Revista Digital Consenso
Número 7 de 2007


Textos imborrables: El caballo de Naipe
Manuel Márquez Sterling


Ver las cosas como son, exactamente en su tamaño, exactamente en lo que valen, exactamente en su realidad, es, entre nosotros, rarísima condición. A fuerza de imaginativos e hiperbólicos, nuestro espejo mental aumenta o disminuye, jamás copia. Educados en la opulencia o en la mezquindad, nos avenimos poco a los términos medios, al equilibrio. El equilibrio psicológico se nos antoja frialdad, indiferencia. Su contacto nos causa fastidio. Y no escuchamos, por anodino, su consejo. Eran así, nuestros antepasados, en España. Son así nuestros hermanos en América. Grandes acontecimientos de la historia del Nuevo Mundo les produjeron malos anteojos del espíritu. Llevados de la primera impresión, estremecidos por una sensibilidad exacerbada, contemplamos, frecuentemente, sobre el capullo de una flor, el espectro de un malvado. Y nos desvanecemos de entusiasmo por la virtud que no existe o nos arrebatamos de cólera por el delito que no se ha cometido. Eso, los errores de juicio, de orientación, de energía, son los que conducen a nuestros representativos, de la popularidad y la confianza, al desprestigio y el fracaso. Cada crisis política es, por eso, entre nosotros, un desgarramiento. Los personajes, formados de la nada, se levantan y caen. El viento derrumba, como a castillos de naipes, las reputaciones. Y bajo el sol más ardiente y sobre la tierra más pomposa, los horizontes se estrechan y los hombres, en pugna desigual, se rinden y se rehacen y luchan y se van para volver. El actual problema de Cuba es el fracaso de un Gobierno erigido sobre la hipérbole que reacciona, tardíamente, y sin apoyo, contra los convencionalismos que le dieron, anticipado, el soplo de la fama. Grandes gobernantes que dejan de serlo a la hora de gobernar; hombres desprendidos, generosos, abnegados, antes de tocar el momento de los desprendimientos, las generosidades y las abnegaciones; un lamentable afán de vivir fuera de nosotros mismos y a despecho de la experiencia. Y el brioso corcel que vieron nuestros ojos orgullosamente plantado en la montaña, es ahora el caballo de una baraja, inmóvil en la pequeña cartulina de colores. En el tapete de la República se suceden, rápidamente, los triunfos del azar, junto a los oros, las espadas, disgregados en el desastre de empresas nacionales mal calculadas. A través de la exaltación, las mínimas figuras toman ficticias proporciones de monumento. De cal queremos hacer mármoles. Y siempre concluimos por indignarnos, cuando, al cabo, vuelven los mármoles a ser cal.

Tenemos delante un gobierno que no quiere reconocer el desgaste de su naturaleza artificial, hecho a golpes de convencionalismo y deshecho, en la opinión, a golpes de realidad. A tanto extremos fue ilógico el encumbramiento de sus hombres, que no conciben ellos, ahora, la lógica de su descenso. Fracasado como guía de su pueblo, carece del sentido necesario para enterarse de su fracaso. No ha desarrollado un programa, ni una doctrina, ni un sistema de rígida y severa administración. Y en su ambiente de mediocridad, parecen grandes personajes muchas pequeñas personas; y supremo intelecto, mucha inteligencia vulgar; y torpe, trasnochado, absurdo, el único sabio que, por misteriosa ironía del destino, comparte con ellos la gran responsabilidad del presente. Proscripto el cerebro y no muy ardoroso el corazón, ha sido este Gobierno modelo de pasividad para todo impulso reparador, sin criterio de las cuestiones voluminosas, acomodada siempre su moral a la rutina de las tolerancias tradicionales.

En su corto vuelo ha discurrido que la ética individual es diversa de la colectiva. Cada hombre debe ser pulcro, en relación a otro hombre. La pulcritud es, en cambio, debilidad, si se mantiene en las relaciones de cada hombre con respecto a todos los demás. Así discierne y así procede. Esa es la licencia que le permite declararse inmune de sí mismo. El sujeto se desdobla en el gobernante. Y conserva una doble personalidad. Entre ella, el puente del egoísmo echa a un lado todo lo que es grato, útil, conveniente al individuo particular, y a otro, todo aquello que incumbe al gobernante. En este reparto, jamás el individuo se opone al gobernante, ni osa el gobernante mortificar al individuo. Y así como la falta del gobernante no tiñe al individuo, la virtud del individuo no envuelve con su manto de luz al gobernante, aunque, desde luego, hace más por el individuo el gobernante que por el gobernante el individuo.

Gobernar es interpretar el espíritu de un pueblo. No gobierna quien no provee a interpretar. Nosotros vivimos del revés. El pueblo interpreta al gobernante. Provee a los egoísmos, a la frivolidad, a la insuficiencia del gobernante. Sirve, en vez de ser él servido. La aplicación del régimen democrático no ha llegado, todavía, entre nosotros, a la médula constitucional. Porque la forma cuidada no corresponde a la entraña perfecta. Nuestra infancia de pueblo nuevo está aún tocada de la decrepitud colonial de un pueblo viejo. Junto al retoño de hirviente savia, la encina añosa con su tronco ennegrecido y seco. La libertad abre la brecha y los separa. La encina intenta aún prevalecer sobre el retoño; y o lo gobierna propiamente porque carece de la capacidad de interpretarla.

Nuestro tiempo es tiempo para hombres nuevos, aconsejados e influidos entre sí, a la sombra de una sola bandera posible: progresar. Progreso es, en este caso, civismo. Porque en busca del civismo fue la Revolución y a cosechar sus frutos la República. Las dos corrientes primordiales para ir libres al futuro, son la realidad y el ideal. Se quita la realidad y el ideal nos aturde. Se quita el ideal y la realidad nos detiene. Gobierno sin realidad y sin ideal es el fracaso. El fracaso que estamos observando en plena crisis, (...) Los partidos no pudieron o no quisieron ver, en su tamaño exacto, la realidad cuando dejaban, sin fundamento, a merced de este Gobierno, el ideal. Ahora él no quiere y acaso no puede ver en su dimensión geométrica, la realidad de los partidos a los cuales el ideal sacude sobre las exprimidas raíces de la encina.

El convencionalismo desvanecido en el alma del pueblo, que no fue interpretado es, al entender del gobernante, un derecho perdurable, una ley fatal del sentimiento, una trinchera política, en el desastre, que no debe abandonar. Por su origen, fue el gobierno, a lo largo de la senda de abrojos, la interrogación de una tendencia que no se proyectaba hacia ningún extremo. La interrogación ha logrado ya su repuesta. Pero, esta respuesta no debe ser definitiva, como nada ha sido definitivo a su paso por el mundo, de igual manera que los medios usados, para recuperar los convencionalismos desmoronados, deben corresponder a la mediocridad del ambiente. Si los liberales, que se inclinan al proyecto, intolerable, de tocar a rebato ante el peligro que se cierne sobre la República, reflexionan serenamente, miden sus propias responsabilidades, y dejan caer, en el debate, una gota de filosofía, advertirán que el Gobierno, a pesar de sus resistencias, constituye un gran peligro hueco entre la realidad y el ideal. Mover todas las fuerzas activas de la República, actuar siempre dentro de la soberanía nacional; y no se convertirá el peligro hueco en maza sólida desprendida sobre la patria inerme. No hay caballo de naipe que pueda contra toda la baraja, si permanece sereno el entendimiento y está sano el corazón.



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1Tomado de La Nación. (Año I, No. 245, de 5 de diciembre de 1916)



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Manuel Márquez Sterling
Escritor, periodista, diplomático, (1872-1934)
Nació en la sede diplomática de Cuba en Lima, por lo cual, jurídicamente, es cubano de nacimiento. A los diez años de edad pasó a residir a Puerto Príncipe (Cuba). Cursó la primera enseñanza en el colegio de los Padres Escolapios de esa ciudad. A los quince años fundó la revista El Estudiante. Colaboró en El Pueblo. En 1889 ingresó en la redacción de El Camagüeyano y se graduó de bachiller en el Instituto, de Puerto Príncipe. Debido a su padecimiento de asma, sus padres lo envían a México a reponerse. En Mérida colabora en El Eco del Comercio y en La Revista de Mérida. Al cabo del año vuelve a Camagüey, matricula en La Habana la carrera de leyes (1891) y publica artículos en La Lucha. Retorna a México y allí trabaja en un Banco, escribe crónicas de ajedrez para el Diario del Hogar y publica la revista El Arte de Philidor (1894). En ese año conoce a José Martí y se vincula a la causa revolucionaria del 95, pero su mala salud le impide venir a Cuba. En Nueva York, Gonzalo de Quesada le encomienda la organización del archivo de Martí. Parte hada París con misión de propaganda. Prosigue su labor en Madrid. Colaboró en la Revista Internacional de Ajedrez. En México fundó el semanario La Lucha, de militancia revolucionaria, y fue corresponsal de La Discusión. Terminada la guerra, desempeña en Camagüey un cargo en la inspección del censo y colabora en La Verdad. En La Habana escribe para Patria, Cuba libre y El Fígaro (1900-1926), que lo eligió «el mejor escritor joven cubano» en 1903. Parte hacia París como secretario de Gonzalo de Quesada. Al fundarse en 1901 el periódico El Mundo, colabora en él. Su nombramiento como secretario de la Legación de Cuba en México no tuvo efecto, al ser declarado persona no grata por el secretario de Relaciones Exteriores de ese país, a causa de un artículo suyo sobre Porfirio Díaz. En 1907 fue designado cónsul general en Buenos Aires. A partir de ese año y hasta el final de su vida desempeña cargos diplomáticos en Latinoamérica y Estados Unidos. En 1913 presenta credenciales al Presidente Madero, de México. Denuncia las maniobras llevadas a cabo contra éste por el embajador norteamericano, con el cual se entrevista para abogar por la libertad de Madero. Muerto éste, acompaña a sus familiares a Cuba. Escribió artículos sobre la Revolución Mexicana. En La Habana funda el diario Heraldo de Cuba y, en 1916, La Nación. Se le confirió el grado de Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de México (1921). En Washington mantiene sus ataques a la Enmienda Platt en artículos que envía al Heraldo de Cuba. En Cuba colabora en el Heraldo y en El País. Es nombrado director de la Oficina Panamericana del Ministerio de Estado (1924). Fue profesor titular del Instituto del Servicio Exterior de la Universidad de la Habana, miembro de la Sección de literatura de la Academia Nacional de Artes y Letras desde 1910 y, en 1929, miembro de la Academia de la Historia. Fue secretario de Estado durante el gobierno de Grau San Martín y, con posterioridad, encargado provisional del Poder Ejecutivo y embajador en Washington (1934), donde falleció, después de lograr la abrogación de la Enmienda Platt. Es autor de varios libros sobre ajedrez y de los prólogos a Pláticas agridulces (1906),de Sergio Cuevas Zequeira, y a la segunda edición de los Episodios de la revolución cubana (1911), de Manuel de la Cruz. No pudo terminar su última obra, Proceso histórico de la Enmienda Platt, que completó su sobrino Carlos Márquez Sterling. Utilizó los seudónimos Tresemes, Manuel Márquez Mola, Carlos Loysel y XXX.




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