| 01. | Historia de una obsesión Entrevista con un balsero cubano por Yoani Sánchez |
| 02. | Despenalizar la discrepancia Reinaldo Escobar |
| 03. | Cuba es una sola, y una sola su cultura Miriam Celaya |
| 04. | Nuevas regulaciones aduanales Ana López |
| 05. | El papel de la información en la sociedad cubana Dagoberto Valdés |
| 06. | Polémica Un juguete viejo y otros nuevos Juan Lázaro Besada |
| 07. | Polémica La juventud cubana y la crisis de valores Lucía Morera |
| 08. | Vitral: La Misión de la Iglesia
Dimas Castellanos |
| 09. | De la espectral mediocridad a la excelencia
Eugenio Leal |
| 10. | Textos imborrables El caballo de Naipe Manuel Márquez Sterling |
| 11. | Figuras y hechos cardinales: Arango y Parreño Gerardo Martí |
| 12. | Inéditos de "Conversaciones con Dios" Rafael Alcides |
| 13. | Humor Carlitos |
| Ilustración de portada Orlando Herández |
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Ver las cosas como son, exactamente en su tamaño, exactamente en lo que valen, exactamente en su realidad, es, entre nosotros, rarísima condición. A fuerza de imaginativos e hiperbólicos, nuestro espejo mental aumenta o disminuye, jamás copia. Educados en la opulencia o en la mezquindad, nos avenimos poco a los términos medios, al equilibrio. El equilibrio psicológico se nos antoja frialdad, indiferencia. Su contacto nos causa fastidio. Y no escuchamos, por anodino, su consejo. Eran así, nuestros antepasados, en España. Son así nuestros hermanos en América. Grandes acontecimientos de la historia del Nuevo Mundo les produjeron malos anteojos del espíritu. Llevados de la primera impresión, estremecidos por una sensibilidad exacerbada, contemplamos, frecuentemente, sobre el capullo de una flor, el espectro de un malvado. Y nos desvanecemos de entusiasmo por la virtud que no existe o nos arrebatamos de cólera por el delito que no se ha cometido. Eso, los errores de juicio, de orientación, de energía, son los que conducen a nuestros representativos, de la popularidad y la confianza, al desprestigio y el fracaso. Cada crisis política es, por eso, entre nosotros, un desgarramiento. Los personajes, formados de la nada, se levantan y caen. El viento derrumba, como a castillos de naipes, las reputaciones. Y bajo el sol más ardiente y sobre la tierra más pomposa, los horizontes se estrechan y los hombres, en pugna desigual, se rinden y se rehacen y luchan y se van para volver. El actual problema de Cuba es el fracaso de un Gobierno erigido sobre la hipérbole que reacciona, tardíamente, y sin apoyo, contra los convencionalismos que le dieron, anticipado, el soplo de la fama. Grandes gobernantes que dejan de serlo a la hora de gobernar; hombres desprendidos, generosos, abnegados, antes de tocar el momento de los desprendimientos, las generosidades y las abnegaciones; un lamentable afán de vivir fuera de nosotros mismos y a despecho de la experiencia. Y el brioso corcel que vieron nuestros ojos orgullosamente plantado en la montaña, es ahora el caballo de una baraja, inmóvil en la pequeña cartulina de colores. En el tapete de la República se suceden, rápidamente, los triunfos del azar, junto a los oros, las espadas, disgregados en el desastre de empresas nacionales mal calculadas. A través de la exaltación, las mínimas figuras toman ficticias proporciones de monumento. De cal queremos hacer mármoles. Y siempre concluimos por indignarnos, cuando, al cabo, vuelven los mármoles a ser cal.
Tenemos delante un gobierno que no quiere reconocer el desgaste de su naturaleza artificial, hecho a golpes de convencionalismo y deshecho, en la opinión, a golpes de realidad. A tanto extremos fue ilógico el encumbramiento de sus hombres, que no conciben ellos, ahora, la lógica de su descenso. Fracasado como guía de su pueblo, carece del sentido necesario para enterarse de su fracaso. No ha desarrollado un programa, ni una doctrina, ni un sistema de rígida y severa administración. Y en su ambiente de mediocridad, parecen grandes personajes muchas pequeñas personas; y supremo intelecto, mucha inteligencia vulgar; y torpe, trasnochado, absurdo, el único sabio que, por misteriosa ironía del destino, comparte con ellos la gran responsabilidad del presente. Proscripto el cerebro y no muy ardoroso el corazón, ha sido este Gobierno modelo de pasividad para todo impulso reparador, sin criterio de las cuestiones voluminosas, acomodada siempre su moral a la rutina de las tolerancias tradicionales.
En su corto vuelo ha discurrido que la ética individual es diversa de la colectiva. Cada hombre debe ser pulcro, en relación a otro hombre. La pulcritud es, en cambio, debilidad, si se mantiene en las relaciones de cada hombre con respecto a todos los demás. Así discierne y así procede. Esa es la licencia que le permite declararse inmune de sí mismo. El sujeto se desdobla en el gobernante. Y conserva una doble personalidad. Entre ella, el puente del egoísmo echa a un lado todo lo que es grato, útil, conveniente al individuo particular, y a otro, todo aquello que incumbe al gobernante. En este reparto, jamás el individuo se opone al gobernante, ni osa el gobernante mortificar al individuo. Y así como la falta del gobernante no tiñe al individuo, la virtud del individuo no envuelve con su manto de luz al gobernante, aunque, desde luego, hace más por el individuo el gobernante que por el gobernante el individuo.
Gobernar es interpretar el espíritu de un pueblo. No gobierna quien no provee a interpretar. Nosotros vivimos del revés. El pueblo interpreta al gobernante. Provee a los egoísmos, a la frivolidad, a la insuficiencia del gobernante. Sirve, en vez de ser él servido. La aplicación del régimen democrático no ha llegado, todavía, entre nosotros, a la médula constitucional. Porque la forma cuidada no corresponde a la entraña perfecta. Nuestra infancia de pueblo nuevo está aún tocada de la decrepitud colonial de un pueblo viejo. Junto al retoño de hirviente savia, la encina añosa con su tronco ennegrecido y seco. La libertad abre la brecha y los separa. La encina intenta aún prevalecer sobre el retoño; y o lo gobierna propiamente porque carece de la capacidad de interpretarla.
Nuestro tiempo es tiempo para hombres nuevos, aconsejados e influidos entre sí, a la sombra de una sola bandera posible: progresar. Progreso es, en este caso, civismo. Porque en busca del civismo fue la Revolución y a cosechar sus frutos la República. Las dos corrientes primordiales para ir libres al futuro, son la realidad y el ideal. Se quita la realidad y el ideal nos aturde. Se quita el ideal y la realidad nos detiene. Gobierno sin realidad y sin ideal es el fracaso. El fracaso que estamos observando en plena crisis, (...) Los partidos no pudieron o no quisieron ver, en su tamaño exacto, la realidad cuando dejaban, sin fundamento, a merced de este Gobierno, el ideal. Ahora él no quiere y acaso no puede ver en su dimensión geométrica, la realidad de los partidos a los cuales el ideal sacude sobre las exprimidas raíces de la encina. (continúa...) >>
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