Revista Digital Consenso
Número 6 de 2007


Cuando tenga la tierra
Ana López


Desde comienzos del 2007 los cubanos hemos asistido a un aumento acelerado de los precios de los productos de la canasta básica tanto en el mercado agropecuario, como en el mercado en pesos convertibles. Lo más alarmante ha sido la subida a niveles estratosféricos de los precios de productos considerados del “patio” y por ende más difícil de comprender su ausencia o excesivo valor. Dentro de estos últimos destacan negativamente ciertos renglones agrícolas como las viandas –de amplio consumo popular-, los vegetales y las frutas, que han visto descender su producción a cifras realmente alarmantes, mientras se alejan cada vez más de los bolsillos de los ciudadanos.

En recientes declaraciones hechas por el presidente de la Asociación Nacional de agricultores Pequeños (ANAP), Orlando Lugo, a la revista Bohemia, éste planteó que las principales dificultades que conspiran contra una buena producción y distribución son las relacionadas con la maquinaria agrícola y el combustible. Los ejemplos del efecto de una mala organización durante la recogida y transportación de los productos de la tierra, son harto conocidos por todos. La negligencia imperante y la poca autonomía que tienen muchas fincas de producción estatal, hacen que las decisiones sobre el tipo de producto a sembrar, la fecha del la cosecha y el destino final de ésta, sea orientado de una forma vertical y poco realista.

La propiedad estatal sobre la tierra está abocada a un replanteamiento de sus métodos y conceptos, que debe incluir necesariamente una discusión sobre la permanencia misma de esta forma de propiedad –tal y como la conocemos ahora- en nuestros campos. En comparación con la productividad alcanzada por el sector privado y cooperativo –no exento de deficiencias y limitaciones- resulta revelador el hecho de que la propiedad estatal no puede competir con estas en cuanto a calidad y cantidad, a pesar de poseer los inmensos recursos y la abrumadora capacidad de decisión del Estado cubano.

Con apenas el 32 % de las tierras cultivables, los campesinos privados –que se estiman en alrededor de 100 000- y los cooperativistas, se desmarcan y dejan muy atrás la poco flexible estructura de las fincas estatales. Con 1 113 263 hectáreas de tierras cultivables los privados y las cooperativas logran producir el 20% de la caña de azúcar; el 60% de los tubérculos y raíces; el 62% de las hortalizas; el 88% del maíz y los frijoles; el 36% del arroz y el 60% de las frutas.

Como si los datos no fueran ya suficientemente reveladores de las limitaciones productivas del sector estatal en relación con los cooperativistas y campesinos privados, resulta que estos últimos producen el 42% de la leche que se consume en todo el país, el 95% del tabaco –renglón éste que constituye una de los más publicitados y comercializados en el extranjero, comercio que es un monopolio del Estado- , el 60% del café, el 54% del cacao, el 65% de la miel de abeja y el 71% de la carne de cerdo.

Entre las cifras aportadas por el dirigente de la ANAP sorprenden que el 53% del ganado vacuno existente, el 81% de ovino, 89% de caprino y 80% de equino, está en manos de cooperativistas o campesinos privados, dejando muy poco margen al número de cabezas de ganado que se ha logrado acumular en las fincas estatales. Es precisamente en el sector ganadero donde la máxima popular de “el ojo del amo engorda al caballo” se hace más real en nuestros campos.

El ejemplo de la producción de papa se vuelve dramático para los consumidores cubanos que en lo que va de año han recibido entre dos y tres envíos de éste tubérculo por el mercado racionado (este producto no se comercializa en el Mercado Agropecuario libre). Lugo señaló que la constreñida cosecha de papa estuvo dada en parte “por no tener cómo preparar los suelos", y vaticinó que numerosas cooperativas en La Habana podrían "duplicar y hasta triplicar su producción si tuviesen recursos".

En la sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular de diciembre pasado se expuso como una necesidad inaplazable la liquidación de las cuantiosas deudas que empresas del Ministerio de la Agricultura, del Ministerio del Azúcar y de diversas entidades estatales tenían con los productores privados y cooperativos. Se habilitó un fondo rotatorio para que las empresas pudieran pagar directamente a los productores agrícolas, pero el cumplimiento de esa orientación no ha llegado a completarse. Aunque los grandes ministerios como el del Azúcar y el de la Agricultura han logrado saldar sus deudas con los campesinos, no han podido hacer lo mismo lo organismos como círculos infantiles, escuelas, hogares maternos, asilos de ancianos, entre otros, a los que los campesinos y cooperativistas venden directamente sus productos. La desconfianza sigue marcando las relaciones entre los productores privados y el Estado a la hora de hacer transacciones.

Amplias tierras estatales preñadas de marabú y subestimadas en cultivos de poca eficacia y dudosa aceptación, contrastan con parcelas privadas, verdaderos verjeles donde se rotan eficientemente los cultivos, se utilizan los residuos de las cosechas en alimentar a animales de cría y al mismo tiempo se logran conservar variedades futales cubanas que forman parte del patrimonio del país -y que han visto deteriorado y entrecruzado su material genético en cíclicos experimentos fracasados-. Claro que no todo es color de rosa en las tierras cooperativas y privadas. Las limitaciones en el transporte y las deficientes infraestruturas de riego ocasionan numerosos daños. Las obligaciones y regulaciones que impone el Estado limitan seriamente la producitividad de estas tierras y no incentivan la creatividad y la inciativa propia, tan necesarias si de producción de alimentos se trata.

En este escenario de impagos y problemas organizativos, de poca estimulación salarial en el sector estatal y excesivos controles e impuestos al sector privado, de tierras ociosas que contrasta con la alta demanda de productos agrícolas en el mercado, es el consumidor el que lleva la peor parte. Se disparan los precios, disminuye la calidad de los productos y florece un montón de trucos para burlar al comprador y hacer creer que el producto tiene una calidad que no es tal.

Asistimos de brazos cruzados al triste espectáculo de miles de hectáreas ociosas o subutilizadas, en una isla donde la agricultura siempre llevó la voz cantante en la economía. Leemos anonadados que se importan frutas, cítricos y hasta azúcar, cuando el potencial agrario de nuestro suelo se mantiene mal explotado y pésimamente planificado. Produce tristeza mirar a ambos lados de las carreteras cubanas y comprobar que el marabú es hoy en día la evidencia palpable de la ineficacia de la propiedad estatal sobre la tierra. Es necesario poner como prioridad la alimentación de la población y desechar fórmulas económicas que han probado su fracaso.

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Ana López
Periodista




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