Revista Digital Consenso
Número 8 de 2007


José Agustín Caballero: reforma o ruptura
Gerardo Martí


Pensar que los hombres de siglos pasados nada tienen que ver con el presente, es un craso error. El ayer y el hoy guardan una estrecha relación, pues la memoria histórica de los pueblos, además de recuerdo, constituye una valiosísima herramienta para la interpretación y actuación en el presente. Su ignorancia o menosprecio representa un insalvable obstáculo para enfrentar la actualidad sin correr el riesgo de repetir errores y desaprovechar aciertos. Esta tesis induce, sin calcarlos, a indagar en hechos y figuras del pasado que contienen claves de gran utilidad para las posibles salidas de la profunda crisis en que estamos inmersos. En ese sentido la vida y obra de José Agustín Caballero, salvando las lógicas diferencias entre épocas y condiciones, contiene un manantial de experiencias aprovechables para tal propósito.

El padre José Agustín Caballero y de la Barrera, filósofo y teólogo, el menor de 8 hermanos, nació en La Habana el 28 de agosto de 1762 en medio de la ocupación inglesa, y falleció con 73 años de edad, el 6 de abril de 1835. Educado en el Seminario San Carlos y San Ambrosio y en la Universidad de La Habana, obtuvo el grado de bachiller y de doctor en Teología; encabezó la cátedra de Filosofía en el Seminario; y desde 1804 hasta el final de su vida, ocupó en esa institución la cátedra de Sagrada Escritura y Teología Moral. La confluencia en su figura de conocimientos enciclopédicos, fina sensibilidad, conducta ética e ideas ilustradas, le permitieron, desde el catolicismo, enfrentar los prejuicios escolásticos que, enraizados en la mente de los hombres, servían de freno para el avance de la ciencia y la cultura. Por su obra se le considera, si no la primera, una de las principales piedras fundacionales de nuestra nacionalidad.

Caballero fue una de las ilustres figuras de nuestra historia y cultura que le tocó vivir y ser protagonista de la transición entre la factoría y la plantación azucarera, un tránsito que impulsado por diversas causas internas y externas, enfrentaba disímiles obstáculos. Con el apoyo del gobernador Don Luis de las Casas, a quien el propio Caballero llamaba “Pedro el Grande”, primero definió que la primera causa para salir del estado de estancamiento cultural de la colonia radicaba en las obsoletas formas de pensamiento, y una vez definida, enrumbó su actividad teórico-práctica en esa dirección, hasta devenir exponente de un pensamiento filosófico innovador que dio inicio a la reforma de la añeja filosofía medieval, proceso en el cual escribió en 1797 su Philosofia Electiva, que constituye la primera obra filosófica, el primer intento de adecuarse al pensamiento moderno y uno de los primeros esfuerzos por sistematizar los conocimientos filosóficos en la Isla.

En ausencia de un verdadero pensamiento independiente, Caballero comprendió la necesidad de un método de estudio encaminado a su instauración, pues el obstáculo principal para la creación y difusión de ese nuevo pensamiento, así como el avance de la ciencia, radicaba en los prejuicios escolásticos enraizados en la mente de los hombres. Por y para eso estructuró desde la lógica, la metafísica, la física y la ética su Philosofia Electiva, donde la lógica, como instrumento de conocimiento en todas las ciencias, ocupó el primer lugar.

La misión de Caballero de fundar una nueva corriente de pensamiento respondía a las necesidades reales de la sociedad de su época; por ello el apellido electivo que lleva su filosofía significaba la no aceptación de verdades absolutas ni sometimiento a autoridades en materia filosófica o científica. Sin embargo, aclara Torres-Cuevas, esa elección realizada sobre la búsqueda de la verdad no significaba la pluralidad de opiniones sino la búsqueda de un “método para hallar la verdad universal y, necesariamente, las verdades particulares y singulares de sus mundos americano y cubano”1. Al denominar electiva a su filosofía, la identificaba con el método mediante el cual el sujeto del conocimiento, pensando por sí mismo, se remonta a los principios generales, los examina, discute y extrae sus propias conclusiones, método en el cual la escolástica, al convertir el silogismo aristotélico2 en el único método de conocimiento, quedaba inutilizada.

Su propuesta consistía en crear lo nuevo necesario a partir de la realidad inmediata, con independencia de cualquier sistema. “De aquí –nos dice Torres-Cuevas– que la sutileza de nuestro primer filósofo de bautizar su filosofía como electiva, constituya la primera muestra de independencia del pensamiento cubano en su expresión filosófica“3. Su propósito no era sino abrir el pensamiento cubano a las ideas científicas y teóricas de su tiempo.

Al referirse a esos aportes, su sobrino materno, José de la Luz y Caballero, escribió: “... fue el primero que hizo resonar en nuestras aulas las doctrinas de los Locke y de los Condillac, de los Verulamios4 y los Newtones. Fue el primero que habló a sus alumnos sobre experimentos y física experimental”. Un esfuerzo tenaz para poner los conocimientos de la Isla a la altura de los tiempos.

“Pese a todos estos avances que se observan en el pensamiento de José Agustín Caballero, –según Torres-Cuevas– su solución a los problemas no provoca ruptura sino conciliación entre el viejo sistema de ideas y el nuevo. Su pretensión es desarrollar la crítica de la escolástica, eliminando todo lo que obstaculiza el desarrollo de las ciencias, pero sin romper los pilares fundamentales del sistema”5. En ese sentido Ternevoi, en su obra “La Filosofía en Cuba, 1790-1878” plantea que: “ni en la lógica ni en toda su filosofía Caballero fue consecuente hasta el final, pues evitó los problemas escabrosos y orilló el materialismo y el ateismo”.

Respecto a estos criterios considero que lo primero a tener en cuenta para la valoración de la conducta de cualquier figura de la historia son el tiempo, el espacio, las condiciones, los intereses de los grupos sociales y su propia formación. Caballero es un hombre de la Iglesia, un teólogo, miembro de una clase social en formación, por lo tanto, en dependencia de los factores anteriores, como a todo hombre que le toca ser protagonista en una época de transición, asume la ruptura o la evolución, es decir, la revolución o la reforma. Y Caballero optó por la segunda. Formado en la escolástica, inicia su negación mediante la reforma. Tampoco se puede ignorar que las ideas de la ilustración habían tocado tierra en la Isla antes de que arribara, en 1802, quien es considerado como padre y guía de la ilustración cubana, me refiero al Obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa. La ilustración, en su forma de despotismo ilustrado, había hecho acto de presencia con el gobierno de Don Luis de las Casas, y si bien esa forma de pensamiento no se pudo generalizar en la sociedad habanera, sí se incubó en las aulas del Seminario y marcó a un grupo de cubanos, de los que Caballero era su figura principal.

Ternevoi juzga a Caballero de forma atemporal, desde la óptica de la filosofía marxista, como si el ilustre cubano fuera un simple profesor de marxismo, sin comprender que su grandeza está en haber hecho lo que hizo desde la misma escolástica y desde las aulas del Seminario; mucho antes del surgimiento del marxismo. Su propósito, y lo cumplió a cabalidad, era crear un método de conocimiento para promover el desarrollo científico y social en general. Fue, por su acción reformadora, el último escolástico cubano del siglo XVIII y el primer filósofo del siglo XIX; fundador de la filosofía y cofundador de la ciencia en Cuba. Sin él, se torna incomprensible la labor de aquel otro religioso, Félix Varela, que sí inició una revolución filosófica en la Isla, cuyos cimientos estaban echados desde la reforma de Caballero.

El valor de las reflexiones de Caballero radica en su utilidad para el desarrollo de las ideas en Cuba. Para ello precisó las limitaciones del pensamiento escolástico de la Edad Media, buscó la relación entre el nivel alcanzado por el pensamiento a escala universal y el naciente pensamiento cubano y se planteó sacar a éste de las abstracciones puras para imbricarlo en la práctica del desarrollo de las ciencias y de la sociedad cubana en general. Ese es su indiscutible mérito, por eso no sólo debemos recordarlo y agradecerle, sino también enfrentar, como él lo hizo, los retos de nuestro tiempo: reformar todo lo que sea necesario, que en nuestra realidad es casi todo.

Si en la filosofía avanzó hasta la reforma, que era lo que la sociedad necesitaba, paralelo a ella, en materia de educación, Caballero fue nuevamente el primero que se pronunció por los cambios. La supresión del latín, la implementación del estudio del español en las escuelas, la generalización de la enseñanza primaria gratuita, la impartición de la enseñanza a las mujeres, constituyen parte de su obra en la reforma educacional. Fue también el primero que habló de experimentación física en Cuba; temas a los que dedicó varias de sus obras y discursos que fueron un valioso aporte a la naciente cultura nacional. Entre ellas: “Discurso sobre la Física” (1791); “Educación de los hijos” (1791); “Pensamientos sobre los medios violentos de que se valen los maestros para educar” (1792); “Reflexiones sobre el verdadero filósofo” (1792); “Ordenanzas para las escuelas gratuitas de La Habana” (1794); “Discurso sobre la reforma de estudios universitarios” (1795), en el cual criticó los métodos de enseñanza de la Universidad de La Habana; “Discurso sobre la educación de las mujeres” (1802); el discurso pronunciado en la Sociedad Patriótica en defensa de la enseñanza en la lengua materna. Al decir de Luz y Caballero, el Padre Agustín fue quien descargó los primeros golpes contra el escolasticismo. Artículos y discursos permeados de sapiencia y humanismo criollo.

Su actividad cultural no se limitó a la enseñanza en el Seminario San Carlos, sino que se extendió al resto de las instituciones de la época, entre ellas a la Sociedad Patriótica, calificada por Martí “como la más alta mentora de las sociedades cubanas”, a la cual ingresó como miembro en 1793 y en febrero de ese mismo año fue nombrado censor, luego presidente de la sección de Ciencias y Artes, secretario de la Sociedad y en 1830 ascendido a Socio de Mérito. A la vez realizó innumerables aportes, ideas y proyectos salidos de su pluma que se diseminaron por la sociedad habanera desde las páginas del Papel Periódico de La Habana.

El padre Caballero fue tanto censor eclesiástico como civil; para él esa labor no se contradecía con la libertad de pensamiento que profesaba, que era en realidad la libertad de pensar lo mejor para su sociedad y su clase. En su época la autonomía en asuntos políticos, económicos y comerciales alcanzados por la clase gobernante cubano-criolla, era de tal categoría, que a comienzos del siglo XIX Caballero concibió y preparó un proyecto de gobierno autonómico para Cuba, una legislación inspirada en el derecho público inglés y único documento en que despliega su interpretación de las doctrinas políticas. Era éste también un proyecto de reformas mediante el cual se proponía continuar la modificación del sistema colonial en correspondencia con los intereses de la clase social naciente. Tanto él, como después el padre Varela, fueron reformadores docentes y políticos. Ambos prepararon proyectos de autonomía dentro del régimen colonial y también el ambiente para las ideas filosóficas modernas.



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Gerardo Martí
Historiador


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