| 01. | Historia de una obsesión Entrevista con un balsero cubano por Yoani Sánchez |
| 02. | Despenalizar la discrepancia Reinaldo Escobar |
| 03. | Cuba es una sola, y una sola su cultura Miriam Celaya |
| 04. | Nuevas regulaciones aduanales Ana López |
| 05. | El papel de la información en la sociedad cubana Dagoberto Valdés |
| 06. | Polémica Un juguete viejo y otros nuevos Juan Lázaro Besada |
| 07. | Polémica La juventud cubana y la crisis de valores Lucía Morera |
| 08. | Vitral: La Misión de la Iglesia
Dimas Castellanos |
| 09. | De la espectral mediocridad a la excelencia
Eugenio Leal |
| 10. | Textos imborrables El caballo de Naipe Manuel Márquez Sterling |
| 11. | Figuras y hechos cardinales: Arango y Parreño Gerardo Martí |
| 12. | Inéditos de "Conversaciones con Dios" Rafael Alcides |
| 13. | Humor Carlitos |
| Ilustración de portada Orlando Herández |
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Un gran viento de tristeza atraviesa perenne el mar y el cielo.
Fuera de ese viento, Señor, hallarás en este reino gente hirviendo los zapatos
para comérselos
y el silencio que dejan los entierros.

Con semillas buenas
hizo cosechas malas,
en nombre de la libertad
nos rodeó con alambre,
y puso guardianes
y perros rastreadores
En todo fue igual.
Con palabras verdaderas
compuso una gran mentira.
Prometió llevarnos al Paraíso
(que todavía por aquel tiempo
aguardaba
con las puertas abiertas),
y mira, oh Señor, mira
adónde terminó metiéndonos.
Sus altas funciones en el reino le permitieron el robo, la violencia, la mentira y el chantaje. Violó menores, negoció papeles secretos del Estado y hasta envenenó una vez los manzanos del huerto de un convento de clausura. Pero el duque siempre aplaudía. El duque siempre se inclinaba reverente al mencionar u oír mencionar el nombre de Su Majestad. Y en octavas reales (que merecieran todos los premios de la Real Academia) develó la secreta misión divina que permitía al monarca volar, hacerse invisible y leer el pensamiento. Mas cuando de repente misteriosamente un día el duque dejó de aplaudir e inclinarse reverente al hablarse de Su Divina Majestad, le cortaron la cabeza, Señor, la clavaron en una pica y una nube de heraldos que cabalgaron por el reino durante semanas fueron de plaza en plaza leyendo el bando que refería la vida escandalosa del duque y los porcuantos de la sentencia.
Para quitar al Rey Malo, el joven porquerizo que después gobernaría bajo el sobrenombre de El Rey Bueno encabezó una guerra que acabó con el trigo y el ganado y dejó como recuerdo de aquellos años tremendos un crespón de luto en cada puerta. Reunido con su pueblo en la resonante plaza Pública el día de la victoria, cortó de un sablazo la cabeza de un tigre y después sembró una flor. Simbolizaba de esta manera el nuevo monarca la liquidación del viejo estado de servidumbre y el comienzo de un paraíso sobre la tierra que hasta los ángeles, dijo, envidiarían.
Después los infinitos huérfanos dejados por la contienda se hicieron adultos; los ríos se congelaron y volvieron a correr, y por un inmemorial sortilegio que pesaba sobre el reino, algo empezó a suceder en el rostro del monarca. Por último un domingo de prisas con motivo de un banquete por el nuevo aniversario de la Victoria, cierto lacayo presuroso colocó sin darse cuenta el retrato del antiguo rey vencido encima del trono del vencedor. Mas por suerte para su cabeza y la de sus familiares y amigos, nadie en Palacio lo notó. Nadie. Ni siquiera el ya anciano rey Su Majestad el Bueno. Y allí se ha quedado el retrato.
Por aquel tiempo el Rey, para consolar el hambre y el frío de la plebe, procedió a repartir el porvenir.
Además del carbón, la lana y el tocino urgentes, le dio a cada siervo adulto casa con despensa y bodega bien surtidas, más jardín y huerto al fondo. Semanas después, para conmemorar por todo lo alto el Año Nuevo y el comienzo de aquella inesperada vida nueva, los hizo nobles sin distinción de edad, sexo o raza. Y entrada la primavera del año siguiente, en un nuevo rapto de generosidad les sustituyó sus cómodas y amplias casas aún olorosas a argamasa nueva por castillos inexpugnables atendidos por legiones de siervos de importación. Y les otorgó tanta tierra como en tres jornadas de a caballo de buen trote pudiera el nuevo castellano recorrer, más vacas y ovejas hasta donde alcanzara la vista.
Atónito veía el viajero recién llegado al reino pasar por las calles del porvenir a la plebe de antaño intercambiando saludos desde sus opulentos carruajes con escudos de oro tirados por poderosos troncos de caballos empenachados como mariscales. Estaban por entonces los nobles tan gordos que fuera del carruaje necesitaban trasladarse en sillas de ruedas. (continúa...) >>
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