| 01. | Lissette Bustamante: un compromiso con la verdad por Reinaldo Escobar |
| 02. | Alegato por el debate Dimas Castellanos |
| 03. | Polémica (I): Tener, mantener y desarrollar la confianza en el pueblo Félix Sautié Mederos |
| 04. | Polémica (II): Obedecer al pueblo Reinaldo Escobar |
| 05. | Debates en Cuba: elementos para un diagnóstico Miriam Celaya |
| 06. | La insoportable levedad del peso Ana López |
| 07. | Cuba, perturbaciones en el horizonte Oscar Espinosa Chepe |
| 08. | Razones éticas o razones teológicas
Argelio M. Guerra Aliaga |
| 09. | Textos imborrables: El caso Mella |
| 10. | Figuras y hechos cardinales Tomás Romay Chacón Gerardo Martí |
| 11. | El mito, la primera metáfora de la poesía Luís Eligio Pérez M. Cafria |
| 12. | Humor Carlitos |
| Ilustración de portada Graffiti de Omni-Zona Franca |
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os cambios económicos, políticos y culturales ocurridos a partir de la ocupación de La Habana por Inglaterra en 1762, condicionaron en Cuba el surgimiento de una nueva clase social, la de los hacendados azucareros; de la cual brotaron las ideas e instituciones que marcaron el fin de la factoría y conectaron a Cuba con las corrientes de la época. Entre las figuras destacadas en ese proceso, aunque no pertenecía a esa clase social por su origen y posición, se encuentra Tomás Romay Chacón.
Romay nació en La Habana el 21 de diciembre de 1764 y murió a los 85 años de edad, enfermo de cáncer en su ciudad natal el 30 de marzo de 1849. Hijo de Don Lorenzo Romay y de Doña María de los Ángeles Valdés Chacón, una mujer de origen humilde, adoptada por la Condesa de Casa Bayona –Doña María Teresa Chacón–, de quien recibió el apellido que llevaría su ilustre hijo. Según López Sánchez1 Romay era de estatura regular, actitud majestuosa, formas delicadas, dulce sonrisa, mirada penetrante, voz suave y firme que gozaba del don de la persuasión. Hombre de carácter, enérgico en sus palabras y escritos, desprendido de los intereses materiales, de una sensibilidad exquisita; católico convencido y amigo consecuente.
Durante su fecunda vida Romay participó en la fundación del Papel Periódico de La Habana y de la Sociedad Económica Amigos del País, fue el único profesor de la Real y Pontificia Universidad que llegó a ocupar el decanato de dos facultades: Filosofía y Medicina2 , realizó contribuciones a la apicultura y al incipiente movimiento literario de su época, abogó por la instrucción primaria gratuita y por la implantación de nuevos métodos de enseñanza y combatió fuertemente la costumbre de enterrar los cadáveres dentro de las iglesias. Se destacó como ciudadano y médico, escritor y poeta, orador e historiador, catedrático e higienista, político, economista y amante de las ciencias jurídicas. A pesar de tan enciclopédica labor fue en la medicina, a la que consideraba la ciencia más útil a la humanidad, donde realizó sus principales aportes.
En el Convento de Predicadores, donde inició sus estudios, recibió el grado de Bachiller en Artes en 1783 y dos años después obtuvo la Cátedra de Texto Aristotélico, por lo cual se le confirió la licenciatura y el magisterio de Artes. El tío materno, Fray Pedro, quien tuvo a su cargo la educación de Romay, lo destinó hacia la medicina, la primera carrera profesional que se estudió en la colonia y de la cual fue en 1789 el graduado número 33. Después de cumplir los años de práctica exigidos, ante el Real Tribunal del Protomedicato, fue admitido al ejercicio profesional. Ese mismo año obtuvo la cátedra de Patología y el grado de Licenciado, y posteriormente en 1792 el de Doctor en Medicina, con una tesis sobre el contagio de la tisis.
En un artículo publicado en el Papel Periódico en 1793, Romay declaró que “su contribución al progreso de la patria la hará como médico”. Con ese fin recorrió los dos últimos siglos de la historia de la Medicina: la experimentación, los estudios anatómicos y la observación clínica. En las aulas conoció a Galeno 3 y Avicena4 y de forma autodidacta, sin salir nunca de la Isla, tuvo que alcanzar una ilustración superior hasta ponerse a la altura de su tiempo, para lo cual tuvo que dominar el inglés y el francés. Su primera labor profesional destacada ocurrió el 5 de abril de 1794, cuando presentó ante la Junta Ordinaria de la Sociedad Patriótica de Amigos del País –que a su vez fue la primera reunión científica de médicos cubanos– su Disertación sobre la fiebre maligna llamada vulgarmente Vómito Negro, enfermedad epidémica en las Indias Occidentales –ensayo que, junto a la Philosophia Electiva del Padre José Agustín Caballero, inauguraron el período científico natural del pensamiento cubano.
Con su monografía, resultado del estudio y descripción de la enfermedad, quedó inaugurada la bibliografía médica y gracias a ella Cuba se incorporó a las corrientes científicas de la época. Una bibliografía que inauguró el período científico de la medicina cubana. Por ese resultado Romay fue designado Miembro Correspondiente de la Real Academia de Medicina de Madrid. Sin restarle mérito a lo anterior, su principal aporte fue la introducción en Cuba de la vacuna contra la viruela. Aunque desde 1798 Edward Jenner5 había anunciado el descubrimiento de la inoculación preventiva contra ese mal, consistente en que el pus de los granos que les salen a las ubres de las vacas afectadas de la enfermedad llamada “vacuna”, inoculado a las personas, las preservaba de contraer las viruelas6 . Sin embargo, aunque los médicos cubanos no conocieron el descubrimiento de Jenner hasta 5 años después, Romay, desde 1795 aplicaba la inoculación y había publicado en el Papel Periódico un artículo al respecto. (continúa...) >>
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