Revista Digital Consenso
Número 7 de 2007


Figuras y hechos cardinales
Arango y Parreño: la importancia de su gran aporte
Gerardo Martí


Francisco de Arango y Parreño,1 nuestro primer estadista criollo, fue Apoderado del Ayuntamiento de La Habana ante el gobierno de Madrid en 1789; destacado promotor de la Sociedad Económica de Amigos del País y del Real Consulado de La Habana; representante de Cuba en las Cortes de Cádiz de 1812; miembro del Consejo de Indias y de la Junta Real para la pacificación de las Américas; Consejero de Estado en 1820 y Superintendente de Hacienda en 1824. Como político, abogado y economista se destacó en disímiles ámbitos, dos de los cuales, la producción de azúcar y la trata de esclavos, constituyen el contenido del presente análisis.

La dignidad de la persona, característica primaria y natural que iguala a todos los seres humanos en lo que es propio y exclusivo de su especie, es el fundamento de la identidad, que en cualquier época o lugar impide que una persona sea más ni menos que otra. Una identidad en la esencia que no niega la diferencia en la forma, pues cada individuo, por sus rasgos físicos, cultura, capacidad e inteligencia, difiere de otro: una clave para la convivencia entre los iguales-diferentes. Esta tesis fundamenta el derecho para que las personas sean tenidas en cuenta como sujetos, principio y fin de cualquier proyecto social, necesidad muy pocas veces presente a lo largo de la historia universal, y por supuesto de la nuestra, explica los magros resultados obtenidos y el estado actual de estancamiento en que estamos inmersos.

El nacimiento de Arango se produjo casi dos años después de culminar la ocupación británica de La Habana, un acontecimiento que, al poner en contacto a los criollos con lo más avanzado del pensamiento mundial, tuvo una fuerte y decisiva influencia en nuestro devenir. Uno de los primeros efectos de la ocupación, después de la retirada inglesa, fue la decisión de Carlos III de suprimir el monopolio del comercio, habilitar progresivamente los puertos españoles para el tráfico mercantil con Cuba y contratar la introducción de esclavos con algunas casas negreras. Un paquete de medidas que marcan el fin de la factoría y el inicio de una nueva época con un proyecto económico exitoso y el mejor estructurado de nuestra historia, en la cual el ilustre habanero devino principal ideólogo de los hacendados azucareros criollo-cubanos. En ese contexto se enmarca el valor de su obra: grande por el florecimiento económico alcanzado y triste por las consecuencias éticas, políticas y sociales.

La producción de azúcar

Las ideas de Arango sobre el fomento de la economía en Cuba están contenidas en innumerables trabajos; dos de ellos son significativas para el presente análisis. El primero, “Discurso sobre la agricultura de La Habana y medios de fomentarla” (1792), gracias al cual su nombre perduró como estadista colonial en nuestra historia política; es un informe que analiza de forma global las características de una empresa fabril desde el flujo de producción, pasando por la fuerza de trabajo, hasta la financiación, la distribución y los mercados. Informe que Domingo Ponte, en su laureada obra Francisco J. Arango y Parreño, estadista colonial cubano, califica de “Manual económico para el progreso de Cuba”, mientras Manuel Moreno Fraginals lo denomina “lección de economía seca, franca, sin más preocupaciones éticas que el dinero ni más objetivos que la producción de azúcar a bajo costo”. El segundo, es el informe titulado “Resultan grandes perjuicios de que en Europa se haga la fabricación del refino” (1794), donde Arango analiza los mecanismos empleados por las metrópolis europeas para la dominación colonial. Esta fue la primera crítica al mercantilismo realizada en una colonia española; por ello constituye una obra pionera del pensamiento económico. Uno de los resultados de este informe fue que el mismo determinó la emisión de la Real Orden de 23 de febrero de 1796 autorizando el establecimiento de refinerías en Cuba y la fabricación del aguardiente rum. Ambos informes se concentran en un mismo objetivo: convertir a Cuba en la colonia más rica del mundo.

Si la ocupación de La Habana por los ingleses creó las premisas para ese objetivo –en los primeros cinco meses se importaron 10 700 bozales– la ruina de Haití, provocada por la revolución, brindó la oportunidad para su realización. En el Memorial de 20 de noviembre de 1791, Arango reveló su talento político y su capacidad económica, al plantear la ocasión excepcional que se presentaba a Cuba de enriquecerse si desarrollaba con rapidez su agricultura, con el fin de sustituir a Haití antes de que lograra rehabilitarse. Había que mirar a la vecina isla, decía Arango: “no sólo con compasión, sino con ojos políticos”2. El vertiginoso aumento de los precios del azúcar y el café, resultados de la tragedia haitiana, generaron el boom azucarero y cafetalero que hizo envejecer repentinamente las formas institucionales, administrativas y jurídicas de la colonia. Sin embargo, ante esa oportunidad se alzaba como obstáculo el complejo problema de la fuerza de trabajo.

Ante la demanda del comercio mundial los hacendados cubanos, portadores de las ideas y dueños de la tierra, de las máquinas y de la mano de obra, tuvieron que decidir entre el pragmatismo deshumanizado o la dignidad de los seres humanos. Al decir de Moreno Fraginals, fueron esclavistas porque carecieron de asalariados; porque la esclavitud fue la única solución posible a la expansión azucarera. En consecuencia, optaron por una economía pura al margen de la ética, que obligaba al crecimiento permanente de la población negra, la cual aumentaba el peligro de una insurrección similar a la ocurrida en la vecina isla de Haití. Según datos citados por Don Fernando Ortiz, 236 599 esclavos pasaron por la aduana entre 1790 y 1820, los que -unidos a los de contrabando- eleva la cifra aproximadamente a 400 000 esclavos. El azúcar asumió la hegemonía y convirtió a la Isla en una gran plantación, que transformó el relativo carácter patriarcal que tuvo la esclavitud hasta ese momento en explotación intensiva del negro.

Desde ese momento azúcar y negros crecieron paralelos en la Isla variando radicalmente la geografía insular, la estructura económica y todos los aspectos de la sociedad colonial. Ya en la década de 1830, Cuba se había convertido, de un lado, en la primera exportadora mundial de azúcar, café, mieles (melaza), aguardiente y cobre, y estaba entre las primeras del mundo en cera, miel de abejas y tabaco; y de otro lado, la población negra había superado en número a la blanca. El miedo al negro, surgido en ese contexto, puso a la orden del día las preocupaciones por las inminentes sublevaciones masivas de esclavos. Al respecto, el sentir de los hacendados esclavistas fue expresado con claridad en la representación de la ciudad de La Habana a las Cortes Españolas, cuando Arango más o menos dijo: la libertad de su clase antes que la libertad del esclavo; los españoles antes que los africanos; los ciudadanos antes que las gentes de color; el gobierno antes que las llagas y vicios del cuerpo social. Ideas que constituyeron el fundamento de la Cuba de plantación, colonial, esclavista y burguesa; pues al decir de Maria del Carmen Barcia, la plantación no es sino un subsistema del capitalismo basado en las relaciones de producción esclavistas.

Una de las consecuencias de la posición de los hacendados fue que, como prácticamente eran gobierno y Cuba contaba con una altísima población esclava, en su agenda no estaba, ni podía estar, el ideal independentista. Por eso no se unieron al proceso de liberación que abarcó al continente en el primer cuarto del siglo XIX, pues la guerra implicaba su ruina como clase social. Estaban atrapados en el conflicto: necesitaban libertad para su clase y esclavitud para los negros. Su talón de Aquiles era el esclavo. En esa disyuntiva se debatieron hasta que la esclavitud, que durante un período de tiempo determinó su enriquecimiento, devino causa de la crisis y de la ruina que selló su suerte.

La trata de esclavos

Los resultados productivos de los hacendados dependían, como señalamos anteriormente, de la solución al problema de la mano de obra. Precisamente la vida política de Arango comenzó como Apoderado del Ayuntamiento habanero ante el gobierno metropolitano, donde sus primeras gestiones se encaminaron a lograr que la marina mercante española se ocupara del tráfico humano, que en esos momentos era controlado por la casa inglesa “Baker and Sawson”, la principal proveedora de esclavos que había en Cuba representada por su Apoderado Felipe Allwood.3 En su representación del 6 de febrero de 1789, Arango criticó la ausencia de España en el tráfico de esclavos africanos para el cultivo de las tierras de América, indicó las formas en que podría hacerlo y concluyó recomendando la libertad absoluta en el tráfico de esclavos, o en su lugar la autorización para realizarla durante tres o cuatro años a forma de ensayo.

En respuesta, la Junta Suprema de Estado presentó un informe que proponía la libre introducción de esclavos durante dos o tres años con determinadas condiciones. Esas recomendaciones quedaron plasmadas en la Real Cédula que autorizó la importación de negros exentos de todo derecho, sin licencia especial durante dos años. Cuando el plazo fijado estaba apunto de concluir, Arango presentó, el 10 de mayo de 1791 otra representación solicitando una nueva prórroga; que también fue la base de la Cédula de noviembre de 1791, concediendo dicha prórroga por seis años más. De esa forma la concesión que gozaba el puerto de Santiago de Cuba para la trata exclusivamente con los españoles, se hizo extensiva a los puertos de Nuevitas, Batabanó y Trinidad.

La importancia del tráfico negrero en el proyecto económico de la época era tal que, temiendo que la violencia resultante de la revolución haitiana pudiera interrumpir su comercio, Arango, se apresuró a tranquilizar al Gobierno en un Memorial fechado el 20 de noviembre de 1791, en el que se esforzó por demostrar las grandes diferencias entre las condiciones que provocaron la sublevación en la vecina isla y el régimen social existente en Cuba; un documento ilustrativo de su concepción acerca de los esclavos, donde expresa:

“... los amos de negros también tenían un tanto de culpa en la tragedia del Guarico, porque fueron maestros de sus siervos al proclamar los derechos del hombre y del ciudadano, motivando que los esclavos aspirasen a la libertad civil cuando se percataron de que los franceses los miraban como bestias y no como seres humanos”.4

Como resultado, la trata, que en los primeros siglos había sido relativamente escasa –desde 1521 a 1763 solamente fueron importados 60 000 esclavos– sufrió un brusco giro. Los esfuerzos de Arango para aumentar la población esclava desde 1789 hasta la Real Cédula de abril de 1804, permitió que durante ese período de tiempo se compraran y vendieran más esclavos que en los dos siglos y medio anteriores. De tal forma, la esclavitud en África, surgida de su propia evolución, fue multiplicada con la trata hasta convertirla en punto de arranque del sistema moderno de explotación y base de la acumulación capitalista originaria. Entre la producción azucarera y la trata se estableció una estrecha relación; todo lo que influía en el aumento o la disminución de uno, se reflejaba en el otro; porque los negros eran la palanca principal de los ingenios.5 En conjunto, entre el 28 de enero de 1789 y el 30 de abril de 1804 se dictaron catorce reales cédulas, órdenes y decretos que liberaron las antiguas trabas e impulsaron el gran negocio hispano-cubano de importación de esclavos que, unido a los horrores del sistema, generó un crecimiento de la población negra al punto de superar en número a la población blanca. Resultados que incidieron de forma decisiva en nuestra cultura, identidad, forma de ser y en el proceso de conformación de la nación.

En la plantación, incomunicados del mundo exterior, los negros quedaban sometidos a la esclavitud por vida. En ella conformaron agrupaciones humanas prácticamente sin mujeres, un desequilibrio que rompió el concepto de familia de los cautivos, a la vez que impidió, al carecer de derechos y responsabilidad económica, la conformación de la familia nuclear típica de la sociedad blanca dominante. En la plantación-cárcel, la familia del negro desapareció: uno de los grandes crímenes cometidos por la esclavitud en Cuba. No fue hasta mucho después que los hacendados cubanos realizaron gestiones para incluir las féminas de piel tostada. Arango, previendo la futura interrupción del tráfico negrero se ocupó y preocupó por el aumento de la población esclava mediante la reproducción natural in situ. El ilustre estadista no sólo logró la libertad para introducir mujeres con fines reproductivos, sino que en su ingenio –el mayor del mundo en su época– durante la década de 1820, toda la caña fue cortada y alzada exclusivamente por negras.6 La cría de esclavos a imagen y semejanza de la cría animal tuvo algunos resultados en el ámbito productivo, pero generó efectos tan horribles como las madres infanticidas7que en un acto de “amor” optaban por eliminar a sus descendientes para que escaparan a tiempo de los horrores de la esclavitud, algo que pudiera calificarse como eutanasia de plantación.

Para dominar la desobediencia en la plantación, se empleaba un abanico de castigos que generalmente se ejecutaban a la entrada del barracón para que sirviera de muro de contención al espíritu de rebeldía: el azote, el boca abajo, el novenario, la escalera y el bayona, eran parte del repertorio. De tan infernales condiciones de vida –más bien de muerte– brotaron el cimarrón, el palenque y las conspiraciones. Una violencia que se manifestó con total desnudez desde fines del siglo XVIII durante las sublevaciones esclavas. Dentro de ellas un lugar especial corresponde a la insurrección liderada por el negro libre José Antonio Aponte y Ulabarra, en el Central Peñas Altas (Guanabo) que quería conseguir en Cuba lo que Toussaint Louverture en Haití, mediante una conspiración que abarcara toda la Isla con el objetivo de abolir la esclavitud y derrocar al gobierno colonial. Esa escalada de violencia llegó a su cima con el sanguinario Leopoldo O' Donnell, quien, en 1844 dirigió la horrible represión conocida como “Conspiración de la Escalera”, en la que fueron involucradas más de cuatro mil personas negras y blancas, “57 fusilamientos, 817 encarcelados y 334 desterrados, más de 300 muertos durante los procesos de investigación, además de los muchos negros y mulatos cubanos que tuvieron que abandonar sus hogares en Cuba y partir hacia el exilio en México.8

El pragmatismo de las cajas de azúcar, que criticaba el padre Félix Varela, constituyó un intento de desarrollo económico basado en la subordinación de una población que constituía la mitad de la Isla. En el desconocimiento del diferente que atraviesa nuestra historia hasta el presente están los gérmenes del resultado obtenido. Cierto es que Arango fue quizás el primero que hablara de “patria” a los cubanos, pero de una patria excluyente.

La influencia de nuestro ilustre estadista es de tal magnitud que el desconocimiento de su obra impide hablar y entender la historia precedente de Cuba. Quizás, aunque no fue su propósito, su mayor aporte radica en habernos demostrado fehacientemente que nuestra formación como pueblo impide el progreso de un grupo social en detrimento de otro. Se puede sí, crecer en la economía o en cualquier otro ámbito durante algún tiempo, pero no se puede progresar; mucho menos conformar una nación, desconociendo los derechos de una parte tan sensible de los nacionales, pues tarde o temprano ese proyecto, sueño o utopía de crear las bases de una nación en ausencia de una conciencia de destino común tenía que sucumbir. Y así fue: Cuba devino primera exportadora de azúcar pero terminó sumida en el horror, la sangre, el odio y los prejuicios raciales que aún subsisten. Desgraciadamente ese no fue el último intento de lograr el progreso y la igualdad desde la desigualdad. Se trata de un hecho repetitivo a lo largo de nuestra historia.

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1Nació en La Habana el 22 de mayo de 1765 y murió en la misma ciudad el 31 de marzo de 1837. Estudió humanidades en el Seminario San Carlos, obtuvo el título de Bachiller en Derecho Civil en la Universidad de San Jerónimo de La Habana en 1786 y se graduó de Abogado en la Universidad de Madrid en 1789.
2D. Ponte. Francisco J. Arango y Parreño estadista colonial cubano, p. 27 3Felipe Allwood, apoderado de la firma londinense “Baker and Dawson”, principal proveedora de esclavos que había en Cuba en esa época. En 1795 se ordenó su salida de Cuba, por lo que el tráfico de negros estuvo a apunto de interrumpirse. Gracias a la gestión de Arango, Alwood pudo permanecer en la Isla.
4D. Ponte. Francisco J. Arango y Parreño estadista colonial cubano, p. 27 5M. Moreno Fraginals. Cuba/España, España/Cuba, p. 510
6M. Moreno Fraginals. El ingenio. Tomo II, p. 43
7Ibídem: p. 54
8S.Larrúa Guedes. La Orden de Predicadores en la isla de Cuba, p. 313


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Gerardo Martí
Historiador
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