
Para muchos especialistas del tema martiano resulta un lugar común cualquier alusión al diferendo Martí-Gómez. Esto se debe a que, en un buen número de ocasiones, este tema ha sido tratado con un marcado carácter sensacionalista e irrespetuoso, que ha llegado incluso a rozar los límites del chismorreo y la calumnia. Lo cierto es que el diferendo existió y fue lo suficientemente decisivo en la preparación de la guerra del 95 como para dedicarle extensos estudios. Negarlo o sobredimensionarlo sería distorsionar nuestra historia.
Al hurgar en la correspondencia y discursos martianos, posteriores a 1882, se puede percibir un temor que los recorre, alimentado por la posibilidad de que se instaurase en Cuba un gobierno tiránico una vez alcanzada la independencia. Junto a su infinita preocupación por liberar a Cuba del yugo español, aparece –con una marcada intensidad- el miedo a la sustitución de un régimen autoritario por otro, o sea, a la implantación, posterior a la independencia, de una dictadura personal y retrógrada que sumiera al país en el caos. Sus esfuerzos irán dirigidos a evitar esta derrota del civilismo y su actividad se redoblará para evitar el caudillismo, tan común en los pueblos americanos.
Ya en 1882, en carta fechada el 20 de julio en New York, y dirigida al General Máximo Gómez, Martí demostraba sus temores:
“(...) Por mi parte, General, he rechazado toda excitación a renovar aquellas perniciosas camarillas de grupo de las guerras pasadas, ni aquellas jefaturas espontáneas, tan ocasionadas a rivalidades y rencores: sólo aspiro a que formado un cuerpo visible y apretado aparezcan unidas por un mismo deseo grave y juicioso de dar a Cuba libertad verdadera y durable, todos aquellos hombres abnegados y fuertes, capaces de reprimir su impaciencia en tanto que no tengan modo de remediar en Cuba con una victoria probable los males de una guerra rápida, unánime y grandiosa, y de cambiar en la hora precisa la palabra por la espada (...) “
Ese mismo año, el 26 de octubre, en carta al director del periódico El Pueblo en New York, se hacen más evidentes sus inquietudes:
“(...) Profunda es la pena que me causa ver que los esfuerzos encaminados, en largos años de modesta labor, a hacer imposible en Cuba el establecimiento de un gobierno en que no quepan, con la salud de la verdadera libertad, todos sus elementos y clases, sean juzgados, un momento siquiera, como favorables a la creación de una República de grupo, culpable y estéril (...)”
Las ideas civilistas de Martí, en relación con un gobierno al servicio del pueblo y no de una casta militar, están planteadas a lo largo de toda su obra. Numerosos son los ejemplos de sus sentimientos en contra de las tiranías y de su afinidad con los pensamientos demócratas. Su formación como hombre de leyes le otorgó una veneración elevadísima por el respeto a las libertades civiles, que lo colocaba en una posición antagónica con cualquier interés personal por el poder. Unido a eso, la experiencia aportada por la Guerra de los Diez Años y su fracaso, motivado en gran medida por las desavenencias entre caudillos y sus disputas por el poder; potenciaron en José Martí una clara alarma de lo que no debía volver a ocurrir.
El punto culminante de estos temores puede encontrarse en una carta dirigida, desde New York, al General Máximo Gómez. En ella se enuncia abiertamente la postura de Martí ante cualquier intento de hacer de la revolución una empresa personal. La misiva estuvo motivada por un encuentro entre Martí, Gómez y Maceo, ocurrido en la ciudad de New York unos días antes. En la misma se hace referencia a ciertas alusiones por parte de Maceo a considerar la guerra de Cuba como “una propiedad exclusiva” del General Gómez.
Después de este encuentro, exactamente el 20 de octubre de 1884, Martí envía a Gómez esta conocida carta, en la que se opone por completo a las ideas sugeridas por Maceo. La frase que más ha trascendido “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento...”, resume la oposición enérgica de Martí ante el personalismo que atisba en la actitud de Gómez. Entre sus fragmentos más reveladores apunta:
"(...) Pero hay algo que está por encima de toda simpatía personal que Ud. pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad aparente: y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, establecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo (...)"
Ya este 20 de octubre de 1884, la ruptura está planteada abiertamente. Gómez no responde de forma directa, pero sí escribe unas anotaciones que hablan claramente de cuán herido se siente por la carta de Martí. Están fechadas el 22 de octubre de 1884 y expresan:
"(...) A los tres días recibo esta carta, que no contesté, pues no se da contestación a los insultos (...)" "(...) Como se verá, este hombre me insulta de un modo inconsiderado (...)"
Martí, por su parte no pierde oportunidad para contar dentro de su círculo de amigos la aflicción producida por el encuentro con los dos líderes cubanos. Desde New York, en carta de 1885 a Enrique Estrázulas, incluye el siguiente poema:
(...) Hallé -¡oh cállelo- que aquellos
A quienes todo di,
So capa de patria, ¡ay mí!
Sólo pensaban en ellos;
Y gemí, por la salud
De mi pueblo, y trastorné
Mi vida, -más le negué
El manto de mi virtud!
Los recuerdos de aquel encuentro con Maceo y Gómez lo atormentan como queda plasmado en una carta a su amigo Manuel Mercado fechada el 13 de septiembre de 1885. Casi en un lamento cuenta:
“(...) vinieron hasta New York(...), dos de los jefes más probados, valientes y puros de nuestra guerra pasada (...) cuando de súbito vi que, por torpeza o interés, los jefes con quienes entraba en esta labor no tenían aquella cordialidad de miras, aquel olvido de la propia persona, aquel pensar exclusivo y previsor en el bien patrio, -aquel acatamiento modesto a la autoridad de la prudencia y de la razón sin las que un hombre honrado, que piensa y prevé, no puede echar sobre sí la responsabilidad de traer a un pueblo tan quebrantado como el nuestro a una lucha que ha de ser desesperada y larga. ¿Ni a qué echar abajo la tiranía ajena, para poner en su lugar, con todos los prestigios del triunfo, la propia: ¡a mí mismo, el único que los acompañaba con ardor y los protegía con el respeto que inspiro, llegaron, apenas se creyeron seguros de mí, a tratarme con desdeñosa insolencia (...) ¿cómo, en semejante compañía, emprender sin fe y sin amor, y punto menos que con horror, la campaña que desde hace años atrás venía preparando tiernamente, con todo acto y palabra mía, como una obra de arte? (...)”
Martí toma entonces la decisión de no contribuir con semejante empeño personal y por un año acalla su voz. Esta etapa de silencio aparece expuesta en la carta enviada a J. A. Lucena, por motivo de una invitación cursada por éste a participar en la conmemoración del 10 de octubre:
"(...) un año entero he vivido en este tristísimo silencio (...) significando con él que no se debe poner mano sobre la paz y la vida de un pueblo sino con un espíritu de generosidad casi divina, en que los que se sacrifiquen por él garanticen de antemano con actos y palabras el explícito intento de poner, como harían los malvados, sus propias manos en ella, so capa de triunfadores (...)
(...) parecería hoy y parecerá mañana que yo había aprobado con mi presencia en él (el acto conmemorativo) aquello mismo que por la salud de mi patria condeno (...)"
También en carta a Manuel Mercado en 1886, reafirma su intención de apartarse de la preparación de la guerra, mientras ésta se proyecte como Maceo había apuntado:
"(...) renunciaré bruscamente, aunque en sigilo, a toda participación activa en estas labores de preparación que en su parte mayor caían sobre mí (...)"
Martí ha decidido, lleno de dudas y sobresaltos no ponerse en el camino, ni para empujar ni para obstaculizar, a los que "piensan de manera distinta" de la suya.
Todavía en 1886, su herida está a flor de piel, y hace constantes alusiones a ella, ya sea de forma directa o enmascarada. En carta a su amigo Manuel Mercado, revela las lecturas posibles que se pueden hacer de su estudio sobre Grant:
"(...) Un personaje de aquí, me dijo, después de leer este ensayo: ¿Dónde conoció U. al hombre, que parece que lo ha retratado U. por dentro?!Lo conocí en los hombres! Los espíritus se dividen en familias, como los animales. En esas páginas -¿no le he hablado antes de ellas?- va mucho de mis dolores patrióticos, primer peldaño que bajé del cielo (...)"
Parece evidente que el estudio sobre Grant es una alusión a los conflictos que han aparecido durante la preparación de la guerra, eso lo reafirma en su carta a Nicolás Domínguez Cowan, New York, abril 22 de 1886:
“(...) tal vez por este mismo correo le mandé un estudio mío sobre Grant, que ha sido bastante leído. Lo encontrará tal vez cansón, sobre todo en la parte de guerras, a que el asunto me obligaba: pero U. verá entre las páginas las experiencias recientes y dolorosas que me ayudaron y acaso me movieron, a escribirlo (...)”
Aunque el estudio sobre Grant abunda en detalles biográficos y específicos de su persona, algunos párrafos tienen el tono de la generalización y el matiz emotivo que denota la experiencia propia. Es el caso del siguiente párrafo:
"(...) a los hombres les importa más, a los hombres que llegan con el deseo a donde no llegan con el mérito, o con la ambición a donde no les llega el patriotismo, les importa más llegar primeros que salvar la patria (...)"
En el período de tiempo que va desde finales de 1884 y hasta 1887, no hay correspondencia entre Gómez y Martí. La primera misiva, después de esta etapa de silencio, no será una carta personal, sino una circular enviada también a algunos jefes militares de la anterior guerra (se encuentra una similar dirigida a Rafael Rodríguez, en el Archivo Nacional), fechada el 16 de diciembre de 1887, y que está firmada por un grupo de revolucionarios, entre los que aparecen nombres como Félix Fuentes, Rafael de C. Palomino, el Dr. J. M. Párraga y, claro está, José Martí.
La misiva está redactada en primera persona del plural y por lo tanto no puede considerarse un restablecimiento de las relaciones personales entre Martí y Gómez. Aún así, representa un acto conciliatorio. Entre los objetivos que el documento cataloga como esenciales para recomenzar la lucha, se encuentra el siguiente:
"(...) Dar ocasión a los jefes militares de desvanecer en la Isla, con sus declaraciones de desinterés, civismo y subordinación al bien patrio, los reparos, -injustos sin duda,- que algunos de ellos inspiran, por suponérseles equívocamente faltos de condiciones (...)"
Responde entonces Máximo Gómez, para disipar dudas y criterios encontrados:
"(...) que siempre estaré pronto a ocupar mi puesto de combate por la independencia de Cuba, sin otra ambición que obligar a los cubanos que amen a los míos, y me recuerden mañana con cariño (...)"
Aludido también, el General Antonio Maceo, asegura en carta fechada el 15 de enero de 1888:
"(...) creo asimismo que ninguna forma de gobierno es más adecuada, ni más conforme con el espíritu de la época, que la forma republicana y democrática (...)
(...) Fe, pues en vuestra noble propaganda, dada al olvido todos los rencores y disidencias del pasado (...)"
Es en este mismo año en que para Martí se hace insostenible el silencio. Su intención de no inmiscuirse rueda por el suelo ante su inherente responsabilidad con la patria. A partir de 1887 y hasta el año 1891 participará, con todo su empeño, en las celebraciones por el Diez de Octubre. Sus discursos en esas cinco ocasiones son un llamado enérgico a la lucha, y un abandono de la posición adoptada en el año 1885. Aún así se mantienen en sus palabras trazos del temor anterior. Como denota el siguiente fragmento del discurso pronunciado en el Hard Hall de New York, el día 10 de octubre de 1890:
"(...) ni los que despertaron nuestra libertad virgen, y la escoltaron diez años por lo montes pudieran volver para clavarle en el corazón la lanza gaucha; si con la cubierta de echar abajo una tiranía se estuviese preparando otra (...) otros cubanos serán los que lo consientan, pero nosotros, mientras nos queden lengua y manos, no lo hemos de consentir (...)
(...) pero aún cuando semejante crimen estuviera en preparación, como si pudiera ser que los defensores de la libertad se convirtiesen en sus asesinos, no sería a este o aquel pretendiente militar, errante por oficio o despótico por naturaleza, a quien habría que temer; (...) sino a los hombres civiles sin propósito ni carácter, que por su pusilanimidad en la acción excitan el justo desdén de los que son capaces de ella, y con sus rencillas aldeanas y sus hábitos de consentimiento, de lujo y de lisonja, hacen posible en las repúblicas nuevas el predominio de un militar osado y hábil (...)"
Su actitud ha cambiado. La intención de retirarse de la preparación de la guerra para no ayudar con sus esfuerzos a los intereses personales de algunos, ha sido sustituida por el reconocimiento de la responsabilidad que le corresponde como hombre de ideas y civilista. Evitar un futuro gobierno despótico y caudillista ha de ser, a partir de ese momento, la segunda razón de su lucha. Esto, aparejado con la actitud mantenida por Gómez y Maceo, a partir de 1888, de disipar cualquier impresión negativa dejada en Martí y en el pueblo cubano, hace que la situación evolucione hacia derroteros más favorables para la causa política.
Cabe añadir que los lazos afectivos entre Gómez y Martí parecen haber resistido la dura prueba del disentimiento, pues, aún cuando sus ideas resultaban encontradas, cada uno profesaba por el otro un gran afecto y admiración. Tal vez fue el canal emotivo, junto al deber revolucionario, el que permitió la reconciliación posterior de ambos en una misma causa: la organización de lo que Martí llamó “la Guerra Necesaria”, y el olvido de antiguas desavenencias.
En 1892 Martí reanuda su correspondencia personal con Gómez y en una carta cargada de admiración lo invita a tomar el mando de la guerra. Gómez responde entonces lleno de humildad:
"(...) En cuanto al puesto que se me ha señalado al lado de U., como a uno de los viejos soldados del Ejército Libertador de Cuba, para ayudar a continuar la obra interrumpida, tan señalada honra, tan inmerecida confianza, no tan solamente deja comprometida mi gratitud, sino que al aceptar, como acepto tan alto destino, puede U. estar seguro, que a dejarlo enteramente cumplido consagraré todas las fuerzas de mi inteligencia y de mi brazo, sin más ambición, y sin otro interés, que dejar bien correspondida, hasta donde alcance la medida de mis facultades, la confianza con que se me honra y distingue (...)"
Reflexionar sobre el momento del reencuentro y sus motivaciones, pertenece, en gran medida, al mundo de lo hipotético. Es posible que Martí estuviera convencido, después de más de siete años, de que Gómez, a pesar de sus ímpetus militares y su inclinación al poder, no representaría un problema para la Cuba independiente. Tal vez, también, el riesgo de lo que podría pasar después de destruido el coloniaje, resultó menor a la inminente posibilidad de no poder organizar la guerra al carecer de uno de sus líderes principales.
La creación misma del Partido Revolucionario Cubano, en 1892, y la inclusión en su Artículo no. 4 de la necesidad de arrancar de raíz "el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia" y "fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera democracia", ayudó a sosegar una parte de los temores. La unión, por encima de todas las diferencias se convirtió en la premisa indispensable para la nueva guerra, y bajo ella quedaron enterradas viejas contradicciones y anteriores diferendos.
El documento que consagra públicamente la concordia y unidad de criterios imperantes entre Gómez y Martí en el año 1895 cuando comienza la guerra, es el Manifiesto de Montecristi. Firmado por ambos, bajo la condición de Delegado del Partido Revolucionario Cubano, el uno, y de General en Jefe del Ejército Libertador, el otro; resume el consenso de la siguiente manera:
"(...) Desde sus raíces se ha de construir la patria con formas viables, y de sí propias nacidas, de modo que un gobierno sin realidad ni sanción no la conduzca a las parcialidades o a la tiranía (...)"
La llegada a Cuba y los días que discurren hasta su caída el 19 de mayo en Dos Ríos, aparecen descritos en su Diario de Campaña y en numerosas cartas. En esas jornadas de convivencia junto a Maceo y Gómez renacen con fuerza las contradicciones. El 5 de mayo de 1895 ocurre la reunión de la Mejorana. Martí apunta en su diario:
“(…) Maceo y Gómez hablan bajo, cerca de mí: me llama a poco allí en el portal: que Maceo tiene otro pensamiento de gobierno: una junta de los generales con mando, por sus representantes, -y una Secretaría General.:- la patria, pues, y todos los oficios de ella que crea y anima al ejército, como secretaría del ejército. Nos vamos a un cuarto a hablar. No puedo desenredarle a Maceo la conversación: ¿pero Usted se queda conmigo o se va con Gómez? Y me habla cortándome las palabras, como si fuese yo la continuación del gobierno leguleyo y su representante. (…)”
“(…) En la mesa opulenta y premiosa, de gallina y lechón, vuélvese al asunto: me hiere y me repugna: comprendo que he de sacudir el cargo, con que se me intenta marcar, de defensor ciudadanesco de las trabas hostiles al movimiento militar. Mantengo, rudo: el Ejército, libre, –y el país, como país y con toda su dignidad representado (…)"
Unas líneas después de estas reflexiones faltan tres páginas. Su contenido es uno de esos enigmas sin solucionar que la historiografía cubana sólo puede bordear, a medias, con especulaciones. Para algunos estudiosos del tema, en esos folios escritos el 6 de mayo de 1895 y arrancados con posterioridad, están no sólo las claves para entender las contradicciones entre José Martí, Máximo Gómez y Antonio Maceo, sino también para desentrañar los males que aquejarían a la política cubana.
Con posterioridad al encontronazo en La Mejorana aumenta la tensión entre Gómez y Martí, en parte por la popularidad y respeto que éste último despierta entre los soldados y campesinos. En el Diario queda el testimonio:
“(…) Y cuando Gómez dice: 'Pues lo tienen a Usted bueno con lo de Presidente. Martí no será Presidente mientras yo esté vivo': –y en seguida 'porque yo no sé que le pasa a los Presidentes, que en cuanto llegan se echan a perder, excepto Juárez, y eso un poco, y Washington', – Bello, airado, se levanta, y da dos o tres trancos, y el machete le baila a la cintura: 'Eso será la voluntad del pueblo': y murmura. 'Porque nosotros, –me dijo otra vez, acodado a mi mesa con Pacheco, –hemos venido a la Revolución para ser hombres, y no para que nadie nos ofenda en la dignidad de hombres'(..)"
La víspera de su caída en combate le escribe a su amigo Manuel Mercado aquella carta que se ha hecho famosa por sus líneas antimperialistas, pero que también contiene este párrafo:
"(…) la revolución desea plena libertad en el ejército, y sin las trabas que antes le puso una cámara sin sanción real, o la suspicacia de la juventud celosa de su republicanismo, o los celos y temores de excesiva prominencia futura, de un caudillo puntilloso o previsor; pero quiere la revolución a la vez, sucinta y respetable representación republicana, -la misma arma de humanidad y decoro, llena de anhelo de la dignidad individual, en la representación de la república (…)"
Martí mantiene de esta forma su posición de defender las estructuras republicanas de gobierno. Buena parte de sus postulados civilistas quedarían postergados con su muerte y lastrarían el devenir político cubano hasta nuestros días.
Bibliografía:
• Martí, José Epistolario Tomo I y II. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1993. Comp. Luís García Pascual y Enrique H. Moreno Pla. Prólogo de Juan Marinello.