Revista Digital Consenso
Número 5 de 2007


Figuras y hechos cardinales.
Arrate: entre lo peninsular y lo criollo
Gerardo Martí


Figuras y hechos cardinales es una nueva sección con la que Consenso intenta llenar un vacío que incide negativamente en la comprensión de nuestra historia pasada y por tanto en la historia presente. Se trata del reconocimiento a figuras cimeras y hechos relevantes que marcaron hitos determinantes en la conformación de nuestra idiosincrasia y cultura. Nuestra historiografía tradicionalmente ha privilegiado a las figuras y hechos de las guerras, como elementos predominantes de nuestra cubanidad, tomando el concepto de la violencia como partera de la historia. Consenso, por su parte, se propone revalorizar hechos y personalidades indispensables en la esfera cívica, cultural, política y espiritual de nuestra Nación. Son necesarios ahora nuevos y constantes análisis del pasado en busca de las claves para enfrentar y comprender los retos actuales. Iniciamos, pues, este nuevo espacio con uno de los pioneros de la historia y del pensamiento político cubanos: José Martín Félix de Arrate y Acosta.

Aproximadamente entre 1510 y 1550 la economía de la Isla de Cuba se caracterizó por la colonización minera sustentada en el trabajo indígena, lo cual provocó una dramática disminución de la población aborigen, hecho que –fallidamente- intentó solucionarse con las Leyes Nuevas de 1542, cuando ya el colapso demográfico aborigen era un hecho irreversible. Luego, desde mediados del siglo XVI hasta fines del XVII, predominaron en la precaria economía insular la ganadería y la marinería militar; período en que las ciudades de La Habana y Santiago de Cuba, especialmente la primera, se encaminaron hacia los servicios marítimos y constructivos e hizo que la mayoría de los esclavos se concentraran en las áreas urbanas. De ese proceso emergió el pensamiento de José Martín Félix de Arrate y Acosta (1701-1764), ideólogo de.la oligarquía habanera de los siglos XVII y XVIII.

Las familias integrantes de esa oligarquía, con orígenes semejantes e intereses comunes, conformaron un sentido de identidad y destino desde la patria pequeña que se reflejaba hasta en el lugar de sus edificaciones. Un ejemplo de ello es el conjunto de edificios ubicados alrededor de la Plaza Vieja, conformados por magníficas viviendas construidas con sólidos sillares de piedra, y edificadas de dos cuerpos, con alto puntal y balcones de madera, con anchos portales y amplias galerías cerradas por persianas sobre las que figuraban arcos de medio punto con cristales policromos. En torno a esta plaza, además de José Martín Félix de Arrate y Acosta, vivían figuras como Don Ignacio Montalvo y Ambulodi, Conde de Casa Montalvo, Brigadier de los Reales Ejércitos y primer Prior del Real Consulado de La Habana; el Capitán General Laureano Torres de Ayala, Marqués de Casa-Torres; José Melquíades Aparicio de la Cruz, el primer médico graduado de la Universidad de La Habana; Miguel Peñalver y Calvo de la Puerta, quien ocupó la alcaldía habanera durante 11 años; Don Pedro Alegre, fundador del Primer Leprosorio habanero; Gabriel Beltrán de Santa Cruz y Aranda, Conde de Jaruco, en cuya casa vivió también su hija, la Condesa de Jaruco y nació su nieta, la famosa Condesa de Merlín; entre otros.

Alcanzado el punto de identidad y destino de esta pujante clase alta criolla, se requería, al decir de Moreno Fraginals, una voz a través de la cual expresarse. Esa necesidad explica la misión que ocupó a José Martín Félix de Arrate y Acosta –fiel representante de esos intereses oligárquicos– al escribir su obra Llave del Nuevo Mundo. Antemural de las Indias Occidentales. La Habana Descrita: Noticias de su Fundación, Aumentos y Estado. En estas familias, donde los hombres se inclinaban a la vía militar, a la eclesiástica, o a ocupar cargos oficiales, Arrate y Acosta ocupó el de Regidor del ayuntamiento habanero –máxima aspiración del poder local– cuando su madre le compró el cargo. Un hecho que permite entender su obra como prueba documental con la que certifica su limpieza de sangre. La historia de la ciudad que narra, es una historia donde ser ciudadano le otorga el derecho de la acción política que ejercía desde el Cabildo y que excluye la de negros y mulatos, libres o esclavos y la de los mismos blancos de condición humilde que laboraban manualmente. Es también la historia que da validez a la exigencia de ampliar el espacio de poder que ocupaba el sector social que él representaba.

Terminada poco antes de la toma de La Habana por los ingleses, La Llave del Nuevo Mundo clausura una época, donde los valores históricos de la hidalguía comienzan a ser sustituidos por los de una burguesía que cifra su ascenso en el proceso productor de mercancías para el mercado internacional, desde la economía de plantación. En esta obra recoge la historia de La Habana a partir de los eventos fundamentales que la han ido conformando, la naturaleza que la integra, y la minuciosa descripción de sus calles y edificios. Es una memoria cívica en la cual el sector social que representa aparece como agente de aquello que se rememora. Queda así definida la identidad del habanero como hombre de historia ciudadana, a quien el pasado da un claro carácter de presente y una vocación de futuro. Un discurso que, enunciado desde una colonia, no podía ser sino subversivo.

La historia –llama la atención Moreno Fraginals– no está allí por casualidad, sino para sustentar la historia de la patria, es decir, de La Habana, con el fin de dejar plasmada la constancia de la grandeza de los nacidos en ella: los criollos habaneros. Tal historia, en tal momento, y con tales intenciones, tenía que destacar y alabar las virtudes de los españoles criollos respecto a los españoles peninsulares. Con la palabra Patria evoca el amor a la ciudad, al trozo de tierra en que se nace, resalta las características del clima, de la geografía y del entorno vegetal. Para ello destaca la superioridad de las maderas habaneras –empleadas en las puertas, ventanas y artesonados de El Escorial– ante las de cualquier otra parte del mundo, las frutas de delicados sabores y rotundos perfumes, a la vez que asocia el término patria a la familia, a la sociedad, a la libertad y a la felicidad. Un enaltecimiento en el cual introduce la alabanza del habanero y la idea conclusiva de que el criollo sólo se distingue del castellano por el lugar donde nació. Un elogio que constituye el aspecto esencial de su discurso, si tenemos en cuenta que desde el asentamiento de los peninsulares en la Isla la cultura dominante atribuyó al criollo las mismas imperfecciones físicas y morales que imputaron a indios y negros. Imperfecciones que se presentaban como resultado inevitable del medio físico en que nacían y desarrollaban sus vidas. Por esa razón, la defensa del español nacido en Cuba tenía que acompañarse del elogio de su medio natural, y al destacar lo bello y positivo de La Habana descubre su intención de equipararse al peninsular. No se trataba de una ruptura, sino de sentar los fundamentos de la equiparación de derechos entre peninsulares y criollos.

Pero como La Habana es una unidad, junto a la naturaleza y al habanero Arrate se ve obligado a exaltar a todos los naturales de la tierra, incluidos a los indios y a los negros, exalta así a Cuba, lo que termina generando un discurso subversivo. Como miembro de la oligarquía habanera blanca, Arrate, se inserta en la cultura metropolitana sin cuestionar su escala de valores. De ahí que su sentido de disyunción no implique necesariamente enfrentamiento. Es un intento de diferenciación de los iguales o de igualdad entre los diferentes, determinado por la evolución y las condiciones de la época y lugar. No se impugna –y no era el momento para hacerlo– el orden político-social establecido y la escala de valores que lo rige; se impugna sí, el lugar que los habaneros de la oligarquía ocupan dentro de esta escala jerárquica. En la obra, los párrafos de defensa del criollo son definidores: se señalan las injusticias cometidas dentro del orden existente, pero no se impugna ese orden. El español criollo está al servicio del imperio y sus méritos dimanan, precisamente, de estos servicios. La limpieza de sangre, los expedientes de hidalguía, prueban la españolidad del criollo. Una impugnación-reclamo. Por eso, al decir de Moreno Fraginals, sólo hay queja y reclamo, porque, ante la igualación de los méritos, emerge la igualdad de posiciones.

Los conceptos de Arrate revelan el doble carácter de las contradicciones de la oligarquía habanera. Primero, la oposición criollo/peninsular en la cima de la sociedad; segundo, el antagonismo blanco/negro en la base. Los valores de la hidalguía se nutren de ambas negaciones. De la instancia real toman los conceptos jerárquicos. Se proclaman iguales a los españoles peninsulares y por eso tienen derecho a ocupar los más altos cargos oficiales; mientras por ser hombres de sangre limpia, tienen derecho a someter a indios y negros. Son estas las contradicciones que se irán desarrollando desde entonces hasta culminar en las guerras de independencia y cuyas secuelas, devenidas cultura, están presentes aún en la Cuba de hoy.

De esa forma, concluye Moreno Fraginals, la oligarquía habanera elaboró una ideología de disyunción y articulación, de disconformidad y admisión, una cultura cautiva criolla, dominante respecto a los estamentos inferiores y dominada con relación a la metrópoli; por tanto contradictoria, pues las herramientas de dominio que empleaban para imponer su primacía desde el Cabildo habanero a los demás sectores sociales eran rechazadas como vehículo de sometimiento de los españoles criollos a la instancia real.

En su Llave del Nuevo Mundo, Arrate no crea, sino que dogmatiza y codifica los principios políticos y los valores sociales de la oligarquía criolla y expresa el reclamo del sector social que representa. Constituye, pues, el primer gran alegato político del criollismo habanero: aristocrático, colonialista, esclavista y racista, como únicamente podría ser en esa época y en esas condiciones.

Uno de los valores de la Llave del Nuevo Mundo radica en que en su exaltación de oligarca blanco habanero se ve obligado al elogio y alabanza de la Isla toda, y de lo que en ella nace: Indios, negros, frutas, árboles, cerdos... Así su criollismo, que en lo social es estrecho y sectorial, se enriquece y entrega valores que fueron asumidos en la cubanía naciente y concientizados por las propias clases dominadas. Las virtudes de la tierra que elogia en su obra la encontramos posteriormente en la poesía criolla: en la Oda a la Piña, de Manuel de Zequeiera y Arango (1764-1846); en la Silva Cubana, de Manuel Justo de Rubalcava (1769-1805); en La Flor de la Caña y la Flor del Café, de Plácido (1808-1844); y en Rufina. Invitación Segunda, del Cucalambé (1829-1862); por solo citar algunos ejemplos de la afinidad temática entre el criollismo de Arrate y el canto a la naturaleza en la poesía cubana.

Pero en la década de 1760, culminación de la vida y obra de Arrate, la oligarquía habanera se proyectaba plenamente hacia un nuevo objetivo: hacer de Cuba la primera productora mundial de azúcar y café. Se trataba ahora de poner la economía de servicio/producción en función de una estructura de plantación, que era la actividad colonial más rentable en la época. Aunque su obra no refleja la ideología de plantación, la misma ya había germinado en Cuba, una ideología que no niega los valores habaneros de su obra, sino que los necesita y los acomoda a una nueva situación. Eso explica que la Sociedad Económica Amigos del País, dominada por la intelectualidad criolla, funda una comisión de historia y edita la Llave del Nuevo Mundo, un uso de la historia para hilvanar un discurso político. Así, todo lo útil de su obra en el aspecto político es retomado en la obra de los ideólogos continuadores, como puede apreciarse en Francisco de Arango y Parreño. La supuesta democratización de lo exterior unido a la negativa de cambios al interior está, como vemos, en la raíz del pensamiento político cubano.

Arrate, de un lado, al definir la identidad del criollo habanero como hombre de historia ciudadana y codificar los principios políticos y sociales de la oligarquía criolla para fundamentar el reclamo de su clase social, tuvo que destacar la grandeza de todos los nacidos en ella, las bondades del clima, así como la belleza de la geografía y del entorno vegetal. La defensa del español habanero tenía que acompañarse del elogio de su medio natural y al hacerlo estaba sentando bases para la cubanía. De otro lado está su visión de las relaciones entre las clases sociales para la cohabitabilidad política. La idea conclusiva de que el criollo sólo se distingue del castellano por el lugar donde nació, es la forma; mientras el contenido es el reclamo de equiparación de los derechos. De ahí emana la necesidad de solucionar la crisis de crecimiento no como ruptura, sino mediante la equiparación. Al hacerlo pone en evidencia el doble carácter de las contradicciones de la oligarquía habanera de su época y de épocas posteriores: los oligarcas criollos se declaran iguales a los peninsulares y desde esa igualdad deducen el derecho de someter al resto de los sectores sociales, entre ellos a los negros libres o esclavos. Una contradicción que más adelante avanzaría, dando lugar a los reclamos fundamentales de la Guerra de los Diez años: independencia para la patria y libertad para los esclavos. Constituye pues, la obra de Martín Félix de Arrate y Acosta, el primer gran alegato político del criollismo habanero, el primer eslabón de una historia que encierra muchas claves para la interpretación del presente.

En nuestra próxima salida:

- La Toma de La Habana porlos ingleses
- Francisco de Arango y Parreño

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Gerardo Martí
Historiador



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