| 01. | Empujar los límites. Entrevista con Omni-Zona Franca Yoani Sánchez |
| 02. | La agricultura cubana: cambiar todo lo que debe ser cambiado Dimas Castellanos |
| 03. | Orden del día Reinaldo Escobar |
| 04. | ¿“Temas” en transición? Miriam Celaya |
| 05. | Cuba, opciones para un futuro digno Oscar Espinosa Chepe |
| 06. | Un abrazo fraternal Eugenio Leal |
| 07. | Eventos de agosto
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| 08. | Figuras y hechos cardinales José Agustín Caballero: reforma o ruptura Gerardo Martí |
| 09. | Sarría o el rey de las papas Orlando Hernández |
| 10. | Carta de un lector Un cubano igualmente preocupado |
| 11. | Una nueva polémica |
| 12. | Los Boys Scouts en Cuba Leopoldo E. Vázquez Gutiérrez |
| 13. | Cocina permacultural Miriam Cabrera |
| 14. | Humor Carlitos |
| Ilustración de portada Bernardo Sarría |
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No sé por qué me desvié de la anchurosa Santa Catalina y entré por esa calle. Por ahí no cortaba camino para llegar a casa. Tampoco puede decirse que Cortina sea una de las calles más hermosas de La Víbora, ya que en modo alguno es así. Ni siquiera es una de esas callejuelas ruinosas pero atractivas que uno puede encontrar en cualquier pueblo o hasta en la misma Habana, y donde un farol antiguo, una pequeña iglesia o un árbol partido por un rayo animan al viajero a cambiar bruscamente de rumbo siguiendo los dictados de esa especie de síndrome de fotógrafo japonés que muchos padecemos. Más bien es todo lo contrario: una calle anodina, corriente, y para colmo llena de piedras y baches en bajada: la pesadilla para cualquier ciclista civilizado.
Así que sólo puedo atribuir a un oscuro impulso irracional el que esa mañana del 26 de diciembre de 1995 doblara por la calle Cortina, me detuviera un instante en la esquina de Libertad y torciera 45 grados a babor mi peludo pescuezo --con cabeza y gorra incluidas-- hasta topar con la ventana de la Unidad de Acopios 402 ("El Coral Negro") allí existente, que lograra atravesarla de un rápido vistazo, y alcanzara un cuadrito clavado en la pared donde resplandecía una mujer desnuda: una hermosa matrera de tetas anaranjadas y fosforescentes que parecía mirarme desde la semipenumbra del local con la despectiva altanería de una extraña Reina de las papas.

La provocación fue irresistible. Me acerqué a la ventana y pregunté al dependiente lo que siempre pregunto: "¿Por casualidad usted sabe quién pintó ese cuadro?" Y una voz no del todo hosca ni indiferente dijo algo así como "yo lo pinté", al tiempo que levantaba su oscura cabeza tres o cuatro centímetros de lo que estaba haciendo y se quedaba en silencio y alerta como un gato. Minutos después, con más animación, respondió a mi segunda pregunta con un "Bernardo; Bernardo Sarría", seguido de un amago de sonrisa donde brilló el relámpago de una chispita de oro o de plata que había en uno de sus dientes. Su respuesta provocó una breve interrupción comercial y un intercambio de preguntas y respuestas que culminó en la promesa de ir a su casa a ver --si los había-- el resto de los cuadros. Por último, estreché su manaza encallecida y llena de tierra con la alegría de conocer, en un lugar tan aparentemente inapropiado, a un nuevo e interesante artista cubano contemporáneo.
Los cuadros que vi días después en casa de Bernardo me confirmaron lo que ya sospechaba: que habría de vérmelas con una personalidad artística compleja y en modo alguno convencional, y para cuya correcta comprensión no iban a servirme de mucho los adormilados clichés culturológicos, sociológicos o estéticos que había leído en muchos libros, en especial aquéllos que tienen que ver con la "cultura popular", la "pintura popular", "lo popular", "el pueblo", casi siempre teñidos con tintes demasiado idílicos e irreales.

Su obra, como la de otros artistas sin formación profesional, se hallaba alejada de esa ortodoxia cultural que todo el que visite galerías u hojee revistas de arte ya conoce muy bien, y donde hasta las transgresiones y heterodoxias ocurren bajo la estricta vigilancia de unas "reglas del juego" fuera de las cuales muchos productos, por muy originales o creativos o imaginativos que sean, dejan sencillamente de ser considerados Arte y son mirados por encima del hombro.
No es un secreto que todo el arte "popular", "de aficionados", "no profesional", "de enfermos mentales", etc, (que ocupa sin embargo un espacio mucho más amplio y variado que el del arte propiamente "culto") se halla sometido a un profundo y a veces poco visible nivel de menosprecio social e institucional, y segregado de galerías, museos, publicaciones y mercado. O en el mejor de los casos --mediante la previa extirpación de todo lo obsesivo, lo exagerado, lo arbitrario, lo demasiado intenso, que pudiera desorientar y confundir a los amantes de lo agradable, lo bonito, lo simpático, lo típico-- manipulado como mercancía de segunda para fines turísticos junto a las artesanías, las postales y las marquillas de tabaco. Un ghetto tan humillante como cualquier otro, al que nos hemos ido acostumbrando con soberana indolencia. (continúa...) >>
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