
Un artículo de opinión, publicado en el número 4/2007 de esta revista digital bajo el sugerente título ¿Una nueva oportunidad para la unidad?, y suscrito por Antonio Martínez, hace reseña del documento Unidad por la libertad, dado a conocer por la prensa internacional el pasado mes de abril y que aparece firmado por las más conocidas organizaciones opositoras de Cuba y sus respectivos líderes.
El trabajo de Antonio Martínez considera que el hecho constituye un nuevo paso en el camino a la unidad, modesto pero significativo, en referencia al controvertido punto de la falta de unidad que se ha reprochado siempre a la disidencia y a las organizaciones opositoras cubanas, y que muchos analistas extranjeros consideran –de manera un tanto simplista- como la causa principal del fracaso de las propuestas de éstas. Ciertamente, la discutida fragmentación de los grupos opositores es una debilidad que ha influido siempre en el poco éxito de los movimientos en pro de los cambios democráticos en Cuba; sin embargo, quiérase o no, hay que señalar que el caudillismo, uno de los males seculares de la nación, ha sido el factor generador de esa dispersión.
Martínez acierta cuando señala que los anteriores llamados a la unidad para apoyar o suscribir proyectos han estado signados por la falta de convocatoria a un consenso previo y por la preeminencia de un líder gestor que más bien propugnaba –cito- “la unidad en torno a mí”. En el caso del documento Unidad por la libertad, carezco de elementos para afirmar o refutar si hubo o no un consenso previo, pero sí hay antecedentes de otros “intentos” suficientemente documentados como para tomar con reservas esta pretendida unidad. En todo caso, parecería más prudente mantenerse observando el ulterior desarrollo de la jugada política (si es que así mereciera llamarse) de los opositores entre sí; que –dicho sea de paso- a estas alturas todavía en el actual documento dejaron pendiente si se procede o no a trabajar juntos “en la formación de un bloque unitario, si las circunstancias aconsejan que ese paso es necesario y el más conveniente para lograr los cambios hacia la democracia en Cuba”. Es decir, unidad… hasta cierto punto.
Los últimos años han visto extenderse en el panorama político esta peculiar forma de batalla por ganar espacios en la opinión pública, que es la recogida de firmas. En una sociedad abierta y democrática quizás el método resulte eficaz; pero no en Cuba. Bastaría recordar que el acopio de firmas se ha producido ante disímiles circunstancias por parte de los dos bandos en pugna –entendiéndose por “bandos” el gobierno y los opositores en su conjunto- quienes se esfuerzan en una porfía por demostrar sus respectivos poderes de convocatoria o su capacidad de concitar la solidaridad internacional, sin que ello se revierta en beneficio de la nación y de los cubanos. A propósito de esto, un ejemplo célebre lo constituye el Proyecto Varela con sus miles de firmantes y la respuesta gubernamental a éste con la recogida de millones de rúbricas que “apoyaban” el carácter irreversible del socialismo de Estado. Pese a los valores de la propuesta Varela, amparada en la propia Constitución vigente, el gobierno respondió desplegando toda su potencia de control sobre los ciudadanos y el resultado final fue un dramático retroceso en la lucha por la democracia. Eso, sin considerar que la mayoría de los cubanos desconoce tanto el contenido del Proyecto Varela como qué clase de socialismo era el que estaban avalando como irreversible, habida cuenta de la casi absoluta ausencia de cultura política que padecen las poblaciones bajo regímenes totalitarios.
En relación con el documento Unidad por la libertad, y la heterogénea composición política de los grupos e individuos firmantes, es preciso considerar las circunstancias particulares que rodean el hecho -ya que no es posible aislar los acontecimientos de su contexto- para tratar de explicarnos esta súbita madurez de la actitud política que Martínez cree observar entre los líderes de la oposición. Es sabido que la reciente visita a Cuba del ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos dejó un sabor amargo entre la mayoría de estas organizaciones opositoras ante la decisión de aquel de no reunirse con la disidencia de la Isla y designar a ese efecto al director general para Iberoamérica, señor Javier Sandomingo, quien debería tomar contacto con ellos un día después de la partida del ministro español.
La renuencia a participar en el encuentro convocado para ellos por Sandomingo por parte de la casi absoluta totalidad de estos grupos, quienes se sintieron ofendidos al no ser recibidos directamente por el señor Moratinos durante su visita, así como la asistencia de solo dos de los llamados líderes de la oposición a esta convocatoria, acentuó el cisma entre los opositores creándose dos posiciones básicas: los que consideraban un fracaso los acuerdos entre los ministros de exteriores de España y Cuba por no incluirse en el tema de los derechos humanos el caso de los presos de conciencia, y calificaron como una falta a la unidad por parte de los disidentes que asistieron a la cita con el funcionario español, entre otros desacuerdos; y los criterios de estos dos últimos, quienes entendían como un avance eficaz en materia de derechos humanos las conversaciones intergubernamentales, a la vez que aprobaban la exclusión de los opositores en la agenda en virtud de lograr un acercamiento entre los gobiernos que sería –a su juicio- más provechoso para el logro de futuros espacios democráticos en la Isla (¿¿¿???).
También en esta ocasión la prensa internacional y otros observadores lamentaron la tan llevada y traída falta de unidad de los opositores de la Isla. Era preciso, pues, ofrecer una imagen de unidad y madurez ante la crisis de credibilidad en los proyectos y actitudes de los opositores y ante la incertidumbre de que en el panorama opositor de Cuba pudiera no haber líderes verdaderamente imbuidos de las urgencias que demanda la nación. Y he aquí que pocos días después de aquellos ásperos desacuerdos, mágicamente, sin que parezca mediar ningún arreglo entre las partes contrapuestas, sin que conozcamos de una declaración previa de ambas facciones de la oposición, aparece el nuevo documento (Unidos por la libertad), con una lista de firmantes que parecen haber superado de golpe sus diferencias. Con todo el respeto que merece la opinión de Martínez, a mí esto no me resulta serio. En todo caso, sería bueno profundizar en algunos términos; por ejemplo, ¿a qué se puede denominar madurez política? De la lectura de su artículo se infiere que llama así al contenido del documento en cuestión, lo suficientemente abarcador e impersonal como para complacer a todos los líderes y a todas las tendencias ideológicas de oposición y unirlos en torno a un reducido conjunto de puntos comunes que todos pudieran suscribir, (…) sin dejar fuera nada básico; y también incluye la actitud de aparente renuncia de protagonismos por parte de los tradicionales caudillos de esas tendencias y partidos, al firmar juntos.
Sin embargo, la dura realidad cubana exige de reformas profundas, de cambios esenciales y de una convincente actitud ética, más allá de algún que otro documento de ocasión. Se precisa de una acción más permanente y eficaz que una recogida de firmas para demostrar madurez política. Es decir, ¿la firma de conjunto supone la superación de las diferencias, la demostración de una actitud ética, la verdadera voluntad de trabajar unidos? En mi modesta opinión, el documento carece de una introducción breve donde, en primer lugar, deberían reconocerse públicamente las diferencias que han mantenido desunidas a las distintas facciones de la oposición, declarar la renuncia a las posiciones caudillistas y la voluntad de trabajar de conjunto para superar las graves limitaciones éticas que, en diferentes formas, se han desarrollado dentro de los movimientos opositores, toda vez que se trata de eliminar los males perniciosamente sembrados en la nación y no de repetirlos y perpetuarlos bajo otros rostros.
Firmar al pie de un documento que recoge las demandas generales con las que todos están de acuerdo no es realmente una demostración de madurez política sino más bien un gesto simbólico. Madurez política sería, eso sí, la voluntad de sentarse a debatir civilizada y objetivamente sobre aquellos puntos en los que se tienen desacuerdos, arribar a consensos y firmar juntos los acuerdos que se deriven de la discusión. Eso sería también una indiscutible muestra de unidad.
También me siento inclinada a respetar la postura de quienes prefieren no firmar el documento, siempre que esa decisión responda a principios de carácter puramente ético y no a lo que Martínez ha dado en llamar “caudillismo a la inversa”. Si bien las propuestas corresponden a los que ejercen el oficio de políticos, la ética ha de ser una de las cualidades imprescindibles de éstos. De ahí las reservas de una parte de los que no quieren firmar junto a “Fulano”. Ocurre que demasiadas veces hemos sido convocados al combate, mientras los convocadores (esos Fulanos) corren al convite. A los remisos les asiste el derecho de no considerar como una oportunidad lo que hasta ahora no pasa de ser una coyuntura. ¿Por qué criticar, entonces, las posiciones diferentes? Aquí no se trata de que quienes firmaron el documento estén a favor de la unidad y los que no lo firmaron estén en contra de ella. Tampoco se debe sobredimensionar la importancia de un documento que, hasta ahora, solo refleja la intención de observar alguna unidad, pero no la voluntad de permanecer unidos.
Coincido totalmente con el criterio de Martínez acerca de que lo fundamental es seguir ideas y no caudillos, pero impulsar ideas requiere siempre de un líder y hasta hoy no parece que se vislumbre un liderazgo auténticamente democrático y esencialmente ético –sea del gobierno o de los opositores- capaz de sortear los retos de la realidad cubana actual y superar los males morales de la nación, entre ellos el caudillismo y la corrupción. Claro que no se trata de cruzarnos de brazos y esperar la llegada de tiempos mejores, pero sí quiero hacer referencia a otro mal que ha dañado a la oposición, quizás con más fuerza que la falta de unidad, sobre el que sería necesario y urgente actuar: la ausencia de vínculos reales y efectivos de los proyectos y activistas con la sociedad.
Los que sabemos algo del mundillo de la oposición, o como también define Martínez, los compañeros de ruta que hemos seguido su bregar en los últimos años, sabemos que las diferentes propuestas funcionan como departamentos estanco que no van más allá de los grupos comprometidos y sus simpatizantes. Es por eso que se impone una ardua y gradual labor de formación cívica en los ciudadanos para que estos venzan la inercia del temor y los efectos del totalitarismo, conozcan sus opciones y estén en capacidad de proponer y de elegir: una participación por convicciones y no por simpatías personales. Tengo más fe en esto que en cualquier documento de ocasión. Los intentos de los opositores por democratizarnos, pese a sus buenas intenciones, no han diferido mucho de la “democracia” impuesta desde el gobierno o de la que pretende obsequiarnos el célebre Plan Bush. Ninguna de estas propuestas ha pasado por el debate y el consenso, tan necesarios en las sociedades libres; de manera que se imponen estrategias que tiendan puentes entre las futuras propuestas y los ciudadanos, y corresponde a los líderes crearlas. Ese es el desafío más fuerte que espera a los líderes de la oposición a corto y mediano plazos.
Recientemente, la polémica que se sostuvo a nivel de correos electrónicos entre numerosos intelectuales y artistas cubanos demostró que hay pensamiento crítico y hay expectativas entre importantes sectores de las ciencias sociales, la literatura y el arte en Cuba. Con independencia de algunas intervenciones muy polarizadas y radicales, de denuestos y berrinches particulares, la mayoría de ellas discurrió en torno a serios y respetuosos debates sobre varios temas que afectan a la sociedad en su conjunto. Es evidente que la discusión se fue del control de las autoridades y ha tenido alguna repercusión, aunque modesta, en nuestros medios. Curiosamente, no hubo participación de ningún líder opositor. ¿Es que no hay intelectuales en la oposición? ¿No hay opinión sobre sociedad cubana actual entre ellos? He aquí una oportunidad perdida, si bien tampoco los criterios que aparecieron por parte de las voces oficiales constituyeron un aporte al debate.
Con esta aparente digresión solo quiero argumentar que no es preciso esperar a que surja una futura generación de cubanos con sentido de la ética para encarar las transformaciones que son tan necesarias a Cuba. Están entre nosotros, a la espera de una oportunidad respetuosa, seria y permanente. Es por eso que el documento Unidad por la libertad, para ser considerado esa oportunidad, deberá dar lugar, en un plazo razonablemente breve, a una propuesta política específica que refleje cómo se espera lograr las aspiraciones comunes a todos los cubanos que refrenda en su texto: respeto a todos los derechos humanos, justicia social, libertad, reconciliación, soberanía y libertad para los prisioneros de conciencia. Solo entonces se podría considerar que se ha dejado de gatear para completar el primer paso. Definitivamente, como apunta Martínez, vale la pena hacer algo; el futuro cercano dirá si la Unidad por la libertad fue realmente la línea de arrancada de un viraje en la búsqueda de un destino común. Ojalá así sea.
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