Revista Digital Consenso
Número 7 de 2007


Cuba es una sola, y una sola su cultura
Miriam Celaya


En días pasados fue dado a conocer a través de Internet un documento titulado Palabras a los intelectuales: 46 años después, suscrito por Eliades Acosta, Jefe del Departamento de Cultura del Comité Central del PCC, en el cual se hace llamamiento a un diálogo entre los intelectuales revolucionarios a fin de actualizar y establecer la política cultural para Cuba en los momentos actuales.

En el marco de la conmemoración con motivo del aniversario 46 del documento conocido como Palabras a los intelectuales, el alto funcionario hizo referencia a un Consejo Asesor de Políticas Culturales del Partido, constituido el pasado 25 de mayo, al parecer con carácter oculto toda vez que los medios de difusión no dieron cuenta de la creación de tan encumbrada instancia, en cuya primera reunión Alfredo Guevara retomó el viejo discurso que plantea que el diseño de la política cultural del país está trazado desde el Moncada y es la Revolución misma. Una afirmación que determina que el principio dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada, se refuerza oficialmente como una maldición dentro del panorama cultural cubano. El mecanismo de control y parametración, así santificado, condena a un renovado ciclo de censura y mordaza a un gran número de intelectuales y artistas, en particular, y a la sociedad cubana en general.

La justificación para reprimir el libre pensamiento pretende erigirse como fundamento apelando al machacado (y machacante) discurso de los enemigos de la Revolución que han intensificado hasta niveles nunca antes conocidos, usando todos los logros de la tecnología moderna, su particular guerra cultural y las acciones de desestabilización y subversión, e insiste mantenernos divididos al sacudir el espectro de “las dos Cuba”: una revolucionaria, trabajadora e independiente; otra mercenaria, anexionista y corrupta.

Es así que el texto de Eliades Acosta, que tampoco ha sido divulgado por los medios de prensa nacionales, llama dramáticamente a un diálogo entre intelectuales revolucionarios, sin mencionar en lo absoluto la Polémica Intelectual que, de manera espontánea, con la participación de decenas de intelectuales cubanos de todas las orillas -muchos de ellos reconocidos como consagrados del pensamiento cubano contemporáneo de la literatura y del arte- y con una amplia variedad de criterios en torno a la política cultural de Cuba, se desarrolló durante el primer trimestre de este año. Ante esto, cabe preguntarse: ¿es que no hubo participación de intelectuales revolucionarios en la Polémica? ¿Acaso las opiniones allí expuestas, que superan ampliamente el centenar, no cuentan para los comisarios políticos de la cultura oficialista? No resulta serio obviar un acontecimiento cultural tan relevante, inédito por demás, que constituyó un hito en medio del silencio y del temor establecidos como eficiente mecanismo de control por la política cultural de casi cinco décadas.

El llamamiento que ahora se presenta, pasados tantos años de la célebre sentencia al ostracismo, demuestra que se están aceitando los viejos aparatos del medioevo con nuevos lubricantes. Esta vez el rótulo del envase reza: “ideal para combatir la hegemonía coyuntural de las ideas y la práctica del capitalismo posmoderno”. Pero en esencia se trata de lo mismo; no hay nada nuevo, salvo que en este caso el discurso oficial también se encamina a anunciar un reforzamiento de la censura nada menos que restringiendo el ya famélico acceso a Internet. Es así que se habla de avanzar hacia el establecimiento de un diálogo cultural impostergable entre las ideas de vanguardia y la tecnología más avanzada de nuestra época, de lo que dependerá su socialización y uso cultural. Ya se sabe lo que esto significa: en la Era de la Informática y las Comunicaciones las autoridades cubanas se reservan el derecho de otorgar el crédito a sus fieles para el uso exclusivo de la red de redes; y para más burla, dan a esta medida el nombre de “socialización y uso cultural”. No es casual que recientemente un artículo publicado por la prensa oficial aludiera al uso y abuso de la libertad de expresión que se produce por Internet como un fenómeno al que es preciso “poner límites”.

El actual llamamiento al diálogo que se lanza desde el Departamento de Cultura del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, se propone también establecer los límites culturales de nuestra sociedad. Tal pretensión, excluyente desde su propia raíz, pone de manifiesto así que a los efectos de la cúpula política, la cultura no es un asunto que interese a toda la sociedad en su conjunto sino a una clase o grupo social (los intelectuales) y solo a una tendencia política (los revolucionarios). Ellos estarán a cargo de marcar “los límites”; pero –en cambio- las decisiones que desde ese “diálogo” se tomen, deberán ser acatadas por todos los cubanos. Esta élite está llamada, además, a establecer nuestras jerarquías culturales y espirituales y a diferenciar por nosotros lo importante de lo secundario, lo auténtico de lo banal y lo político de lo impolítico.

Resulta claro que el contenido de este llamamiento constituye una violación del derecho a la libre expresión y a la participación de todos los cubanos en la vida cultural de la nación, de la cual diálogo y política forman parte. Ya la revista Consenso se anticipaba a exorcizar tales demonios cuando, a propósito de la polémica intelectual, sostenía que: Los problemas que han afectado y continúan afectando a los intelectuales, son los mismos que laceran, afectan y limitan de una u otra forma al resto de la sociedad. Por ello en los procesos de cambio corresponde un lugar a todos los cubanos, intelectuales o no, revolucionarios o no; porque revolución y cambio no son sinónimos: la revolución supone una transformación violenta y radical que trae inevitablemente consigo grandes perjuicios para una significativa parte de los que se sumergen –voluntaria o involuntariamente- en su espiral.

Ante la nueva arremetida que pretende perpetuar la parametración del pensamiento cubano, se reafirma la necesidad de sostener espacios de debate como foros públicos, abiertos e incluyentes para todos aquellos que, ateniéndose al principio de respeto a las diferencias, quieran incorporarse al análisis y discusión sobre política cultural en Cuba; para lo cual será preciso considerar el fundamento irrenunciable que también se enunciara por Consenso en ocasión de la mencionada polémica intelectual: La primera condición de la cultura radica en la libertad. Para los cubanos, los derechos a participar como sujetos en los procesos culturales, políticos y económicos del país; a pensar, expresar y difundir libremente las ideas; a asociarnos con nuestros semejantes de forma autónoma; a salir y entrar al país sin necesidad de permisos; a decidir y participar en el tipo de educación que deseamos para nuestros hijos; a vivir decorosamente de nuestros salarios; a acceder libremente a la información y a la comunicación con el resto del mundo, son, entre otras, importantes aspiraciones que esperan por su materialización.

En tanto se ignore la libertad como condición inherente a la cultura y a los derechos, ningún llamamiento al debate será sincero ni efectivo. Es de desear que el discurso de Eliades Acosta sirva al menos para mover la inconformidad de todos los intelectuales honestos, sean revolucionarios o no.



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Miriam Celaya González
La Habana, 1959
Licenciada en Historia del Arte
Miembro del Consejo de redacción de la Revista Digital Consenso


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