la cual se encontraba enferma. Sin embargo, Romay, de forma decidida enfrentó a los enemigos con la firmeza de sus principios y convicciones.
En el campo de la política Romay es pasado y presente. Sólo por respeto a la memoria del fundador de la ciencia en Cuba, después de su amarga experiencia, nunca se debieron alentar nuevamente los actos de repudio contra ciudadanos que piensan diferente; como tampoco ahora, cuando resurge la necesidad del debate, se les puede excluir por no ser revolucionarios, pues la patria, la historia y la nación es de todos.