
Todos los que conocimos a Gary Marks a su llegada a Cuba en 1998, apostamos por que su pasión por la música, el canto lírico, las largas conversaciones con los amigos y cuanta cosa nueva aparecía ante sus ojos, lo iban a atomizar en miles de proyectos prometedores pero inconclusos. Sin embargo, cuando vimos su documental Dream Havana comprendimos que la dispersión resultó provechosa, pues en poco tiempo Marks pudo apresar una realidad muy variada y disímil. Para acercarse a ella debió ampliar sus pocos conocimientos de la lengua, gracias a la ayuda de un poeta y escritor cubano –apenas conocido y publicado- que hizo las veces de profesor de español. Ernesto Santana (Puerto Padre, 1958) intentó conducirlo por las conjugaciones verbales y las complicadas preposiciones castellanas a la par que le explicaba una realidad tan inmensa, compleja y contradictoria que le resultó fascinante.
El primer paso de esta nueva amistad había sido dado bien lejos de La Habana, en Chicago. Jorge Luís Mota (La Habana, 1962), poeta, periodista y balsero, le había asegurado a Marks que de la mano de su entrañable amigo Santana encontraría las claves para asomarse a la complejidad de la isla. Desde su humilde casa del Vedado, el autor de poemarios como La casa de las cuatro puertas (1981) y Escorpión en el mapa (1998), lo proveyó de anécdotas y criterios muy personales, marcados por su compulsión hacia la literatura y un poderoso culto a la amistad, especialmente a la que mantenía, a través de cartas, con Mota.
Después del deslumbramiento inicial Marks pasó a una fase de búsqueda que lo mantuvo un largo tiempo en Cuba, gracias a un permiso de residencia recibido a través de un curso de producción en la UNEAC. Ocurrió entonces que su amigo Ernesto Santana ganó el premio Alejo Carpentier 2002, con su novela Ave y Nada. Por primera vez en mucho tiempo se otorgaba esta distinción a alguien prácticamente desconocido. El premio incluía el viaje y la participación en la Feria del Libro de Guadalajara. Fue entonces que Gary Marks concibió la idea de filmar un reencuentro largamente proyectado, entre Santana, el novelista laureado en La Habana, y Mota, el periodista ganador de dos importantes premios de periodismo latino en Chicago.
A partir de ahí comenzó la filmación de las entrevistas que narran el escenario de la amistad de Mota y Santana; de una pasión compartida por la literatura, y de la situación política y social que marcó dicha relación. Una historia conocida por todos los cubanos: los que se van y los que nos quedamos. Los desgarramientos de la partida, la dura elección de comenzar desde cero en otro lugar y el también difícil camino de quedarse entre los jirones y los escombros de lo que fue y ya no es.
Un largo intercambio epistolar, que ya había comenzado cuando Mota vivía en Camagüey, sirve de hilo conductor al documental y de tema a unos bien logrados y originales créditos. Los testimonios de los amigos comunes, integrantes de una cofradía centrada en la literatura y la poesía, completan los detalles de una amistad distanciada, pero no enfriada. Con las anécdotas de unos y los comentarios de otros se logra reconstruir el inicio de la amistad, las horas compartidas, los libros intercambiados, las calamidades diarias, el duro momento de la despedida y los argumentos para la elección que cada uno hizo.
Las intervenciones de amigos y familiares están intercaladas con imágenes de archivo, que apoyan acertadamente el discurso narrativo. Es una oportunidad para los cubanos que no han visto todavía las filmaciones hechas por corresponsales extranjeros del “maleconazo” ocurrido el 5 de agosto de 1994. De asomarse curiosos a las imágenes y testimonios realizados en la Base Naval de Guantánamo durante la llamada Crisis de los Balseros. Las colas, las caras largas de la desesperanza, las paradas atestadas de gente sin sonreír, el deterioro tan cotidiano ya, que apenas si lo notamos, en fin, la realidad cubana sin edulcoraciones, sin falso folklorismo, sin estridencias ideológicas ni discursos preconcebidos. Así que Dream Havana nos trae noticias de nosotros mismos, de hechos que nos marcaron, pero que aún no han sido publicados, analizados y debatidos en toda su extensión y su importancia.
El documental se destaca por una edición largamente estudiada y probada en infinitud de variantes, que pasó por el ojo crítico de amigos y conocidos dentro y fuera de Cuba. Gary Marks tuvo la maestría de aceptar las críticas y las sugerencias de muchos –lo cual es poco común tratándose de una ópera prima- , y eso se nota en el producto final que no transpira la visión personal y exclusivista de su director, sino que delata la multiplicidad de ópticas y criterios. Una permanente búsqueda de la perfección y la intención de que el producto final fuera consensuado y aceptado por todas las partes participantes, hacen notar en Dream Havana la concepción sin prisas y sin intenciones panfletarias. Vale la pena destacar también la acertada selección musical que revela la formación del director y sus elevados conocimientos de la música cubana.
Es probable que los espectadores cubanos volvamos a perdernos otro filme necesario. De no ser aceptado en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, este documental se sumaría a la lista de títulos recientes como Habana, el nuevo arte de hacer ruinas y Monte Rouge, que sólo han sido vistos por el público cubano en copias piratas en formato VCD. Quizás el filme de Marks se pueda colar en la muestra de documentales del Festival, y sea proyectado sólo un día, en un pequeño cine fuera del perímetro principal. Algo similar a lo que le ha ocurrido a Buscándote Habana cuyo acercamiento al tema de los asentamientos ilegales alrededor de la capital, le ha provocado numerosas dificultades a la hora de ser exhibido.
Seamos optimistas y pensemos que este canto a la amistad podrá ser visto en las salas de cine cubanas. Mejor especulemos con que esta vez la censura y la desconfianza no nos postergarán el inevitable encuentro con Ernesto Santana y Jorge Luís Mota. Disfrutemos todos Dream Havana y que se oiga el aplauso.
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