El convencionalismo desvanecido en el alma del pueblo, que no fue interpretado es, al entender del gobernante, un derecho perdurable, una ley fatal del sentimiento, una trinchera política, en el desastre, que no debe abandonar. Por su origen, fue el gobierno, a lo largo de la senda de abrojos, la interrogación de una tendencia que no se proyectaba hacia ningún extremo. La interrogación ha logrado ya su repuesta. Pero, esta respuesta no debe ser definitiva, como nada ha sido definitivo a su paso por el mundo, de igual manera que los medios usados, para recuperar los convencionalismos desmoronados, deben corresponder a la mediocridad del ambiente. Si los liberales, que se inclinan al proyecto, intolerable, de tocar a rebato ante el peligro que se cierne sobre la República, reflexionan serenamente, miden sus propias responsabilidades, y dejan caer, en el debate, una gota de filosofía, advertirán que el Gobierno, a pesar de sus resistencias, constituye un gran peligro hueco entre la realidad y el ideal. Mover todas las fuerzas activas de la República, actuar siempre dentro de la soberanía nacional; y no se convertirá el peligro hueco en maza sólida desprendida sobre la patria inerme. No hay caballo de naipe que pueda contra toda la baraja, si permanece sereno el entendimiento y está sano el corazón. (volver a la primera página) <<
Versión imprimible
____________________________________________________________
Manuel Márquez Sterling
Escritor, periodista, diplomático, (1872-1934)
Nació en la sede diplomática de Cuba en Lima, por lo cual, jurídicamente, es cubano de nacimiento. A los diez años de edad pasó a residir a Puerto Príncipe (Cuba). Cursó la primera enseñanza en el colegio de los Padres Escolapios de esa ciudad. A los quince años fundó la revista El Estudiante. Colaboró en El Pueblo. En 1889 ingresó en la redacción de El Camagüeyano y se graduó de bachiller en el Instituto, de Puerto Príncipe. Debido a su padecimiento de asma, sus padres lo envían a México a reponerse. En Mérida colabora en El Eco del Comercio y en La Revista de Mérida. Al cabo del año vuelve a Camagüey, matricula en La Habana la carrera de leyes (1891) y publica artículos en La Lucha. Retorna a México y allí trabaja en un Banco, escribe crónicas de ajedrez para el Diario del Hogar y publica la revista El Arte de Philidor (1894). En ese año conoce a José Martí y se vincula a la causa revolucionaria del 95, pero su mala salud le impide venir a Cuba. En Nueva York, Gonzalo de Quesada le encomienda la organización del archivo de Martí. Parte hada París con misión de propaganda. Prosigue su labor en Madrid. Colaboró en la Revista Internacional de Ajedrez. En México fundó el semanario La Lucha, de militancia revolucionaria, y fue corresponsal de La Discusión. Terminada la guerra, desempeña en Camagüey un cargo en la inspección del censo y colabora en La Verdad. En La Habana escribe para Patria, Cuba libre y El Fígaro (1900-1926), que lo eligió «el mejor escritor joven cubano» en 1903. Parte hacia París como secretario de Gonzalo de Quesada. Al fundarse en 1901 el periódico El Mundo, colabora en él. Su nombramiento como secretario de la Legación de Cuba en México no tuvo efecto, al ser declarado persona no grata por el secretario de Relaciones Exteriores de ese país, a causa de un artículo suyo sobre Porfirio Díaz. En 1907 fue designado cónsul general en Buenos Aires. A partir de ese año y hasta el final de su vida desempeña cargos diplomáticos en Latinoamérica y Estados Unidos. En 1913 presenta credenciales al Presidente Madero, de México. Denuncia las maniobras llevadas a cabo contra éste por el embajador norteamericano, con el cual se entrevista para abogar por la libertad de Madero. Muerto éste, acompaña a sus familiares a Cuba. Escribió artículos sobre la Revolución Mexicana. En La Habana funda el diario Heraldo de Cuba y, en 1916, La Nación. Se le confirió el grado de Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de México (1921). En Washington mantiene sus ataques a la Enmienda Platt en artículos que envía al Heraldo de Cuba. En Cuba colabora en el Heraldo y en El País. Es nombrado director de la Oficina Panamericana del Ministerio de Estado (1924). Fue profesor titular del Instituto del Servicio Exterior de la Universidad de la Habana, miembro de la Sección de literatura de la Academia Nacional de Artes y Letras desde 1910 y, en 1929, miembro de la Academia de la Historia. Fue secretario de Estado durante el gobierno de Grau San Martín y, con posterioridad, encargado provisional del Poder Ejecutivo y embajador en Washington (1934), donde falleció, después de lograr la abrogación de la Enmienda Platt. Es autor de varios libros sobre ajedrez y de los prólogos a Pláticas agridulces (1906),de Sergio Cuevas Zequeira, y a la segunda edición de los Episodios de la revolución cubana (1911), de Manuel de la Cruz. No pudo terminar su última obra, Proceso histórico de la Enmienda Platt, que completó su sobrino Carlos Márquez Sterling. Utilizó los seudónimos Tresemes, Manuel Márquez Mola, Carlos Loysel y XXX.