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Figuras y hechos cardinales es una nueva sección con la que Consenso intenta llenar un vacío que incide negativamente en la comprensión de nuestra historia pasada y por tanto en la historia presente. Se trata del reconocimiento a figuras cimeras y hechos relevantes que marcaron hitos determinantes en la conformación de nuestra idiosincrasia y cultura. Nuestra historiografía tradicionalmente ha privilegiado a las figuras y hechos de las guerras, como elementos predominantes de nuestra cubanidad, tomando el concepto de la violencia como partera de la historia. Consenso, por su parte, se propone revalorizar hechos y personalidades indispensables en la esfera cívica, cultural, política y espiritual de nuestra Nación. Son necesarios ahora nuevos y constantes análisis del pasado en busca de las claves para enfrentar y comprender los retos actuales. Iniciamos, pues, este nuevo espacio con uno de los pioneros de la historia y del pensamiento político cubanos: José Martín Félix de Arrate y Acosta.
Aproximadamente entre 1510 y 1550 la economía de la Isla de Cuba se caracterizó por la colonización minera sustentada en el trabajo indígena, lo cual provocó una dramática disminución de la población aborigen, hecho que –fallidamente- intentó solucionarse con las Leyes Nuevas de 1542, cuando ya el colapso demográfico aborigen era un hecho irreversible. Luego, desde mediados del siglo XVI hasta fines del XVII, predominaron en la precaria economía insular la ganadería y la marinería militar; período en que las ciudades de La Habana y Santiago de Cuba, especialmente la primera, se encaminaron hacia los servicios marítimos y constructivos e hizo que la mayoría de los esclavos se concentraran en las áreas urbanas. De ese proceso emergió el pensamiento de José Martín Félix de Arrate y Acosta (1701-1764), ideólogo de.la oligarquía habanera de los siglos XVII y XVIII.
Las familias integrantes de esa oligarquía, con orígenes semejantes e intereses comunes, conformaron un sentido de identidad y destino desde la patria pequeña que se reflejaba hasta en el lugar de sus edificaciones. Un ejemplo de ello es el conjunto de edificios ubicados alrededor de la Plaza Vieja, conformados por magníficas viviendas construidas con sólidos sillares de piedra, y edificadas de dos cuerpos, con alto puntal y balcones de madera, con anchos portales y amplias galerías cerradas por persianas sobre las que figuraban arcos de medio punto con cristales policromos. En torno a esta plaza, además de José Martín Félix de Arrate y Acosta, vivían figuras como Don Ignacio Montalvo y Ambulodi, Conde de Casa Montalvo, Brigadier de los Reales Ejércitos y primer Prior del Real Consulado de La Habana; el Capitán General Laureano Torres de Ayala, Marqués de Casa-Torres; José Melquíades Aparicio de la Cruz, el primer médico graduado de la Universidad de La Habana; Miguel Peñalver y Calvo de la Puerta, quien ocupó la alcaldía habanera durante 11 años; Don Pedro Alegre, fundador del Primer Leprosorio habanero; Gabriel Beltrán de Santa Cruz y Aranda, Conde de Jaruco, en cuya casa vivió también su hija, la Condesa de Jaruco y nació su nieta, la famosa Condesa de Merlín; entre otros.
Alcanzado el punto de identidad y destino de esta pujante clase alta criolla, se requería, al decir de Moreno Fraginals, una voz a través de la cual expresarse. Esa necesidad explica la misión que ocupó a José Martín Félix de Arrate y Acosta –fiel representante de esos intereses oligárquicos– al escribir su obra Llave del Nuevo Mundo. Antemural de las Indias Occidentales. La Habana Descrita: Noticias de su Fundación, Aumentos y Estado. En estas familias, donde los hombres se inclinaban a la vía militar, a la eclesiástica, o a ocupar cargos oficiales, Arrate y Acosta ocupó el de Regidor del ayuntamiento habanero –máxima aspiración del poder local– cuando su madre le compró el cargo. Un hecho que permite entender su obra como prueba documental con la que certifica su limpieza de sangre. La historia de la ciudad que narra, es una historia donde ser ciudadano le otorga el derecho de la acción política que ejercía desde el Cabildo y que excluye la de negros y mulatos, libres o esclavos y la de los mismos blancos de condición humilde que laboraban manualmente. Es también la historia que da validez a la exigencia de ampliar el espacio de poder que ocupaba el sector social que él representaba.
Terminada poco antes de la toma de La Habana por los ingleses, La Llave del Nuevo Mundo clausura una época, donde los valores históricos de la hidalguía comienzan a ser sustituidos por los de una burguesía que cifra su ascenso en el proceso productor de mercancías para el mercado internacional, desde la economía de plantación. En esta obra recoge la historia de La Habana a partir de los eventos fundamentales que la han ido conformando, la naturaleza que la integra, y la minuciosa descripción de sus calles y edificios. Es una memoria cívica en la cual el sector social que representa aparece como agente de aquello que se rememora. Queda así definida la identidad del habanero como hombre de historia ciudadana, a quien el pasado da un claro carácter de presente y una vocación de futuro. Un discurso que, enunciado desde una colonia, no podía ser sino subversivo.
La historia –llama la atención Moreno Fraginals– no está allí por casualidad, sino para sustentar la historia de la patria, es decir, de La Habana, con el fin de dejar plasmada la constancia de la grandeza de los nacidos en ella: los criollos habaneros. Tal historia, en tal momento, y con tales intenciones, tenía que destacar y alabar las virtudes de los españoles criollos respecto a los españoles peninsulares. Con la palabra Patria evoca el amor a la ciudad, al trozo de tierra en que se nace, resalta las características del clima, de la geografía y del entorno vegetal. Para ello destaca la superioridad de las maderas habaneras –empleadas en las puertas, ventanas y artesonados de El Escorial– ante las de cualquier otra parte del mundo, las frutas de delicados sabores y rotundos perfumes, a la vez que asocia el término patria a la familia, a la sociedad, a la libertad y a la felicidad. Un enaltecimiento en el cual introduce la alabanza del habanero y la idea conclusiva de que el criollo sólo se distingue del castellano por el lugar donde nació. Un elogio que constituye el aspecto esencial de su discurso, si tenemos en cuenta que desde el asentamiento de los peninsulares en la Isla la cultura dominante atribuyó al criollo las mismas imperfecciones físicas y morales que imputaron a indios y negros. Imperfecciones que se presentaban como resultado inevitable del medio físico en que nacían y desarrollaban sus vidas. Por esa razón, la defensa del español nacido en Cuba tenía que acompañarse del elogio de su medio natural, y al destacar lo bello y positivo de La Habana descubre su intención de equipararse al peninsular. No se trataba de una ruptura, sino de sentar los fundamentos de la equiparación de derechos entre peninsulares y criollos.(continúa...) >>
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