
No sé por qué me desvié de la anchurosa Santa Catalina y entré por esa calle. Por ahí no cortaba camino para llegar a casa. Tampoco puede decirse que Cortina sea una de las calles más hermosas de La Víbora, ya que en modo alguno es así. Ni siquiera es una de esas callejuelas ruinosas pero atractivas que uno puede encontrar en cualquier pueblo o hasta en la misma Habana, y donde un farol antiguo, una pequeña iglesia o un árbol partido por un rayo animan al viajero a cambiar bruscamente de rumbo siguiendo los dictados de esa especie de síndrome de fotógrafo japonés que muchos padecemos. Más bien es todo lo contrario: una calle anodina, corriente, y para colmo llena de piedras y baches en bajada: la pesadilla para cualquier ciclista civilizado.
Así que sólo puedo atribuir a un oscuro impulso irracional el que esa mañana del 26 de diciembre de 1995 doblara por la calle Cortina, me detuviera un instante en la esquina de Libertad y torciera 45 grados a babor mi peludo pescuezo --con cabeza y gorra incluidas-- hasta topar con la ventana de la Unidad de Acopios 402 ("El Coral Negro") allí existente, que lograra atravesarla de un rápido vistazo, y alcanzara un cuadrito clavado en la pared donde resplandecía una mujer desnuda: una hermosa matrera de tetas anaranjadas y fosforescentes que parecía mirarme desde la semipenumbra del local con la despectiva altanería de una extraña Reina de las papas.
La provocación fue irresistible. Me acerqué a la ventana y pregunté al dependiente lo que siempre pregunto: "¿Por casualidad usted sabe quién pintó ese cuadro?" Y una voz no del todo hosca ni indiferente dijo algo así como "yo lo pinté", al tiempo que levantaba su oscura cabeza tres o cuatro centímetros de lo que estaba haciendo y se quedaba en silencio y alerta como un gato. Minutos después, con más animación, respondió a mi segunda pregunta con un "Bernardo; Bernardo Sarría", seguido de un amago de sonrisa donde brilló el relámpago de una chispita de oro o de plata que había en uno de sus dientes. Su respuesta provocó una breve interrupción comercial y un intercambio de preguntas y respuestas que culminó en la promesa de ir a su casa a ver --si los había-- el resto de los cuadros. Por último, estreché su manaza encallecida y llena de tierra con la alegría de conocer, en un lugar tan aparentemente inapropiado, a un nuevo e interesante artista cubano contemporáneo.
Los cuadros que vi días después en casa de Bernardo me confirmaron lo que ya sospechaba: que habría de vérmelas con una personalidad artística compleja y en modo alguno convencional, y para cuya correcta comprensión no iban a servirme de mucho los adormilados clichés culturológicos, sociológicos o estéticos que había leído en muchos libros, en especial aquéllos que tienen que ver con la "cultura popular", la "pintura popular", "lo popular", "el pueblo", casi siempre teñidos con tintes demasiado idílicos e irreales.
Su obra, como la de otros artistas sin formación profesional, se hallaba alejada de esa ortodoxia cultural que todo el que visite galerías u hojee revistas de arte ya conoce muy bien, y donde hasta las transgresiones y heterodoxias ocurren bajo la estricta vigilancia de unas "reglas del juego" fuera de las cuales muchos productos, por muy originales o creativos o imaginativos que sean, dejan sencillamente de ser considerados Arte y son mirados por encima del hombro.
No es un secreto que todo el arte "popular", "de aficionados", "no profesional", "de enfermos mentales", etc, (que ocupa sin embargo un espacio mucho más amplio y variado que el del arte propiamente "culto") se halla sometido a un profundo y a veces poco visible nivel de menosprecio social e institucional, y segregado de galerías, museos, publicaciones y mercado. O en el mejor de los casos --mediante la previa extirpación de todo lo obsesivo, lo exagerado, lo arbitrario, lo demasiado intenso, que pudiera desorientar y confundir a los amantes de lo agradable, lo bonito, lo simpático, lo típico-- manipulado como mercancía de segunda para fines turísticos junto a las artesanías, las postales y las marquillas de tabaco. Un ghetto tan humillante como cualquier otro, al que nos hemos ido acostumbrando con soberana indolencia.
La pintura de Bernard --que es así, "a la francesa", como firma sus cuadros-- no pertenece por suerte a ese infamante tipo de arte con el que a menudo muchos artistas intentan ilustrar la "identidad", "las raíces", la "nacionalidad", y otros eslóganes populistas mediante imágenes de fácil y atractiva lectura, y donde las religiones afrocubanas son siempre el plato fuerte. Tampoco constituye un intento consciente por transgredir ninguno de los cánones artísticos de la contemporaneidad, aunque no los desconoce del todo, e incluso los disfruta y pudiera acaso contestarlos. En realidad Sarría no trata de circular en ninguna corriente o contracorriente de las muchas a las que podría adscribirse, y su obra corre más bien por cuenta propia, alimentándose de sus propios hallazgos y merodeando sencilla y desprejuiciadamente algunos rincones más o menos tópicos del viejo surrealismo, del expresionismo y de la abstracción geométrica, probablemente rescatados de reproducciones de libros y revistas. Sin descontar fuentes menos "elevadas" como el tatuaje, el humorismo gráfico, la decoración de vidrieras y sets televisivos, el diseño de productos industriales y todos los etcéteras -con más o menos prestigio-- que rodean y acosan a cualquier ser vidente normal. Sólo en muy pocas ocasiones su pintura frecuenta la más conocida y aceptada vertiente "ingenua" de la "pintura popular", (Bernard posee unas hermosas vistas del puerto con ensoñadoras casitas de caramelo dentro de ese "estilo" casi siempre efectivo pero a la larga demasiado blando que muchos denominan naïf, y que al mismo Ezequiel S.G., tan raro en sus gustos, le provocó un brillito de admiración en los ojos la primera vez que las vio, aunque fue realmente el ingenioso ventilador de Sarría --digno de la colección Ordo Amoris-- y las obras que enseguida comento, las que lograron ponerlo en éxtasis.)
La zona más interesante y personal de la obra de Bernardo, aquélla que no es tributaria de casi nada, o de muy poco, o donde las invenciones predominan sobre cualquier posible referencia, parece provenir de ese substrato recóndito de la mente que algunos llaman el subconsciente (caos informe donde sucede lo mejor y lo peor de nuestra existencia) y a cuyos abismos acude con frecuencia Bernardo en busca de motivos de inspiración. En la actualidad esta zona de su obra sólo se halla formada por un reducido grupo de cartulinas y telas donde tiene lugar la más extraña mezcla de ingredientes. Son verdaderos cuadros-engendros, de un hibridismo monstruoso, que en ocasiones lindan con lo escatológico, con lo soez, con lo vulgar, y que el pintor resuelve mediante la constante fusión e interpenetración de formas animales, vegetales y humanas que se agitan en una masa confusa de carácter onírico-erótico-religioso o algo así. Combinaciones que llegan a formar a veces una cabeza, o un cuerpo, y hacen pensar en un nuevo y atrevido Arcimboldo. (En una visita a mi casa, Bernardo me hace un breve bosquejo de uno de sus cuadros futuros: una figura con pies de hígados, brazos de intestinos, tórax de páncreas, cabeza de ojo..., cuya truculencia parece ser prometedora a juzgar por otras de sus obras en ese estilo).
De elementos como esos se halla formada la mejor pintura de Bernardo Sarría: lenguas, nalgas, falos, pelos, dientes afilados y ojos, siempre ojos, ojos de distintos colores, que te miran desde distintos ángulos, y que no siempre pertenecen a un rostro: ojos del Más Allá, el Ojo que Todo lo Ve, el ojo del Te Estoy Velando, y que Bernard tiene también pintado en la fachada de su casa para rechazar el vistazo maligno o indiscreto de los mirones. Todo esto lo hace alternar con cruces, cuchillos, garabatos, velas, objetos del culto santero (Bernardo está iniciado en Ocha y es hijo de Changó), flores, frutas, pájaros, soles, lunas, estrellas, y un sin fin de áreas y líneas fantasiosas de carácter ornamental, con las que crea un espacio muy fragmentado y de un colorido abigarrado y brillante, de un sensualismo agresivo y de altísima temperatura.
En dos palabras: estamos frente a un lenguaje misterioso y relativamente hermético; un pensamiento plástico cuyo simbolismo está lleno de las sutilezas y procacidades del hombre de la calle, con sus curiosas especulaciones éticas y filosóficas y su fuerte y original religiosidad, todo ello proveniente de una personalidad artística de "bajo consumo", sub-informada, solitaria, casi marginal, que ha necesitado muy poco del arsenal de la cultura artística profesional y que quizás por eso ha logrado salvarse de las contaminaciones y los mimetismos que aquejan a buena parte del arte de este tiempo. Un lenguaje de una belleza a ratos delicada, dulzona, pero casi siempre cruda, hiriente, visceral, sin autocensuras ortográficas, ni estilísticas, ni morales, ni estéticas: el "idioma Bernard", cuyo alfabeto estamos comenzando a deletrear en esta primera muestra pública.
Quizás un día, --y Dios me oiga-- lo que hoy sólo podemos ver como "rareza" debido a nuestra compartimentada y clasista sensibilidad, podrá ser disfrutada en el futuro con entera normalidad como uno de los tantos discursos del arte cubano contemporáneo, o mejor aún, del arte a secas. Muchos ya han empezado a hacerlo. Porque Bernardo está intentando hacer con su pintura ni más ni menos que lo que intentan todos los artistas: una jerga privada que le permita (y luego nos permita) olvidar la cháchara aburrida y trivial de todos los días, y una manera nueva y desconcertante de dar respuesta a las mismas preguntas de siempre ("Bernardo, ¿ya llegó la papa"? ).