| 01. | Tengo muchas pruebas, muchas comprobaciones Entrevista al Director del Centro de Estudios Espiritistas “Más Luz” por Dimas Castellanos |
| 02. | Las víctimas (habaneras) del Arte Orlando Hernández |
| 03. | Cuando tenga la tierra Ana López |
| 04. | Inversiones españolas en Cuba: la explotación encubierta Miriam Celaya |
| 05. | Despertar de ese sueño llamado “Habana” Yoani Sánchez |
| 06. | Primavera de Praga, 1968 Raúl Capote |
| 07. | Negocios sí, pero con ética
Oscar Espinosa Chepe |
| 08. | Figuras y hechos cardinales: La toma de La Habana por los ingleses Gerardo Martí |
| 9. | Poemas Ernesto Santana |
| 10. | Humor Carlitos |
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1. Todos somos cubanos
Debo admitir con incomodidad, con vergüenza que siempre he escrito pensando en “Cuba”, en “lo cubano”, en el “arte cubano”. Nunca he intentado descuartizar el universo de nuestra “nacionalidad” en porciones territoriales más reducidas, más pequeñas. ¿No es Cuba ya lo suficientemente pequeña? En mi imaginación, Cuba siempre ha sido una especie de átomo, de mónada, de organismo unicelular muy poco susceptible de fraccionamientos. ¿Pensar en La Habana, en lo habanero, en el arte habanero? Me parece ridículo.
A pesar de mi origen rural, pueblerino, o quizás precisamente por eso, prefiero ser nacionalista antes que provinciano. Se trata sin duda alguna de una limitación de mi pensamiento que me gustaría achacar a la condición insular de mi país, y acaso también, desde luego, a la lenta e involuntaria asimilación de los símbolos patrios (Himno Nacional, Escudo Nacional, Bandera Nacional, etc.) que desde mi más temprana infancia han debido ir reforzando esta visión de Cuba como territorio compacto, indivisible, uno. Y aunque no estoy del todo satisfecho con el carácter genérico del concepto de “nación”, ni con esas otras grandes abstracciones llamadas “cultura nacional” o “pueblo cubano”, lo cierto es que en la práctica mi idea de “lo local” siempre ha tenido a Cuba como horizonte, como límite. Más allá simplemente está el mar y el resto del mundo. Los rasgos que distinguen o tipifican a cada una de nuestras 14 provincias y 170 municipios, así como las diferencias entre nuestras ciudades y pueblos, o entre poblaciones urbanas y rurales nunca han logrado interesarme, al menos de manera profesional. Me parecen temas de sabor regionalista, costumbrista, folklórico. Sobre todo porque ni siquiera tenemos en Cuba población “aborigen”, ni existen “sociedades indígenas”, ni “minorías étnicas”. Para decirlo en dos palabras: todos somos cubanos. De ahí mi resistencia a pensar en La Habana (es decir, en Ciudad de La Habana) como en un territorio especialmente diferenciado del resto de la “nación”.
No pongo en duda, desde luego, que las grandes ciudades constituyen escenarios mucho más amplios y atractivos que los humildes tabloncillos de provincia para la “puesta en escena” del siempre repetido drama humano. Pero ¿se trata en realidad de un argumento, de un guión muy distinto? La posición privilegiada que ha alcanzado Ciudad de La Habana como capital de la isla no convierte a sus habitantes en una población muy diferente a aquélla que podemos encontrar en ciudades como Camagüey u Holguín. Las verdaderas diferencias, aquéllas que generan desigualdades y asimetrías entre los distintos grupos de nuestra sociedad no tienen mucho que ver con la ocupación del espacio, ni son cuestiones de orden territorial o jurisdiccional, ni provienen de situaciones especialmente conflictivas entre lo urbano y lo rural. (Aunque es cierto que no siempre ha resultado muy cómodo ser “oriental” o “del interior” en Ciudad de La Habana, como mismo ser habanero en Santiago de Cuba o Manzanillo puede llegar a ofrecer ventajas comparables a las de un turista extranjero). Los problemas fundamentales siguen siendo (aquí y en cualquier sitio) de orden socio-económico, de clase, de género, de pertenencia étnica, de adscripción religiosa, de opción política, de preferencia estética, y tales diferencias muy bien pueden localizarse –con mayor o menor grado de intensidad-- en cualquier punto de nuestra geografía. Disminuir la escala (es decir, sustituir a Cuba por La Habana, o la “nación” por la “ciudad”, o la “cultura nacional” por la “cultura urbana” o “habanera”) sin acercar la lupa a estos conflictos sería cambiar una totalidad por otra, una abstracción por otra, lo cual no aportaría mucho al resultado. Incluso podría llegar a verse como una forma de distracción o de enmascaramiento de esas cuestiones esenciales.
2. Habanas múltiples
Pero digamos que uno llegara a interesarse por La Habana. ¿De qué Habana estaríamos hablando? ¿De cuál de ellas? Porque hay por lo menos cuatro o cinco Habanas. Probablemente muchas más. Tantas como uno puede imaginar dentro de una ciudad de casi cinco siglos y más de dos millones de habitantes.
La idea de una Habana homogénea, unitaria resulta tan ficticia como la imagen unicelular de Cuba que comenté al inicio. Borrar o no considerar las diferencias internas bajo el criterio de que es “la capital de todos los cubanos”, como reza un eslogan, sería inexacto y deshonesto. En realidad lo que tenemos son Habanas múltiples, plurales. Una Habana al lado de la otra. Y a menudo una Habana dentro de la otra. Todas metidas dentro del mismo espacio urbano y usufructuando el mismo nombre, pero sin muchas cosas en común. A veces en una misma zona, en una misma cuadra y hasta en el interior de un edificio, o en una misma casa coexisten fragmentos de todas las Habanas posibles. Se sobreentiende, claro está, que no todas son Habanas físicas, visibles, localizables en el mapa. Una ciudad no es un conjunto de casas y edificios, de parques y mercados, como a veces pretenden los urbanistas y arquitectos, sino un reflejo de su ciudadanía, de sus ciudadanos, de sus variadísimos hábitos culturales, de sus sentimientos y pensamientos, de sus actos, de sus formas de vida, de sus miserias y felicidades cotidianas. Y un reflejo también, desde luego, de los intereses y desintereses del Estado.(continúa...) >>
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