
La periodista Soledad Cruz, como despertando de un prolongado sueño, o estado de coma, descubrió recientemente una larga lista de problemas que desde hace muchos años, irritan a una considerable parte de la población. Su texto El revolucionario riesgo de la verdad, publicado en Kaos en la red desfondó la caja de Pandora que ya había sido destapada en la polémica de los intelectuales de comienzos de 2007. Eso sí, ella sostiene que ni Fidel ni Raúl están al tanto de los malos procederes de la burocracia. Si no fuera porque la conozco personalmente, llegaría a pensar que Soledad está acusando a Fidel y a Raúl Castro de algo así como negligencia en el servicio, pues se sobreentiende que tienen que ser ellos quienes mejor conocen lo que incomoda al pueblo. Pero creo que es sincera, por eso digo que Soledad acaba de descubrir esos problemas, porque siguiendo su propia lógica, si ella los hubiera conocido antes seguramente los habría denunciado en ese momento.
Como movidos por el mismo resorte, polemizando o adhiriéndose al texto mencionado, numerosos personajes de conocida militancia revolucionaria, han apelado a la palabra de moda: dialogar. Incluso antes, el funcionario Eliades Acosta, jefe del departamento de cultura del Comité Central del Partido había convocado a un diálogo entre revolucionarios. Esto no quiere decir que sólo ahora el diálogo se vuelve necesario, ni mucho menos que a ellos se les haya ocurrido esta idea, que ha estado incluso en la agenda de numerosas agrupaciones opositoras desde hace muchísimos años La importancia de que estas personas se sumen a este llamado radica en que su reclamo indica (o anuncia) que la otra parte, es decir, el gobierno, está en vías de auspiciar el tan inaplazable debate nacional.
La intención de este texto que aquí publicamos no es la de participar en el diálogo sino la de hablar sobre él.
Orden en el caos
En cualquier asamblea que se respete, lo primero que debe aprobarse ha de ser el Orden del Día, donde queden bien puntualizados los temas a discutir. Aún antes o de conjunto con la aparición de dicho orden del día, habrá que acordar quiénes participarán, cómo y dónde se realizará dicha discusión y, si se pretende tomar acuerdos, determinar si los mismos serían vinculantes o no. Cualquier otra cosa sería un ejercicio retórico en el que cada jugador expondría sus quejas y argumentos sin ni siquiera escuchar las quejas y argumentos de los demás.
Resulta llamativo que a ninguno de los que han propuesto la apertura de una discusión se le haya ocurrido plantear que el escenario de ese debate podría ser la Asamblea Nacional del Poder Popular y que los polemistas sean los parlamentarios, o que en medio del sexto Congreso del Partido Comunista (con 5 años de retraso) podrían debatirse los problemas y encontrarle soluciones. De hecho, lo más desconcertante de todo este fenómeno ha sido la falta de respuesta oficial y pública de parte de las autoridades. Nada más parecido a la conducta del marido infiel que mira hacia otra parte, o habla de otra cosa, cuando la esposa le dice: “tenemos que hablar de nuestros problemas”.
La última vez que ocurrió algo parecido a un diálogo nacional fue durante 1991, en vísperas del cuarto Congreso del Partido Comunista, cuando se convocó a trabajadores, estudiantes y pueblo en general a que en asambleas públicas dijeran lo que pensaban sin limitación alguna. A lo más lejos que llegó aquel célebre Congreso fue a aceptar la presencia de religiosos en las filas del Partido. Todas las demás reclamaciones cayeron en el vacío, incluyendo la más reiterada de todas: la reapertura de los mercados campesinos, que sólo fue satisfecha tres años después, en octubre de 1994, luego de que el maleconazo del 5 de agosto disparara las alarmas.
Extirpando muchas esperanzas renacidas, en cuanto se clausuró el congreso se puso fin al permiso de hablar honestamente. Se dio el caso por ejemplo, en la Biblioteca Nacional diecisiete trabajadores estuvieron a punto de ser despedidos en medio de un mitin de repudio porque habían solicitado por escrito hacer un círculo de estudio sobre los acuerdos del cuarto Congreso. Es sabido que Armando Hart envió una carta de felicitación a la dirección y al partido de la biblioteca por la digna respuesta dada a los provocadores.
En casi medio siglo no hubo otras discusiones públicas como aquellas de 1991 y sólo a principios de 2007 la intelectualidad cubana se enfrascó en la conocida polémica sobre la política cultural que tuvo como espacio el correo electrónico y que finalmente no desembocó en ninguna consecuencia concreta al no obtenerse una respuesta de quienes tenían la obligación de contestar.
El abanico de problemas es hoy más extenso y complejo. La primera pregunta que habría que hacerse es si vamos a discutir el perfeccionamiento o la sustitución del sistema. En esa dirección, haciendo una gradación ascendente, podrían aparecer las siguientes posiciones:
Me atrevo a conjeturar que el mayor número de personas se concentrarían en los grupos 2, 3 y 4, siempre y cuando los cubanos radicados en el exterior no tuvieran participación en el debate. En el caso que participaran, la verdadera polarización estaría entre “repararlo de alguna manera” o “echarlo a la basura”. Es fácil de comprender que quienes hayan vivido aquí todos estos años apostando por la viabilidad del socialismo, o soportándolo resignadamente, dejando en dicho empeño o aguante los mejores años de sus vidas, sean más propensos a darle una nueva oportunidad al sistema. Sin embargo, se puede entender que quienes se fueron del país y no tienen ningún “beneficio colateral” que perder, estén deseosos de volver para echarle en cara a los otros la ceguera padecida y bajo el grito de “yo se los dije” erigirse como la vanguardia de los cambios. Tampoco es difícil darse cuenta que en el grupo 1 sólo estarían los responsables directos de los fracasos evidentes, acompañados de su respectiva corte de oportunistas.
De manera que los “cambistas” de los grupos 2, 3 y 4 tendrían que forzar un equilibrio entre la arraigada actitud de los integrantes del grupo 1 de no querer dar el brazo a torcer en nada y la potencial tendencia vengativa de los que se inscriben en el grupo 5. O encuentran el equilibrio o fracasa el diálogo. Los que aprendieron bien las lecciones teóricas de la dialéctica materialista saben que el número de cambios introducidos, si es elevado, puede alterar la identidad de lo modificado y si es demasiado pequeño no alcanza para obtener los resultados que se esperaban. La historia ofrece ejemplos muy elocuentes.
Por eso la redacción del Orden del Día de este debate tendrá una importancia decisiva. Si todo se queda en una suerte de muro de lamentaciones las mejores ponencias serían las que hicieran los que tienen más memoria para incluir atrocidades a la lista o los francotiradores de mejor puntería. Que el salario no alcanza, que los cubanos viven discriminados en su propio país, que las casas se caen y el transporte público es caótico mientras las calles son intransitables y se deterioran los servicios de salud, que se nos escapan los talentos… Así poco se podrá avanzar. Lo primero es superar la inocente ingenuidad de creer que “ellos” no saben lo que está pasando, lo que hace prácticamente innecesario el inventario de lo harto conocido. De lo que se trata es de buscar entre todos las soluciones menos costosas y más viables.
La propuesta de temas a debatir ha de tener un carácter general y al mismo tiempo específico. Cada una de las propuestas generales podrá enriquecerse en la práctica con todos los incisos que fueran necesarios. A manera de ejemplo, tres temas que no podrían faltar (sin ser los únicos):
Nuestra sociedad está sedienta de discusiones de esa naturaleza. No basta con reducir el debate, como ya dijo un humorista, a si los contenedores de basura deben estar en las esquinas o en el centro de la cuadra, o si los palitroques podrían ser una opción al pan del racionamiento. No se trata de enumerar las consecuencias, sino de detectar las causas y encontrar las soluciones. Quizás se descubra que cooperativizando los servicios comunales o privatizando la panadería se resuelvan los problemas.
Una cuestión de método
La mecánica asamblearia tiene una importancia cardinal para el desempeño de cualquier discusión. Como resulta improbable que la gente se organice a sí misma, quizás la forma óptima sería la de convocar desde el más alto nivel de gobierno y con todas las garantías posibles a un debate escalonado sobre los temas más generales. Claro que no se debe pretender que la propuesta de cada cual sea discutida por todo el pueblo. Desde la base se propondría una agenda más detallada y se elegirían delegados que puedan representar en una instancia más alta, el sentir de las diversas tendencias. Quizás habría que crear comisiones temáticas y celebrar sesiones plenarias y finalmente, como resultado concluyente de esta especie de “Congreso del Pueblo” elaborar una declaración final con recomendaciones que tendrían que ser obligatoriamente discutidas en la Asamblea Nacional del Poder Popular o en el Congreso del Partido, o en ambas inclusive.
Todo esto suena desmedidamente optimista porque depende demasiado de la buena voluntad de aquellos que a la larga serían los más duramente cuestionados, a menos que se crea que la declaración final, destilada de un evento auténticamente popular, podría concretarse en una ovación aprobatoria a la gestión del gobierno y a la eficiencia del sistema. Para garantizar que la honestidad pueda más que el miedo basta con decretar que opinar diferente ha dejado de ser peligroso, o lo que es igual, basta con despenalizar la discrepancia.
Claro que no sería suficiente poner a los pioneros como moderadores en las asambleas de base (que no sería mala idea). Si se quiere conocer lo que piensa el pueblo hay que pasar por el trámite de desamordazar a esa parte inconforme que quiere introducir cambios, pero no dando un permiso temporal, sino aboliendo decididamente todas las prohibiciones. Para dar a entender que existe una creíble voluntad de escuchar respetuosamente a todos y no solo a la parte que está conforme, hay que enviar señales, no al enemigo externo, sino al pueblo. La más elocuente de todas las señales sería liberar inmediata e incondicionalmente a todos los presos políticos, aunque se pudiera empezar por hacer asambleas de reconciliación donde quiera que se haya hecho un mitin de repudio.
Previamente a que se desate el proceso sería conveniente que a través de todos los medios se publiquen opiniones firmadas por aquellas personas que tengan algo concreto que proponer, de manera que los términos del debate estén claros en el momento oportuno.
Atendiendo a que los que creen que no es necesario cambiar nada han monopolizado hasta ahora el espectro de difusión de las ideas, sería bueno que se cediera el espacio; que fuera el turno de los que creen que hace falta introducir cambios, donde estarían incluidos aquellos que siempre creyeron eso y no se habían atrevido, los que lo piensan ahora por primera vez y los que siempre lo creyeron y no temieron asumir las consecuencias de decirlo públicamente.
La presente generación de cubanos tiene ante sí el compromiso de manifestar una actitud responsable ante sus retos actuales, sin poses dramáticas, sin fundamentalismos ni indolencia. Es tarde, pero estamos a tiempo.
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