
Entre los hechos históricos que encierran claves y merecen constantes evaluaciones para enfrentar los retos actuales, por su significación en nuestro devenir como pueblo, ocupa un lugar destacado la toma de La Habana por los ingleses en la segunda mitad del siglo XVIII.
Sin desestimar en lo más mínimo las reformas introducidas en la Isla por el monarca ilustrado Carlos III, ni los avances de la oligarquía criolla, lo que Cuba fue a partir de 1762 sería inexplicable sin considerar la influencia de ese acontecimiento que no se reduce a dividir nuestra historia en un antes y un después, ya que otros acontecimientos también podrían reclamar ese derecho. Se trata, sobre todo, de la ascendiente que tuvo sobre la lucha de intereses que se venía desarrollando en la Isla entre criollos y peninsulares por la igualdad de participación en la “desigualdad”; pues los derechos reclamados, a su vez eran negados a blancos pobres y negros libres o esclavos: una conducta negativa presente hasta hoy a lo largo de nuestra historia.
De la Guerra de Sucesión (1702-1714), que dio inicio a la dinastía Borbónica en España y que culminó con el conjunto de acuerdos firmados en Utrecht, emergieron las bases del primer imperio colonial británico. Una de las manifestaciones de ese imperio fueron las continuas guerras entre las potencias europeas por el control de las rutas marítimas, del comercio y de las fuentes de materias primas. De esos acuerdos Inglaterra obtuvo el privilegio del asiento de negros esclavos y la introducción de cientos de toneladas de productos ingleses en territorio americano. Utrecht fue además, el antecedente de la Guerra de los Siete Años (1756-1763) entre Inglaterra y Francia en la cual, la Corona española, ligada por lazos de sangre a los galos, participó como aliada suya. En respuesta, las velas de la Armada Británica hicieron acto de presencia en La Habana en junio de 1762 y dos meses después habían ocupado la ciudad, que era el centro marinero y militar de defensa y comunicaciones del imperio español: la posición más codiciada por los británicos, pues sin ella el dominio naval del Caribe era incompleto.
Los intentos de ocupar la Isla se remontan a 1586, cuando el navegante, explorador y corsario inglés Francis Drake atacó a La Habana, pero el antecedente más inmediato tuvo lugar en 1741, durante la Guerra de la Oreja de Jenkins, momento en que la armada británica fracasó en el intento por tomar la ciudad de Santiago de Cuba y crear un enclave en Guantánamo. Fracaso debido, entre otros factores, a la pericia militar del entonces gobernador de la región oriental Francisco Cajigal y de la Vega y a la labor desplegada por el entonces Provisor y Vicario General Pedro Agustín Morell de Santa Cruz.
Dos hechos previos a la ocupación se relacionan con los resultados. Uno, radica en que la presencia inglesa se produjo en un momento de tensiones entre la metrópoli y la oligarquía criolla, cuyos intereses se venían distanciando; un proceso de contradicciones que había sido reflejado, poco antes de la ocupación inglesa, por el ideólogo de.la oligarquía habanera, Don José Martín Félix de Arrate y Acosta en su obra Llave del Nuevo Mundo. Antemural de las Indias Occidentales, cuya dedicatoria data del 30 de noviembre de 1761. En ella se sustenta una historia de la ciudad basada en el enaltecimiento de los criollos habaneros con el fin de equipararse al peninsular en materia de derechos como fundamento de la participación. El otro hecho, consiste en que Francisco Cajigal y de la Vega, gobernador de la Isla desde la década del 50, que había autorizado la extracción de azúcar en barcos fletados por particulares, rompiendo el monopolio de la Compañía de Comercio de La Habana, y que además, contaba entre sus grandes méritos militares la victoria sobre los ingleses en el intento de ocupación de Santiago de Cuba, fue sustituido por Juan del Prado Portocarrero y Luna, desconocedor de la guerra irregular y de las características defensivas de La Habana. Del Prado, con órdenes expresas de poner coto al creciente poder de los oligarcas habaneros, liquidó la Compañía de Comercio y restableció las prácticas económicas que afectaban a los criollos, creando entre la oligarquía criolla un ambiente desfavorable a la Corona a sólo unos meses de presentarse la Armada Inglesa frente a La Habana.
La acción militar, desarrollada entre el 7 de junio y el 12 de agosto, que tuvo por escenario principal la toma del Castillo de los Tres Reyes del Morro, constituyó la mayor movilización militar y naval que conociera la historia americana hasta el siglo XIX. De un lado, el conde Albermarle con 53 buques de guerra, más de 200 transportes y miles de hombres que representaban más del 50% de las fuerzas navales inglesas en el Caribe y el apoyo proveniente de las Trece Colonias americanas. De otro lado, el mariscal Juan del Prado con 14 buques anclados en la Bahía, las fortalezas del sistema defensivo y unos 9 mil efectivos, incluyendo milicianos del vecindario.
El 7 de junio comenzó el ataque por los castillejos de Cojímar y Bacuranao para tomar Guanabacoa. Los defensores cerraron la boca del puerto hundiendo dos navíos; una acción que, al inutilizar la escuadra dejándola encerrada dentro de la Bahía, dejó a los británicos dueños del mar y retiraron la tropa de la zona de la Cabaña por considerarla indefendible. Ese día nombraron al capitán de navío don Luis de Velasco de Isla al frente del Morro. El día 11 los ingleses ocuparon la Cabaña, desde allí comenzaron a disparar hacia el Morro y el día 27 llegaron sus primeras fuerzas hasta el foso. A partir de ese momento se desarrolló un mes de tenaz resistencia en la cual el propio Luis de Velasco fue herido por la metralla. El 28 de julio, dos días antes de iniciar el asalto, llegaron los esperados refuerzos ingleses de Norteamérica, sin los cuales era impensable iniciar el ataque al Morro. El día 30 reventó la mina que previamente había sido colocada por los zapadores y por la brecha abierta, con cinco regimientos, comenzó el asalto. Después de una hora de combate cuerpo a cuerpo la fortaleza estaba dominada. En la contienda perecieron unos mil sitiados – entre ellos Luis de Velasco, quien murió al día siguiente a causa de sus heridas- y más de 3 mil sitiadores. El 31 de julio toda la artillería de la Plaza se disparó contra el Morro dejándolo arruinado por completo y Albemarle tuvo que trasladar su cuartel general a la Chorrera. El día 10 se conminó a la rendición de la ciudad y el 11 comenzó el ataque, ante el cual se pidió tregua por la parte española para preparar la capitulación, que finalmente fue firmada el 12 de agosto de 1762.
Se calcula que sobre la ciudad y sus defensas cayeron hasta 3 070 bombas y granadas. En su defensa murieron unos 3 700 hombres de todas las fuerzas, mientras los británicos confesaron haber tenido 5 286 muertos, incluyendo los casos por enfermedades. Un dato interesante es que 800 ó 900 de los 3 700 muertos de la parte española eran negros esclavos, muchos de los cuales fueron pasados a cuchillo en venganza por sus acciones contra los británicos. Dos de esas acciones tuvieron lugar el 26 y el 29 de junio. En la primera, 13 de los esclavos que se hallaban en el Morro salieron sorpresivamente machete en mano, se lanzaron sobre una avanzada enemiga, mataron a uno de sus miembros, hicieron siete prisioneros y pusieron al resto en fuga; acción que fue premiada con su libertad. En la segunda, otro grupo salió por la Puerta de Tierra, mataron a un Capitán, a una parte de la tropa e hicieron 47 prisioneros, ocupando también tres banderas.
El 6 de julio de 1763 se produjo la retirada inglesa de La Habana a cambio de la Florida. Después de esto nada volvió a ser como antes. Ya desde el momento de la ocupación, los alimentos para la escuadra española estacionada en el puerto santiaguero, eran suministrados por corsarios provenientes de las colonias francesas del Caribe. Una vez restablecido el dominio español, los intentos de restituir los viejos controles monopólicos fueron insuficientes para contener el flujo comercial entre Santiago de Cuba y el Caribe; mientras los hacendados bayameses y santiagueros criaban ganado para los productores de café, añil y algodón de Santo Domingo, disminuyendo el control que otrora tenían las autoridades de la capital sobre el departamento oriental. Por ello la importancia crucial de la ocupación inglesa no radica precisamente en la guerra, sino en la influencia que tuvo la ocupación en el devenir de la Isla.
Las contradicciones entre la oligarquía criolla y la metrópoli, que Arrate intentó resolver mediante el convencimiento de que los habaneros se merecían los mismos derechos que los peninsulares, irrumpieron ahora de forma abrupta. Aunque la ocupación británica había mantenido la organización política existente, había suprimido la Real Compañía de Comercio y la Real Factoría de Tabacos y había abierto el puerto habanero al comercio internacional, en particular con las 13 colonias de Norteamérica. Según cálculos, en esos 11 meses, unos 900 buques visitaron al puerto de La Habana.
La ocupación de los ingleses completó la entrada de Cuba a la civilización occidental y por ello marcó una fecha decisiva en la orientación del espíritu insular. Con ella los cubanos adquirieron de forma práctica la verdadera dimensión de la situación geográfica de la Isla para la vida de comercio marítimo, a la vez que descubrieron una atmósfera más tolerante en materia política y religiosa. Aunque la naciente oligarquía quedó de nuevo sujeta políticamente al poder colonial español, ahora contaba con una capacidad de comercio y de transporte superior a la que poseía anteriormente. Un hecho demostrativo de que, a pesar de la capacidad manifestada por los criollos, lo avanzado hasta Félix de Arrate, había sido insuficiente para lograr la libertad de comercio y la ansiada equiparación de derechos.
Al retirarse, de acuerdo al Tratado de París de 1763, además de aceptar la apertura del comercio, el gobierno español puso fin a algunos privilegios injustos e inició un programa de obras públicas orientadas por Carlos III –el representante más genuino del despotismo ilustrado español– que embellecieron a la capital. En pocos años La Habana se llenó de fuentes y avenidas, se construyó el Palacio de los Capitanes Generales y el de Segundo Cabo y se culminó la Catedral de La Habana, un conjunto de obras maestras de la arquitectura civil cubana. El monarca español había llegado a la conclusión, por supuesto después de la presencia inglesa en La Habana, que la mejor forma de conservar la colonia era mejorando la calidad de vida de sus súbditos. Un salto impensable sin el impacto de la ocupación.
La toma de La Habana ejerció una gran influencia en algunos grupos intelectuales, en el pensamiento y en la forma de vida de los nacidos en Cuba. La labor de Francisco de Arango y Parreño y de los que con él colaboraron algunos años más tarde, recibió un fuerte impulso al conocer de forma práctica la relevancia de la libertad de tráfico marítimo y la necesidad de una marina mercante que lo asegurase. De igual forma influyó en las concepciones políticas y jurídicas. Por ejemplo, el padre José Agustín Caballero propuso en 1781 una legislación local inspirada en el derecho público inglés. Pero sobre todo ejerció un efecto profundo económico y espiritual sobre la población de entonces al poner en evidencia el disparate de España que negaba la libertad de comercio porque no podía defenderla en su provecho contra Inglaterra; una manifiesta incomprensión del papel de la política en las relaciones sociales y en el avance social.
En el plano económico, la naciente plantación azucarera-tabacalera contó con todas las condiciones para un desarrollo vertiginoso. La capacidad de producción instalada, el capital acumulado para la compra de esclavos, unidos ahora a la libertad de comercio aceleraron la tendencia plantacionista. El comercio de seres humanos, una necesidad fundamental de la oligarquía habanera, comenzó a realizarse directamente y más barato con los negreros ingleses. Se dice que en el momento en que se firmaba la rendición, ya esperaba en la bahía habanera el primer barco cargado de herramientas parlantes para hacer su entrada al puerto. Sin embargo, los logros de la oligarquía encerraban una gran injusticia hacia otros sectores sociales, especialmente hacia la creciente población negra, libre y esclava: “la igualdad en la desigualdad” que atraviesa toda nuestra historia.
Los cambios históricos, en su carácter inevitable, siempre se imponen. La forma en que estos tienen lugar –evolución o revolución– depende mucho de la comprensión que en cada época los grupos definidores de la política tengan de los mismos. A los cambios en la economía y en la tecnología les corresponden constantes transformaciones en materia de justicia social, derechos y libertades, para que la sociedad se mantenga al nivel de los tiempos. La tozudez metropolitana ante las demandas de los criollos condujo a la salida violenta. Un hecho que encierra una enseñanza para las élites gobernantes: sin el reconocimiento de los diversos intereses, el avance gradual de la sociedad es imposible. La historia de Cuba en la vida material y espiritual, con posterioridad a la presencia inglesa, así lo confirma: las sublevaciones de esclavos, las guerras de independencia, los desencuentros del siglo XX hasta hoy, y el proceso inconcluso de conformación de la nación son elementos relacionados directa o indirectamente, con las consecuencias de la presencia inglesa en La Habana y con el inútil y socorrido intento de resolver nuestros conflictos sobre la base de “la igualdad en la desigualdad”.