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Pero como La Habana es una unidad, junto a la naturaleza y al habanero Arrate se ve obligado a exaltar a todos los naturales de la tierra, incluidos a los indios y a los negros, exalta así a Cuba, lo que termina generando un discurso subversivo. Como miembro de la oligarquía habanera blanca, Arrate, se inserta en la cultura metropolitana sin cuestionar su escala de valores. De ahí que su sentido de disyunción no implique necesariamente enfrentamiento. Es un intento de diferenciación de los iguales o de igualdad entre los diferentes, determinado por la evolución y las condiciones de la época y lugar. No se impugna –y no era el momento para hacerlo– el orden político-social establecido y la escala de valores que lo rige; se impugna sí, el lugar que los habaneros de la oligarquía ocupan dentro de esta escala jerárquica. En la obra, los párrafos de defensa del criollo son definidores: se señalan las injusticias cometidas dentro del orden existente, pero no se impugna ese orden. El español criollo está al servicio del imperio y sus méritos dimanan, precisamente, de estos servicios. La limpieza de sangre, los expedientes de hidalguía, prueban la españolidad del criollo. Una impugnación-reclamo. Por eso, al decir de Moreno Fraginals, sólo hay queja y reclamo, porque, ante la igualación de los méritos, emerge la igualdad de posiciones.
Los conceptos de Arrate revelan el doble carácter de las contradicciones de la oligarquía habanera. Primero, la oposición criollo/peninsular en la cima de la sociedad; segundo, el antagonismo blanco/negro en la base. Los valores de la hidalguía se nutren de ambas negaciones. De la instancia real toman los conceptos jerárquicos. Se proclaman iguales a los españoles peninsulares y por eso tienen derecho a ocupar los más altos cargos oficiales; mientras por ser hombres de sangre limpia, tienen derecho a someter a indios y negros. Son estas las contradicciones que se irán desarrollando desde entonces hasta culminar en las guerras de independencia y cuyas secuelas, devenidas cultura, están presentes aún en la Cuba de hoy.
De esa forma, concluye Moreno Fraginals, la oligarquía habanera elaboró una ideología de disyunción y articulación, de disconformidad y admisión, una cultura cautiva criolla, dominante respecto a los estamentos inferiores y dominada con relación a la metrópoli; por tanto contradictoria, pues las herramientas de dominio que empleaban para imponer su primacía desde el Cabildo habanero a los demás sectores sociales eran rechazadas como vehículo de sometimiento de los españoles criollos a la instancia real.
En su Llave del Nuevo Mundo, Arrate no crea, sino que dogmatiza y codifica los principios políticos y los valores sociales de la oligarquía criolla y expresa el reclamo del sector social que representa. Constituye, pues, el primer gran alegato político del criollismo habanero: aristocrático, colonialista, esclavista y racista, como únicamente podría ser en esa época y en esas condiciones.
Uno de los valores de la Llave del Nuevo Mundo radica en que en su exaltación de oligarca blanco habanero se ve obligado al elogio y alabanza de la Isla toda, y de lo que en ella nace: Indios, negros, frutas, árboles, cerdos... Así su criollismo, que en lo social es estrecho y sectorial, se enriquece y entrega valores que fueron asumidos en la cubanía naciente y concientizados por las propias clases dominadas. Las virtudes de la tierra que elogia en su obra la encontramos posteriormente en la poesía criolla: en la Oda a la Piña, de Manuel de Zequeiera y Arango (1764-1846); en la Silva Cubana, de Manuel Justo de Rubalcava (1769-1805); en La Flor de la Caña y la Flor del Café, de Plácido (1808-1844); y en Rufina. Invitación Segunda, del Cucalambé (1829-1862); por solo citar algunos ejemplos de la afinidad temática entre el criollismo de Arrate y el canto a la naturaleza en la poesía cubana.
Pero en la década de 1760, culminación de la vida y obra de Arrate, la oligarquía habanera se proyectaba plenamente hacia un nuevo objetivo: hacer de Cuba la primera productora mundial de azúcar y café. Se trataba ahora de poner la economía de servicio/producción en función de una estructura de plantación, que era la actividad colonial más rentable en la época. Aunque su obra no refleja la ideología de plantación, la misma ya había germinado en Cuba, una ideología que no niega los valores habaneros de su obra, sino que los necesita y los acomoda a una nueva situación. Eso explica que la Sociedad Económica Amigos del País, dominada por la intelectualidad criolla, funda una comisión de historia y edita la Llave del Nuevo Mundo, un uso de la historia para hilvanar un discurso político. Así, todo lo útil de su obra en el aspecto político es retomado en la obra de los ideólogos continuadores, como puede apreciarse en Francisco de Arango y Parreño. La supuesta democratización de lo exterior unido a la negativa de cambios al interior está, como vemos, en la raíz del pensamiento político cubano.
Arrate, de un lado, al definir la identidad del criollo habanero como hombre de historia ciudadana y codificar los principios políticos y sociales de la oligarquía criolla para fundamentar el reclamo de su clase social, tuvo que destacar la grandeza de todos los nacidos en ella, las bondades del clima, así como la belleza de la geografía y del entorno vegetal. La defensa del español habanero tenía que acompañarse del elogio de su medio natural y al hacerlo estaba sentando bases para la cubanía. De otro lado está su visión de las relaciones entre las clases sociales para la cohabitabilidad política. La idea conclusiva de que el criollo sólo se distingue del castellano por el lugar donde nació, es la forma; mientras el contenido es el reclamo de equiparación de los derechos. De ahí emana la necesidad de solucionar la crisis de crecimiento no como ruptura, sino mediante la equiparación. Al hacerlo pone en evidencia el doble carácter de las contradicciones de la oligarquía habanera de su época y de épocas posteriores: los oligarcas criollos se declaran iguales a los peninsulares y desde esa igualdad deducen el derecho de someter al resto de los sectores sociales, entre ellos a los negros libres o esclavos. Una contradicción que más adelante avanzaría, dando lugar a los reclamos fundamentales de la Guerra de los Diez años: independencia para la patria y libertad para los esclavos. Constituye pues, la obra de Martín Félix de Arrate y Acosta, el primer gran alegato político del criollismo habanero, el primer eslabón de una historia que encierra muchas claves para la interpretación del presente.(Volver a la primera página) <<
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